38. Ayna
Escrito por Javier valladolid (Desconectado Offline), el 18 de marzo de 2008
1.

-¿Cuánto tiempo llevamos aquí? –Pregunta Ayna a Orateur con una impaciencia mordaz por alguna razón tediosa y ardua de contar.

-Desde que nos capturaron a todos hasta que nos metieron en las capsulas criogénicas, seleccionándonos entre unos pocos, pasaron tres días. Desde entonces han pasado 30 minutos y 14 segundos aproximadamente. –Responde Orateur.

-Merci beaucoup. Es poco tiempo para todo lo que ha pasado. Lastima que no recuerde casi nada de antes de llegar a aquí. –Comenta Ayna triste.

-Te ayudaré a recuperar esos recuerdos. –Promete Orateur.
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Ayna recuerda alguna cosa como si la estuviera viendo:

Ve un desierto de cactus con colinas montañosas. Allí hay unos hombres:

Uno va a caballo. Tiene unos 55 años, barba larga, aspecto decrepito, una armadura de coraza abollada y corroída por el tiempo así como una cuba de barbero a modo de casco.

El otro es un hombre de unos 40 años, inculto, bajito y gordito. Lleva gafas de sol, una chaqueta vaquera, una pistola y va en una harley.

El primero le dice a Ayna:

-Ven aquí gentil labriega mía, caballera de este caballero en la batalla, la princesa más hermosa por la que hago tantas gestas. Venid aquí vuesa merced, que creo ser digno poseedor del amor de vos. –Dice aquel viejo loco.

-¿Quiénes sois? –Pregunta Ayna asustada de aquel viejo loco y el hombre armado.

-Dulcinea, Dulcinea… Dulcinea del Toboso. Sabes de sobra quien soy yo, Don quijote, tu servidor. Y mi compañero es Sancho Panza, mi fiel escudero. –Dice Don Quijote extrañado.

Aparece un grupo de gente convertida en estatuas de piedra junto a una gasolinera. Un hombre joven con la habilidad de lanzar hechizos sin necesidad de barita les ha hecho eso. Este lanza rayos contra unos esqueletos que Ayna está creando a partir de los cuerpos del cementerio que pisan. Algunos esqueletos se vuelven contra ella.

Unos pocos se convierten en zombies de todos los esqueletos. Tras despetrificar a algunas personas, las atacan matándolas o muriendo en el intento a causa de su defragmentación hasta el punto de que no puedan físicamente luchar.

-Soy uno de los dos quiromagos registrados y mis nueve años en la escuela de Howars me atestiguan como mejor mago que tú. –Dice altivo aquel mago.

-¡Saldré de esta! –Dice Ayna convencida.

El mago maligno lucha tras eso contra los esqueletos y mata a algunos, diseccionándolos con su espada, en un duelo de esgrima. Despetrifica a un hombre. Lo hiere con una daga venenosa y tras sacrificarlo clava el puñal en la tierra. De la tierra sale un golem que acaba con los esqueletos y que va a por Ayna.

Ese ser de piedra se aproxima lentamente hacía Ayna. Mientras, la tierra empieza a tragar al mago maligno, a petición suya por lo patética que le resultaba aquella situación.

-Daimiel, nieto de Gargamel. Ni yo ni mi escudero hemos renunciado a la muerte, luchando por ganar el favor de mi amada para que tú sigas con las trifulcas de tu abuelo en este nuevo mundo, donde los archienemigos serán vencidos como noble caballero que soy. –Suelta ese discurso solemne Don Quijote.

En ese momento Don Quijote va con su caballo y golpea con su lanza al golem.

-Señor, apostaría mi chupa que usted está golpeando a un tanque. Sobre ese mago invisible, intangible e inaudible, su magia oculta la batalla que entablas y describes. –Dice Sancho.

Saca de un bolsillo de su pantalón un ordenador portátil plegable; el cual despliega y ensambla. Mira sus contactos de correo electrónico y escoge tres que son: Doctor House, psiquiatra Venon, psicólogo Farnsworth.

Luego envía el siguiente mensaje:

-Está teniendo otra de sus crisis. Esta vez no podremos hacerle robar como con Robin Hood, bajo la mentira de que se lo da a los pobres, ni que pague el pato de su incompetencia con el riesgo de dejar su misión, por no hablar de que peligré su salud.

Ayna lo lee y se queja. Sancho saca su pistola y la va a disparar. Entonces despierta ya que todo ha sido un sueño.

-Vamos, es hora de levantarse para ir al instituto. –Dice una anciana que resulta ser su abuela.

Ayna se levanta. Mira el reloj de mano que llevaba y son las ocho menos cuarto. Huele a humo de tabaco y hasta se ve. Ve más humo y nota que hay fuego. Avisa gritando y se despierta, descubriendo que esta vez es de verdad.

 

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Escrito por Javier valladolid (Desconectado Offline), el 18 de marzo de 2008
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