![]() Sinopsis
No sé quién fue que una vez me dijo que uno siempre vuelve a su primer lugar. No recuerdo el momento ni el día en el que oí tal juego de palabras: o quizás lo haya leído, no sé. No me acuerdo de si lo creí al instante o si tardé varios años en constatarlo empíricamente. Qué se yo, fue raro. Fue como haber aceptado que anduve por la vereda errónea durante casi una vida (o una vida entera: ¿quién puede determinar cuál es el tiempo de la vida?).
Tampoco estoy en condiciones de arrepentirme de algo. Hay cosas, ciertas cosas, que no volvería a hacer. Pero quién sabe, ¿no? En una de esas justo se da la situación de que, por arte de magia, vuelvo en el tiempo hasta uno de esos momentos en donde hice cosas que no volvería a hacer y, sin embargo, las haría otra vez. Uno nunca puede estar seguro, porque las certezas dependen del tiempo: ese monigote invisible que anda disfrazado de agujas y arena a la vez. Mantener certezas es, en algún modo específico, destilar soberbia. Hoy vine hasta acá. Debe ser la enésima vez que piso este lugar, pero ya eran muchos años que no lo hacía. Es raro. Es como permanecer enjaulado en la cuasi-eternidad y, una vez en libertad, comenzar a anhelar los barrotes. Qué cosa tan extraña. Le busco alguna explicación coherente y no le encuentro. Quizás tenga confundidos los conceptos de la coherencia y yo resulte ser el más incoherente. Hay veces que me asfixio por depositar pimientos de fe en pólvora humedecida. Sigo con el traje de buscador de fórmulas utópicas y existe una fatídica piedra que me tomó de punto. Maldita roca inmóvil. Hay otras que las llevo en el zapato, son mucho más pequeñas y puedo soportarlas sin mayores penurias. Retomo mi viaje esporádico hacia la memoria. Indago lo que ya ha sido indagado, pero todo vuelve a ser estéril. Remover lo quieto me hace mal, lo sé, pero es una dosis sin la cual no viviría. Me aferro al axioma: lo hecho, hecho está. Mi ejército de soldados es un pelotón de maniquíes sobrevivientes de la comarca de la bobera. No hay nada contra lo que arremeter; o hay mucho y no hay con qué. Los maniquíes están asustados y el pavor les impide actuar. Pero de repente, sin que el enemigo amorfo pueda divisarlo, la voz de un viejo sabio los insta a reclutarse. Sucede de vez en cuando y es ahí donde alcanzo a ver los ojos de la felicidad. Me atrae, me vislumbra y es tan generosa que deja que la contemple durante un largo rato. Se parece a la otra de aspectos azulados y a la que tiene forma de ángel. Y luego, luego se va sin previo aviso. Se esfuma ágil. La rutina vuelve a ser calvario. No existe nada en lo que pensar más que la nada misma o el todo indescifrable. Allá a lo lejos queda el frente de batalla, ahora desolado y con vestigios melancólicos y repletos de dudas. El próximo combate –indefectiblemente lo habrá, porque la guerra jamás claudica- va a comenzar quién sabe cuándo. Puede que sea en la inmediatez: sí, probablemente sea pronto. Mientras tanto me desayuno el café de todas las mañanas, leo el periódico, me entretengo con lo que encuentro, me doy cuenta que inconscientemente creo conservar varias certezas, me ahogo en mi soberbia, mi cerebro exhausto pide a gritos que le confiera una nueva dosis para seguir viviendo y me invade la cuestión de si hoy me saldré del funesto libreto o si me volveré maniquí. Etiquetas
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1 Escrito por Licántropo (
Y una línea, y dos, y tres. Cuatro, cinco, seis. Se perdió y volvió a empezar: una línea, dos, tres. Cuatro líneas. De pronto, a lo lejos, dos luceros. Una línea, dos, tres, siguió. El brillo creció hasta la ofuscación: dos segundos, ... Leer mas
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