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La apuesta
Escrito por Isabel60 (
Adriano era un necio atolondrado y algo ñame. Tenía treinta y cinco años. Alto y como una especie de mastodonte abrutado. De pelo rizado y negro como el azabache. Su tozudez le hizo que un día hiciera una apuesta con su cuñado Álvaro, que le dejó la cabeza abierta, la boca desdentada y una cojera de por vida. La apuesta consistía en abrir un agujero con la cabeza para poder asomarse en casa de un vecino cuando estuviera en la cama con su mujer haciendo el amor. El día de antes dejaron conectado un micrófono que pasaron por un agujero que hicieron en el rodapié de de su habitación, y coincidía con la habitación de los vecinos. Este micrófono iba conectado a un altavoz, a través del cual escucharían los alaridos que ella daba. Querían darles la sorpresa justo en el momento más ardiente y de mayor sonido por los gemidos que ella emitía.
Los suspiros de gozo de la vecina se mezclaron con el aullido de dolor que soltó Adriano al golpear su cabeza contra la pared: ¡¡Y ahí es donde se dejó la mitad de las neuronas!! Éstas quedaron aplastadas y nunca más se recuperaron. Justo la pared donde habían señalado que él metería la cabeza, no era de ladrillo sino de cemento puro y duro. Los vecinos no llegaron a enterarse afanados como estaban en sus juegos amorosos: Ella siguió gimiendo incluso más fuerte que antes, justo en ese momento estaba sintiendo el mayor orgasmo de su vida, que unido al golpe de la pared la elevó al mayor de los éxtasis. Fue una tragedia de la cual Álvaro su cuñado se arrepintió toda la vida. Adriano perdió la memoria y nunca más se acordó de lo que había ocurrido ni de la apuesta absurda que había cruzado con su cuñado. Su hermana ya no estaría casada con un hombre de treinta y cinco años, si no, con barbudo de quince, enfundado en cuerpo de hombre y más bruto que un mulo. Las consecuencias del holgorio y el yerro, fueron para la mujer de Adriano y hermana de Álvaro. Para ella fueron las consecuencias del equívoco cometido al meter la cabeza por donde no había ladrillo y sí una mole de cemento armado. Era inminente que Adriano se iría deteriorando progresivamente y tendría que ocuparse de él como si fuera un hijo más. Él hacia el número siete. Su mente quedó en la edad del pavo. Actuaba como un chico de quince años. Se tiraba eructos en la mesa. Ventoseaba a cualquier hora sin respetar comidas ni comensales; se sacaba los mocos y los pegaba debajo de las sillas. A veces escribía el nombre de Roberta su esposa y dibujaba corazones impregnando su dedo en el zurullo sólido que había dejado caer en el water. Dejaba su firma olorosa en los azulejos con una dedicatoria infantil y perversa. Roberta quedaba extenuada ya que su marido estaba Ubicuo. Sus travesuras eran conocidas también por los vecinos, que les llama al timbre de la puerta y ponía un chicle pegado para tapar la mirilla. Otras veces les enseñaba sus órganos genitales en plena erección. Estaba en todos los lados y haciendo jugarretas a diestro y siniestro. Jamás pensó que algo así la pudiera suceder a ella. Las horas del día para Roberta estaban exiguas. No le daba más de sí el tiempo para atender a sus seis hijo y a su esposo que hacía por veinte niños más. Para los vecinos, sus juegos amorosos siguieron siendo tan redundantes: los gemidos se siguieron escuchando. Adriano con su mente quinceañera y pegando la oreja a la pared, movía sus manos afanosamente para aliviarse, aunque eso sí, los muelles de la cama vecina nunca más los volvió a escuchar: tal vez cambiaron de cama o Adriano con el golpe perdió audición y su oído no estaba tan fino. Escoge el próximo pasaje
Hasta aquí llega lo escrito para esta línea narrativa de la historia. Si lo deseas puedes contribuir escribiendo el próximo pasaje.
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