Sinopsis
Poco después del amanecer vaga por un bulevar de palmeras manchadas de civilización. Es un día de principios de primavera. En el suelo y en el ligero aire primaveral, todavía quedan restos y olores de las fiestas de la ciudad, que hace apenas una semana que han finalizado bajo el crepitar de las fallas y el estruendo de los castillos artificiales. En algunas aceras y en un solar abandonado los restos festivos dibujan un cuadro devastado: botellas de cerveza barata con el cuello roto; montones de vainas de cohetes, ya que los miembros de la falla del barrio usaron el solar como campo de tiro; bocadillos medio por personas y ratas que afloran entre los hierbajos; y hasta un colchón tirado contra el muro con los muelles distorsionados que sirve de cobijo a una familia de gatos. Al inicio del bulevar el sol parece un sombrero anaranjado puesto en la cabeza de Neptuno; los primeros rayos matinales rozan los penachos de las palmeras con una luz tímida y fría que da brillo a la tenue capa de roció que se ha depositado en los arboles y las cornisas de las casas.
A ambos lados del bulevar se levantan dos contenedores acristalados que albergan oficinas del gobierno autonómico. Los primeros funcionarios en llegar son los de las escalas inferiores; los jefes y los asesores políticos suelen llegar más tarde, ya que no están obligados a fichar. Los funcionarios con las cenizas de la somnolencia maquillando los ojos, saludan al guardia de seguridad del edificio, un pelirrojo alto con una musculatura que denota que ya ha dejado el gimnasio y las pesas. Lo primero en llegar fichan en los relojes que están en el sótano del edificio, luego suben a su planta, donde la mayoría se sirve un café, un café con leche, y algunos un chocolate en las máquinas instaladas en cada planta. Un sorbo y la queja: este maldito café cada día sabe peor. Algunos pocos leen el periódico que han adquirido en un quiosco que regenta una señora de media edad, ojos vivos y labios tenuemente pintados. Los seres más activos de estas horas son las aves que pueblan el bulevar. Palomas, tórtolas turcas, gorriones comunes, estorninos, y sobretodo las cotorras argentinas de plumaje verdoso y pecho gris, que son quienes se han apoderado de las palmeras y los plataneros del jardín, con graznidos irritados y estridentes buscan los frutos que cuelgan de los árboles. - Unos ignorantes las soltaron por hacer una gracieta, y ahora están por todas partes. ¡Los malditos pajarracos han invadiendo por toda la ciudad! Entre cotorras argentinas y negros pidiendo cada vez que aparcas el coche, está ciudad se ha convertido en el hazmerreír de Europa. Escoge el próximo pasaje
Versión
1 Escrito por PUIG SANTA MARIA (
Quien habla así es el gerente de los dos edificios, un señor de media edad, alto, con pelo engominado, un traje de sastre azul pálido y corbata de seda de agónicas y patriotas rayas. El gerente, a diferencia de los funcionarios, accede ... Leer mas
|
Mensaje |
||
Exito |
||
Error |
||
Aviso |
||