Pasaje 1º
Escrito por boca (Desconectado Offline), el 29 de marzo de 2008
Perder era siempre la respuesta. Si encontraba un trabajo o era malo o acababa por convencerme de que así era. Si tenia amigos o bien me traicionaban o bien yo acababa por utilizarlos por alguna deuda de juego. Si lo que fuese... era malo o peor. Yo siempre perdia. El hastío era mi alimento y la desesperacion mi bebida. Esa es la autentica dieta del jugador.
La suerte desde el prisma de la razón es absurda. De acuerdo. Pero debería añadir algo a esto. Si la suerte es absurda es por una cuestión de definición. Creer en la suerte no es otra cosa que suponer que la alternativa menos probable y mas faborable es la que sucederá. Y la triste verdad es que la vida es, en si misma, razonablemente lamentable. Alla cada uno..cada cual que elija lo que quiera, pero mi credo siempre fue la suerte. Por absurdo que parezca esa remota posibilidad de que todo mejore es lo que me mantuvo a flote en esta vida. A la par tambien lo que me arrastró a todo tipo de fracasos... Pero pese a todo siempre me aferré a ella. Dogma de fe.
Uno no se hace jugador de la noche a la mañana. Va aprendiendo poco a poco desde la misma infancia. Todo lo que rodea al verdadero juego es un juego en si mismo. Uno no puede sentarse de cualquier manera ante una mano de cartas. Ni aparecer en una carrera de galgos medio borracho. Ante todo hay que ser un auténtico caballero. No basta con un traje, de hecho es bastante prescindible. Es una actitud ante la vida. El auténtico jugador sólo da valor al juego. Es descortés valorar cuánto cuesta cualquier cosa que no sea el propio juego. Deberá siempre dejar bien claro que el interés está en la apuesta. El resto es pura vanalidad.El glamur no deberá estar en los objetos, sino en la actitud. Si hay que pagar por estar ahí pues se paga y punto. Nunca un buen jugador se ha metido en deudas de juego por esas cuestiones. Esas minutas son migajas. El tapete no es absorvente por casualidad. Tiene el poder de atrapar todo pensamiento distinto a las normas sus cartas. En la mente de un jugador no hay sitio para hipotecas, divorcios, despidos ni otras hierbas mientras el jugador esta ante su lugar de culto.
Yo empecé a jugar a los cinco años. Mi padre era un gran jugador de cartas. Me enseñó practicamente todo lo que hay que saber sobre ese mundo. Mi madre le recriminaba ser un tipo frío. Nada mas lejos de la realidad. La sangre hervía en sus venas con un fervor que pocas veces la especie humana sufre. Pero su piel estaba entrenada para noi transpirar nada de ese calor. La ley del naipe establece que todo lo que pueda saberse de la mano que el contrincante a través de sus señales pertenece a quel que lo detecte. No esta permitido ver sus cartas pero sí conocerlas por un sinfín de detalles. Eso mató el matrimonio de mis progenitores. Mi madre nunca sabia si él jugaba de farol. Nunca fué capaz de preveer sus jugadas, ni de sorprenderlo. Perdió una mano tras otra durante años hasta que murió absolutamente sola en una casa rodeada de gente. Lo cierto es que yo tampoco llegue a tener del todo claro qué sentía el al respecto. Sé que a su manera la quería, pero es complicado suponer nada ante un jugador de su talla. Él decia que había que saber perder algunas buenas manos para convertir una mala racha en el mejor de los faroles. Siempre recurria a la partida de chicago de 1928. Perder para saborear la mas refrescante de las victorias. Si eso era así yo creo que simlemente perdio una buena mano para llevarse un mal farol. De todos modos la realidad es irremediable. Ella murió de soledad y el de cirrosis unos años despues.

 

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Escrito por boca (Desconectado Offline), el 02 de abril de 2008
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