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Primer imprevisto
Escrito por julesbravia (
No bajé la escalera hasta la calle con rapidez, por el contrario me regodeé en aquel requiebro de mi absurdo comparecer en esta vida. Al llegar, me fijé en la mugre que cubría el maletero de mi coche, una suciedad pegajosa por el roce del aire húmedo de aquella época del año. Alguien había escrito unos llamativos símbolos en la superficie metálica y ahora, al final de la noche, se veían claramente. Recordé los círculos en los campos de trigo y también las primitiva imaginería que hace unos años surgió en mi piel en forma de pintorescas grietecillas de color violáceo. Me pregunté si podrían representar las actividades de alguna diosa de la fertilidad castigando su útero para alumbrar una nueva era, o algo así. Me dije que debía tratar primero el otro asunto.
Abrí el maletero sin contemplaciones, creí que era mejor así, para que una bocanada de aire fresco exterminara la crisis que allí mismo se había estado pudriendo desde que aparqué el Viernes a la hora de comer. Aquel, fue un mal día, en el que llegué a casa descompuesto y probé las delicias del vómito reparador justo en el felpudo, ante la mirada esquiva de los transeuntes que aceleraron el paso. Probablemente por eso, ovidé lo difícil que resultó conseguir los desperdicios que parecían alargar ahora sus manitas mientras repetían ¡no puede ser culpa mía!. ¿Alguien sabe lo que ocurre cuando abandonas una bolsa de plástico con dos kilos de sardinas semifrescas en el maletero de un coche durante dos días con sus cálidas horas de almorzar ante mesas siempre justas, en salones de ventanas abiertas y familias sudorosas después de dar cuenta de ollas de hirvientes sopas?. Había una miriada de ojos enrojecidos por la pena de la inutilidad, bocas exhalando horribles suspiros y aletas entrecruzadas en hermandad. Con cuidado saqué la bolsa chorreante y me pareció que sus inquilinas empezaban a respirar aliviadas, algunas intercambiaron miradas cómplices. Seguramente pensaron que no me había dado cuenta que una de ellas se había escapado de su prisión y estaba en un rincón oscuro, casi al lado de la lata de aceite. Pero descuiden, después de tirar la bolsa al contendor, volvería a recoger a su escamosa herman y la pondría cuidadosamente en el asfalto, cerca del bordillo y paralela a él, simulando una estampa de natación sincronizada, para que aquel que la viera, se fuera con un pensamiento polizón, fruto de la alocada idea de que alguien dedicó un segundo de su vida a situar cuidadosamente un pequeño cadaver de pez. Ese espectador accidental, probablemente llegaría a su trabajo con una indescrifrable inquietud, fruto de la leve caricia de algo que él creía muy lejano y de lo que ya no se sentiría a salvo, al menos durante ese nuevo día. Escoge el próximo pasaje
Hasta aquí llega lo escrito para esta línea narrativa de la historia. Si lo deseas puedes contribuir escribiendo el próximo pasaje.
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