EL CAMINO DE LO INDESCIFRABLE
Escrito por Simon Hergueta (Desconectado Offline), el 20 de abril de 2008
EL CAMINO DE LO INDESCIFRABLE
Larson palideció. Walter, su compañero de universidad y colega había muerto. Se tuvo que repetir la frase varias veces para creerlo, pero era incapaz de aceptarlo. Larson tomó asiento en uno de los sofás. Suspiró.

- ¿Pero qué ha pasado? - preguntó Larson.
- Lo encontraron en el acantilado de Bryn Henllan, esta mañana, nadie sabe qué ha ocurrido, pero la policía sospecha de un posible suicidio...
- ¿Suicidio? - preguntó Larson.
- Dicen que es un suicidio, pero un amigo mío del pueblo, me ha contado que encontraron el cadáver cosido a puñaladas.
- ¿Un asesinato? - susurró Larson aterrorizado.
- Eso parece - dijo nervioso el señor Blue - cuando me dio el paquete me obligó a que no le dijera nada. ¿Entiende? dijo que era por su seguridad, pero al enterarme hoy, he creído conveniente avisarle.
- ¿Alguien sabe que usted habló con él? - le preguntó Larson.
- Creo que no, pero este pueblo es muy pequeño, todo el mundo se entera de todo, no hay más que ir a cualquier taberna y...
- Ya... ya... - dijo Larson pensativamente y en ese momento le invadió una sensación de peligro.

Si Walter había sido asesinado por el libro, entonces él estaba en peligro en este mismo instante. Ese pensamiento le llenó de ansiedad.

- ¿Por qué cree que le han matado? - dijo el señor Blue.
- No lo sé - dijo Larson contrariado.

Pasaron varios días y la vida tranquila y rutinaria que tenía antes se había convertido de pronto en una espera rodeada de ansiedad e incertidumbre. Larson no podía evitar pensar que en cualquier momento alguien podría aparecer y pedirle el libro que le había enviado Walter. Por las noches se aseguraba de dejar conectada la alarma y de tener a mano su teléfono para pedir ayuda por si fuera necesario.

Una noche, Larson había terminado de cenar y estaba sentado en la cocina observando los dibujos que había hecho; en una de las paredes estaba clavado un mapa botánico lleno de números e indicaciones escritas a rotulador. Encima de la mesa tenía el libro abierto de par en par y Larson se concentraba en la lectura de los capítulos.

Fue entonces cuando se le ocurrió una idea: no eran densidades lo que buscaba, sino simples coordinadas; pero no pares de coordinadas sino tríos, es decir, siguiendo el sistema clásico de longitud, latitud y altitud. Cada planta tenía asociados unos números que mediante el sistema de clasificación descubierto por el señor Pendercudlip, daban a su vez, dos números clasificatorios, que ahora podían ser convertidos en una longitud y una latitud.

Así que el sistema de latitud y longitud se veía complementado por un número más, que al ser negativo se convertía en profundidad.

Tenía que tratarse de una cueva.

Larson estaba muy nervioso. Creía haber descifrado el lugar exacto, corrió al ordenador a buscar los detalles de esa ubicación. Introdujo los números, 116° E y 53° N y al cabo de dos segundos, el localizador le indicó un lugar en el mapa. Larson no salía de su asombro.

Después, descolgó el teléfono y marcó un número mientras miraba con mala cara la lluvia que caía sobre el pueblo.

- ¿Estás ocupado?
- No, no, en absoluto - dijo Roberto al otro lado de la línea - ¿Has descubierto algo?
- Sí, he sacado unas coordenadas, pero están en Rusia, cerca de una ciudad llamada Chitinskaya.
- ¿Rusia?
- ¿Has cenado?, espero que Brenda no me odie por esto, pero me gustaría verte ahora mismo.

Larson se quitó los zapatos, se puso unas botas y bajó las escaleras corriendo hasta el garaje, pero en ese instante decidió que sería mejor llevar el libro, así que volvió a su habitación y abrió el cajón en donde lo había escondido. Ante su sorpresa descubrió que no estaba allí.

Larson fue a la cocina, revolvió todos los papeles que tenía diseminados por la mesa, miró por el suelo y luego echó un vistazo por las demás habitaciones. Estaba seguro de que lo había dejado en aquel cajón de su cuarto. Volvió a su habitación y realizó una búsqueda mucho más exhaustiva, pero sin ningún resultado. Sonó el teléfono.

- ¿Qué ocurre? - dijo Roberto - llevo media hora en el restaurante y...

Larson miró el reloj de su muñeca. Eran las once y cuarto; llevaba más de media hora buscando por toda la casa.

- Perdona Roberto, pero...¡No encuentro el libro!
- ¿Qué?
- ¡No sé dónde está! - dijo apurado Larson - Lo dejé en mi cuarto y ya no está. Esperame ahí, en seguida voy.

