|
La verdad al final sale a la luz
Escrito por Isabel60 (
Bien pasadas las 10 de la mañana llegó Jerónimo, todo sucio, vomitado y bañado en pises. Su cara estaba negra por la sangre seca que, a lo largo de la noche, había ido brotando de una herida que se hizo en la frente al chocar su cabeza contra el suelo, en uno de sus ladeos por la borrachera que llevaba su cuerpo.
Inmediatamente Aurora, al sonido del timbre, saltó de la silla. Era como si en esos momentos una larga y fina aguja la hubiera atravesado, por debajo del asiento, llegando a lo más profundo de su corazón. Dio tal brinco que apunto estuvo de caer encima de su hijo que jugaba, tirado por el suelo, con un fuerte de indios comanches que él había hecho y ocupaba un trozo de la sala. Sólo tenía cuatro indios y dos caballos de plástico. Su abuela con unas ramitas y pajas secas del huerto, le había preparado una autentica choza india. Unos abrevaderos de madera, algunas pequeñas alpacas para que se alimentaran los caballos, y unos pequeños rifles apostados en una cerca de madera también elaborada por su abuela. Aurora a punto estuvo de pisar el fuerte de su hijo, y rodar ella por el suelo. Él niño, ajeno al gran problema que se rumiaba en su casa, jugaba con los comanches y caballos salvajes. Sin preguntar y totalmente atolondrada, Aurora abrió la puerta. El primer impulso fue echarse para atrás, del hedor que emanaba de aquella persona a quien ella, a voz de pronto, no había reconocido como su marido. La primera impresión fue la de un vagabundo nauseabundo lleno de suciedad y mugre. - Hola cariño, siento esto - por la boca de Jerónimo salieron estas palabras. Ahí fue cuando la mujer, agotada por haber pasado la noche en vela, vio que era su marido y no ningún merodeador vagabundo impregnado en sus propias miserias. Nerviosa y sin saber que hacer, se tapó la cara con sus manos ásperas y envejecidas. De sus ojos del color de la miel, brotó todo un torrente de lágrimas. Sus lágrimas eras mudas e invisibles, nadie las escuchó ni las vio, tan sólo su alma. Le parecía increíble que aquél hombre pudiera ser el que, la tarde anterior, la amó con tanta pasión. Le condujo rápidamente al baño. No hizo el menor ruido al cerrar la puerta. Casi no respiraba para no levantar sospechas de lo que estaba sucediendo en esos momentos. Su Madre, desde el otro lado del pasillo, vio el panorama. Rápidamente se escondió para que ni Aurora ni Jerónimo la descubrieran. Ella sabia comportase y comprendía cuando estaba de más, y cuando tenía que callar. Se fue junto al Raúl, el niño al verla le dijo que jugara con él. Raquel con sesenta y ocho años, por unos momentos se tiró al suelo y se transformó en una joven y bella amazona de largas trenzas. Jugó para que su nieto estuviera entretenido y elevaba la voz por si en el baño había voces que el niño no pudiera escucharlas. Aurora le Ayudó a quitar sus harapientas y mugrientas ropas, y lo sujetaba mientras él se sumergía bajo una cascada de agua limpia, transparente y templada. El agua tibia fue arañando toda la mugre de su dolorido cuerpo. La brecha de la frente comenzó a emanar un hilillo de sangre. Jerónimo al ver la sangre en la bañera se empezó a sentir indispuesto. Aurora le ayudó a sentarse dentro de la bañera, mientras él se dejaba lavar por su esposa. La suavidad de la esponja y la espuma del jabón, hicieron que Jerónimo se evadiera del baño y, vagamente entre pensamientos difuminados, comenzó a recordar que mientras él estaba tirado en el callejón y sin posibilidades de poderse levantarse, unos jóvenes con cadenas en las manos y en sus cuellos, cabezas rapadas, y botas negras que debían tener en la puntera una especie de hierro macizo, por el dolor que sintió al ser golpeado: le insultaron, dieron alguna que otra patada y se mearon encima de él. Le salvó que no le rociaran con gasolina, como oyó comentar a uno de los jóvenes, porque no muy lejos de allí sonaron sirenas de la policía, si no, ahora sería pasto de sus propias cenizas. Se sentía como una escoria. También pensaba que, quizá, hubiera sido mejor que hubieran terminado con él, de esta forma, se libraría de una vez por todas de las garras del juego y la bebida. Para sus adentro sólo se decía, “soy una autentica mierda fétida y repugnante, no merezco vivir ni hacer sufrir a Aurora”. Sus pensamientos le hicieron ver, que había tocado fondo. Que estaba en la más mísera de las miserias y que necesitaba ayuda. De pronto Aurora escucho entre el llanto de su esposo una voz lánguida que le decía: -Ayúdame por favor, yo sólo no puedo…, ayúdame… En esos momentos era como si a Aurora la hubieran clavado una daga traspasándola por la mitad del corazón y esté quedó partido en dos. No hacia falta preguntarle nada, esas palabras confirmaban lo dicho por el encargado de la obra. Ahora sabía que todo lo que había dicho no era un bulo ni una sarta de mentiras: lo que el jefe de su marido le había contado, era cierto. Jerónimo al pedirla ayuda se confesaba. Él solo se delataba de estar en cosas sucias. Tal vez tuviera una amante, tal vez flirteaba con el juego, drogas y todo tipo de mujeres,… Escoge el próximo pasaje
Versión
1 Escrito por Isabel60 (
Mientras que su mujer lo bañaba, él estaba cabizbajo. Avergonzado por el hecho de que era la primera vez que ella lo metía en la baño y lo restregaba como a su hijo de seis años. Nunca recordó, que su suegra un día también tuvo ... Leer mas
Comentarios
Te gustaría comentar aquí
|
Mensaje |
||
Exito |
||
Error |
||
Aviso |
||