En la Noche y la Niebla

Escrito por: Giuseppe Petrella (Desconectado Offline), el 02 de junio de 2009
En la Noche y la Niebla
Sinopsis
I

He visto la maldad transformada en hombre.
He convivido con la miseria. Mi hambre es mi vida. Mi desespero mi rezo. Mi alma un encierro. ¡Quiero liberarme!. ¿Cuándo comenzó esta pesadilla?. ¿Cuándo comenzó este vivir a diario?.
¿Cuándo sin darme cuenta, comencé a morir?.

II

¡El hedor en el tren era insoportable!. Igual que el frío.
Esconder las manos en medio de las piernas era un acto de lógica, pero ¿cómo podías mantener las piernas tibias?.
Cuando comenzó la pesadilla todos fueron conducidos al patíbulo sin quejarse. Todos fueron guiados a un lugar donde la muerte era la mejor opción. Y donde muy pocos le dan gracias a su Dios por dejarlos vivir otro día.
¿Qué sentido existe en tu vida, si llegas al punto de comer tus heces, por miedo a que el arma del soldado no se disparase en tu sien? ¿Que sentido tiene ver en la barraca cómo alguien se ahorca usando una de las grandes literas de madera donde los prisioneros eran apilados, y no tener fuerzas para ayudarlo a que viva otro día?.
“Arbeit Macht Frei” en alemán. “El trabajo te liberará” en cualquier otro idioma. Irónicamente, en el portal del campo decían estas palabras que cada día veríamos, sintiendo necesidad de esperanza. Rezando por ver esas letras otro día más. ¿Pero valía la pena ver ese portal cada día de muerte?.
Cuando llegamos, nos sacaron del tren abriendo las pesadas puertas. Por la puesta de sol, adivinamos la hora.
Las grandes rampas de madera del tren crujían con el peso de cada uno mientras salíamos de esa pequeñas prisión de tres días.
Era el momento de comenzar a soñar, sin embargo no nos apuramos en buscar ese sueño, y nos adentramos en una fría realidad. Teniendo pasaporte diplomático, podía tener el derecho de preservar a mi familia unida. ¡Sólo debía hablar con la persona encargada de este infierno!.
Un gran soldado de la perfecta raza aria nos miraba con sus ojos azules. De igual manera comencé a mirar a mi alrededor. Sabía donde estábamos, y no quería decirlo ni pensarlo. Los veinte vagones del tren hacían una perfecta línea recta, en medio de tanta gente agitada y traicionada.
¡Y comenzó la separación!. No tuve tiempo de alzar la voz, y ya mi esposa e hija cargando en sus brazos fueron encaminadas en otra dirección. Mucho más adelante vería a mi esposa e hija desde otras dimensiones existenciales.
Un soldado de gran chaqueta comenzó a vociferar, preguntando quién de los presentes era artesano, músico, filósofo...
¡Caí inmediatamente en la pregunta!. ¿A donde querían llegar?
¡Sabía las posibilidades!. Si pretendes esperar un mejor trato como artista, no lo conseguirías. Aproximadamente unas trescientas personas dieron un paso delante.
Enterándome por boca de aquellos que conocían el protocolo nazi, supe a qué lugar los llevarían.
“La ducha”, le decían quienes habían preparado semejante cuarto de destrucción. ¡Y cuánto recé, agotado, por mi esposa e hija, pidiendo a mi Dios misericordia!.
¿Los que hablan alemán? ¡Un paso al frente!.
¡Si, sé hablar alemán!. Pero mis piernas no daban los dos pasos para enfilarme con los demás. Algo me decía que no lo hiciera.
Una nueva fila de gente iba al mismo lugar que la fila anterior.
- “¡Ahora seréis usados como piltrafas para nuestros látigos, y nuestras culatas probarán el sabor de sus caras y músculos! Aquel que caiga, se rematará. Aquel que siga en pié, vivirá, pero no por mucho tiempo.
Pueden retirarse voluntariamente”.
¡Una sed de sobrevivir no me permitió moverme!. La culata de un fusil se estrelló en mi cara. ¡latigazos y culatazos llovieron en mi ser!.
Duró quizás como quince minutos este último “Test”. Los disparos sonaron cerca de mis oídos.
Personas que quizás rozaron mi codo en ese tren maldito caían al suelo enlodado por la humedad, muertos. Inertes. Aquellos mismos que habré escuchado quejarse de su suerte, sólo por practicar la religión de sus antepasados.
Los que quedamos, fuimos divididos en dos grupos. Mi grupo, directo a una montaña de ropa que estaba en un patio alterno al lugar de llegada, para llevarla a un depósito donde luego sería revisada para robar cobardemente los efectos personales.
El otro grupo, con peor suerte, a cargar cadáveres para llevar al crematorio.

