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ARDIUN EN LAS DUNAS DEL TIEMPO...
Escrito por Giussy (
![]() Y... entonces...
un rojo amanecer destilado como un suave vino dulce se elevó sobre la línea del inabarcable horizonte. Sus suaves rayos le salpicaron la vista, y por unos instantes, los mantuvo cerrados, contemplando el reflejo del resplandor de la boca del amanecer en su hormiguero interior. No eran más de las seis de la mañana y el caminante se dispuso a levantarse y partir hacia donde le dictaba su brújula interior. Sabía que tenía que descubrir el secreto del amanecer, el secreto de la luz. Apretó con fuerza el talismán mágico que le colgaba del pecho y se dispuso a partir a pesar del frío y del hambre que le atenazaban con ardor. Comenzaba a inmiscuirse por una escarpada senda cubierta por las frondas de secuoyas gigantes sobre cuyas ramas se alojaban varios nativos en cabañas de maera. El camino era farragoso como la arena del desierto, tenía los pies magullados de tantas torceduras de tobillo y cada vez le costaba más esfuerzo seguir avanzando al mismo ritmo. Su respiración se tornaba más profunda y la sed le pinchaba la garganta como un clavo ardiente y le producía tos, pero tenía que continuar, que seguir hacia la señal con que aquella noche Betelgeuse, en Orión, le sonreía. Sí, aquella estrella supergigante roja era su brújula, era su destino. Las ramas de los robles le parecía que iban a capturarle, abriendo sus brazos en su dirección. No sabía por qué una sensación de pánico se apoderó de él. El silencio del bosque era interrumpido por los crujidos de las ramas al agitase con los suspiros del viento. Un ruiseñor le asustó con su estentórea voz un cervatillo blanco cruzó por delante de su camino. Sentía que la manta del frío se cernía sobre sus mejillas, que comenzaron a sonrojarse como las nubes bañadas por el suave resplandor de la alborada. Los pelos de los brazos se le pusieron de gallina, no llevaba más que una camiseta azul clarito de manga corta, unos pantalones verdes largos de pana y unas zapatillas amarillas de deporte que con el barro se le habían coloreado de marrón y una mochila de tela con libros y un cuaderno de bitácora. Tenía los ojos castaños y el pelo pelirrojo corto y rizado, no era muy alto y tenía una cicatriz en el brazo de un antiguo combate. Tiritaba como las gotas de lluvia de un charco ante un terremoto y sus dientes no paraban de castañetear. No sabía por qué la temperatura había descendido tanto, de repente. Una bandada de pájaros se dirigió hacia el sur y comenzaba a ver dibujarse las sombras sobre el barro. Cada vez caminaba más despacio y temblaba con más fuerza, tanto que el corazón se le comenzaba a acelerar demasiado y apenas sí podía respirar. Tenía que hacer algo o moriría de frío. Encontrar una hoguera, tal vez, pero en la humedad que había le resultaría imposible. Tenía que intentarlo. tal vez buscando unas rocas en las que guarecerse... pero su vista no atinaba alcanzar nada semejante. Un zumbido pasó por sus oídos y un teatro negro con destellos apareció ante él, sintió el blando contacto del barro farragoso contra su cuerpo y se sumergió en un blando y profundo sueño. Un hada angelical vestida de azul y blanco se posó ante sus pies y le acostó dulcemente entre unas telas de seda aterciopelada que le parecían tan suaves como nubes de pétalos de rosas. Soñó que se encontraba rodeado de un murmullo de voces que le parecían las de un enjambre de moscas revueltas. Iban a teletransportarse a otra época con una máquina del tiempo. Sólo tenían que concentrarse con fuerza en la autohipnosis producida por un mar de curvas y letras entrelazadas clavadas sobre un soporte de tela blanca. Estas señales ultravioletas salían de un proyector en cascada y sus líneas se iban sucediendo sin fin. Las primeras señales comenzaban a surtir efecto en su interior y su espíritu abandonaba su cuerpo para viajar por otra dimensión, más allá del espacio y del tiempo. De repente, un silencio frío como un suelo de mármol se presentó ante él y le envolvió con su tonalidad de graves. El viento empujaba la dócil arena y la volteaba en remolinos en la lejanía del ancho valle desierto, dominado por la quietud de la tierra y con un cielo poblando de brillantes átomos de luz de una tonalidad azul intensa. Sólo oía su propia respiración acompañada del compás de los latidos de su corazón. Le comenzaba a arder la piel por la verticalidad de los rayos. Se preguntaba cuál sería la esencia de las profundidades del desierto. El valle se dejaba rodear por los resplandores sedosos del sol y el viento peinaba sus dunas, dándoles una forma suave, como de lana amontonada. Varias horas pasó contemplando estos cambios de forma que le parecían tan espectaculares Castillos de arena se construían y destruían al tiempo que batallones de arena se revolvían sobre una duna y terminaban asentándose en su ladera. Podía ver y entender al mismo tiempo la batalla de la humanidad por la conquista de un espacio, de una colina sobre la que establecer sus reino. El Imperio de la Sombra de la duna luchaba contra el Imperio de la Luz en una batalla desigual en a que la arcilla roja de ambos bandos se confundía, recordándole un pasado sangriento. y él se hallaba allí como espectador de aquel horrible pasado y sobre montones de muertos, de arcilla roja, de sangre derramada por la conquista de un ideas por la lucha de la luz contra las tinieblas, del día sobre la noches, del Imperio de las Sombras contra el Imperio del Fulgor. Podía sentir el chasquido de las espadas cerca del escudo de su imaginación. las tropas se agolpaban como un pelotón amontonado a la salida de una carrera multitudinaria. Podía ver el norte y la figura de Avylon y delgado como una pértiga, pero fuerte como un grueso tronco de roble. Su mirada era fija como la de un ¿búho? y atenta como los ojos de un enamorado ante su reina. Una sinfonía de verdes se mezclaba con el azul celeste del cielo y la claridad blanquecina de las nubes. Un rayo de esperanza alimentaba la quietud del bosque como un susurro lejano y cargado de sonrisas. El misterio del árbol dormía entre las ramas del pensamiento de Ardiun como una tumba sepultada bajo nocturnas tinieblas. El tiempo parecía haberse detenido entre los latidos del recuerdo. Los mirlos trinaban con un rumor de misterio que enturbiaba la silenciosa luz de un ensueño. Comenzaron a brotar las ideas de Ardiun como de un manantial los peces. El resplandor que yacía oculto en su interior se despertó ante sus profundos ojos. ¡Por fin podría entender el enigma que durante tanto tiempo le había asaltado!. Podía ver cómo las letras y los números caminaban de la mano, por una senda que les conducia al futuro desde algún secreto rincón del pasado. Podía ver cómo crecían las ideas ante su jardín y de qué manera se tornaban transparentes las fronteras del tiempo. El tiempo había dejado de existir, ahora sólo había espacio, cadenas de palabras enjauladas en la prisión de la eternidad. No había movimiento, sólo impresión. El jardín era húmedo como un paraguas mojado y verde como el canto de un canario, amarillo como una risa, azul como la caricia del viento, rojo como un grito y blanco como el silencio de un suspiro. buscaba el color de la eternidad... el color del infinito... Escoge el próximo pasaje
Hasta aquí llega lo escrito para esta línea narrativa de la historia. Si lo deseas puedes contribuir escribiendo el próximo pasaje.
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