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Una Historia Sin Sentidos
Escrito por nemo (
Cuando salió de ese café todo era diferente. Ya nada tenia sentido; el cielo, el sol abrumador, la gente indiferente que rozaba su cuerpo sin siquiera voltearlo a ver, la vida en su mas pura definición carecía de importancia.
Todas las palabras que recordaba haber pronunciado le retumbaban en el cerebro como bombos enloquecidos de alguna tribu extinta. Caminaba sumergido en una burbuja gris que le hacía ir lento y nublado. ¿Hace cuanto tiempo empezó a caminar? No lo sabía, tal vez horas, tal vez nada. Se detuvo ante un anuncio flourecente que indicaba que estaba abierto las veinticuatro horas y dos botellas de cerveza chocando. Se sumergió en aquella región dominada por susurros y tinieblas buscando con la vista donde echar su costal de penas. Odiaba sentir ese vacío; odiaba oír ese silencio, odiaba mirar esa soledad que le aplastaba y el sabor acre de la furia que germinaba por allá dentro, cerca de su estómago. Trató de llenar su cuerpo con algo caliente, fuerte, que “raspara” su alma hasta desprenderla de su carne. “Solo Dios perdona”, eso era muy cierto. Tal vez porque en realidad no le importaba mucho lo que hicieras y para verse magnánimo te absuelve. Una burla ¿no? … El tiempo se escurrió en los vasos que se llevaba a la boca mientras su cabeza se iba sumiendo en su pecho y pronto le llegaría la salvación: la inconciencia. El hermoso embrutecimiento del alcohol se abría paso a zancadas en su cerebro y él estaba de acuerdo. Alguien habló… “no puede ser”… se sintió invadido y arrancado de su lugar favorito. Cerró el puño derecho y lo descargó hacia donde provenía esa voz. Golpeó el aire y gritó. Después se sintió levantado por el espacio; las luces, los colores, las voces, jalones y dolores aparecieron en todo su cuerpo mientras se retorcía sin lograr nada. Aterrizó de forma abrupta en una superficie dura y húmeda. Una corriente de aire fresco le acaricio su rostro ardoroso. Se quedó tirado con los parpados apretados al igual que los puños. Poco a poco el oxigeno volvió a entrar en sus pulmones y dio una gran bocanada. La oscuridad lo levantó en vilo y cuando abrió los ojos solo contempló un cielo medio nublado y luces amarillentas que colgaban iluminándolo de forma tenue. Y frío. Solo su abdomen parecía tener calor. Parecía tener anidado en su estómago una braza que empezaba a avivarse. Se sentó con lentitud; miró sus manos enrojecidas en el centro de la palma como si debajo de su piel tuviera pequeños carbones encendidos. Tocó su rostro. Quemaba. No sabía si eran sus manos o su rostro pero en realidad quemaba. Se levantó la camisa y del ombligo una pequeña llama amarilla salió un instante para después volverse a esconder entre sus pliegues. ¿Que era esto?... ¿Qué había tomado?... ¿fuego?... Poco a poco sintió subir por su abdomen una bola incandescente que le incendiaba las entrañas; paso de su pecho hacia sus manos las cuales comenzaron a derretirse como veladoras. El asombró fue mayor que el dolor. Las vio desaparecer hasta quedar regadas en el piso formando una mancha rojiza y burbujeante. “ya no puedo tocar este vació que siento… ¡que alivio! Lo que haya sido que acabó con sus manos se volvió a introducir en su torrente sanguíneo, era la única explicación que le mandaba su cerebro aturdido; pasó por sus brazos y continuó hacia su cabeza. Sintió que sus oídos quemaban y levantó los muñones para intentar tocarlos. Finas gotas rosas comenzaron a caer en sus hombros y descubrió que sus orejas habían desaparecido trayendo consigo el silencio más absoluto… ya no puedo oír el lamento de mi corazón… ¡que alivio!... De su boca comenzaron a desprenderse los dientes mientras las encías se fundían sellando por completo sus labios… ya no puedo saborear este amargo sabor de la impotencia y la culpa… ¡que alivio!... Los ojos saltaron de sus cuencas con un ruido viscoso y cayeron casi derretidos junto a sus rodillas siseando al tocar la superficie mojada de la banqueta… ya no puedo ver mi soledad aplastante… ¡que alivio!... Su cuerpo cayó hacia atrás quedando, con lo que restaba de rostro, hacia el cielo nublado y fue entonces cuando su pecho se abrió lanzando una llamarada roja y dejando al descubierto un corazón chamuscado que no tardó en licuarse entre las costillas… ya no puedo sentir nada… ¡que bendición!... La gente que en esos momentos caminaba sobre la acera parecía no ver el cuerpo que poco a poco desaparecía consumido por las flamas. La lluvia hizo su aporte y solo le bastó cinco minutos para borrar del suelo cualquier indicio de él… ¡que alivio! Escoge el próximo pasaje
Hasta aquí llega lo escrito para esta línea narrativa de la historia. Si lo deseas puedes contribuir escribiendo el próximo pasaje.
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