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    	<title><![CDATA[Historias de rodolfo zorzi en Literativa]]></title>
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    	<description><![CDATA[Una red social de escritura colaborativa para amantes de la literatura. Escribe historias en conjunto con otros autores. Abre tu propia línea narrativa en cualquier punto de la historia y crea un final diferente. Una historia, ilimitados desenlaces.]]></description>
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	<title><![CDATA[no tiene todavía]]></title>
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    <div><font color="#999999">Escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/1658/">rodolfo zorzi</a> el 08 de marzo de 2011</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">El personaje central es un mayordomo de estancias, que trabaja en alguna de ellas de la amplia región pampeana nuestra. Es hábil, informado, dedicado, inteligente. Soltero, nada misógino, le atraen las relaciones femeninas. Pasan cosas en su entorno en las que se ve involucrado. Intrigas y hasta algún crimen. Tiene una afición detectivesca, la que lo lleva a interesarse en los hechos y es él quien descubre la trama.
Hay un ambiente rural, pastoril y hasta bucólico donde sucede todo.
Empieza:


Por la ventana del escritorio de la estancia se percibía la tenue luz de una lámpara. La estufa de leños crepitaba en el silencio de la noche y el mayordomo, confortablemente acomodado en su sillón frente al escritorio, estaba prestando toda su atención a la pantalla encendida.
El texto que Norte Maldoné estaba leyendo en el monitor de la PC con atención, finalizaba diciendo lo siguiente:

Fue entonces que le mandaron a Roma, donde le sometieron a juicio por hereje, y le condenaron a cadena perpetua. 
Para evitar morir en la cárcel dijo, aceptando tácitamente que se había equivocado, que la Inqusición tenía razón. Cuenta la leyenda que cuando el juicio inquisitorio terminó y le absolvieron musitó, como para sí mismo: Eppur si muove (pero se mueve)
El famoso sabio Galileo debió acallar para siempre su certeza de que el planeta giraba alrededor del Sol. Para el clero, la Tierra era el centro del sistema. 

Maldoné se desemperezó por un momento. Consiguió desentumecerse irguiendo su torso sobre la confortable silla de brazos y echando hacia atrás los hombros, sin despegar la vista del monitor.
Legó a la conclusión de que en todas las páginas de la web que había estado leyendo sobre Galileo Galilei, no había encontrado una precisa explicación sobre lo que ahora quería saber de las experiencias del sabio: cuál era el principio científico que explicara certeramente por qué aquellos dos cuerpos arrojados desde la torre de Pisa por Galileo, llegaban al suelo al mismo tiempo a pesar de tener distinto peso y ser  iguales sólo en la forma y el tamaño.
 Cualquier persona con algo de racionalidad se dijo pensaría que debía llegar primero al suelo el más pesado. Sin embargo, esto no era así, los dos cuerpos llegaban al piso a un tiempo.
En el viejo reloj de péndulo ubicado en la pared del escritorio de la estancia, a un costado de la estufa de leña, se registraba ya la medianoche. Decidió quedarse un poco más. No se sentía cansado y estaba cómodo, el lecho todavía no lo estaba tironeando y decidió seguir navegando por la web. 
La búsqueda, desde hacía dos horas atrás, le resultaba apasionante: le costaba aceptar que en la red, en su admirada y frecuentada web internacional, su biblioteca de Alejandría multiplicada por miles, no encontraba la explicación científica a un experimento llevado a cabo tanto tiempo atrás, allá por los años 1600.
Media hora después encontró una aislada y breve referencia a que, en el experimento en cuestión, actuaban dos principios: el de Gravedad y el de Inercia. Meditó por unos momentos, atraído por esa teoría que acusaba, por fin, cierto fundamento lógico. Entendió entonces claramente que por el principio de Atracción de la Gravedad la bola más pesada llegaría primero al suelo, pero a su vez y por el principio de Inercia la que llegaría primero al suelo sería la más liviana. Se producía entonces así, explicaba el documento, una especie de compensación entre las dos dinámicas. Ahora sí podía entender, con fundamento científico, que era debido a ese equilibrio de aplicación de ambos principios que las dos bolas llegaban al suelo al mismo tiempo.
Casi tuvo ganas de salir gritando Eureka como un moderno Arquímedes, pero claro que no lo hizo. Se sonrió íntimamente con la repentina imagen de él mismo, el compuesto Norte Maldoné, corriendo desnudo por el parque de la estancia gritando algo ininteligible para la peonada que, despierta por sus gritos a la medianoche, no podría creer que el mayordomo se hubiera vuelto loco. Más cuando en el atardecer del recién terminado día, estuvo con ellos mateando en la matera y dándoles las directivas para el siguiente día, el que recién empezaba. Todo aquello en el marco de una amena normalidad, como era usual en las reuniones con Norte.
Volvió a mirar la pantalla del ordenador. Reflexionó en que para explicar lo de la caída de los cuerpos había encontrado, esa noche, un montón de explicaciones traídas de los pelos: unos decían que jugaba allí la resistencia del aire, otros sostenían que Galileo no dejó caer los cuerpos sino que los había arrojado, algunos expresaban que la luna influía en la gravedad de la tierra. Una sarta de fallos, los que pudo desechar uno a uno hasta quedarse finalmente con la verdad.
Se asombró al reflexionar y recordar que ni siquiera en el colegio secundario se les hubiera  ofrecido a los alumnos la explicación del fenómeno. El profesor de Física les había dado la información de la histórica experiencia, pero nunca explicó el porqué los dos cuerpos llegaban al suelo al mismo tiempo.
Tanto rato le llevó dar con la información veraz, cercada de falsas teorías, que se convenció más aún de la necesaria precaución de navegar muy atento por la red, con los ojos muy abiertos.
Por suerte  meditó la información técnica que me interesa de agricultura y ganadería, la que yo más necesito y frecuento, no acusa estar viciada de trampas o engaños de ese tipo. 
Ahora si apagó la PC. Agregó unos leños a la estufa y aseguró el chispero al frente del fuego,  cerró la luz de la lámpara sobre el escritorio y salió. Mientras caminaba por el parque hacia la casa se le acercaron los dos perros golden para acompañarlo. Al principio, casi cachorros todavía, los lindos canes eran visitantes ocasionales del campo vecino. Pero por alguna razón se habían aquerenciado a La Aurora y allí estaban, de guardia en la puerta del escritorio esperando que Norte saliera. Sin detenerse, a cada uno le acarició la cabeza entre las orejas, ceremonia obligada del final del día con sus rubios y amables compañeros que lo había elegido a él su propietario. Los inteligentes animales se habían hecho duchos para trabajar en los corrales con la hacienda y la peonada solía llevarlos para esos menesteres. Si no tenían trabajo, se quedaban cerca del escritorio como adornando el paisaje y haciéndole la guardia a Norte.

