Adriana
Escrito por nalen_noise (Desconectado Offline), el 07 de julio de 2008
- Hazme daño.- suplicó.
- Te quise.
- Duele.- contestó tras unos instantes de silencio.
- Lo has pedido y te lo he dado.
- Gracias.- contestó con una sonrisa.- Era lo que tenía que escuchar. Lo quieras o no, me alegra.
- ¿Te alegra?- contesté aturdida.
- Sí. Sé que ya no me quieres pero, al menos, queda un bonito recuerdo de todo esto. Muchísimas gracias.
No sabía cómo reaccionar ante la situación. Tenía tan solo dieciséis años. Bueno, a esa edad todos nos creemos mayores de lo que en realidad somos. Mayores para aprovecharnos de nuestros hermanos pequeños, para llegar a casa a las tantas, para discutir por cualquier cosa, para tomar sustancias ilegales, para llevar la contraria... Cuando, desgraciadamente, no éramos más que unos niñatos que viven dependientes del sueldo de papá y de que mamá lave la ropa y cocine los que nos guste.
Ahora tenía que finalizar con éxito una tragedia que había escrito yo solita. Triste pero hermoso a la vez, lo trágico siempre es bonito.
Hacía calor, muchísimo calor. Estábamos a finales de junio y parecía como si viviéramos en pleno desierto. Ya no notábamos el frescor de la brisa marina ni la protección de la montaña que nos resguardaba de los inviernos más fríos y de los veranos más sufridos. Ya no importaba, hacía calor, era lo único que sabíamos con certeza.
No estaba acostumbrada a salir a la calle y que no me llevara de la mano. Fueron cuatro meses muy intensos, demasiado diría yo, y algo siempre queda en mente. No podría decir que lo seguía queriendo, ¿para qué engañarnos?, pero hay cosas que no se me olvidarán nunca: esos besos, esas miradas... No nos hacía falta ni hablar. Ahora éramos mejores amigos, incluso hermanos. Él sabía cosas que no había contado a nadie y yo le había ayudado en su rehabilitación como persona humana. Ahora estaba sola, pero sólo un poco. Lo necesitaba.
Mi vida era de lo más normal. Era la típica adolescente que se ponía nerviosa con cualquier tontería. No sabía lo que era un verdadero problema y quizás por eso me ahogara en un vaso de agua.
- Duerme.- ordenó mi conciencia.
- ¿No ves que me resulta imposible?- le grité.- Llevo un mes así. ¿Crees que no quiero? ¡Lo deseo!
- No pagues tus enfados conmigo, sólo pretendo ayudarte...
- ¡Pues vete!
- ¿Es realmente lo que quieres?
- Es lo que más quiero en estos momentos, sólo eres una molestia para mí...
- ¿Sí? Bueno, hoy no puedo irme, tengo que hacer las maletas pero, cuando me haya marchado, me echarás de menos...
- Eso ya lo veremos.
- ¡Tiempo al tiempo, encanto!
Y en cuestión de un par de días se fue, dejando un espacio vacío en mi mente que ahora lo podría rellenar con estupideces varias. Era lo mejor que había hecho nunca en mi vida. Pero seguía sin poder dormir, ya no por nerviosismo o por puro insomnio, sino porque me pasé la noche caminando, buscando un lugar mejor que la casa en donde solía dormir normalmente.
Ni me despedí, ¿para qué?, mi familia ya sabía desde hacía mucho tiempo que no quería seguir viviendo allí. Ese lugar me retraía, me privaba de esa libertad que, por instinto, necesitaba. Necesitaba fluir, fluir como el agua, sin necesidad de que nadie me dijera lo que tenía que hacer y lo que no. El agua, cuando es moderada, fluye por el canal pero, cuando su caudal es fuerte, se rebela y forma su propio canal. Formé mi propio canal. Ahora era la calle, la noche, el mundo en general.


Recorrí la ciudad dos o tres veces y, a la cuarta, ya me cansé. No estaba acostumbrada a andar tanto. Antes me pasaba las horas muertas frente al ordenador, con la mente en blanco, quizás con alguna canción de fondo, pero no mucho más. Ahora veía cosas que nunca me había parado a observar, sonidos que si siquiera sabía que existían. Era como descubrir un nuevo mundo, un mundo que me gustaba mucho más que el otro.
No iba a ser fácil, ni muchísimo menos, pero eso no tenía importancia. Nada resulta fácil hoy en día. Bien es cierto que en épocas de tu vida te lo sirven todo en bandeja de plata pero yo ya me había cansado.