III

Jósef se quitó la ropa después de haber estado parte de la noche recogiendo vestidos, sacos, pantalones y ropa interior con asquerosas manchas de miedo. Su cuerpo apenas respondía a los movimientos tan usuales de quitar la ropa. Un culatazo se había hospedado en su muslo izquierdo, más la carne abierta en la espalda, ocasionada por el látigo, y sazonada por el sudor en el terrible frío, hacía de él una cansada piltrafa humana. Pero su fuerza de voluntad era trascendente a la situación que vivía. Le afeitaron la cabeza con máquinas tan usadas y sin filo. Le indicaron un cuarto donde tenía que “ducharse”.
¡Un escalofrío recorrió su cuerpo!. El dolor en la pierna cesó. Alguien le había contado sobre estos cuartos de ducha en algún momento de esa pesadilla. Su mente buscaba una manera de escapar, de burlar quince guardias que, con sendas armas en mano, guardaban el lugar. ¡Pero era mejor probar su suerte!.
Un hombre delante de la fila comenzó a llorar. A gemir de terror. A implorar a su Dios un perdón. Una disculpa por haber sido una mala y avara persona. Los soldados sonreían. Cierta malicia en sus ojos se notaba. Un gran aviso por encima del portal decía “baño” en alemán.
Al momento de entrar, un soldado le entregó una toalla.- Compártela con cuatro más- le dijo el guardia de ojos claros.
El piso estaba mojado. Las paredes húmedas.
¡En ese cuarto de baño fácilmente podían entrar unas trescientas personas!.
Cuando entraron todos los que quedaron de la matanza de selección, un total aproximado de doscientas personas, la gran puerta se cerró herméticamente. Jósef sintió olores corporales. Olores que venían de cientos de personas esperando el llegar del agua. Ruidos llegaron desde las tuberías y ¡el agua se hizo presente!. Tibia y magnifica, refrescaba el cuerpo magullado de todos los presentes.
Una oleada de sonrisas y gracias al señor todopoderoso se hizo presente en la gran sala de baño.
Salieron del baño entregándoles los guardias uniformes apestosos. Jósef, con gran tristeza descubrió varios agujeros redondos en su uniforme. Balas disparadas. Muerte. Unos zapatos de madera que le provocarían, como a casi todos los prisioneros, severas infecciones.
Pasaron lista y luego vino la revisión médica, abriendo la boca y doblegándose para mostrar su trasero abierto a inspección. Se colocaron el uniforme y salieron al aire frío de la noche.

IV

Le llevaron a un barracón aparte de los demás. El frío era insoportable para el uniforme de rayas. ¡Estaba determinada su vida!. Un hombre junto a él le habló preguntándole cómo vislumbraba la guerra. Si iba a terminar o continuaría.
Él no supo responder. El hombre le preguntó su nombre.
-Jósef, y ¿usted?. – preguntó igualmente.
- Franco. Era italiano cuando vivía en mi país. Ahora soy una persona sin país. - respondió con voz tristemente cansada.
-¿Qué hacías cuando vivías en Italia? - preguntó Jósef.--¡Daba clases de alemán!. ¿Te imaginas que clase de porquería es la ironía? - respondió con un dejo de alegría.
Entonces Jósef ¿cómo te trataron? - preguntó Franco con una mueca al ver el golpe en la cara.
Explicó todo lo que vivió esa noche. Franco le dijo que era muy extraño todo el procedimiento de escogencia al azar. Esas pruebas al momento de salir del tren. - Normalmente te desnudan después que te separan de tus seres queridos. Te hacen correr delante de un médico. Éste, con solo verte, anotará donde te toca pasar el resto de tu existencia. Después te rasuran todo el cuerpo, te darán el uniforme que llevas puesto, y serás matriculado y clasificado en tu pabellón correspondiente - terminó de decir. Su nariz aguileña, sus ojos hundidos y su gran frente le hacían parecer una persona interesante. Para Jósef, era imprescindible saber más sobre este campo.
Franco le contó sobre las duchas. Y le informó algo que no hizo efectos de esperanza para él. Ellos eran el grupo de relevo para trabajar mañana por la mañana en “las duchas”. – Somos los hombres del sonderkommando. El mejor lugar para sobrevivir un poco más - replicó Franco con ironía, esbozando una triste sonrisa en la oscuridad del barracón.
Este grupo eran los encargados de cargar cadáveres y llevarlos desde el punto de exterminio (paredón, cámara de gas o demás) hasta las salas de cremación o las fosas comunes.
Los prisioneros dormían, y disparos sonaban en la lejanía de los bosques contiguos. En los cuerpos de niños y ancianos. En las almas favorecidas por no sufrir.

V

Temprano sonó la diana. Cuatro o cinco de la mañana.
Con una patada en la cara me despertaron. Rápidamente, en un barril usado por todos los presentes me lavé la cara, y salí guiado por Franco a tomarnos un agua sucia de nombre café que repartían. Lo único decente que existía en esa taza era el estar caliente en una madrugada extremadamente fría.
Un guardia se dio cuenta que no llevaba abrigo y me consiguió un viejo y maltrecho estropajo que se asimilaba a un abrigo. ¡Por lo menos el calor se podía mantener un poco!.
Casi sin perder tiempo fui guiado por mi compañero al apperplatz o plaza central del campo, donde comenzó un muy largo proceso llamado lista. Cuando mi nombre sonó de boca del Kapo, levanté la mano como todos lo hacían. Y respondí con un “si” perdido, sin carisma, sin efecto de querer estar en ese maldito lugar.
Un grupo de diez, incluida mi persona y mi nuevo amigo, fué llevado a trote hacia las “duchas”, guiados por un Kapo elegido por un comandante. El Kapo era un mismo compañero. Un verdugo en las situaciones más difíciles. No podía escatimar si era de la misma raza, religión o familiar.
Una vez, un comandante descubrió tres personas que tenían parentesco entre sí. Padre, hijo y nieto. El comandante eligió al hijo como Kapo, le entregó una pistola en la mano y le dijo - Quién prefieres que viva ¿Tu padre o tu hijo? -. El prisionero, entre sollozos y con el arma en la mano temblando, miró primero a su padre y luego a su hijo. El arma se posó en su propia sien, y con una disculpa hacia ambos familiares que estaban arrodillados esperando su destino, sonó el disparo. El comandante no escatimó pérdida de tiempo pensando, y mandó a matar a los otros dos prisioneros arrodillados.

