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Capitulo VII. Las llanuras
Escrito por Javier valladolid (
![]() Pasaron los días entre largas caminatas a caballo mientras Ferigneo vigilaba desde el cielo. Finalmente encontraron tras ruinas, riachuelos y bosquezuelos una zona habitada. Las llanuras se extendían decenas de kilómetros pero más allá de las zonas montañosas y de barrancos era el siguiente limite hacia el norte. En esa llanura había un campamento de Quifosen no muy lejos de un pinar de varios hectómetros.
Entramos en la zona delimitada cómo campamento y contemplamos los estupendos zeppelines con su imponencia intacta pese al paso del tiempo con el cambio de la tecnología a través de los barcos de gusano volador mecánico con forma de libélula movido a pedaladas o los barcos mágico-flotantes. Aun así, el espacio aéreo era en líneas generales un terreno de corta duración con múltiples peligros no muy viable para su permanencia estable durante periodos largos. Era un día caluroso en la pradera y nuestra entrada podía ser peligrosa. David se adelantó poniendo dos de sus armas cruzadas en el suelo de campamento mientras se ocultaba con ilusiones de sombra. La sombra era algo que a menudo se veía hasta el punto de pasar desapercibida cómo fenómeno natural neutro. Una vez establecida la tregua nuestra llegada no se hizo esperar. Contemplamos las tiendas de campaña de tipo carpa con rayas rojas y blancas. Decidimos entonces acercarnos a la carpa mayor donde estaría el jefe, escoltados por nuestros anfitriones. Allí había unos soldados ante la puerta, una cuarta parte del ejercito, y la sangre verdinegra-roja-azulada (Capaz de cambiar de color por una magia colorante según el estado de animo de quien la perdía) se veía en el suelo. Adentro había las otras tres cuartas partes del ejercito que habían osado atacar a un misterioso intruso aparecido sin memoria allí. Tuvieron una muerte rápida sin que su escudo y apenas sus armas pudieran hacer nada mientras aquel intruso se defendía con su escudo, su coraza, su yelmo abierto y su espada corta cortante ligera muy particular con su curvatura casi al final del arma hasta la punta en uno de sus lados pero recto y no cortante en el otro; parecido a una cimitarra se trataba de una de esas armas llamadas catanas en vuestro mundo. En la catana había unas incisiones sobre el metal que nadie podía entender pero que al leerlas me vino el siguiente pensamiento a la cabeza: “Yosimo”. Luego, grabado en una de las muñecas venían escritos como una herida cauterizada unos caracteres que formaban la palabra “Khars”. Aquel ser de piel verdosa, aspecto fornido entre uno de los seres de aquel campamento más parecidos a los orcos de las viejas historias además de extremadamente habilidoso con las armas se había parado herido y cansado pero con afán belicista aparente en un momento en que le faltaba bien poco para ganar a todos y que tenía al alcance a uno de ellos desarmado. Se fijo en nosotros y por alguna razón que no logro comprender nos atacó cuando no había atacado a todos aquellos amenazantes soldados que podía haber vencido con facilidad mucho más peligrosos para él en ese momento que nosotros. La lucha fue terrible mientras el guerrero imbatible que había en él se manifestó con toda su fuerza. Los seis que atacábamos a la vez con todas nuestras fuerzas acabamos malheridos y sin apenas hacerle un rasguño. Lo siguiente que recuerdo fue la aparición de una djinia que atacó a un ogro con sus poderes, quien iba a realizar un ataque contra el intruso, pudiendo haber acabado con todo pronostico cómo los demás, pues pequeños, grandes y mediocres compartieron destino previamente a su ataque. Escoge el próximo pasaje
Versión
1 Escrito por Javier valladolid (
2
Lo último que recuerdo antes de quedar inconsciente fue lo que dijo la djinia:
-Deseas volver a casa. Te concederé tu deseo en cuanto lo digas.
-Deseo volver a casa. –Dijo él.
Entonces desapareció sin más. La djinia ... Leer mas
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