Rondaban las cinco de la madrugada cuando me senté en los escalones de un portal y me dispuse a controlar el panorama. Me quedaba con la cara de todo el mundo que pasa por allí, que no eran demasiados. Era una pequeña ciudad, no puedo decir que tranquila del todo pero, tampoco conflictiva en su totalidad. Como en cualquier lugar, había de todo, gente normal a puñados y gente rara. Creo que, en mi estado de demencia, podría considerarme del grupo de los raros. Esos que no se ven todos los días, que destacan entre la sociedad por algún rasgo o costumbre. Algunos se pinchan, otros llevan toda la mierda del mundo pegada a su cuerpo, otros simplemente les gusta cantar a gritos... Yo era un animal.
- Deberías ir a casa.- dijo tras unos instantes de silencio.
- No tengo casa.- contesté cortante.
Había llegado hacía un rato y se sentó a mi lado. Quizás fuera por el frío o, simplemente, el necesitara compañía. Yo no.
- Pues entonces ven a la mía.
Permanecí en silencio e hice como si no lo oyera.
- ¿Cómo te llamas?- preguntó cambiando de tema.
- No tengo nombre.
- ¿Cómo es eso posible? No me lo creo.
- Pues no te lo creas... Un problema menos.
Encendió un cigarro y dio un par de caladas antes de volver a hablar. No me fijé en su aspecto. Sinceramente, no me importaba lo más mínimo. Hacía frío, se frotaba las manos continuamente. Yo ni siquiera me daba cuenta, estaba tan sumergida en mi tarea de controlar cada persona que pasara por mi campo de visión que no le prestaba atención.
- Sigo sin creerme que no tengas nombre.
- No lo hagas,- contesté con tono borde- no es mi problema.
- Eso ya me lo has dicho antes.
- Llega un punto en que no controlo ni lo que digo, lo siento.
- ¿Para que te disculpas conmigo? No nos conocemos y, por lo que veo, no me dejas conocerte.
- Así es.
Encorvé la espalda para sentirme más segura. Podía sentir el humo en la cara pero, no me molestaba.
- ¿De dónde eres?- preguntó al soltar el humo por última vez.
- Del mundo. No soy de ningún lado en concreto. Vivo aquí, es lo que cuenta.
- Me llamo Adrián.- dijo sin venir a cuento.
Lo miré. Pude examinarlo con detenimiento. Aunque en la oscuridad de la noche no pudiera observar todos los detalles me di cuenta de cómo era. Era buena persona, un poco travieso quizás pero, al fin y al cabo, era bueno. Sus ojos me lo decían todo lo que sus palabras no me habían dicho.
- ¿De dónde has salido?- pregunté.
- También vivo en el mundo.
Aspiré el humo del cigarrillo y, a continuación, tiró la colilla al suelo y la pisó con su desgastado zapato.
- ¿Qué edad tienes?- dijo cambiando de postura para poder verme mejor.
- La suficiente.
Articuló una sonrisa rota y se quedó mudo un minuto.
- Ya no lo intento más, eres de piedra.- dijo estirándose.
- ¿Intentar qué?
- Conocerte.
- Nadie me conoce.
- Ni siquiera tú misma, no sabes ni tu nombre.
- ¡Claro que se mi nombre!- contesté en un grito algo sordo.
- Pero no me lo quieres decir... ¿Sabes qué? Yo mismo te pondré un nombre.
- ¿De qué te sirve?
- Bueno, esta noche todo vale para matar el aburrimiento. ¿Quién sabe? Quizás el día de mañana le encuentres alguna utilidad. Te podría servir de pseudónimo, o de nombre artístico... O, más fácil, una especie de clave entre nosotros dos.
- Quizás mañana ni me acuerde de que hemos estado juntos.
- O quizás sí... Nunca sabrás lo que te depara el destino.
- Quizás mañana esté muerta.
- Pues aprovechemos el tiempo que nos queda.
- ¿Por qué me incluyes en tus planes? Me acabas de conocer, no sabes absolutamente nada de mí, ni de dónde vengo, ni a donde voy...
- ¿Qué más da? Además, en ocasiones es mejor así.
Miraba las puntas de mis zapatos. No me atrevía a mirarlo a la cara cuando hablaba.
- Te llamarás Adriana, o al menos lo serás para mí.
- ¿Adriana?- contesté sorprendida.- No es un nombre común...