VI

Un nuevo tren sonó en la lejanía. Llegaba un nuevo cargamento. ¡Gente engañada, como nos pasó a todos!. Muy pocos tendrán suerte.
Llegamos a unas instalaciones donde el olor era completamente insoportable. Teníamos que limpiar el baño con desinfectantes de olores concentrados, y esperar a que cayesen las primera víctimas de la mañana.
La cámara estaba disfrazada. Por encima del portal decía “Baño”, con los mismos tipos de letras que anteriormente había visto. Pero quien fuese listo percibiría, estando dentro de ella, que este baño en particular carecía de desagües. Sospecharía entonces el final de su tramo existencial.
Franco, mientras limpiaba el piso, me susurró - ¡Sé fuerte!. Lo peor está a punto de comenzar. ¡Sé fuerte, y te perdonaran la vida! -.
Después que terminamos, el baño tenia inmaculada limpieza. Pero por encima del fuerte olor a desinfectante, se sentía el aroma a muerte.
A cuerpos fantasmales vagando en la cámara, y dejando un aroma que hasta este ultimo día, no he podido borrar. Un aroma difícil de olvidar.
¿Cómo podré relatar lo que no se puede?. ¿Cómo podré olvidar estos detalles si mi corazón no puede olvidarlos?.
La tropa de personas. De abuelos, con ojos bañados en lagrimas, y desnudos. Mujeres con sus partes intimas cubiertas por la dignidad de sus manos. Niños, que se aproximaban al momento más crucial de sus vidas, ¡y no lo sabían!.
La muerte nos sigue paso a paso. Su guadaña corta nuestra conexión con este mundo tan desgraciado por nuestra existencia.
¡Vivir, y no saber cuando morir!. ¡Cómo morir!. ¡Y cómo vivir!.
Con engañosas sonrisas, los soldados les indicaron con solemnidad donde debían entrar. A algunos les dieron paños, y a los niños les apretaban las mejillas con pícara simpatía. ¡Tal era el grado de la mentira!.
El gran cuarto se llenó de gente. Casi era imposible cerrar la puerta maciza, que se deslizaba y se cerraba herméticamente con su única conexión hacia el interior, una ventana redonda de cristal grueso.
Inicialmente, los verdugos vigilaban lo que pasaba. Pero una imperiosa necesidad de asco hacia las víctimas, hacía que no durasen con la mirada dentro del cuarto, y se dirigían hacia los sonderkommando indicando vigilancia hasta terminar el cruel acto.
Apenas unos minutos de haber entrado las víctimas, me obligaron a ser espectador del pequeño ventanal redondo.
¡Todavía las personas miraban incrédula el momento que de la regadera saliese un refrescante chorro de agua!.
Ya el gas había sido lanzado por unos cristales especiales que se cerraban herméticamente. El vapor azul se hizo presente. Un pánico general entró en el cuarto. Increíblemente, la gente se apretaba hasta el otro lado de la cámara, haciendo un fútil e inútil intento de escapar del gas que llegaba hasta sus pulmones.
¡No se escuchaba nada!. La gran puerta cubría todos los gritos de aquellas pobres personas. Los niños, en gestos silenciosos a mis oídos, pedían a gritos ayuda a sus madres.
Un tumulto se estrelló estrepitosamente contra la puerta. Un señor comenzó a golpear con desespero la pequeña ventanilla. ¡Me convertí en el centro de atención para esos condenados!. Un gran grupo en una última oportunidad golpeaba la ventanilla.
Los señores de avanzada edad fueron los primeros en caer. Y los niños le siguieron. Una anciana, con desesperados ojos me pidió la bendición, en una petición silenciosa para mis oídos. Yo la bendije. Y como si hubiera sido un desmayo, desapareció de mi vista.
Caían desgarrándose las gargantas, buscando el aire que les fue negado traicioneramente. Muriendo en convulsiones descontroladas. Ojos blancos. Bocas abiertas pidiendo a su Dios que les ayudase.
Quince minutos después cayeron los que faltaban. Aquellos que se dieron cuenta de su muerte mucho antes que los demás. Aquellos que sabían de un poder dentro de la cámara. La tranquilidad. ¡Aceptar la muerte y morir!.
¡Quizás pasaron quince minutos!. Mi corazón martillaba estrepitosamente. Me pareció haber visto a mi esposa abrazando a nuestra hija. Pero era solo una joven muchacha convulsionando en el piso, con una pequeña en brazos. ¡La ultima en morir!.
Cometí un error al informar sobre el estado en el cuarto. Un golpe con un bastón en las partes bajas me hizo ver la realidad otra vez. No debía hablar, solo hasta el momento en que se me pidiera.
¡Muchas veces recibiría bastonazos!. Era mejor no prestarle atención al dolor.
Comenzaría la fase B de nuestro trabajo.
Mientras que unas bombas aspiraban el aire envenenado, nos guiaron a un cuarto donde existían viejas caretas y botas de caucho.
Comenzaba mi primer día de trabajo, y quizás el más atroz.
A tres de nosotros nos entregaron unas mangueras de riego. Para la limpieza.
El sudor de la tensión comenzó a aparecer en mi frente.
Nuestra primera tarea encargada fue quitar la sangre y los excrementos. Luego debíamos separar los cuerpos agarrados unos con otros en un abrazo mortal.
Me entregaron unos garfios para comenzar a remover los cadáveres y así limpiar las vertiginosas salidas corporales de aquellos cuerpos. ¡Era extremadamente difícil!. Con presión increíble estaban sus miembros agarrotados unos con otros. Cuando separábamos un solo grupo, la sangre producida por las uñas enterradas entre los cuerpos corría en pequeñas vertientes. Pequeños ríos que casi salían con imperiosa necesidad.
Otro grupo aparte se llevaba los cadáveres fuera de la cámara, y con un vistazo, me percaté de la horrible realidad que estaba viviendo. Le revisaban dientes buscando oro, para luego arrancárselos y lanzarlos en una caja de madera. Con unos guantes quirúrgicos les metían a las mujeres dedos excavadores en sus vulvas contraídas y sus anos apretados, culpa de las convulsiones ocasionadas por el fatídico gas. Igual sucedía con los cuerpos de varones. ¡Sólo buscando tesoros personales!. Un soldado bastardo mandó revisar a una bebe, con su pequeña cara morada por la falta de aire. Una ultima mueca de terror quedó congelada en su diminuta y recién nacida cara. El prisionero que revisaba con asco todo agujero corporal, se negó con una rotunda seguridad. Pensé ¿Hasta donde iban a llegar estos descabellados hombres?
El soldado agarró al prisionero, se lo llevó fuera de las instalaciones, y un disparo en el aire frío de la maldita mañana sonó perdiéndose en su eco.
Regresó con grandes zancadas, recogió a la bebé y sin compasión metió dos dedos en su pequeña vulva.
Mi cabeza daba vueltas, sintiendo un mareo fuera de lugar.
Separando cuerpos que por si solos se desgarraban, vislumbré algo que me dejó pensando acerca de esa mañana.
El soldado, con alegría en su rostro, sacó de la pequeña vulva una gran cadena de perlas. Una sucia cadena llena de sangre seca.
Miró de un lado a otro, verificando que otros guardias no lo estuviesen mirando, y con gran destreza se metió la cadena en el bolsillo derecho de su uniforme.
¿Qué podía pensar? ¿Qué existió en mi ser cuando vi con mis propios ojos lo que otros me hubiesen contado y yo no hubiese creído?
¿Quién era más terrible, el guardia que sabía donde podía conseguir un tesoro, o la gente que abrió la pequeña vulva de esa bebé recién nacida para colocar algo con que defenderse cuando terminara la guerra?.
Tuve que apartar un poco estas ideas, y conseguir con furiosa necesidad en concentrarme en mi trabajo. ¡Pero mi suerte estaba echada!.
El mismo soldado (con un golpe en las costillas), me ordenó revisar los cuerpos. Un par de guantes me fueron dados, y comenzó la más increíble tarea que se me haya dado en mi vida.
Separar carnes llenas de grasas, para conseguir muy de vez en cuando algo que no llegaría ni siquiera al Tercer Reich. Unas cadenas de oro, anillos de igual material, diamantes o fotografías. ¡Fotografías, para poder recordar a tu ser querido en ese maldito campo de concentración!.
¡Que mundo de supervivencia!. ¡ Que marcha hacia la muerte!.
Convertir a estos pobres cuerpos en lugar de tesoros.
Cada cuerpo revisado era cargado por otra persona hasta una vagoneta sobre raíles, que se dirigía hacia un lugar caliente como el maldito infierno: El Crematorio.






