ARDIUN EN LAS DUNAS DEL TIEMPO...
Escrito por Giussy (Desconectado Offline), el 07 de junio de 2008
ARDIUN EN LAS DUNAS DEL TIEMPO...
Y... entonces...

un rojo amanecer destilado como un suave vino
dulce
se elevó sobre la línea del inabarcable
horizonte. Sus
suaves rayos le salpicaron la vista, y por unos
instantes, los mantuvo cerrados, contemplando el
reflejo del resplandor de la boca del amanecer en
su
hormiguero interior. No eran más de las seis de
la
mañana y el caminante se dispuso a levantarse y
partir
hacia donde le dictaba su brújula interior. Sabía
que
tenía que descubrir el secreto del amanecer, el
secreto de la luz. Apretó con fuerza el talismán
mágico que le colgaba del pecho y se dispuso a
partir
a pesar del frío y del hambre que le atenazaban
con
ardor. Comenzaba a inmiscuirse por una escarpada
senda
cubierta por las frondas de secuoyas gigantes
sobre
cuyas ramas se alojaban varios nativos en cabañas
de
maera. El camino era farragoso como la arena del
desierto, tenía los pies magullados de tantas
torceduras de tobillo y cada vez le costaba más
esfuerzo seguir avanzando al mismo ritmo. Su
respiración se tornaba más profunda y la sed le
pinchaba la garganta como un clavo ardiente y le
producía tos, pero tenía que continuar, que
seguir
hacia la señal con que aquella noche Betelgeuse,
en
Orión, le sonreía. Sí, aquella estrella
supergigante
roja era su brújula, era su destino. Las ramas de
los
robles le parecía que iban a capturarle, abriendo
sus
brazos en su dirección. No sabía por qué una
sensación
de pánico se apoderó de él. El silencio del
bosque
era interrumpido por los crujidos de las ramas al
agitase con los suspiros del viento. Un ruiseñor
le
asustó con su estentórea voz un cervatillo
blanco
cruzó por delante de su camino. Sentía que la
manta
del frío se cernía sobre sus mejillas, que
comenzaron a sonrojarse como las nubes bañadas
por el
suave resplandor de la alborada. Los pelos de los
brazos se le pusieron de gallina, no llevaba más
que
una camiseta azul clarito de manga corta, unos
pantalones verdes largos de pana y unas
zapatillas
amarillas de deporte que con el barro se le
habían
coloreado de marrón y una mochila de tela con
libros
y un cuaderno de bitácora. Tenía los ojos
castaños y
el pelo pelirrojo corto y rizado, no era muy
alto y
tenía una cicatriz en el brazo de un antiguo
combate.
Tiritaba como las gotas de lluvia de un charco
ante
un terremoto y sus dientes no paraban de
castañetear.
No sabía por qué la temperatura había descendido
tanto,
de repente. Una bandada de pájaros se dirigió
hacia el
sur y comenzaba a ver dibujarse las sombras sobre
el
barro. Cada vez caminaba más despacio y temblaba
con
más fuerza, tanto que el corazón se le comenzaba
a
acelerar demasiado y apenas sí podía respirar.
Tenía
que hacer algo o moriría de frío. Encontrar una
hoguera, tal vez, pero en la humedad que había
le
resultaría imposible. Tenía que intentarlo. tal
vez
buscando unas rocas en las que guarecerse... pero
su
vista no atinaba alcanzar nada semejante. Un
zumbido
pasó por sus oídos y un teatro negro con
destellos
apareció ante él, sintió el blando contacto del
barro
farragoso contra su cuerpo y se sumergió en un
blando
y profundo sueño. Un hada angelical vestida de
azul y
blanco se posó ante sus pies y le acostó
dulcemente
entre unas telas de seda aterciopelada que le
parecían
tan suaves como nubes de pétalos de rosas. Soñó
que se
encontraba rodeado de un murmullo de voces que
le
parecían las de un enjambre de moscas revueltas.
Iban
a teletransportarse a otra época con una máquina
del
tiempo. Sólo tenían que concentrarse con fuerza
en la
autohipnosis producida por un mar de curvas y
letras
entrelazadas clavadas sobre un soporte de tela
blanca.
Estas señales ultravioletas salían de un
proyector en
cascada y sus líneas se iban sucediendo sin
fin. Las
primeras señales comenzaban a surtir efecto en su
interior y su espíritu abandonaba su cuerpo para
viajar por otra dimensión, más allá del espacio y
del
tiempo. De repente, un silencio frío como un
suelo de
mármol se presentó ante él y le envolvió con su
tonalidad de graves. El viento empujaba la dócil
arena
y la volteaba en remolinos en la lejanía del ancho
valle desierto, dominado por la quietud de la
tierra
y con un cielo poblando de brillantes átomos de
luz de
una tonalidad azul intensa. Sólo oía su propia
respiración acompañada del compás de los latidos
de su
corazón. Le comenzaba a arder la piel por la
verticalidad de los rayos. Se preguntaba cuál sería la
esencia de las profundidades del desierto. El
valle se
dejaba rodear por los resplandores sedosos del
sol y
el viento peinaba sus dunas, dándoles una forma
suave,
como de lana amontonada. Varias horas pasó
contemplando estos cambios de forma que le
parecían
tan espectaculares Castillos de arena se
construían y
destruían al tiempo que batallones de arena se
revolvían sobre una duna y terminaban asentándose
en
su ladera. Podía ver y entender al mismo tiempo
la
batalla de la humanidad por la conquista de un
espacio, de una colina sobre la que establecer
sus
reino. El Imperio de la Sombra de la duna
luchaba
contra el Imperio de la Luz en una batalla
desigual en
a que la arcilla roja de ambos bandos se
confundía,
recordándole un pasado sangriento. y él se
hallaba
allí como espectador de aquel horrible pasado y
sobre
montones de muertos, de arcilla roja, de sangre
derramada por la conquista de un ideas por la
lucha
de la luz contra las tinieblas, del día sobre la
noches, del Imperio de las Sombras contra el
Imperio
del Fulgor. Podía sentir el chasquido de las
espadas
cerca del escudo de su imaginación. las tropas se
agolpaban como un pelotón amontonado a la salida
de
una carrera multitudinaria. Podía ver el norte y
la
figura de Avylon y delgado como una pértiga, pero
fuerte como un grueso tronco de roble. Su mirada
era
fija como la de un ¿búho? y atenta como los ojos
de un
enamorado ante su reina.

