![]() Sinopsis
Venía con prisa para llegar a tiempo a destino. Cruzó una calle angosta cuando una voz que no tardó en reconocer le gritó por detrás. Se paralizó por un momento, sus piernas se estancaron. No podía ser verdad, pero un nuevo grito confirmó la sorpresa. Lentamente, con un movimiento casi imperceptible, se dispuso a dar un giro de ciento ochenta grados. Y allí estaba ella. Parpadeó tantas veces que sus ojos se cansaron. Estupefacto, exclamó:
-¡Ey! Ella corrió hacia él: -¿Qué hacés? -Eh… nada, ¿vos? -preguntó, y su mueca de asombro aún prevalecía. -No... es que te vi y te grité... no puedo creer que seas vos. Ambos se ruborizaron y entonces un silencio incómodo emergió de la nada. Él la miraba a los ojos como examinando lo que alguna vez había sido suyo. Era el mismo rostro que antes, y esa sonrisa, casi perfecta, lo hizo sonreír. Pronto se dio cuenta de que su corazón latía con ferocidad. ¿Cuánto hacía que no le pasaba? Quizás la última vez había sido ese fatídico día, cuando un simple mensaje de texto lo destruyó todo. -Estoy llegando tarde -balbuceó temeroso. -No puedo creer que seas vos -insistió ella. -No, yo tampoco puedo creer que sea yo…digo…que seas vos. Los dos rieron como en aquellos mejores tiempos, donde no importaba nada más que no fuese pasarla bien. -Andá, andá si estás llegando tarde. Él pensó por cinco segundos: había anhelado ese encuentro durante largas e infinitas noches: -No, no pasa nada, tengo tiempo -mintió y la miró de soslayo. -Buenísimo, entonces. ¿Te recibiste? -Sí, sí, me recibí -contestó extrañado y se cuestionó para sí mismo por qué se lo preguntaba, si al fin y al cabo, nunca le había importado demasiado, o al menos eso siempre creyó. -¿Vos? -También -contestó ella. -Y… ¿estás trabajando? -Sí, sí, ¿vos? -También… Percibió que los años habían pasado muy rápidamente, y una fugaz sensación de nostalgia comenzó a masticarle el alma. Se lamentó, pero aún continuaba boquiabierto, observando esa figura maravillosa que le penetraba la vista. Quiso creer que nada había cambiado, que quizás se trataba de un guiño del destino que buscaba reivindicarse luego de tantos años de cizaña para con ellos. Pero no: ¿qué sentido tiene remover lo que está quieto, si así está bien? ¿Qué sentido tiene volver al pasado para indagar lo que ya ha sido indagado? ¿Qué sentido tienen las segundas oportunidades, tan absurdas e incoherentes, si las cosas han tomado ya su curso? Es en vano, todo es en vano. -Todo es en vano -dijo sin querer y empalidecido. -¿Qué? -Que todo es en vano –arremetió- porque el destino se ríe de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que intentamos que sea, porque todo es en vano, porque el destino es quien decide los rumbos de la vida. -¿Qué? -repreguntó desorientada, aunque él sospechó que comprendía perfectamente la oración. -No, nada, dejá. -¿Cómo nada? -Nada, nada -y río. Y comprendió que aquélla noche, hacía quién sabe cuántos años, no había llorado en vano. Y eso que, esa vez, todo se resumió en una pantallita donde una tenue luz titilaba. Allí se habían decidido los rumbos de un romance de casi cinco años al que decapitaron en menos de un segundo. ¡Y vaya si lloró! Como nunca antes, pero menos mal que ella no lo vio, porque nunca lo pudo ver llorar, y no habría podido creer ser la única causa de sus lágrimas. Repentinamente notó un aspecto curioso: estaban parados en el mismo sitio donde se habían conocido en la juventud. Quiso saber si ella lo recordaba, y preguntó: -¿Te acordás cuando nos conocimos? -Sí, fue acá -respondió con retinas iluminadas. El lugar estaba idéntico, y ellos parados sobre el mismo cordón donde una noche se habían sentado a conversar por arte de la casualidad. Luego se fueron en auto, y luego…luego la felicidad. Y ahora, el tiempo, había pasado fugaz. Pero ella seguía allí, radiante, preciosa, cautivante como siempre. Él se entristeció al saber que alguna vez supieron pertenecerse el uno al otro. -Sí, qué loco, ¿no? -¿Qué cosa? -Esto…esto de que nos volvemos a encontrar en el mismo lugar