VII

Esa misma mañana, Jósef debía ir hasta otro departamento en el campo para colocarse su numero de identificación.
Fue acompañado a trote por un guardia que lo insultaba y golpeaba al mismo tiempo.
Su numero de matrícula se hospedó en su brazo, convirtiéndolo en una pieza clave para la economía alemana. Una pieza “que no se debía maltratar”.
Hitler, en uno de sus discursos, catalogaba al prisionero como una herramienta de trabajo para el levantamiento del Tercer Reich.
Sólo que ciertas piezas debían eliminarse de por vida, ya que en vez de herramientas, se convertían en enfermedades ideológicas para los demás. ¡El principio de la exterminación de judíos e idealistas!.
El Decreto Nacht und Nebel Erlass (Noche y Niebla), era el comienzo de una orden abominable comandada por Hitler, que muy desde sus principios políticos ya tenia en idea. En Diciembre 7 de 1941, la orden fue impartida a todos los territorios conquistados, incitando a apoderarse de las personas “que representaban un peligro para la seguridad de Alemania”. No podían ser ejecutadas inmediatamente. Debía hacérseles desaparecer en la noche y en la niebla de lo desconocido, en alguna parte de Alemania o en los territorios conquistados. Ninguna información sobre los ejecutados podía ser expuesta a los familiares, ni siquiera el lugar donde fuese enterrado el cadáver, para evitar que los mismos pudieran llevarles flores. Hombres, mujeres y niños fueron masacrados por esta orden, que no dejaba duda del poder nazi, creciente en Alemania.
Jósef pensó en esta famosa orden, y un suspiro de alivio recorrió su ser. Sentir el número tatuado en su brazo era una prueba de respeto hacia su vida. ¡Tenía la posibilidad de sentirse “herramienta”!. ¡Si tenía suerte, no terminaría en una de las cuatro cámaras de gas del campo!.
¡Por lo menos tenia un breve tiempo más para vivir; y tenía esperanzas en su corazón, para ver a su esposa e hija desaparecidas ambas un día antes!.
¡Sólo un día tenía, y ya sentía desfallecer su corazón!. Una placa de hojalata con el mismo número inscrito lo hizo despertar, antes de recibir en el costado de su cuerpo un culatazo, producto salvaje del mismo guardia que lo acompañó hasta el búnker donde marcaban a la gente como reses de corral.
¡Volvió a la realidad!.