Larson buscó un poco más, pero sin ningún resultado. Tal vez había entrado alguien y se lo había llevado. Fue al ordenador de nuevo y se quedó mirando el nombre de la ciudad rusa Chitinskaya. ¿Por qué iba a estar tan lejos? Entonces una luz se hizo en su cerebro.

Había comprendido finalmente el puzzle.

Larson se metió en el coche y condujo hasta el lugar en donde había quedado con Roberto. Era un local pequeño en donde ya le conocían de otras veces. Divisó a Roberto en una de las mesas y rápidamente se sentó con él.

- No es a Chitinskaya a donde tenemos que ir - dijo Larson lleno de emoción - es más fácil que eso. ¿Sabes por qué?
- No tengo ni idea - contestó Roberto ya acostumbrado a no ser capaz de seguir los razonamientos de su brillante amigo.
- Es la prueba de que hemos acertado el jeroglífico - dijo Larson victorioso - si nos hubieran dado unas coordenadas, por mucha lógica que hubiera, nunca estarías del todo seguro de que has acertado.
- Creo que no te sigo Larson - dijo Roberto - acuérdate que el común de los mortales no tenemos ni idea de criptografía, ni de matemática, ni de...
- ¡Vale!, ¡vale!, escucha - respondió Larson - si fuera así de simple tendrías que viajar a un sitio remoto en el mundo y esperar que allí hubiera algo, pero podrías equivocarte, podrías haber hecho mal un cálculo, cualquier cosa, pero nos han puesto un mensaje oculto, pues Chitinskaya está hermanada con una zona que está aquí en Gales, es el pueblo de Pengelly Forest.

Roberto se encendió la pipa y reflexionó durante unos segundos.

- Entonces el mensaje de ese libro estaba destinado a alguien que está aquí en Gales - dijo Roberto asombrándose a sí mismo por su deducción - porque si no, no tendría sentido la coincidencia.
- ¡Bien! ¡Lo has pillado! - contestó Larson contento - el que diseña el mensaje sabe que va a ser leído en un determinado lugar y por eso crea ese especie de juego de paralelismos. Bueno, en nuestra jerga lo llamamos un espejo.
- No sé cómo no terminaís todos locos - dijo Roberto - pero Pengelly Forest es muy grande.
- Es cierto, pero estamos buscando una cueva y sólo hay un sitio posible - dijo Larson dejando un folleto sobre la mesa.

Roberto miró el folleto con curiosidad, lo desdobló y pudo leer en la cabecera “Visite las cuevas de Castell Hendys”. Después observó que en una de las hojas había un plano completo de la cueva por dentro. Parecía un lugar interesante.

- Tenemos auténticas maravillas a dos minutos de casa y nunca vamos - dijo con humor - parece que vamos a descubrir un gran tesoro, pero Larson...¡las cuevas de Castell Hendys llevan cerradas cuatro años!

Tomaron la autopista hacia el norte con las sensación de que iban por fín a descubrir en qué consistía aquel insólito juego.

Mientras avanzaban, Larson fijó sus ojos en las gotas de agua que resbalaban por los cristales. Su desplazamiento parecía responder a una extraña lógica que Larson analizó para mantener la cabeza ocupada. Era como si necesitase continuamente plantearse juegos que mantuvieran en funcionamiento su poderoso intelecto. Como otras muchas veces, Larson se preguntó a dónde le iba a conducir todo esto, pero alejó su mente de esos pensamientos pues le angustiaban demasiado. Todo puede ser descifrado, recordó, incluso lo indescifrable y aquel libro que había recibido de su pobre amigo Walter parecía indescifrable.

Salieron de la autopista y tomaron una carretera secundaria. Después de unos minutos de trayecto, se desviaron por una comarcal. Roberto giró a la derecha y tuvo que frenar en seco pues una valla les cortaba el paso. Se bajó y arrastró la verja hasta dejar el paso abierto. Parecía que nadie se había adentrado allí durante varios siglos. “Este debe de ser el camino de lo indescifrable”, pensó Larson.

El coche prosiguió su marcha, avanzando lentamente y provocando que las luces atravesaran la espesura lluviosa de la noche. Larson iba encogido en el asiento pues cada vez que llovía se sentía mal. Era una fobia que arrastraba desde la infancia y que no conseguía superar. Se giró y miró hacia atrás como si se diera cuenta de que ya nunca más iba a poder desandar ese camino. “Muchos hombres han intentado encontrar la luz y han terminado en las tinieblas”, se dijo, parafraseando una de las citas que había encontrado en el libro.

La carretera era estrecha, tan sólo podía pasar por ella un vehículo y a sus lados había arbustos y árboles que reducían la visibilidad, lo que provocaba que tuvieran que ir muy despacio, con la máxima precaución.

