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PESADILLAS
Escrito por Isabel60 (
Eugenio era callado, tímido, un joven muy introvertido. Por su cabeza pasaban pensamientos extraños que le hacían mucho daño y eran un verdadero tormento para su espíritu. Se sentía mal, tan mal, que en varias ocasiones intentó quitarse la vida si no hubiera sido por la rapidez de su madre que lo adoraba. Sólo lo tenía a él y era lo que más quería en el mundo.
Eugenio nunca le contó a su madre que oía voces que lo atormentaba en el silencio de la noche. Escuchaba como un grito aterrador pidiéndole que hiciera cosas que él no quería. Esto se repetía desde que siendo un niño, el fraile Javier se lo llevaba por las noches a su alcoba y le hacía felaciones y quería que él, un niño de 10 años, se introdujera en su pequeña boca, algo tan feo, grande y en forma de salchicha. Él aborrecía esa cosa sucia y mal oliente que terminaba por expulsar al exterior un líquido blanquecino y viscoso. El niño andaba espabilado para no dejar que una sola gota le cayera dentro de la boca. En su mente infantil, pensaba que era veneno del diablo y algún día lo envenenaría. En clase de religión, el fraile Javier, les decía que era pecado tocarse en las partes íntimas, aquellas que están entre los muslos. Él se daría cuenta de quien tuviera esos actos impuros, pues se le caería el pelo y se quedaría ciego. La obsesión de Eugenio, era que muy pronto tanto él como otros niños quedarían ciegos y se sabría que eran impuros. También le rondaba una fijación en su cabeza, y era que el fraile Javier, estaría en la misma situación que él y el resto de sus compañeros. Cómo podría haber tanta contradicción entre lo que predicaba y lo que le hacia a él por las noches. Su mente infantil creció con muchas dudas y sobresaltos, fue poco a poco enfermando. Se fue haciendo mayor de edad, su mente estaba enferma y creció muy poco. Sentía voces que lo acusaban, otras veces le invitaban a hacer lo mismo que a él le hicieron cuando era pequeño. Él desechaba esa idea de su mente. Nunca haría daño a un niño. Recordaba lo mal que se sentía él y no haría desgraciado a ningún chiquillo. Nadie merecía la humillación por la que él pasó. En su juventud se despertaba alborotado después de tener sueños eróticos. Se sentía mal al ver como su aparato amanecía grande y con cualquier roce sentía correrse y veía ese líquido blanquecino y viscoso que tanto le asqueaba desde su infancia. Le daban nauseas y su mente se enredaban como una culebra a punto de ahogar a su presa. De nuevo esos recuerdos tan repugnantes y espantosos hacían su presencia y se sumía en una ausencia de dos o tres días. En esos días solo dormía, era una forma de limpiar los recuerdos y de dejar de sufrir. A los treinta años parecía que su mente estaba estable hasta que le jugo la peor de la jugadas. A las seis de la mañana despertó: en su cabeza golpeaban gritos que llegaban a sus oídos y hasta su corazón. Eran unas voces lamentables, desgarradoras y punzantes que lo hicieron enloquecer por momentos. - Sucio, eres sucio - le decían esas voces -. Obsceno de pensamientos. Eres asqueroso, das asco maricón de mierda. De repente las voces callaban y a los pocos instantes volvía a oírlas con más intensidad: - Eres una escoria mal oliente como las hienas… Otro sonido en forma de alarido le susurraba bien dentro de su cabeza: - Eres la maldad personificada, el demonio... Eugenio tapaba sus oídos pero estos parecían tener aberturas por todos lados y esas voces continuaban gritándole e insultándole. Se hizo tan chiquito que mojó sus pantalones igual que cuando era pequeño y sentía tanto miedo en la habitación del Fraile Javier. Se encerró en el cuarto de baño con un bisturí que había comprado tiempo atrás y, llorando como un niño, bajo sus pantalones y cortó de un tajo limpio aquello que tanto daño le causaba. Arrojó el pene por el water y tiró de la cadena. Su madre despertó asustada ante tanto jaleo y, al abrir la puerta del baño, se encontró a su hijo envuelto en un charco de sangre. Se horrorizó al ver la cara de su hijo: su expresión era una mueca de dolor mezclada con una leve sonrisa de satisfacción al haberse arrancado lo que le atormentaba desde niño. Angustiada y con manos temblorosas buscó con dificultad, las lágrimas le impedían ver con nitidez los números, aun así acertó a marcar el 112. Eugenio escuchó en la lejanía el sonido de la sirena de una ambulancia y otra de la policía. Poco a poco las sirenas se fueron alejando hasta que todo quedó en silencio, un silencio sepulcral. Ya no se enteró de nada: perdió el conocimiento. Mientras tanto su pene viajaba por las tuberías y llegaría a alguna alcantarilla para servir de festín a las ratas que viven en ese submundo y aun no hubieran desayunado. - FIN -
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