VIII

¡Los malditos zancos de madera amenazaban con salir!. El trote, o mejor dicho, el correr, se me hacia casi imposible coordinarlo bajo las botas militares del guardia que seguía insultándome.
Un golpe en la nuca me tumbó de lleno al frío Y húmedo suelo.
A pocos centímetros de mi cara había un cadáver. Un grupo de soldados se acercaban con muy malas intenciones.
Me levanté, cargando el cadáver en mi magullada espalda, mientras los soldados se reían a carcajadas. Uno de ellos me dio un puntapié, perdiendo otra vez el equilibrio y cayendo de bruces por el peso del cadáver.
Esta vez, una pistola en la sien me levantó más rápido. ¡Mi terror se apoderó de mi cuerpo haciéndome temblar!. Un latigazo; un ardiente dolor de sal y sangre se hospedó en mi cuerpo, haciéndome estremecer. Mi vista estaba dirigida al suelo. A las botas del militar, que disfrutaba con mi vergonzoso dolor. Carcajadas general. Un latigazo más se hospedó en mis piernas, y otro culatazo en mi nuca. La oscuridad quería hacerse presente. ¡Quería dominarme!. Pero yo sabia que si caía en esa oscuridad adormecedora, no volvería a levantarme nunca más.
Con un extraordinario esfuerzo me levanté, manteniendo gacha mi cabeza, y sintiendo con absoluta vergüenza la tibieza de mis heces y orina dentro de mis pantalones, producto del terror. Reían a carcajadas, hasta que uno de los guardias notó, por el olor, mis miserias manchando de humedad el sucio uniforme.
Otra arma de otro calibre volvió a colocarse en mi sien, y mandaron a quitarme el pantalón.
Con disparos que sonaban cerca de mi cuerpo, me obligaron a limpiar con mi boca, con mi lengua, mis propios excrementos. ¡Que vergüenza! ¡Que bajeza del ser humano obligar y doblegar al otro a participar en su vergüenza!.
¡Y todos reían como si fuera una fiesta!.

IX

Cuando Jósef terminó de “limpiar” sus pantalones, lo mandaron al barracón a cambiarse de ropas. Tuvo que notificar a un guardia cuando lo vio corriendo desnudo, con el pantalón en la mano. Inexplicablemente, el guardia lo desvió al pabellón de los uniformes, y personalmente le entregó una nueva muda de ropa.
Jósef agradeció, en un susurro, mientras el guardia le decía con una preocupación en los ojos - Debes tener cuidado al usar el agua de tus compañeros, no vaya a ser que la contamines -.
Jósef se atrevió a mirarlo por una segunda vez a los ojos, y con una sonrisa en su boca, le agradeció otra vez por el consejo.
El hombre le indicó que partiera rápidamente, ya que podían extrañar su tardanza, y morir como los demás, con un disparo en el cuello. Sentía que a pesar de la vergonzosa y asquerosa situación en que había estado, su suerte no podía estar mejor.
¡Todavía estaba vivo!.
Corrió hasta la barraca, se limpió la cara usando su taza de comer para no contaminar el agua con sus manos, y volvió otra vez a su lugar de trabajo, para seguir descubriendo con horror todas las penas que sufrían los cadáveres.