donde nos conocimos -contestó, y volvió a sospechar que ella fingía desconocer acerca del diálogo que entablaban. -Ah, sí, es raro -y deslizó una sonrisa con forma de ángel. Él pensó en hacerle el amor, ya, donde fuere, no importaría nada ni nadie. Quería volver a sentir el olor de su piel, tan indescriptible, tan singular, tan única e inolvidable. Serían unos breves minutos, quizás media hora, o un poco más. Sería lo que fuese necesario para volver a contemplara desnuda. Sólo una vez, para volver a besar sus labios, humedecer con la boca cada pulgada de su cuerpo, sentir su transpiración, para volver a saber cómo es la sensación de no necesitar nada porque ya se lo tiene todo. Se dio cuenta de que nunca había dejado de amarla, quizás sí de pensarla, pero no de amarla. ¿Ella se hallaría en la misma desesperante situación? No lo sabría, como nunca había sabido acerca de las cosas que a ella la conmovían. ¿Por qué será que cuando uno ama, enceguece? Y no había verdad, sino una memoria tan audaz que congelaba los recuerdos precisos. Él no habló más; simplemente la observó, quería recuperar los años perdidos. -¿Qué pasa que me mirás tanto? -preguntó ella con tono de broma. -No, nada, simplemente que… -Te extrañé. -…te extrañé. Él creyó que si ambos habían dicho lo mismo, al mismo tiempo, en el momento justo, era porque alguna llamita aún resplandecía y pedía a gritos un poco de oxígeno para crecer. Pero las agujas habían caminado con más prisa de la que llevaba él antes de encontrarse con ella. Sólo quedaba tiempo para que ambos continuaran sus caminos, por veredas distintas, y, al menos por algún par de noches, volvieran a aferrarse al dolor, que siempre es mejor que el olvido. Pensó en lo doloroso que resulta ser sicario de quien se ama, pero la falta de certezas lo obligaba a devorar el letargo. Por algo había sido un “te extrañé” y no un “te extraño”: la fatalidad tenía cierta lógica. Se desearon buena suerte y un profundo abrazo los puso corazón contra corazón: latirían juntos por unos segundos, y luego volverían a separarse. La tarde ya se había hecho noche sin que se dieran cuenta, y eso que su diálogo fue demasiado efímero como para tratarse de dos almas que antes conformaban una sola. En lo alto, las estrellas, más brillantes que nunca, entremezcladas unas con otras, contemplaban el episodio. Ellos, todavía abrazados, las divisaron y se sintieron diminutos al lado de tanta inmensidad. ¡Qué inmenso habría sido su amor, o qué inmensa su felicidad, si tan sólo hubieran soportado un poco más el hastío de no poder ser normales como todas las parejas del mundo! Hubo una mirada mutua y consciente de que sería la última. Él dio media vuelta, y ya no la vio. Caminó lentamente sin mirar hacia atrás; ya no tenía prisa, sino las venas heladas. Temblando como si estuviera tiritando de frío, levantó su mano hacia su cara, y, con el dedo índice invertido, quitó una lágrima que había logrado escaparse de su interior. Quizás ella caminaba de espaldas, quizás estaba parada esperando que volviera a sus brazos. Pero él lo ignoró. Emprendió rumbo hacia la fría noche donde la luna lo recibió con sus rasgos de hipocondría. Suspiró largo. Retomó ese camino taciturno y casi eterno donde mil flores negras adornaban la escena. Se prendió un cigarrillo que se hizo humo en breve. Y aún no había dejado de fumar cuando pensó que cambaría todo lo que tenía en ese momento, sólo por un segundo más con ella. Pero ya era tarde: los minutos tomaron ritmo veloz como indicando que con frecuencia, la esperanza se volvía trizas. Se lamentó de los errores cometidos. Se lamentó de su orgullo: único verdugo del inocente sentenciado. Y en el reflejo de los vidrios de los autos se vio sus propios huesos, entre tanta carne carcomida. Y todo por un mensaje de texto, todo por temer a la discordia y plantar bandera blanca cuando todavía quedaba mucho por lo que luchar. Todo por no arriesgarse por miedo a perder: y esta vez sería en vano volver a llorar. Etiquetas
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