La conquista del castillo
Escrito por Javier valladolid (Desconectado Offline), el 01 de abril de 2008
La conquista del castillo
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Recuerdo la ocasión en que conquisté este castillo y me establecí como señor del mundo. Después de acabar con los gols de Derramar y explotar los pantanos de los Serpentesios vi mi oportunidad de dominar el mundo con la toma del ultimo castillo. De mi botín en aquellas tierras antes mencionadas obtuve grebas del silencio para un tercio de mi ejercito de a pie y unos libros de almacenamiento de energía mágica (Ciertos conjuros son tan potentes que precisan de una energía almacenada durante siglos para poder usarse una vez de forma efectiva por bastante tiempo) para convocar pesadillas (Unos caballos espectrales, intangibles, maléficos sobre los que sus dueños podían subirse estando a dos metros de altura sus pies, capaces de extender el terror en el enemigo) duraderas y obedientes que sirvieron para otro tercio de mi ejercito de a caballo. Con ello presenté batalla con ese ejercito ingente.

Un ejercito de nallares más un brujo más arpías y dos karshars me esperaba al otro lado de la llanura y no esperaba la trampa que se avecinaba. Aun os veo Darmelos (Elites de su caballería capaces de lanzar conjuros) que contemplasteis como, en algún caso, por ese arma, vuestros caballos sintieron como les cortaban las patas en tajos fugaces, limpios y dolorosos para después caerse sobre vosotros en muchos casos. Cruel asfixia y divertida también (Ahí se vio un poco el afán sanguinario de aquel ex rey del mundo) la que vivisteis antes de vuestra decapitación o de acabar hechos polvo antes del mordaz ataque de las arpías desde el aire. Virotes eran lanzados contra ellas y en tierra la lucha se volvió mordaz una vez la cuchilla se volvió acabando con todos los que tenía que acabar. Una parte murieron para ello y yo permanecía en medio de mis esbirros. El hechicero comenzó a volar con rayos de fuego saliendo desde su aureola de llamas. Bajo su capucha marrón se veía a un anciano poderoso y maléfico pero con algún punto débil.

Movió a mis soldados y me sacó del grupo para llevarme al lado de su ejercito. Todos vinieron contra mí pero nadie puede con la fuerza de mi puño, mi espada y mi escudo con hojas de lanzas. Murieron a cientos en terrible lucha para una lucha terrible. Perecieron primero los camorristas en sus desesperados intentos por vérselas contra mí. Sus miembros cercenados golpeaban a sus compañeros mas el afán de estos por liquidarme era suicida. Los muy necios creyeron que evitaría el mayor riesgo posible aun haciendo menos daño pero sus lanzas apenas me tocaron. Esquivaba sus armas y llegaba a usarlas contra ellos. Varios de ellos empalados con la misma lanza era motivo de mi gloria y los puñales en la garganta eran muchos. Golpes en el casco, las grebas y la armadura eran muchos pero no la hacían la más mínima mella mientras los ciegos que dejaba a mi paso eran muchos menos que los muertos y muchos menos que los lisiados pese al ingente numero de todos. Mi rapidez me hacía llegar a usar las lanzas de mis enemigos para lanzárselas al mago. Los enemigos actuaban como escudo de lanzas, flechas y demás virotes, además de ser buenos objetos de lanzamiento (Decía así el psicópata de nuestro anfitrión que narraba aquella historia tal y como la había vivido. Aunque no estaba en lo apropiado todos los presentes sentimos una sensación desagradable ante esos hecho). Diez mazazos dejaron inconscientes a veinte enemigos y muchos más fueron los que quedaron exánimes en los siguientes minutos.

Caminé entre los rivales y erradiqué la vida de los cobardes que huían para provocar a los karshars que en lugar de atacarme se protegieron los muy cobardes con sus alas para luego marcharse a donde tenía a mi ejercito. Les golpearon a mazazos. Su aliento los intoxicó y sus latigazos de nueve colas les destrozaron. Disfrutaba de tanta sangre y poder (El relato, sentido por él de forma tan morbosa, que nos contaba de su propia biografía nos ponía enfermos pero no podíamos mostrarlo). Los karshars les hacían arder en llamas sobre la hierba junto a espadazos, empujones de cientos de metros en el aire (Los karshars eran grandes ya). Varios infiernos se desataron y el combate acabó con dos karshars muertos y sin ejércitos. Solos él y yo, la magia y la fuerza enfrentadas cara a cara; los dos mirándonos fijamente con nuestra maldad en ciernes, conscientes de que invocaciones, conjuros de muerte y convocaciones que implicaran a más seres serían inútiles. Así permanecimos mientras la lluvia empapaba nuestros rostros y los cascos, escudos y armaduras caían al suelo.

 

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Escrito por Javier valladolid (Desconectado Offline), el 01 de abril de 2008
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