X

El cadáver se desplazó con estrepitoso sonido dentro de la vagoneta. El raíl conducía hasta otro departamento donde las cenizas era el aire que se respiraba.
¡Sabía a que lugar me iba a adentrar!. Sólo esperaba que la vagoneta no se llenara nunca. Pero sólo seis o siete cadáveres podía recoger ésta.
El guardia me regaló la oportunidad de terminar de conocer mi trabajo.
Con pesado esfuerzo, me tocó arrastrar sobre los raíles, junto con otro prisionero, la carga mortal.
El calor comenzó a notarse a medida que íbamos entrando. Y cuando llegamos a los grandes hornos crematorios ya estábamos sudando, lo que me hacía doler las infames heridas por la sal de mi cuerpo.
Mi corazón sabía que algo extraordinario iba a pasar en ese lugar de pocas bendiciones.
Llegamos hasta el primer horno. Seguidos por otros vagones llenos también de cadáveres.
La vagoneta quedó justamente en la entrada del flamante horno cuya puerta cerrada no nos dejaba contemplar lo que escondía. Cuando la abrimos, nos apartamos un poco, ya que el calor era extremadamente sofocante. Con nuestras manos comenzamos a descargar cadáveres para colocarlos en la plancha deslizante, que luego de empujarla hacia el infierno, cremaría en 15 o 20 minutos los cuerpos sin vida.
Cuando cerramos la puerta y nos disponíamos a recoger la vagoneta, un grito, un chillido, una mezcla de lamento y dolor incontrolable nos heló el corazón. ¡El sonido articulado por la garganta de una mujer!.
Miré a mi aterrorizado compañero, y su color pálido me comunicó que no estaba soñando. Los gritos venían del horno donde nosotros terminábamos de hacer la descarga.
Se hacían notar por encima del fuerte sonido ocasionado por las bombas que mantenían el carbón caliente. Y golpes en la pequeña puerta que cerraba el horno se sentían. El guardia llegó con furiosa cara a reprendernos con una lluvia de bastonazos, ya que estaba prohibido hablar, y ni qué decir gritar. Su brazo cesó en su ir y venir en mi cuerpo, cuando se dio cuenta de que no eran de nuestros los gritos. ¡Una mujer gritaba dentro del horno!. ¡Una mujer que milagrosamente había sobrevivido a la cámara de gas!.
El guardia, sorprendido e incrédulo abrió la compuerta que dividía la realidad de la privacidad de la muerte descomponiendo cuerpos en el fuego.
¡Unos brazos salieron con prontitud, tomándolo de la gran chaqueta para acercarlo al fuego!. Unos ojos sin brillos se hicieron conocer. Una boca relucientemente blanca por los dientes, más una cara llena de tizne negro provocó en mi una oleada de terror. El guardia gritaba despavorido, mientras mi compañero de trabajo gritaba de desesperación. La mujer tenia casi todo el cabello chamuscado. Volutas de carbón saltaban al piso, mientras el guardia trataba de zafarse los brazos de aquella mujer. ¡Y el grito!. Ese maldito grito, que no me ha dejado dormir en muchas ocasiones.
Sin medir consecuencias, me lancé encima de este cadáver que gritaba, y con toda mi fuerza pude soltar los calientes brazos de la chaqueta del soldado.
Este cayó al suelo dando vueltas sobre sí mientras yo cerraba otra vez la puertecilla del infierno desatado.
¡Los gritos siguieron sonando como lejanía en un eco!. Poco a poco fueron perdiendo fuerza, hasta caer finalmente en la comodidad de la muerte.
El guardia miraba asombrado al horno, transformado en pequeño infierno. Los demás prisioneros guardaban silencio, mirando aquella puerta que encerró a quien se había atrevido a desafiar a la muerte.

XII

Después que Jósef terminó de explicar a los altos mandos sobre lo que había pasado en las salas crematorias, guardó silencio para meditar sobre su suerte.
El soldado que había experimentado la afrenta de la muerte estaba buscando solución al problema que se le había presentado. ¡Pero la persona que había resuelto el problema fue un prisionero!.
La suerte de Jósef no fue mucha. Quedó como encargado de los trabajos en las cámaras de gas y en los hornos crematorios.
En esta posición, la posibilidad de no recibir culatazos era mayor. ¡Aunque sólo era una posibilidad!.
Pasaron meses que parecían años, y años que parecían la eternidad.
Se volvió un delgado hombre que intentaba sobrevivir en un campo mortal. Su corazón se volvió frío, y su compasión no se hizo conocer con los demás.
Una vez ayudó a un hombre a vivir más días, bajándolo de la horca que aprisionaba su cuello suicida. Lo despertaron las sacudidas de la litera, y él sólo lo ayudó. ¡Nadie más tenía fuerzas de voluntad para ayudar a alguien que había optado por irse!. Y fue a la única persona a quien pudo ayudar.
Eventos importantes lo harían cambiar de parecer sobre querer estar con vida.

