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CAPITULO 2:
Escrito por Carlos Javier Teves © (
![]() Al día siguiente, en una de sus habituales guardias callejeras, observaba el cielo y lo veía cubrirse cada vez más de nubes. Se mantuvo viendo el firmamento nocturno durante un rato y avistó la idea de que la tormenta era inminente. Así se dio, una relajante lluvia rompía la perogrullada de sus pensamientos; logrando mantenerse cerca de un balcón, mientras se cubría de la lluvia, notó que a una cuadra de distancia un sujeto de actitud sospechosa caminaba por detrás de una anciana. Adrián se escondió en la entrada de un edificio para observar la llamativa escena; el desconocido se posó al lado de la señora y la abrazo con fuerza. Entonces, Adrián fue acercándose sigilosamente hacia el bandido.
El bandido, una vez que había tomado las pertenencias de su víctima, salió corriendo con el motín en mano. Adrián, por su parte, terminó la persecución silenciosa y le pegó un grito: “¡Alto ahí!”, vocifero. Inmediatamente, el ladrón giró media vuelta la cabeza y con un arma calibre 22 disparó 3 tiros hacia la humanidad de nuestro policía. No pudo atinar ninguno de sus 3 disparos porque Adrián logró cubrirse en la entrada de un edificio; con arma en mano, el oficial le respondió con 5 tiros simultáneos. El primero de los 5 disparos fue a dar en la pierna del criminal. El segundo, le penetró el pulmón, rompiendo una de sus costillas del lado derecho. El tercero recorrió una distancia mayor que las dos primeras balas y terminó empotrándose en la columna de una construcción vecina. La cuarta bala, transitó una similar distancia que la tercera, con la diferencia de que esta penúltima fue a dar en un auto que se hallaba estacionando; no alcanzó a lastimar a nadie esta cuarta bala, y se colocó en una de las ruedas traseras. En este auto (por cierto muy viejo y maltratado), se encontraban una pareja de gitanos y su hija menor de 4 años; los 3 salieron ilesos de los primeros 4 disparos de Adrián, pero lamentablemente para todos, la quinta bala tuvo un recorrido casi idéntico a la cuarta, con la excepción de que se introdujo por la ventana trasera del auto y pegó de lleno en la sien de la desdichada niña. El ladrón murió antes de que llegara la ambulancia, en cambio, la pobre niña murió en el acto. Para nuestro protagonista este sería el principio de la caída a un abismo, era su precipicio. Nunca en su vida caería en tan terrible depresión, no sólo a causa del juicio que se le vino encima, sino también, la horrible sensación de vergüenza que da el remordimiento. Además de los males que le asediaban, algo aún peor le sucedería. Alrededor de 2 meses después de la desafortunada tragedia, por medio de un derrame cerebral, falleció antes de cumplir su primer año, su primogénita y adorada hija Lucia. Como si fuera poco para él, por todos los problemas que surgían de Adrián, Luna no soportó más, se divorció de él y jamás volvieron a verse las caras. Gracias a sus contactos y a un sistema judicial de lo más bochornoso, alcanzó obtener una mínima pena de tan solo 1 año con arresto domiciliario. Aunque la prisión en la que cayo su conciencia duraría mucho más tiempo. Prácticamente durante todo ese año, no pudo conciliar el sueño en paz; atormentado porque su memoria resaltaba, a cada segundo, los terribles gritos de los padres de la difunta Antonella; quienes quebrados del dolor y el espanto lo maldijeron en un idioma para él desconocido. Adrián se veía demacrado, aniquilado y con un pavor inigualable que duraría alrededor de 2 años y medio. Nunca en toda su vida, a pesar de todos los males que había cometido, llego a sentir un dolor interior y una destrucción tan marcada en su alma. Creyó que todo eso lo merecía, pero aunque así fuera no podía contenerlo en su razón. Casi cumpliéndose 3 años de la muerte de Antonella, Adrián terminó con sus ahorros en drogas y alcohol más que en cualquier otra cosa. Espiritualmente