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Un muerto con conocimiento
Escrito por Isabel60 (
El abuelo pasaba un mes en casa de cada hijo. Ese mes estaba en casa de su hijo Daniel y su nuera Anacleta que lo apreciaban y cuidaban con esmero. Una tarde estaba en la silla sentado con los ojos cerrados sin inmutarse ante la llegada de su hijo. Su hijo como tantos días le dio un beso en la frente como ya era costumbre. A los niños pequeños se les besa en la frente cuando se han hecho daño o tienen fiebre, es una especie de signo de protección. Daniel recordaba cuando su padre antaño, que enviudó a los 6 años de estar casado, le hacía eso mismo a él y a su hermano Nicanor que era dos años mayor que él. Daniel, ahora le tocaba cuidar cada dos meses a su querido padre.
Cada día lo saludaba con un “hola, papá ¿cómo estás?” y el beso de rigor en la frente. Esta costumbre lo hacía cada mañana cuando salía al trabajo y a la vuelta de éste. Su padre había sido un hombre ñeque, fuerte como pocos hombres ante su misma situación. Jamás se derrumbó. Tenía la fuerza interior de un caballo y física de un mulo. Había luchado en la vida para sacar a sus hijos adelante sin separarse ni un instante de ellos. Era taxativo, se limitaba a ser feliz y hacer felices a sus hijos en la medida de sus posibilidades. Esos sí, era muy recalcitrante con ellos a la hora de los deberes. Daniel recordaba todo esto mientras le contaba a su padre lo que había hecho en el trabajo. Se podía permitir el lujo de pensar y hablar a la misma vez. Poco inusual en los hombres ya que su mente no da para hacer dos cosas a la vez. Daniel se lo sabía de memoria, cada día hacia la misma función y era estar de celador en un asilo para abuelos desamparados. Allí siempre era la misma historia y rutina. La mayoría de los abuelos allí dejados, había perdido la cabeza y andaban como muertos vivientes. Su mujer Anacleta hizo acto de presencia y le propinó un beso a su marido en los labios y otro al abuelo en la frente. Ella si se dio cuenta que el abuelo estaba frio como un tempano de hielo. - El caso es que toda la tarde tu padre ha estado de la misma postura y adormilado – le decía a su marido con esa voz penetrante y estridente. Ella era raquítica pero tenía mucha energía, se alimentaba de verduras y la clara de los huevos. La yema se la echaba en el pelo para que los suavizara, eran duros y de una aspereza como un estropajo de esparto. Anacleta y Daniel por fin vieron que el abuelo estaba tieso como la mojama. Igual que una sardina arenque pero en la forma de una silla sentado. Decidieron darle una ducha de agua caliente para que la sangre fría se le calentare y así poder meterlo en la cama después de una mortaja digna. En el instante en que estaba dentro de la ducha, llamaron a la puerta y salió Anacleta. - Hola Nicanor – saludó al tiempo que le daba dos sonoros besos en las mejillas a su cuñado. - Hola Adela. Muackssss. - Pasar, pasar. Enseguida sale Daniel, el abuelo ya ha fallecido. - No, no es posible - contestó Nicanor a Anacleta. - Sí, ha debido ser durante la tarde, él estaba sentado y durmiendo y cuando llegó tu hermano estaba cadáver en la silla sentado. - Entonces me pertenecen sus tierras, ayer me lo tenía que haber llevado, ya me tocaba a mí este mes, pero no pudimos venir por él. Nicanor era descarado y egoísta y no fue a recoger a su padre porque el domingo día 31 se fue al cine con su mujer y se olvido que tenía que ir a recoger a al pesado, carcamal vejestorio y achacoso padre como él lo llamaba. Ahora se arrepentía de no haber ido por él. Podía haber pospuesto el cine para otro día. Estaban en juego dos fincas de una extensión, muchas ectáreas magnifica, que él llevaba pidiendo a su padre hacía mucho tiempo. Pero Nicanor padre, en su tiempo firmó una clausula en el testamento, que esas dos fincas serían para quien lo tuviera en el momento de su muerte. En recompensa por el susto y disgusto de haber fallecido en la casa de uno de los dos hermanos. Vaya fatalidad, pero ese mes era a él a quien le tocaba. Después de mil excusas falsas y e infligir un contrato verbal con su hermano de que el último día de mes cada uno recogería a su padre en el lugar que éste estuviera. Su hermano que rebosaba de una gran magnificencia, optó por dejarle a él las fincas. Daniel hablo en voz baja y muy cerca de su padre: - Él nació primero, es tu primogénito, creo que tiene más derecho. Yo he tenido la satisfacción de que tú hayas expirado aquí, con nosotros. Al abuelo después de darle un baño y vestirlo lo había dejado de nuevo en la silla para atender la visita. Mientras tanto Anacleta fue a recoger los papeles de la finca porque su cuñado ya se los exigía. Era un hombre mezquino, miserable, codicioso y captivo de su propio egoísmo. También les pedía la mensualidad del abuelo. Aunque no la habían cobrado, le dieron el poco dinero que tenían en casa. - Pobre papá decía en voz baja Daniel. Tú de cuerpo presente y tú hijo Nicanor siempre igual de ruin: un pobre desgraciado egoísta. Le importa muy poco su padre. En esto que el abuelo le guiña un ojo a Daniel, pone una pierna cruzada y abre la mano izquierda que tuvo cerrada todo el tiempo mientras lo bañaban. Daniel se llevó un gran susto y la sorpresa más grande de su vida. Estaría viendo visiones se dijo así mismo. Pero era real, su padre tenía un boleto de la primitiva en la palma de su mano. Cogió el papel y lo guardo de recuerdo. Enterraron al padre y a la semana siguiente, una noche viendo el telediario, escuchó que aun no había aparecido el único acertante de la primitiva. 1000 millones de euros estaban esperando. Se dijo a sí mismo que a lo mejor era ese papel que él guardaba en una caja fuerte como recuerdo ya que era el último papel que tocó su anciano padre antes de enterrarlo. ¡¡¡La sorpresa fue monumental!! Era el boleto premiado. Todos los números coincidían. A su querido padre le dio un infarto al escuchar y comprobar que le habían tocado 1000 millones de euros que nunca pudo disfrutar. Escoge el próximo pasaje
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1 Escrito por Isabel60 (
Adriano era un necio atolondrado y algo ñame. Tenía treinta y cinco años. Alto y como una especie de mastodonte abrutado. De pelo rizado y negro como el azabache. Su tozudez le hizo que un día hiciera una apuesta con su cuñado ... Leer mas
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