XIII

Cuando el tiempo se perdió en mi tempestad, me llevaron a un lugar para “ayudar” en ciertas ejecuciones; y para cavar largas fosas que albergarían a los masacrados.
Después de haber visto tantas cosas en el campo durante largo tiempo, el hecho de completar el trabajo de estos bastardos era de menor importancia.
Cuando se está en un campo donde las probabilidades de vivir son pocas ¡es mejor obedecer!.
Comenzamos a cavar las fosas señaladas y marcadas con cal.
¡Ni me imaginaba el desastre!. ¡Un grupo de cinco mil judíos sacados de la ciudad a la fuerza se aproximaban al lugar!.
A medida que terminábamos una de las fosas, comenzábamos con las faltantes. Terminado nuestro trabajo, esperamos la carga de víctimas que muy pronto se convertirían en cadáveres. Las cinco gigantescas tumbas esperaban por ser ocupadas.
Cuando los camiones llegaron el trato fue muy diferente para las víctimas. Un soldado del grupo Einsatz inmediatamente comenzó a fustigar a las personas, sin importar el hecho de que fuesen niños los que llorasen, o viejos asustados por el maltrato.
Con gritos les ordenaban desnudarse.
Las mismas víctimas tuvieron que poner sus prendas en determinado sitios, según se tratara de los zapatos, de los vestidos o de la ropa interior. ¡igual que en el campo!.
Mis ojos acostumbrados no dejaban de contemplar lo que tantas veces, en meses o años ya habían vislumbrado.
Colocaron un gran grupo de personas dentro de la gran fosa.
Niños abrazando a sus madres. Un leve murmullo comenzó a agarrotar el ambiente. El rezo comenzó a alzar eco por encima del gran bosque que cubría en escondidas la ejecución masiva que se iba a realizar. Trece soldados se postraron al borde de la gran fosa de pie y se prepararon para apretar los gatillos bajo la orden. Todos se apretaron unos con otros como si fuesen una gran familia.
La orden se dió. Las balas atravesaban cuerpos con facilidad, matando cada uno de estos miserables proyectiles hasta tres personas. ¡Aproximadamente cincuenta o sesenta personas cayeron, mientras una segunda orden se gritaba!. El estallido de las balas trató de cortar el rezo que estaba en el aire, pero inexplicablemente este vivía entre los árboles. Cuando terminaron de caer, nos mandaron a terminar de acomodar los cuerpos. En fila, a lo ancho de la fosa, sin importar como quedasen. Gemidos se escuchaban, mientras movíamos los pocos sobrevivientes. Pedían un perdón, pero ya mi corazón no podía emitir ese perdón que querían escuchar. Los verdugos tenían orden de no volver a disparar.
El segundo grupo de personas bajó para estar encima de estos cuerpos. Completamente desnudos y sin sollozar, ya resignados, se acercaban a los moribundos que silenciosamente alzaban las manos para pedir un poco de atención.
Las nuevas víctimas que todavía no habían recibido una bala en sus cuerpos, les hablaban en voz baja al oído, y escuchaban lo poco que podían decir estos victimarios. Los acariciaban con sus temblorosas manos en el cabello despeinado. Le trataban de tapar las heridas por las balas, como si no se dieran cuenta del desastre que pisaban. Una señora de edad avanzada le cantaba a un bebé de apenas días de nacido canciones de cuna, que se mezclaron con los rezos del grupo anterior en el aire sombrío de este cementerio maldito. Los soldados trataban de no ver lo que acontecía, y me di cuenta que a varios de ellos les corrían lagrimas en las mejillas. ¡Pero no podían contradecir una orden!. La voz de mando se hizo notar, y los tres disparos se refugiaron en los cuerpos de las personas. La señora de las canciones de cuna cayó, pero el bebé rodó a un lado, posándose suavemente en la tierra profanada. Una bella sonrisa se vio en su cara en el sol del mediodía.
Una densa neblina salida de la nada comenzó a cubrirnos con su humedad casi mortecina. La cara del bebé se ensombreció y lo que antes fuera un gemido, se convirtió en un llanto. Extrañamente no hacia eco. Salía de la fosa con tristeza, con melancólica soledad. Su pequeña cara clamaba el tacto de alguien. Un soldado bajó hasta la fosa, lo recogió con delicadeza, y mientras se lo pasaba a un compañero para terminar de subir la profundidad de la tumba, se limpiaba los ojos. Todos estaban en silencio, esperando. Se sentó en una gran piedra, permaneciendo hasta que el niño se durmiese, mientras le colocaba un dedo en su pequeña boquita. –Tiene hambre- comentó, mientras los demás compañeros de exterminio lo miraban con tristeza. El bebé se durmió. El soldado se levantó con cuidado y lo colocó en el frío suelo. Desenfundó su pistola y lo mató, enviándolo al sueño eterno.
¡Mi alma se volvía a quebrar!.
El bebé fue lanzado al foso junto a los moribundos y los cadáveres. Fuimos otra vez hasta el fondo del foso para acomodar los cuerpos encima del primer grupo. Los moribundos del primer grupo fueron sepultados por el peso del segundo grupo. Rápidamente fuimos sacados de la fosa, y en tropa el tercer grupo llegó. Una muchacha delgada de cabello negro dirigió sus ojos a mi persona. Se señaló a sí misma diciendo en silencio y en voz baja: “Trece años”.
Un señor estrechaba las manos de su hijo de diez años, que entraba en pánico, y mientras terminaban de bajar al foso, le hablaba en voz baja. El niño trataba de contener las lágrimas, mientras el padre le señalaba con el dedo el infinito cielo cubierto por la densa niebla. Le acarició el cabello mientras terminó de explicarle algo. El niño cambió su cara, y se agachó a tomar las manos de un moribundo, mientras su padre hacía lo mismo.
Las detonaciones junto con la orden volvieron a sonar. Y nosotros volvimos a acomodar a las víctimas.
La niebla escondía secretamente la matanza. Parecía que Dios no quería ver la muerte de todas estas obras maestras hechas con sus poderosas manos. ¡Y seguro lloró por todos ellos mientras los recibía en el lugar que nos esconde la eternidad!.

