CAPITULO 1: Un esclavo del diablo
Escrito por Carlos Javier Teves © (Desconectado Offline), el 29 de abril de 2008
CAPITULO 1: Un esclavo del diablo
Adrián no era un simple oficial de la policía federal Argentina, era uno de esos que cambian de bando, avaricioso, codicioso, inescrupuloso hasta el extremo y corrupto como muchos otros. Algo marcado en su vida, era el hecho de que antes era barra-brava de una hinchada de fútbol, y no uno cualquiera, sino que era de los peores. Robaba, se peleaba siempre antes, durante y después de los partidos con quien sea. Había consumido todos los estupefacientes conocidos, en fin, un tremendo vándalo.
Su historia comenzó a ser distinta a través de una disputa interna entre barra-bravas del mismo club, él marcado por su intento de liderazgo de la misma, tramaba el asesinato del líder, pero su suerte fue distinta. Casi todos ya lo odiaban, por su notable codicia y su desagradable tono imperativo, estaban hartos y planeaban desterrarlo de la hinchada. Como despedida final le dieron la golpiza más grande que jamás le habían dado, y por si llegaba a volver alguna vez, le amenazaron de muerte para que no se le ocurriera tal idea.
No volvió a pisar la tribuna, y cuando se recuperó de los golpes se enamoró de una tal Luna y tuvo una hija con ella. Claro que antes de que decidieran llevar a cabo el embarazo inesperado de Luna ella le hizo prometer que buscaría un empleo y que no volvería a sus andanzas.
No esta demás decir que el único trabajo que pudo conseguir por su negro historial era paradójicamente el de policía, ya que siempre se interesaban en tener gente que había pertenecido al otro “bando”, porque estos tenían sus contactos y podían ponerse mucho mas fácilmente en la mente criminal (teniendo la notable ventaja de haber sido uno de ellos).
Una noche de sábado, al volver de una partida de pocker, tras discutir con los pocos amigos que le quedaban, se encontraba parado en la esquina de una avenida, estaba esperando que le abra camino el semáforo para comprar cigarrillos en el quiosco de enfrente y noto que detrás tenía a alguien que, si bien no conocía, notaba que le era familiar. Era como él era antes, un ebrio vagabundo posiblemente drogadicto, ladrón, etc. Se le posó en su costado y comenzó a hostigarlo: “¿tenes una moneda?” le dijo, y Adrián con un “No” seco le respondió. Con la cara demacrada, partida, el extraño poseía en sus cuencas unas ojeras que daban la sensación de que llegaban hasta el piso, y sin dudar, ni un segundo después del “no” austero de Adrián, el maltrecho personaje contrarresto “¿un cigarrillo?”. Con un “Tampoco” (todavía más arisco) retruco Adrián, quién sabía manejar a esta clase de sujetos, pero no tenía ni la paciencia, ni la intención de llevar las cosas de buena forma.
A todo esto, el ebrio personaje siguió parloteando pero cada vez mas molesto y odioso, hasta un punto en que se torno violento y empezó a insultarlo. Ya harto, Adrián intento ignorarle y cruzar pero al darle la espalda, el vagabundo intento darle un puñetazo. Solo pudo intentarlo, porque Adrián se la veía venir, y no sólo le esquivó el golpe sino que le respondió con otro mucho más certero en el rostro. El sujeto cayó al piso y cuando intentaba levantarse Adrián le colocó un puntapié de lleno en la sien dándole el otro costado de la cabeza contra un cantero, el borracho perdió la conciencia inmediatamente.
Terminada la pelea, Adrián cruzo la calle hacia el quiosco pensando “como en los viejos tiempos, tuve una disputa, salí ganando y encima ileso”. Mientras el quiosquero le atendía observó que una patrulla se detuvo en la esquina de enfrente y dos oficiales comenzaron a examinar al desmayado personaje. El quiosquero, algo tosco y torpe, lo entretenía con el pedido y lo llenaba a Adrián de impaciencia. Una vez terminado su compra, cuando intentaba alejarse de la escena, uno de los oficiales de enfrente le tiró un “alto ahí” y se detuvo al instante. Dio media vuelta y enfrentó a los oficiales.
En seguida le mostró su placa y explico que venía de la casa de unos amigos, que se dirigía a su casa y que no había logrado ver si el sujeto tirado en el suelo estaba ahí desde hace mucho tiempo. Entonces le hizo una pregunta a los oficiales “¿de que esta desmayado? Parece que se ha pasado de tragos u otra cosa…¡con ese aspecto!”.
Los oficiales se pusieron totalmente serios, y uno contesto: “puede ser que haya estado drogado, pero al parecer a este tipo le han matado en una riña”. Adrián se puso blanco: “¿Como que esta muerto? No lo puedo creer”.
Los oficiales en su incapacidad de notar algo fuera de lo normal por novatos, no se dieron cuenta de que Adrián se había puesto blanco y que siendo oficial una simple muerte no era algo notable, sino que era algo de todos los días.
Finalmente le pidieron que salga de testigo, Adrián aceptó sin protestar y no sólo salió ileso de esa disputa, sino también impune.
Cuando terminó de declarar se fue a su casa cavilando si debía de contarle a alguien la verdad, pensó un “aunque sea a Luna”. Idea que desertó cuando su mente le recordó un reconocido refrán que dice: “para poder engañar a los enemigos, hay que engañar primero a los amigos”; Esta visto que Adrián no era la clase de persona que necesite confesarse o sacarse ese peso de encima.

CAPITULO 2: LA HOGUERA DEL REMORDIMIENTO

 

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