- ¿Qué crees que encontraremos? - dijo Roberto, incapaz de permanecer por más tiempo callado y en cierta medida ansioso por llegar.

Larson observó unos segundos a Roberto antes de contestar. No estaba seguro de poder decir lo que pensaba, pues no se trataba de un razonamiento, sino de una intuición y Larson sabía que sus intuiciones solían esconder siempre respuestas complicadas. Sin embargo, no estaba seguro de querer contarle a Roberto el hecho de que Walter había sido encontrado muerto en Bryn Henllan.

Walter debió de enviarle el libro para evitar que alguien se hiciese con lo que ahora estaban buscando. ¿Pero qué podría ser? ¿En qué andaba metido Walter? Y sobre todo: ¿Por qué tenía la sensación de que el libro estaba destinado a él? Estas preguntas le empezaban a torturar.

Walter Mathew era colega suyo desde la época de la universidad y trabajaba actualmente en Harvard en el departamento de Matemáticas. En muchas ocasiones les consultaban problemas que estaban relacionados con la seguridad o con cuestiones más comprometedoras para el Gobierno, pero Larson desconocía en qué estaba trabajando Walter en este momento, así que estaba como al principio, ciego, sin saber nada.

- ¿Conoces el teorema de Fermat? - dijo Larson.
- Por supuesto que no - contestó Roberto - ¿Por qué me lo preguntas?
- Bueno, no quiero complicarte la cabeza, pero imagina que alguien hace un descubrimiento importante, relacionado con los números y que ese descubrimiento tan sólo plantea una hipótesis en un nivel de dos dígitos. ¿Me sigues?
- Creo que sí - dijo Roberto - pero las matemáticas nunca han sido...
- No importa - le interrumpió Larson - no hace falta que sepas nada. Tan sólo piensa que ese descubirmiento tarda siglos en hacerse y que después de muchos años más de investigación, alguien da un pequeño paso y hace el mismo descubrimiento para un nivel de tres dígitos. Pongamos que han tardado doscientos años para conseguirlo. ¿Lo entiendes?
- No mucho...
- Lo que quiero decir es que la humanidad entera con todos sus talentos lleva su ritmo y hay que esperar mucho tiempo para ir desentrañando los secretos que encierran los números.

Larson suspiró. Siempre se sentía un poco frustrado de que el común de los mortales no pudiera seguirle en sus razonamientos.

- Lo que he encontrado en el libro son hipótesis que aún no están ni siquiera planteadas, hay en ese libro teoremas que nadie ha descubierto aún - dijo Larson.

Larson estaba nervioso, más de lo habitual, pues la incertidumbre no le gustaba. Para colmo, la lluvia le provocaba una especie de ansiedad muy molesta que no le dejaba pensar con claridad.

Por fín llegaron al final del viaje. Roberto detuvo el coche en un claro y apagó el motor. Salieron del vehículo y Larson comprobó que la fuerte lluvia se había convertido ahora en una suave llovizna. Eso le tranquilizó un poco, pero no se atrevió a comentarle nada a Roberto pues se avergonzaba de su fobia.

Larson cogió del maletero una bolsa con una linterna, cerillas, algo de cuerda y una cámara de fotos con flash que había preparado. Sacó un mapa de la zona y examinó los detalles.

- Vamos por aquí - dijo Larson.

Anduvieron unos metros por un sendero mientras Larson enfocaba el chorro de luz a un lado y a otro en busca de la entrada de la cueva. Llegaron a un barranco lleno de piedras y grandes rocas. Larson se detuvo y Roberto detrás suyo hizo lo mismo.

Alumbró la zona buscando una cavidad que formara una cueva. En una de las paredes de la roca había una zona oscura rodeada de vegetación. Larson se acercó hasta descubrir que había un paso hacia el interior, pero el lugar estaba vallado y tuvieron que saltar.

- ¿Esto es legal? - dijo Roberto un poco angustiado.
- Creo que no - respondió Larson - pero puedes esperarme aquí, si quieres...
- ¡Ni hablar! - dijo Roberto.

Se aproximaron a la entrada y se introdujeron en la oscuridad del agujero. Sus voces adquirieron un tono fantasmal producido por las paredes de la cueva mientras se adentraban en su interior.

Poco a poco fueron desapareciendo por la gruta hasta que de nuevo se hizo la más absoluta oscuridad.

 

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Escrito por Simon Hergueta (Desconectado Offline), el 20 de abril de 2008
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Roberto y Larson gateaban por la cueva alumbrando con la linterna las deformadas paredes. Avanzaron una distancia aproximada de unos doce metros dibujando varias eses, hasta que dieron con una puerta oculta. La entrada tenía el ... Leer mas


 
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