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La llegada
Escrito por chukaro (
![]() La teoría de las ondas expansivas
(La Alteridad radical) I El cálido océano bullendo de vida que rodea la isla que me sirve de prisión, aunque pretende aislarme, paradójicamente, me reconforta. La expulsión a la que mis congéneres me condenaron comienza a ser tolerable. Puedo afirmar que me hicieron un favor. No tener que soportar sus estúpidos convencionalismos, los innumerables protocolos para realizar cualquier cosa que requieren aprobación previa de varios jefes y un ejército de subalternos. Y cuando se atraviesa este proceso, y finalmente aprueban algún proyecto, comienza la pesadilla. Sus normas absurdas sobre cada pequeño detalle, sujetos a revisión constante, cuestionan cada paso porque les importa más la metodología y comprobación que los resultados en sí. Es un milagro que nuestra ciencia haya avanzado hasta el punto de tender puentes interestelares con tantos burócratas. Sin mencionar que, al ocurrir una innovación científica importante, comienza la defensa de la patente. En un punto, ahora los comprendo y la furia inicial al escuchar su sentencia ahora apenas provoca en mí algo parecido a la piedad hacia ellos. “...por no mantener las líneas de investigación dentro de los parámetros aceptados...por arrogarse atribuciones explícitamente prohibidas en el Código de normativas, la acusada quedará confinada al exilio en un planeta alejado. Sin tecnología alguna, librada a sus propios recursos por lo que dure en el mandato este Concejo Deliberante... (Consejo de delirantes, diría yo). Sí, me hacen un favor al alejarme de ellos. “Pasado dicho período, se procederá a traer a la acusada, si es que aún permanece con vida, para reintegrarse a la sociedad. Esperamos que este tiempo le sirva para reflexionar sobre sus errores cometidos. Dicha sentencia se ejecutará de inmediato.” Los errores a los que se refirieren son: tratar de establecer contacto con otras formas de vida inteligentes. Yo me burlaba de tales prohibiciones y definía a la nuestra como “raza autista”. Contra la “hipótesis de la onda expansiva”, como la llamaban los pomposos catedráticos, yo oponía otra idea: Se afirmaba que cualquier intento de comunicación en un punto dado de una civilización alienígena, sea aquélla incipiente o no, las fluctuaciones de las olas alterarían y llevaría a cambios imprevisibles a la civilización donde el impacto de la piedra sacudía sus tranquilas aguas. Como consecuencia, la civilización contactada podría incluso extinguirse. Yo argumentaba, para escándalo de mi auditorio, que dichas olas no serían permanentes. Se irían calmando hasta aquietarse y no quedaría huella alguna del impacto producido. La civilización contactada recuperaría, con el tiempo, su curso normal de desarrollo. Yo la llamaba “la teoría de las ondas expansivas”. Todavía recuerdo la mirada de los miembros del Concejo la última vez que estuve delante de ellos. Visto a la distancia, creo que mi ego se convenció de que en el último momento reconsiderarían semejante ultraje a una mente brillante como la mía. No fue así. II Y aquí estoy, absolutamente sola, o al menos eso creía al principio. No, no soy tan paranoica como para pensar que me vigilan con sensores ocultos en esta isla. Sé que no dejan ningún sistema de vigilancia en estos casos. Lo he visto pasar antes en otros colegas que se atrevieron a hacer ciencia de verdad. Simplemente se olvidan de nosotros hasta que termina el tiempo establecido. Sé que el lugar escogido posee formas primitivas de vida autóctona animal y vegetal. Los organismos son compatibles a nuestra fisiología y pueden ser asimilados como alimento, si antes uno no es devorado por ellos, claro está. De cualquier modo siempre hay peligro. Con una pequeña cantidad de víveres, algunos utensilios y agua, son pocos los que regresan con vida. Pero los pocos ¿afortunados? al volver ya no son los mismos. Muchos pierden la cordura en el aislamiento. Quedan huellas en la psiquis y en el cuerpo de los climas extremos y el ataque de las formas de vida del lugar. De modo que antes de dejarme varada me