Una sinfonía de verdes se mezclaba con el azul
celeste
del cielo y la claridad blanquecina de las nubes.
Un
rayo de esperanza alimentaba la quietud del
bosque
como un susurro lejano y cargado de sonrisas. El
misterio del árbol dormía entre las ramas del
pensamiento de Ardiun como una tumba sepultada
bajo
nocturnas tinieblas. El tiempo parecía haberse
detenido entre los latidos del recuerdo. Los
mirlos
trinaban con un rumor de misterio que enturbiaba
la
silenciosa luz de un ensueño. Comenzaron a brotar
las
ideas de Ardiun como de un manantial los peces.
El
resplandor que yacía oculto en su interior se
despertó
ante sus profundos ojos. ¡Por fin podría entender
el
enigma que durante tanto tiempo le había
asaltado!.
Podía ver cómo las letras y los números caminaban
de
la mano, por una senda que les conducia al
futuro
desde algún secreto rincón del pasado. Podía ver
cómo
crecían las ideas ante su jardín y de qué manera
se
tornaban transparentes las fronteras del tiempo.
El tiempo había dejado de existir, ahora sólo
había
espacio, cadenas de palabras enjauladas en la
prisión
de la eternidad. No había movimiento, sólo
impresión.
El jardín era húmedo como un paraguas mojado y
verde
como el canto de un canario, amarillo como una
risa,
azul como la caricia del viento, rojo como un
grito y
blanco como el silencio de un suspiro. buscaba el
color de la eternidad... el color del infinito...

 

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