- Tú tampoco lo eres... Bueno, ahora nos llamamos igual.
- ¡Qué ilusión!- dije con ironía.- Bueno, ¿ya te has divertido esta noche?
- Esto no se trata de diversión...
Me asusté. Nunca había hablado con desconocidos y ahora no iba a ser el momento de empezar. Me puse en pie de un salto y comencé a caminar de nuevo.
- ¡Espera!- gritó permaneciendo sentado en el portal.
- No pretendas que te espere...
Huí de aquel lugar. Corrí lejos, quizás fuera de la ciudad. Perdí la noción del tiempo y el espacio, nunca había estado por aquellos lugares y me perdí. A pesar de estar en pleno verano hacía mucho frío. El mar se enfurecía y los más débiles, los seres nocturnos pagaban las consecuencias cuando eran los que menos culpa tenían. Nosotros no contaminábamos las aguas, no hundíamos barcos... Nosotros no éramos ricos.


Me adentré en un pequeño bosque que se encontraba al lado de una estrecha carretera comarcal. Podía sentir el crujir de la madera bajo mis pies y en más de una ocasión hice el amago de resbalarme a causa de la humedad de las hojas que había en el suelo. No había absolutamente nadie, el terreno estaba completamente desolado, se podría decir que hasta virgen. Ahora sólo tenía compañía de la multitud de pinos que podía ver si alzaba la cabeza pero, me bastaba y me sobraba. Quería estar sola, no necesitaba a nadie que me hiciera mimos, ni siquiera que me diera un poco de calor. Con mis manos sería suficiente, al menos para esta noche.
Tras dar varias vueltas por el bosque, me senté bajo un árbol distinto a todos los demás, más bajo, más robusto, más viejo. Me bastó para sentarme apoyada en su tronco. Pude dormir un par de horas a pesar de los ruidos que producían todos los seres que habitaban en el lugar: hormigas, cigarras, alguna abeja nocturna, lechuzas... Antes odiaba el campo, era de las personas que no podría nunca vivir en un sitio como éste pero, hoy me había dado cuenta de que era un lugar mucho más tranquilo que mi propia casa. Aquí no había guerras, todos cooperaban entre sí, cada insecto, cada roedor hacía un función distinta, la que le tocaba. En casa no, allí todo el mundo hacía lo que le interesaba y, si lo le gustaba lo que había, a gritar y a llorar. Se disparaba una guerra sin ninguna razón aparente.
Cuando desperté ya era de día. La luz se colaba entre los huecos que dejaban las copas de los majestuosos pinos.
Me puse en pie y pude notar como me crujían todos los huesos de mi cuerpo. También me dolía muchísimo la cabeza. Sería, quizás, por el hueco que había quedado libre. Ahora mismo era lo de menos, el estómago me rugía y en aquel bosque no encontraría nada que poder llevarme a la boca. No estaba dispuesta a comerme las hojas del suelo, yo era un ser carnívoro.
Abandoné aquel lugar y, rápidamente, me dispuse a buscar la ciudad de donde me había escapado aquella noche. Mientras caminaba pensé que aquella decisión no me traería buenas consecuencias. Ahora que lo recordaba, mis padres habrían puesto la ciudad patas arriba para encontrarme, me estarían buscando por todas partes. Lo único que podía hacer ahora era escapar.
Eché a correr, quizás no fuera muy veloz pero, nadie nace sabiendo, todo sería cuestión de práctica. No sabía cuanto llevaba corriendo, ni tampoco a dónde me dirigía. No importaba, en mi cabeza sólo existía una palabra: huir.
- ¡Con la moto iremos más rápido!- me gritó.
¿Es qué estaba en todas partes? Aparecía en el momento más inoportuno. No estaba dispuesta a pararme a escuchar todas esas estupideces que me dijo la noche anterior y, lo más importante, tampoco quería.
- ¡Vete!- le grité alzando los brazos.- ¿No ves que me estorbas?
- Te estás equivocando conmigo, tan sólo pretendo ayudarte.
Al no obtener respuesta dio un frenazo y me obstaculizó el camino.
- ¿Qué haces? ¡ Tengo que ir...
- Sube y cállate.- dijo en un tono cortante.- Es rápida, confía en mi.
Sin pensármelo dos veces, subí. No sabía exactamente si lo hice para huir a mayor velocidad o por el mero hecho de no volver a escucharlo hablar.
- ¿Dónde has dormido?- preguntó.