implantaron el casco. Producto de guerras olvidadas cuando todavía combatíamos entre nosotros. Ahora no exterminamos a los elementos indeseables de nuestra sociedad, sino que los expulsamos por mucho tiempo. Ah, hemos avanzado mucho, hasta añoro la época bárbara donde al menos se tenía la decencia de matar de inmediato en lugar de aplicar tan dilatados castigos. Ahora, hasta la muerte se ve obstaculizada con la burocracia. El casco era ergonómico y se ajustaba al cráneo sin molestia alguna para su usuario. El material es de una combinación entre compuestos orgánicos e inorgánicos, en el límite difuso entre la materia y la vida. Tiene una adherencia basada en la simbiosis y una vez puesto no puede sacarse sino con una intervención quirúrgica. Ésta dejaba unas marcas apenas visibles en los lóbulos parietales. Se podía decir que el casco estaba vivo en cierta forma. Obtiene su energía de la débil casi imperceptible actividad eléctrica del cerebro. Sondea constantemente a su alrededor y al percibir algo potencialmente amenazante, los tubos de sus sensores se erizan y flexionan hacia el lugar de donde proviene el peligro. La energía almacenada entonces se libera hacia el agresor cuando éste queda en la línea de visión y la descarga lo paraliza levemente. El casco se activó apenas quedé sola. Muy raramente se deja a los exiliados en un lugar donde existiera inteligencia, pero la que yo me encontraría pronto, era tan primitiva y violenta que acaso ni siquiera se molestaron en catalogarla como tal. III Mi confinamiento transcurre en lo que parece ser un mundo en gran parte cubierto por el mar. El clima de la isla es agradable. Pequeñas criaturas aladas surcan el cielo con graznidos. Me gusta mirarlas desde algún acantilado. Las criaturas con alas se zambullen de a ratos en el mar atrapando a toda forma de vida acuática y las llevan en sus mandíbulas hacia sus nidos. Decido imitarlas y fabrico pequeñas redes para proveerme de alimento. Complemento mi dieta ocasionalmente con los huevos de los seres voladores. Algunas raíces y frutas son comestibles y comienzo a catalogar todo lo que veo. Mi espíritu científico se impone y además es una manera de mantenerme ocupada y no caer en la locura. La isla es rocosa, tiene forma de luna menguante, parece ser parte de un archipiélago. Diría que la isla es de mediana extensión, pero como los mares de mi planeta natal se secaron mucho tiempo antes de que yo naciera, no podría afirmarlo con exactitud. Basándome en las observaciones de las constelaciones, y el movimiento de su diminuto sol más las fluctuaciones entre las sombras de su luna, logro hacer un calendario, más o menos decente, para calcular mi tiempo de permanencia allí. Mis dudas sobre si habría un continente cercano pronto se despejarían. El primer encuentro que tuve con una de las formas de vida pensante del lugar fue totalmente fortuito. Estoy segura de ello. En ocasiones me pareció ver en el horizonte frágiles embarcaciones a vela surcando las cálidas aguas. Pero mi hogar no les parecía atractivo y pasaban de largo. Hasta aquél día. IV Una noche, el viento de la tormenta forzó a los navegantes que pasaban por allí a buscar refugio en la bahía natural de la isla. Me produjo cierta alegría ver a seres con al menos incipiente raciocinio ya que podían trasladarse con esos precarios medios en el mar. Escondiéndome entre los peñascos pude ver a la distancia a los nativos. Eran muy parecidos a mí. De forma bípeda y con dos miembros superiores como brazos. Mientras algunos de ellos reparaban los daños ocasionados en la nave por la tormenta, uno comenzó a subir la ladera empinada hacia mí. Pensé en ocultarme en mi cueva. En un primer momento creí que para no asustarlo pero acaso fue porque no sabía cómo reaccionaría él ante mi presencia y yo también sentía temor. Todas las ideas que elucubré a lo largo de días para cubrir esta eventualidad, desaparecieron de mi mente. Qué rápido se desvanece la mente racional ante lo imprevisto. Ante la idea de enfrentarse a la muerte, todos retrocedemos hasta ser un manojo de instintos primigenios y desesperados por sobrevivir. No podía recordar