XIII

En el campo, el único momento de reposo era la comida. Un plato de sopa y las denominadas “porciones”. Estas consistían en unos 300 gramos de pan de salvado o de aserrín de madera. Por la noche variaba un poco la comida: un plato de sopa, esta vez con trocitos de legumbres secas, col y nabos. Cinco veces por semana se distribuía el pan con 25 gramos de margarina y una vez a la semana un pedacito de salchicha vegetal o dos cucharadas de mermelada. Muy de vez en cuando, dos cucharadas de coagulo de leche que lejanamente pretendían ser queso.
Pero el tiempo pasó, y el número de prisioneros en el campo creció. ¡Y fue menos la comida!.
Y apareció gente que practicaba el canibalismo para poder sobrevivir. ¡Porque el hambre no se podía disfrazar!.
Prisioneros que se entregaban a favores sexuales con guardias que estaban muy bien informados al respecto; estos cambios tenían casi siempre un buen resultado. Carne de muslo que no hubiese sido gaseada, sino disparada, era muy bien recibida por esta población.
Nunca me entregué a la idea de probar ciertos tipos de “alimentos”, y cientos de ofertas al día recibía para traerles un trozo de esta carne. Pero yo me negaba. Aunque muchas veces vi guardias que se agachaban a arrancar con su cuchillo un trozo de carne para “intercambiar”.
Los barracones de madera, además de albergarnos, comenzaron a llenarse de piojos, pulgas, polvo, moho y excremento humanos. Ningún otro guardia cuidaba en mandar al comando de limpieza. ¡Y comenzó a enfermarse la gente!.
Solo podíamos dejarlos amontonados en el barracón, agrupándolos por enfermedades, esperando la llegada de la muerte.
El hambre hacia que la gente se desorientara, igual el hecho de no saber qué fecha era para ir a los baños a tomarse la ducha reglamentaria; o salir del barracón con las chaquetas desabrochadas o acercarnos sin querer a menos de dos metros de la alambrada. Solo veíamos un bastón o una culata levantarse y después un golpe en la cabeza o en cualquier otra parte del cuerpo.
¿Cómo alguien tiene la voluntad de vivir si no tienes un sentido de decencia a tu alrededor?. ¡Si la miseria se hacía notar en tu ambiente!. ¡Perdí la cordura el día que ayudaba al descargo de un vagón en los hornos!.

XIV

El cuerpo cayó del vagón pesadamente por la inercia. Jósef se quedó viendo con asombro, y sus creencias se quebraron. Gritó “Papá” al cadáver desnudo, llorando y abrazándolo con ternura y suavidad. Le habló de cuanto lo extrañaba, y de cuanto lo apreciaba. El hombre desnudo le respondía con un breve estimulo de aprecio en su voz.
Jósef sabía que hacía menos de un segundo era un cadáver, y ahora se estaban abriendo los azules ojos que antaño recordaba en su padre.
La mirada de cariño fue compensada con unas palabras que lo dejaron un poco desubicado. – Hola Jósef -. Su voz era grave y su nariz aguileña como la de su hijo. - Hola Papá - respondió con una nota de cariño.
- ¿Qué has hecho, hijo?. ¿Cómo estas? - le preguntó, estando aún en los brazos de su hijo. Jósef se dejó caer completamente en el suelo, sosteniendo a su padre que inexplicablemente no se movía. – ¡Tengo que morir!. Más adelante platicaremos – le comentó en un susurro.
- ¡No, papá, no es tu hora! -, le dijo desconcertado. - ¿Para qué regresaste entonces?. ¿Para no darme esperanza? -.
Su padre esbozó una sonrisa, y con despreocupada alegría le respondió: - Para decirte dos cosas. Tu esposa te espera detrás de esa gran alambrada - le señaló con sus ojos a dónde tenia que dirigirse. – y vine a decirte adiós. ¡Pronto nos veremos! -.
Su cabeza cayó en el regazo de Jósef, y sus bellos ojos azules resplandecieron en la penumbra de sus pensamientos.
Cargó el cuerpo, que de repente se le había hecho liviano, y con destreza adquirida lo colocó en la larga plancha.
Le acomodó la cabeza para que acudiera con honor y postura al fuego consumidor. Le arregló el cabello, y consintió un momento para rezar una oración por su alma. Con un beso en la frente se despidió. Desplazó la plancha hasta el centro del fuego del gran horno, y lo vió desaparecer consumido por las llamas. Cerró la pequeña puerta y se entregó a la tristeza.

XV

¡Me acordé de lo que me había dicho mi padre!. Mi esposa estaba esperándome detrás de la alambrada. Sin sentir miedo hacia los guardias, asomé mi cabeza por la gran puerta de entrada, en dirección al lugar que me había señalado con sus ojos mi querido padre.
Y la vi. Su figura esperándome detrás de esas malditas alambradas que podían tocarla, y matarla. Sin uniforme de rayas del maldito campo como tantas veces me imaginé que usaba. Con su excelente sombrero que me encantaba, porque le daba una estupenda y bella distinción.
Mis pasos comenzaron a ir donde su figura se encontraba. Mi momento tan esperado y soñado. Volver a tocar su cara; vislumbrar su bella sonrisa que tanto había extrañado. Ya estos últimos días antes de verla me sentía fuera de un limite de resistencia mental. ¡Y solo con volver a ver su figura, me sentí volviendo en mis cabales. ¡Y sentí otra vez la esperanza!.
¡El maldito frío me traicionó!.
El primer impacto no aniquiló mi sueño. No sentí la caliente bala que había sido disparada por el soldado desde la torre de vigilancia. El clima frío, y la costumbre de recibir golpes lanzados a mi cuerpo muchas veces con brutalidad, me habían dejado con una especie de sin sentido al dolor. Mis pasos seguían el tramo hasta donde mi esposa me esperaba.
La segunda bala me dejó en el suelo. Mi mirada se consiguió con la de ella, y una bella, hermosa y radiante sonrisa me dio a entender que valía la pena morir.

 

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Comentarios
martins dijo:
10/1 puntos.
animo, un saludo.
Escrito: 1 año y 2 meses atrás
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