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IV
Escrito por magoomanazr (
![]() Flavio abrió sigilosamente la puerta principal, la planta baja parecio no existir antes de llegar a la escalera, subió despacio, no quería que Mariana lo viera entrar al cuarto de su padre, ella acostumbraba delatarlo siempre, metió la mano al bolsillo y palpó su juego nuevo listo para estrenarlo en la computadora del viejo, una sonrisa se le dibujó en el rostro. Escuchó el ruido de la regadera y se detuvo antes de llegar a los últimos escalones, si era su hermana la que se estaba bañando las cosas se le facilitarían, sacó el juego y tomó el disco de la caja como previendo una vista rápida en la computadora.
Antonio miró la puerta nerviosamente y comenzó a temblar, se detuvo, sacó las pantys del bolsillo en su pantalón, las olfateo nuevamente, se las acomodó rápidamente de nuevo, Flavio lo vio desde el final del corredor, se quedó paralizado, entró sigilosamente al cuarto de sus padres y levantó el colchón por la parte de abajo, ahí encontró el revolver .38 de su papá, abrió el cilindro y verificó las seis balas, lo cerró y se encaminó al pasillo nuevamente, recordó rápidamente a su padre enseñándole a usar el arma –“tal vez algún día debas usarla” le dijo en aquella ocasión, el intruso estaba frente a Mariana, ambos quietos viéndose fijamente, apuntó a su espalda, -a la derecha- pensó, colocó el dedo en el gatillo y tomó valor. Mariana estaba completamente desnuda, el vapor había ya inundado el baño, se levantó del excusado y jaló la manija, dio un paso a la regadera y sintio con los dedos el agua, giró la perilla del agua fría, reguló la temperatura a su gusto y metió el cuerpo totalmente, alzó la cara arriba y dejó que el agua tibia le bañara el rostro y todo su cuerpo, se acarició el pelo, luego el cuello, era largo y espigado, luego los pechos, suaves y bien firmes, bajó al vientre y de ahí se pasó a las piernas, el mismo ritual del baño, la diosa verificando el esplendor de su creación, la belleza la acompañaba a todos lados y en el baño se confirmaba esta suerte, asomó la vista hacia la jabonera pero no encontró el champú, se molestó con ella misma, salió del agua y pensó en tomar la bata, pero decidió salir así, -la casa esta vacía- tomó la perilla y lo pensó una vez más, la sensación de desafío la inundó fuertemente, la giró abriendo la puerta. Antonio guardó las pantys en su bolso, se frotó los ojos y se decidió a entrar, creyó que abrir la puerta suavemente le permitiría no ser descubierto, ella debería estar ataviada por el jabón y el champú, sólo vería el resto de su cuerpo y se iría, nada más. Dio el último paso y se dispuso a llenarse de la imagen sacra de una virgen adolescente que lo despreciaría de cualquier forma, arriesgarse ahora tenía mucho sentido y no iba perder la oportunidad, aún así la duda se hacía presente, tal vez la venganza afortunada ya había sido cobrada, no era necesario alejarla aún más de él si lo descubrían, la redención de sus actos lo acercarían a ella, dio la vuelta sin avanzar, -no-, se volvió otra vez, iba a tomar la perilla cuando la puerta se abrió, Mariana apareció completamente desnuda ante él, sus blancos senos al aire lo impresionaron más que cualquier cosa, trató de agachar la mirada, observó un pubis apenas poblado por un bello azabache como su cabello, Mariana se sorprendió grandemente, lo reconoció inmediatamente, la rabia la invadió al instante, Antonio no la vio, su cuerpo, en su anonadación sólo atino a verla a los ojos, estaban llenos de furia, inyectados de desprecio, los de él se tornaron tristes en un segundo infinito, ella los vio sumirse en la más profunda dimisión, se hizo profunda la mirada, se ausentó, todo en un instante, pensó en taparse el cuerpo pero no pudo, sólo pudo ver sus ojos, intensos, mezcla de deseo y pasión, perdidos en su miseria de toda la vida, le dijeron que era inferior, que no quería ofenderla, ambos quietos, los ojos presentes unos en los otros, un cuerpo desnudo al desnudo, el otro inerte, acomplejado, ¡bang!, ¡bang! -Morir ahora sería perfecto- su voz escapó en un susurro lagrimal de su boca, débilmente sacó la prenda de su pantalón, la llevó a su rostro, inhaló profundamente, Mariana se había cubierto con los brazos el cuerpo y no dejaba de gritar frenéticamente, Flavio se acercaba lentamente, reconoció a Antonio y tembló, el aroma de un sexo dormido entregado a la inocencia contrastaba con el dolor en la espalda, la saliva sabía a sangre, el oxigeno era ya liquido, observó el techo más blanco que hubiese visto antes, el de su habitación era más bien gris, niebla, niebla, -gracias- exclamó. - FIN -
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