nada, ni la complicada teoría que yo formulaba al respecto de contactos con otras especies en mi lejano hogar. Me desplacé lo más rápido que pude detrás de unos peñascos pero el casco revelaba que un par de sus compañeros se dirigían hacia mí desde la dirección opuesta. No tenía adónde ir y el pánico activó mi única arma de defensa. Sentí como la electricidad que se había acumulado en el casco, se descargó en el mismo instante en que los dos seres aparecieron frente a mí. No pude evitarlo, el dispositivo era automático y los sensores se irguieron sobre el casco apuntándolos. Los seres quedaron atónitos pero pronto su sorpresa se transformó en espanto. No podía detener el casco y su sistema quedó fulminado por la descarga. Al realizarle la autopsia me percaté de que el casco no estaba calibrado debidamente. Fue demasiado para sus sistemas nerviosos, similares al mío. La energía había contraído a tal punto sus músculos que había paralizado sus corazones y agarrotado sus miembros sin que pudieran escapar. Todavía lo lamento, si tan sólo hubiera controlado mi miedo, acaso los habría aturdido nada más. Un alarido de espanto detrás de mí me obligó a darme vuelta pero me contuve para no matarlo. Oí a la otra criatura escapar mientras sus gritos se alejaban. Supongo que llegó hacia los otros navegantes y decidieron huir olvidando las reparaciones y la búsqueda de agua y alimentos. Pensé que nunca más volvería nadie y eso me tranquilizó. Pero pronto llegarían más. Desde entonces tuve que exterminarlos, a pesar mío. Traían escudos de madera y pieles, lanzas de madera y puntas de piedra al principio. Aunque toscas, esas armas podían matarme si no me defendía. V Tengo intermitentes periodos de paz, pero siempre llegan más. Por los cadáveres que estudié me di cuenta de que sus vidas resultaban efímeras en comparación a la larga extensión temporal de la mía. Aprendían rápido y las lanzas de piedra fueron volviéndose de bronce, luego de hierro. Aparecieron espadas y arcos y flechas. Cuando quedaban exterminados por mi única arma, recogía las suyas y observaba su evolución constante. Las naves son cada vez más grandes, sólidas y sus ropajes más finos. Incluso comienzo a interesarme desde una perspectiva más bien antropológica, en los otros. Sé lo que desean. El arma que me aísla de ellos es también el motivo por el que cruzan las extensiones marinas. Matarme y conseguir el casco, sería el arma suprema para su poseedor. Su especie tiene una gran variedad de rasgos superficiales tales como color de pelo, ojos, contexturas pero siempre la misma ambición. En sus ojos percibo las ganas de dominar a sus congéneres segundos antes de querer atacarme. Luego, sus ojos transmiten un horror (acaso atávico) cuando se dan cuenta de su inmovilidad y la muerte que llega. Yo sabía que más allá de mi isla, se gestaban revoluciones, guerras y conflictos. Es entonces el momento en que más visitantes tengo. En los períodos de tranquilidad en el continente, yo también disfruto de soledad. Muchas de sus armas están ricamente ornamentadas. Estos seres llevan a la guerra a un nivel de sofisticación que me asombra. Lo que más me gusta, sin embargo, son sus escudos. Los colecciono en mi caverna. Puedo averiguar detalles de sus culturas, cómo son sus ciudades, sus dioses y reyes. Un día, pude ver que ciertos dibujos comenzaban a volverse más abstractos, encierran algún significado diferente a lo que querían representar en un principio. Maravillada, me doy cuenta de que son los inicios de la escritura en ese planeta. Fue difícil aprender a descifrarla. También en esto, ellos hacen grandes progresos. Las empuñaduras de sus armas llevan diversas inscripciones al igual que sus escudos. Las escrituras tienen diversas procedencias, a mi recién descubierta notación gráfica, otras más se le fueron sumando rápidamente y llegué a identificar varios incipientes sistemas. Llegué a reconstruir, poco a poco, con laboriosidad metódica, sus teogonías y sus conquistas las sagas mitológicas que darían origen, con suerte, a la Historia de sus civilizaciones. Con mis escasos conocimientos antropológicos y filológicos