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En construcción
Escrito por Gabotto (
![]() Ese martes las siete de la tarde dolían más de lo habitual. Las sienes me apuñalaban con cada latido y no parecía existir sobre la faz de la tierra aspirina que pudiera convencerlas de cambiar de idea. Había sido un día para olvido. Discusiones con mis socios, pagos no acreditados, embotellamientos, corridas contra reloj y mil llamadas de clientes, proveedores, mi abogado y quien carajo fuera que tenía mi número.
Impregnado de ese calor pegajoso que hacía todo un poco más insoportable llegué a casa. Si uno tuviera la posibilidad de elegir un día para que le ocurran todos los contratiempos posibles, no hay dudas de que sería este, disparé con acidez. Ya frente a la puerta me detuve con la certeza de que algo similar a la felicidad estaba a tan sólo dos giros de llave, hecha de un aire acondicionado en veinte grados, una cerveza bien fría y un zapping furioso pero inocuo hasta la hora del partido. Entré y dejé mi ropa enredada en el perchero. Lujos de la vida de soltero, me felicité. En calzoncillos, otro lujo de esta etapa, completé el circuito heladera, sillón, televisor en tiempo récord y, con la misma insistencia con la que minutos antes tocaba bocina en la avenida, comencé a pasar canales. Un rato después, bajo el hipnótico efecto de mirar para no mirar, me entregué al sopor del sillón. El cuerpo más relajado comenzaba a deslizarse hacia una involuntaria siesta cuando escuché los golpes secos en la pared de la cocina. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Silencio. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. No podía ser. A las ocho y cuarto, la gente de la obra en construcción de al lado ya se tendría que haber ido. Uno, dos, tres y lagranputaque, grité entre el quinto martillazo y el silencio siguiente. Justo a mí me pasa esto, justo ahora que. Uno, dos, tres y yavanaverestoshijosdep, le advertí a un azulejo de la cocina, entre dos nuevos golpes. No me conocen, no saben con quién se están metiendo, amenacé al voleo mientras corría a buscar un short y las ojotas. No, si conmigo no se jode. Uno, dos. A ver si ese que golpea es tan guapo en persona, desafié mientras agarraba las llaves y bajaba al trote por las escaleras. Al llegar a la puerta de la obra, la encontré tan cerrada como cuando volví del trabajo. No se escuchaban martillazos ni voces. Llamé y no hubo respuesta. Espié por una rendija y tampoco vi a nadie. Qué raro, pensé. ¿Habrá sido una broma? Imposible. ¿El vecino del departamento de arriba? Tampoco, los golpes eran en la pared lindera ¿Habría confundido otro sonido con el de un martillo? Estaría estresado, sí, pero no loco. Ya dentro del departamento me sentí como un extraño. Con temor, fui hasta la cocina y apoyé la cabeza contra la pared. Golpeé algunos azulejos al azar en busca de un hueco oculto o algo que demostrara la existencia de un agujero entre los ladrillos. Miré debajo de los muebles, del piletón del lavadero y nada. Seguía sin entender qué había pasado. No lo imaginé, eso seguro, intenté responderme sin mucha convicción. Estaba por tirarme otra vez en el sillón, cuando de fondo escuché la voz de Paula en el contestador. Decía que vendría a buscar sus libros y algunos discos. Inevitable, en algún momento iba a suceder. Seguro discutiríamos, inevitable también, llegué a deducir antes de que nueva catarata de golpes sepultara mi conclusión. Me levanté y corrí a la cocina. Era claro, alguien golpeaba del otro lado de la pared. De inmediato, bajé así descalzo como estaba hasta la puerta de la construcción. La placa de madera de la entrada seguía tan cerrada como antes y no se veía ni escuchaba nada. Caminé hasta la esquina y calculé los pisos hasta el séptimo. No había andamio ni marca alguna a esa altura. Tampoco chapa, madera o hierro que se moviera con el viento y pegara contra la pared. En el interior de mi departamento, los martillazos aún me esperaban. Tranquilos. Con su ritmo casi perfecto de metal y concreto. Tres, cuatro, cinco. Estaba desesperado. Quería golpear, romper, putear, llorar, como cuando era chico, sin ningún estúpido prejuicio de masculinidad o madurez espiritual. Dos, tres, cuatro. Llorar con esa certeza de que alguien vendría a abrazarme y que ya está, que todo irá mejor. Uno, dos, tres. Resignado fijé la vista en el balcón mientras toda la tensión de la bronca se arremolinaba en mis puños. Del otro lado de la puerta ventana, media docena de plantas observaban la escena mientras agonizaban en sus macetas. Claro, desde que Paula se fue nunca las volví a regar, razoné con tristeza sin dejar de apretar los puños. Claro, desde que Paula se fue, tres, cuatro, cinco. Silencio. Ese segundo de quietud se reveló como una inyección de lucidez, de alivio. Abrí mis manos con lentitud y sentí fluir la respuesta desde algún lugar de mi interior. Era evidente. Cada golpe no se producía en la medianera de la cocina sino en la del alma, en esa que no se ve, pero que está aunque la neguemos de cientos de maneras diferentes. Claro, desde que Paula se fue, los cimientos de la soledad se habían formado día a día en las sombras internas, silenciados por horas de trabajo, por la falsa felicidad de la nueva vieja soltería, por horas y horas de televisión coronadas con un par de sedantes antes de acostarme. Claro, desde hacía un mes, ese hormigón crecía con ritmo incesante, a martillo limpio, hasta que el ruido de sus golpes ya no pudo ser ignorado. Por primera vez me sentí solo. Después de cuarenta y tantos años de vida, por primera vez descubría y era descubierto por la soledad. Asustado, como un nene que se topó con ese secreto que debía permanecer oculto algunos siglos más, me puse una remera, saqué unos pesos del pantalón todavía enredado en el perchero y bajé a mirar el partido en el bar de la otra cuadra. Seguro que allí, entre gritos de tribuna de café, opinólogos de turno y discusiones sobre “wines” y “dobles cincos”, el ruido de esa soledad en plena construcción sería más difícil de escuchar. · FIN ·
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