Caín se quedó con un palmo de narices
Escrito por Isabel60 (Desconectado Offline), el 10 de junio de 2008
Después de una gran caminata llegaron a la oficina; allí estaba el encargado de la obra donde trabajaba Jerónimo.

-Buenas tardes - dijeron los dos al unísono.

- Buenas tardes - contestó el encargado

Aurora se precipitó sobre la mesa y le entregó el parte médico de baja de su esposo.

Caín, que así se llamaba el encargado, con voz y mirada burlona se dirigió a Jerónimo diciéndole:

- Nos olvidaremos por unos días de tu avinagrada cara y de tú insolencia.

Jerónimo se mordió los labios y no respondió, le cortó la presencia de su mujer. Por su cabeza pasaron montones de imágenes de engrescarse con Caín. Apretó su puño derecho con rabia, mientras que con la otra mano le sujetaba para que no saliera disparado, y se estampara en la cara del oso peludo que tenia delante suyo. Caín era una mole de grasa que solo sabia insultar y dejar en ridículo a sus trabajadores delante de otros. Su cabeza era como una gran bola pesada de jugar a los bolos. Sus pelos pegados al cráneo, parecía como si cada día al salir de casa lo lamiera una vaca dejándolos aplastados y sin brillo, llenos de mugre y grasa rancia, que emanaba de su cuerpo deformado y grueso, de tanto consumir hamburguesas. Él sabia que el daño psicológico machacaba a los obreros que tenía a su cargo,y de ésta forma trabajaban enrabietados y a destajo rindiendo más. No sabía comportarse de otro modo, ni siquiera delante de una mujer tan bella como Aurora. "Da gracias a que me acompaña mi esposa sino te machacaba" pensó Jerónimo atravesándole con la mirada y gratamente sorprendido de la respuesta de su mujer.

- Miré usted, que sea su jefe no le da derecho a insultar y faltar el respeto a mi marido - contestó Aurora encolerizada -. Si usted no respeta a sus trabajadores, no espere mejor trato de ellos. Afortunadamente mi marido dejará de ver su cara de…por una temporada. Tenga usted su baja. Adiós.

Caín se quedó con un palmo de narices: no estaba acostumbrado a que nadie le contestara y mucho menos una mujer. Estaba divorciado por malos tratos a su esposa. La última paliza que la dio, la dejó con la cara hecha un cristo, los dientes rotos excepto las muelas que se quedaron temblando, y agarradas a un pequeño trozo de carne enrojecida, por la turbulencia del golpe. Se sentían el dueño de las personas y eso le fastidió bastante. ¡¡¡Una mujer llamándome la atención a mí!!!

- Será hija de la gran… - gritó encolerizado.

Llegó a oídos de los dos que aun estaban a una corta distancia de la oficina. El berrido de Caín fue como el bufido de un toro bravo que deja eco. Jerónimo hizo esfuerzos para desembarazarse de su mujer y darse la vuelta, pero ella lo tenia agarrado y lo arrastró fuera del lugar.

-No, no merece la pena. No te pongas a su altura ¡Tu vales más que él! Si quiere camorra que se vaya a Italia y busque a la mafia. Haz como que no lo has oído -, le decía su esposa acelerando un poco el paso.

Aurora sabía que ante la indiferencia, un hombre como Caín se iba a desconcertar y su rabia y frustración aumentaría y con ésta, el resentimiento. Aurora tenía dominio de sí misma y no iba a responder, así lo hizo. Ella sabía mucho de modales y tenía una gran psicología para afrontar los problemas.



Caín al no lograr su objetivo con la mujer, insultó a Jerónimo para ver si este respondía.

-Eres un maldito hijo de puta mujeriego, borracho y jugador - de su boca, con dientes que relucían enfundados oro, salían palabras crispadas y llenas de odio. Su nuevo ataque tampoco dio resultado. Aurora y Jerónimo se alejaron haciendo oídos sordos.

- No responder a las palabras que intentan ofendernos es lo más sabio - le decía Aurora a su compañero que, en esos momentos, estaba nervioso y temblando como un niño -. La dignidad y la clase no se compran. Nosotros no tendremos dinero, pero en clase y dignidad somos ricos. Guardamos un gran tesoro en nuestro corazón. Tenemos la mayor fortuna – susurraba suavemente en el oído de Jerónimo su esposa -.No te preocupes que nada nos va hacer. Es un cobarde refugiado tras su cargo. Tan inseguro ante la vida que sólo sabe ladrar para humillar a los demás.



El encargado se quedo allí refunfuñando porque no los había humillado. Era como él más disfrutaba: humillando a las personas. Esta vez la humillación se volvió contra él con la indiferencia. Al no obtener respuesta se quedó apabullado.

 

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Escrito por Isabel60 (Desconectado Offline), el 10 de julio de 2008
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