destruido, intentó suicidarse consumiendo una gran cantidad de estupefacientes, pero antes de llevar a cabo su propio homicidio escribió una nota que decía así: “Ya no vale la pena el intento de seguir viviendo, no puedo respirar del dolor ni del sufrimiento que se contempla en mi alma. ¡¡Ponzoñoso terror del infierno!! misantropicos bufones vienen de ti, con la carta del destino, saben el futuro que es para mí incierto y mi mayor deseo: lograr desterrar el inmóvil pasado. Solo me queda una impotencia mental por no poder encontrar una explicación a los turbios espectros que enloquecen, atormentan y mortifican mi vulgar vida. No logró dejar de drogarme. ¿Cómo cerrar mi mente? ¿Cómo apagar mi cuerpo? Si en cierta forma es parte de los sentimientos. Me siento mal porque he pecado, aunque en ello no crea; he actuado sin pensar otra vez, aposté al azar mi alma, sabiendo que no sólo a mi me pertenece, sino también, a todos aquellos lo que me siguen estimando.” Desquiciado, colocó en su boca los estupefacientes sin contarlos y con una botella de ron los hizo atravesar su laringe. Pero si bien la injerencia de la muerte no sería inofensiva, tampoco sería fatal. El envenenamiento no logró matarlo, se salvó de la muerte por haber elegido mal el lugar del suicidio. Se le había planteado con anterioridad, dos posibles formas de ejecutar su propio asesinato. La primera alternativa sería mediante las pastillas; la segunda era arrojarse desde un puente al río. Indeciso por cual sería el camino que elegiría para morir, prefirió tomar ambas salidas. Con pastillas en mano, estaba decidido a tomarlas y antes de perder el conocimiento tirarse de lleno al río desde el puente. Pero las convulsiones le llegaron demasiado rápido. No logró saltar, cayó desmayado y no tardaron nada en caer varios automovilistas y peatones que lo socorrieron y lograron llevarle con vida al hospital. Quedó con vida, aunque como dije, la injerencia de la muerte no sería inofensiva; todos los encapsulados que tomó, corrompieron su anatomía hasta llevarle al borde de la muerte. Se mantuvo en coma durante 4 meses y cuando volvió en sí, rápidamente los doctores le diagnosticaron la pérdida total de la vista. Su panorama medicinal sería aún peor, ya que psicológicamente estaba perdido, lo internaron en una clínica psiquiátrica donde se mantuvo confinado por años, y donde intento quitarse la vida otras 3 veces más. Casi todas muy lejos de lograr su objetivo porque siempre llegaban a detenerlo antes de que las llevara a cabo. La excepción fue la última de todas, donde estuvo cara a cara con la muerte una vez más. Luego de arrebatarle un bolígrafo de punta fina a una enfermera (sin que esta se diera cuenta); espero el anochecer para romper de a poco, aunque con suficiencia, las venas que atravesaban su muñeca derecha. Demasiada dificultad le daba el asunto, pero de a poco su piel se iba desquebrajando y a medida que fluía su sangre, con la punta del índice izquierdo, en la pared comenzó a escribir nuevamente una nota de suicidio: “En el nacer del crepúsculo nocturno mi mente se aterra…¡¡NO PUEDO VER!! ¡¡ME HE QUEDADO EN MEDIO DE UNA HORRIBLE NEBLINA!! En la penumbra total, mi vista se destiñe y las imágenes no se le entregan; de añoranza total, mi mente refleja hermosos recuerdos de luces que ya no aparecen presentes, me son inciertas. No llego a tocar la idea de que hago aquí y te ruego, en este dolor inmenso, que me lleves con vos, aunque sea al infierno ya no importa. ¿Qué puede importar? Si únicamente me quedan el tacto, el oído, el gusto y mi alma en pena” Mientras se mantenía escribiendo, su pulso disminuía, su presión decaía, su piel languidecía. Pero una vez más, la muerte lo esquivaría... CAPITULO 3 : "LA REDENCION" Escoge el próximo pasaje
Hasta aquí llega lo escrito para esta línea narrativa de la historia. Si lo deseas puedes contribuir escribiendo el próximo pasaje.
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