debo arreglármelas, pero soy paciente. Ya no me limito a sobrevivir. He vuelto a aprender. Me intriga la manera en que sus transmisiones acústicas buscan plasmarse en toscas inscripciones. A veces me desconcierta que un sistema de escritura desaparezca por completo, luego me percaté, con horror que toda aquella cultura había desaparecido al contacto sangriento con otra. Otras veces, la fusión era pacífica y se veía en sus escudos e inscripciones la gradual asimilación de una cultura sobre otra. La fusión era a veces lenta, a veces rápida. Cada inminente cambio trae nuevas oleadas de pretendientes al poder a mi isla. Ninguno vuelve, yo me encargo que así sea, sus naves abandonadas se destrozan entre las rocas de la playa y las mareas producidas por su cercano satélite natural. Mis sentimientos fluctúan entre al ansia de conocer y el deseo que dejen de llegar, forzándome a matarlos. Trato de mantenerme al margen, sigo atentamente sus conflictos en los restos de quienes mueren pero algunas civilizaciones logran tal grado de refinamiento que no puedo sino admirarlas, embelesada. Pero nunca desaparecen del todo, siempre legan elementos a las que surgen después. En un momento pensé que acaso había cierta relación entre esas fusiones y mi exilio. Acaso yo era la prueba de que debíamos permanecer aislados de otras inteligencias. El contacto produce cosas nuevas y maravillosas en este mundo, pero mi raza no es capaz de lograr sino espanto en las demás. Mi intento de comunicarme con otra especie además de inútil, costó miles de vidas. Y se producía unilateralmente, sin posibilidad de diálogo. Aprendí la lección. VI Finalmente mi condena terminó. Ya estoy anciana y mi cuerpo me duele a veces pero sigo viva. El Concejo concluyó su largo período de mandato y alguien se acordó de enviar a buscarme. Se sorprenden un poco al verme con vida, entera y con ánimo calmado. Noto que sus ropas, modales, diseños de naves casi no han experimentado cambios. Siento ganas de reír pero me contengo. No es cuestión de que crean loca y me lleven a un asilo mental. Tomo un objeto de la cueva, uno de los escudos, antes de partir y me alejo de la caverna que me cobijó. Queda una colección que tal vez será el paraíso de los arqueólogos de un futuro distante si dan con ella alguna vez. El calendario que hice, indica que pasó poco más de un milenio desde que arribé a la isla. La mitad de una vida promedio en los de mi raza. Dejamos atrás ese sistema donde todo estaba impregnado de cierta connotación religiosa. Cada planeta que ellos conocen tiene el nombre de alguno de sus dioses. Nombrar algo es una forma de poseerlo, acaso comenzar a entenderlo y domesticarlo de algún modo. Luego de someterme a exámenes de rutina, concluyen que me hallo bien de salud. El casco es extraído a la brevedad, acaso previniéndose de algún ataque de mi parte. Los guardias están alertas con sus armas listas hasta que finaliza la operación. Enseguida, se preparan para trasladarme de regreso. El casco parece cambiar de color, si su existencia se aproxima a la definición de vida, debe estar muriendo ahí mismo. Una se apega a las cosas más extrañas al cabo de un tiempo. Aparto esos pensamientos llenos de nostalgia, sí, debo estar mucho más vieja y sensiblera. Proceden a llevarse al casco, supongo que para desintegrarlo. Nunca más lo volveré a ver. La nave se eleva en la atmósfera azul mientras los seres voladores, enloquecidos, chillan y escapan. Sus descendientes no verán de nuevo una nave construida para volar en milenios. Mucho menos una que sea capaz de llegar a las estrellas. Miro el escudo una vez más. Allí estoy yo, en el centro, una versión estilizada y amenazante de mi rostro. Me llaman de diversas formas y mi poder hace que se me atribuyan cualidades divinas. Gorgo, Gorgona, Medusa, según puedo entender. Incluso el sonido tiene resabios de temor. Ya casi al final de mi vida, en ocasiones me pregunto si el recuerdo de nuestro encuentro o las olas producto de la piedra arrojada al agua, perdurará en ese pequeño planeta que orbita alrededor de un sol amarillo. - FIN -
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