Metiendo el dedo en la yaga
Escrito por nalen_noise (Desconectado Offline), el 15 de julio de 2008
Entró en el cuarto de baño y se agachó. Empezó a examinar cada rincón y cada esquina. Me sentí aliviada, estaba segura de que lo había dejado todo en su sitio, tal y como lo tenía puesto él anteriormente.
- ¿Ah, sí?- pregunté haciéndome la indignada- Y, ¿quién te ha dicho eso?, ¿tu maravillosa intuición?
- No.- dijo levantándose- Ésto.
Me acerqué a él y vi como sostenía en la mano una de las mitades de las fotos rotas.
- ¿De... de dónde la has sacado?- pregunté temblorosa.
- Estaba detrás del váter.
Lo miré. Los ojos se me llenaron de lágrimas y corrí hacia el salón.
- ¡Tranquila!- dijo en tono calmante- No pasa nada, de verdad, no tienes por qué llorar.
- ¡No estoy llorando!-exclamé casi en un gemido.
Me había escondido detrás del sofá para que no pudiera verme pero, otra vez, la jugada me había salido mal.
- Pues, tus lágrimas me demuestran todo lo contrario.- dijo sin darme cuenta de que estaba a mi lado en cuclillas- Anda, ven, vamos a hablar.
Se puso en marcha y se dirigió con tranquilidad hacia la cocina. Abrió la nevera y, como hizo ya en otra ocasión, sacó la botella de whisky y la puso sobre la mesa. También colocó aquel vaso tan bajo y tan ancho, que tan poquito me gustaba.
- Esto ya lo he vivido.- dije sentándome en una de las sillas que había alrededor de la mesa.
- ¡Y las que te quedan por vivir!
Desenroscó el tapón de la botella y vertió el líquido en el vaso.
- Es normal...- se bebió el contenido de un trago- Es normal que al llegar a casa de un desconocido quieras saber quién es, de dónde ha salido.
Permanecí en silencio. Me daba pánico hablar y equivocarme. Además, no tenía nada que decir. Si me quería matar, que lo hiciera, me lo merecía por haber hecho una cosa que no debía.
- La curiosidad mató al gato, Adriana, y tú eres un gato.
Me quedaba perpleja al escucharle hablar.
- Un gato callejero,- continuó- que se esconde de los humanos por miedo a que lo pisoteen, que se refugian en el más ínfimo cuchitril con tal de poder comer, aunque sea, un trozo de jamón york caducado o de beber agua de lluvia de un charco. Tienes instinto de supervivencia, instinto animal... Y por eso has estado rebuscando en esas fotos.
- No pude evitarlo.- dije finalmente- No sé quién me está dando de comer, quién me ha ofrecido una cama... Sólo quería saber.
- Adriana,- dijo volviendo a llenar el vaso- para la próxima vez recuerda que los humanos somos los únicos seres de toda la faz de la Tierra capaces de mantener una conversación. Si quieres saber de mí, tan sólo tienes que preguntármelo.
- ¿Y si no quieres contestarme?
- Estoy seguro de que harás preguntas que pueda contestar. No te voy a dejar sin respuesta a ninguna pregunta, no te lo mereces.
- Lo siento- repetí mi disculpa.
- Ya te he dicho que no tiene importancia.
Volvió a beberse le whisky de una sola vez.
- Éste era yo.- dijo poniendo el fragmento de foto sobre la mesa- Adrián, chico de dieciséis años cuyas aficiones se resumían en tocar la guitarra y admirar los traseros de las extranjeras.
No pude evitar una tenue risa.
- Vivíamos en Benidorm, lugar de abundante turismo, por lo que no resultaba nada difícil encontrar a una rubia a la que poner como la diosa de la belleza. Chica, con los años te das cuenta de lo que es realmente la belleza... Pero ese es otro tema.
Acariciaba los bordes de la fotografía, como si se arrepintiese de haberla roto.
- Mis padres, mis dos hermanos y yo vivíamos en una casa adosada. Se encontraba en una urbanización de decenas de casas similares pero, mi casa era única. Pasaba el umbral de la entrada y podía sentir el olor de los químicos útiles para el revelado y el mantenimiento de las fotografías. A cualquier otra persona le hubiera repugnado pero, para mi era esencial.

>> Mi padre era fotógrafo de profesión y trabajaba en un estudio que había montado en el sótano de la casa. Estaba siempre ocupado y no lo veía demasiado. Podían pasar semanas enteras sin que su reluciente calva se asomara por las escalerillas que daban al salón. Otro olor que nunca podré olvidar en el del tabaco, pero no rubio, sino el tabaco más duro que hubiera en el mercado. Mi madre fumaba Ducados de filtro blanco las veinticuatro horas del día, veinticinco si no dormía, era una auténtica chimenea.

>> Mis dos hermanos eran gemelos opuestos: uno zurdo y otro diestro, un gordo y otro esquelético, uno estudió química y otro se decantó por derecho... Desde siempre me habían resultado repelentes. La verdad, no marcaron ningún momento importante de mi vida. Mi relación con ellos era nula. Para mí eran unos extraños, para ellos, yo era un estorbo continuo. Dormían en una habitación contigua a la de mis padres, pared con pared. Mi sitio era la buhardilla, mi rincón de encuentro con la mente y un lugar en el que nadie me podía decir que no tocara la guitarra porque molestaba la mis hermanos que estaban estudiando.

>> La familia feliz y el hijo raro. Así me sentía yo dentro de aquel sitio que no me correspondía. Hace ya dos años que vine a vivir a este lugar. Al principio era una casa abandonada pero, conseguí reformarla y dejarla como la estás viendo ahora mismo. Con diecisiete años fui a comprar un juego de cuerdas para la guitarra y no volví jamás. Tampoco me echaron de menos y eso, a veces me tranquiliza. No tengo problemas ni preocupaciones. Estoy bien. ¿Qué opinas?

- ¿Puedo hacerte unas preguntas?
- Si, por supuesto.- contestó con amabilidad.
- Bien...- no sabía por dónde empezar- ¿Cómo se llamaban tus padres?
- Alejandro y Magdalena.
- ¿Y tus hermanos?
- Alberto y Nicolás.
- ¿Cuál era el zurdo?
- Alberto era el zurdo, el gordo y el que estudió derecho.
- Vale.- contesté aturdida por la gran cantidad de información que me estaba llegando al cerebro.- ¿En que trabajaba tu madre?
- Trabajaba en casa pero también se trabajaba a más de un vecino.
- No creo que...
- Sí, Adriana, sí. A ver, con dieciséis años ya tenía suficiente madurez como para notar esas cosas. Además, no tenía la cabeza embotada como los otros dos estúpidos. Tenía ojos en la cara y, los sigo teniendo, claro está... Con el royo de que mi padre estaba trabajando todo el día pues... No tenía ni la menor vergüenza.
- Qué fuerte.- contesté con sorpresa.
- Me pasaría años contándote las aventuras de mi madre con los machos del vecindario.
- Tengo otra pregunta.- interrumpí.
- Suéltala.
- ¿Dónde guardas la guitarra?
- La vendí por dos tristes euros... Me dio para algo de comer.
- ¿Y no la echas de menos?
- Ni te imaginas cuanto...

 

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Escrito por nalen_noise (Desconectado Offline), el 15 de julio de 2008
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Su expresión denotaba cierta melancolía. Mantenía la mirada baja, como si no quisiera que le mirase, como si esos ojos me ocultaran algo que era imposible explicar con palabras. - ¿Eres escrupulosa? - ¿A que viene esa pregunta?- ... Leer mas


 
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