Permanecí en silencio. No tenía claro si no se estaba dando cuenta de que no hablaba con desconocidos, y menos con un psicópata que me había cambiado el nombre tan sólo para tener algo en común...
- Está bien, Adriana, no hables si no quieres.
- ¡No me llamo Adriana!
- Te acostumbrarás con el tiempo, ya verás, te acabará hasta gustando.
- No lo creo...
- Pero sucederá.
- ¿Es que no puedes estar ni un minuto en silencio?- contesté histérica.
Y así lo hizo y, no sólo estuvo un minuto callado, sino que permaneció así todo lo que duró el trayecto. Ni siquiera me había dado cuenta de que no llevábamos el casco. Nadie se fijó en nosotros, y eso que atravesamos hasta ciudades... Éramos invisibles para el resto del mundo y eso me reconfortaba.
Viajaba agarrada a su cintura. Tenía miedo a acercarme demasiado, no sabía que me iba a encontrar ni como reaccionaría él si apoyaba mi cabeza a su espalda. Si me caía por no agarrarme, ¿qué importaría?, otra caída de tantas, no sería ni la primera ni la última.
No calculé cuánto tiempo duró el viaje. No podría decir que se me hizo largo . Recorrimos parajes diferentes a los que estaba acostumbrada a ver, colores más cálidos, no tan fríos como con los que solía vivir anteriormente.
La moto se paró frente a un pequeño bungalow a pie de playa. Él bajó y tardé unos instantes en seguirle.
Subimos unas escaleras que llevaban al interior de la casa. Me abrió la puerta cortésmente y me indicó que pasara yo primero. La vivienda no era muy grande, tampoco hacía falta mucho espacio para sólo una persona. La luz que entraba por el gran ventanal se tornaba en tonos cálidos al reflejarse con la madera de las paredes y del suelo. Podía diferenciar una cama de matrimonio al final de la estancia cubierta con un edredón blanco que, seguramente, fuera mullido y suave. No había televisión, y eso me impresionó mucho.
- Deberías avisarlos- dijo con el teléfono en la mano.- Estarán muy preocupados.
- No me importa, yo estoy bien.
Abrió la pequeña nevera y, tras dar un largo suspiro dijo:
- Me alegro de que estés bien.
Tras observar durante unos instantes el interior de la nevera, sacó una botella que, a lo lejos, no pude leer que tenía escrito en la etiqueta.
- Ballantines.- dijo sin que me diera tiempo a acercarme.- Yo bebo, tu hablas.
- No.- contesté con frialdad.
- ¿Es que prefieres beber?
- ¡No!
- ¿Sólo sabes decir que no?
- Pues... ¿Qué es lo que quieres de mi?
Me indicó con el dedo una silla para que me sentara. La cocina estaba en el mismo sitio que el salón y el dormitorio. Era una casa realmente acogedora. Obedecí sin réplica y me senté. La silla crujió por mi peso. Abrió la botella, que era nueva, y empezó a verter su contenido en un vaso, muy bajo para mi gusto.
- No hace falta que ahora te pongas como una cuba.- comenté.
- No es que no haga falta, es que es lo que me apetece. Me apetece hablar.
- ¿No puedes hablar sin alcohol?
- A veces ni con él.
Permanecimos en silencio unos minutos. Él daba vueltas a su querido vaso y yo miraba hacia el vacío. No sabía dónde estaba, me hallaba completamente desorientada. Tampoco era un asunto que me trajera de cabeza pero, a la hora de escapar de allí, me resultaría más fácil si supiera dónde me había llevado aquel loco que estaba maleando el whisky.
- Bueno.- dijo mirándome de repente.- Usted dirá. ¿Qué te trae por aquí?
- Me trajiste tú con esa moto y aún me debes, al menos, un par de explicaciones.

 

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Escrito por nalen_noise (Desconectado Offline), el 09 de julio de 2008
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- No me culpes, tenía que hacerlo. Me empezaba a asustar más de lo que ya lo estaba: - ¿Quién te lo ordena?- pregunté temblorosa. - La intuición. Esa respuesta me pilló desprevenida. No sabía si creérmela o no. Permanecí en silencio ... Leer mas


 
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Comentarios
ReGnuM dijo:
Está interesante, me gusta. Y es raro, porque no suelo soportar relatos en primera persona :D

Un saludo.
Escrito: 5 meses atrás
artes51 dijo:
Es agradable su lectura, tiene sentido, continúa...Saludos.-
Escrito: 5 meses atrás
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