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Pasaje 2º
Escrito por PUIG SANTA MARIA (
Su pensamiento se concentró en la palabra muerte. ¿Realmente qué significa esta palabra? se interroga. Dos golpes de voz, que repetidos y enredados en el infinito se confunden en el vacío. Intenta deletrear la palabra otra vez sin resultado visible. Mira las volutas de humo del cigarrillo que cuelga en sus labios que dibujan en el aire figuras oníricas de miradas angustiadas. Temer a la muerte –llega a la conclusión- es cosa de seres débiles, miedosos de perder aquello que no tienen: vida. Este pensamiento le abruma porqué él sabe que tampoco tiene vida; hace tiempo que su corazón la ha desterrado de los riachuelos por donde rezuma la sangre, y en cambio, no teme la muerte, casi la desea sin hacer tener fuerzas para buscarla. De este modo, vencido como la gacela que siente los colmillos del león en su garganta, le gustaría que descendiera de entre los graznidos de las cotorras argentinas, se presentara delante de él con su mirada fría, su guadaña oxidada y con un bata hecha jirones y le susurrase hasta aquí hemos llegado. Pero eso sólo ocurre en los cuentos y las películas de serie B, murmura. A las figuras azules y angustiadas de humo, la muerte las beso y le arrancó un trozo de carne viva de su alma; su madre, a quien adoraba a pesar que nunca fue cariñoso con él, porque el preferido fue siempre su hermano mayor. Hermosa y distante, glacial y severa, casi áspera, que ignoró colocar una estantería en su corazón para alojar la ternura y el amor que él le ofreció. Y la muerte se llevó a su primer amor, un joven que se mató conduciendo una motocicleta por las caminos de la Malvarrosa. Lo recordaba todos los días. Esbelto y desenfadado, fibroso y risueño, ágil y dulce, bello y compresivo. Eran jóvenes, unos adolescentes. Fue el único amor limpio de corazón que tuvo el hombre sentado en un banco, ya que nunca lo ensuciaron ni con un beso ni con una caricia. Le llamaban Rubén y murió sin temer la muerte porque nunca llegó a conocerla. Era lo único bueno y bello que guardaba su alma. Los años nunca llegaron a ensuciarlo con morales hipócritas ni olvidos intencionados. Las agujas del reloj le enseñaron otros amores pero nunca se pararon. Con mujeres porque los hombres nunca le gustaron. Eran besos y caricias con quienes borrar la cara de Rubén, algunas veces con sexo frenético que amortiguaban el recuerdo para reaparecer a la tarde siguiente. Así estuvo hasta los treinta y algo, que conoció a Carmen. Era una profesora de literatura medieval que ejercía su magistratura en la universidad de Valencia. Alta y resolutiva, delgada y fría, ojos de mar turbia y segura de sí misma, con la cual hubo una química diferente a las otras mujeres: era la madre que se levantaba del ataúd y le ofrecía sus manos. Y se casaron una bonita mañana de finales de primavera. A la boda asistieron los familiares y unos pocos amigos. Fue una ceremonia sencilla que ofició un sacerdote amigo de Carmen, quien también era especialista en historia medieval. Fue como todas las bodas: ¿quieres a Carmen por esposa? Sí, quiero.... y bla, bla, bla, hasta podéis besaros... Y se besaron, fueron relativamente felices pero nunca comieron perdices. Carmen nunca llegó a ser su madre y sus manos se enfriaron con el paso del tiempo.
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1 Escrito por PUIG SANTA MARIA (
En el bulevar de palmeras manchadas de civilización hay una pequeña iglesia de los años 60. Blanca y elemental, la preside la estatua de un santo vestido con los hábitos de un fraile. Se trata del saleciano San Juan Bosco, un santo ... Leer mas
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