Entrando en la casa, mientras subía por la amplia escalera de mármol en busca de su dormitorio, meditó que la búsqueda de información sobre Galileo lo había sacado esa noche de su afición más cotidiana: bucear en la heráldica y enterarse de la historia de los pueblos a través de las viñetas y las frases de los escudos de armas. Partir de esos emblemas le caía bien para navegar por las curiosidades de la historia. El escudo de Luxemburgo rezaba  queremos seguir siendo lo que somos. En el de Montecarlo había un monje blandiendo una espada. Lo interesante era seguir esos rastros y descubrir el por qué estaban allí. 
Norte había caído en las páginas referentes a Galileo justamente por una frase, la frase que el sabio de fama dijera: Sin embargo, se mueve.
Claro que se mueve, Galilei  pensó  Gracias a que se mueve, en la estancia ya estamos en la fecha de las siembras del próximo verano
Para el día de mañana tenía programado que, si ya tenía temperatura suficiente el suelo, ordenaría largar la siembra de girasol en el lote 8, el que contaba a la fecha con mejor contenido de humedad en el perfil.

Hacía unos pocos años que Norte Maldoné ejercía la dirección de La Aurora y estaba conforme con la marcha de las mejoras que había introducido. Sus tractoristas y el personal de ganadería, ya se habían amoldado a la exigencia de su mayordomo  de tener control y decisión hasta en los detalles menores.
Al principio, los peones de la estancia reían por lo bajo cuando lo veían escarbar pacientemente en varios surcos de siembra, en los distintos lotes. Hasta que no encontraba de su gusto la distribución de las semillas en el surco, así como la profundidad donde quedaban y como se apretaba la tierra suelta sobre ellas, no salían las maquinas sembrando.
Con tales precauciones de parte de Norte, su personal había descubierto que, cuando empezaban, estaba todo tan bien previsto, de forma tal que era muy raro tener que detenerse. A poco su gente asimiló que el experimentado manejo de Norte no tenía fallos. Entonces dejaron de mirarse socarronamente y reír con disimulo.
Con su estilo reposado, su actitud tranquila que a veces hasta parecía condescendiente, Norte trataba a su personal con buen talante y ellos apreciaban que él fuera así considerado. Trabajar en La Aurora se había convertido en una especie de blasón de prestigio para la peonada. Cualquiera de ellos podía lucir esa aura de personal bien entrenado y responsable, tal como ya era la generalizada opinión del ambiente de campo en todo el noreste pampeano y el noroeste bonaerense.

Transcurría el año 2005 y, tal como venía el inicio de la primavera, amenazaba ser año de poca lluvia.
No era el primer año que pasaba, pero esta vez el campo quizás podría salvar la condición de sequía, ya que venía el ambiente como engolosinado por que en el año anterior habían recibido más de mil milímetros. Para Norte, además, la tranquilidad de tener sus lotes de agricultura bajo siembra directa, era no solo importante sino definitoria para largar con las siembras.
Esa falta de apremios en su quehacer y responsabilidad, le facilitaba a Maldoné desde años atrás conservar su estilo de hombre de actitud contemplativa. Un temperamento liberal, tal como recomendarían sus antepasados franceses.
Nunca empleaba en su trato un tono mordaz o rayano en lo pedante, ni tampoco se le sorprendía alguna postura marcadamente irónica o burlona, menos aún irascible. Sin ser un individuo hiperactivo, tampoco ansioso o competitivo, era si exigente y lo rodeaba un aura de persona naturalmente exitosa.
Es que Norte Maldoné lo era: tan dedicado y responsable, era exitoso en su trabajo. También con las mujeres. Soltero y no misógino, ellas lo atraían. A los cuarenta y siete Norte era un hombre atractivo y ellas, jóvenes o maduras, se lo hacían conocer.
Bien vestido, se lo veía sencillo con su infaltable campera de gamuza de calidad y pantalones, según la estación, de corderoy o de poplin. Nunca vaqueros. Tenía el aspecto de  recién salido de la ducha aunque anduviera todo el día por los lotes de la estancia. Raramente vestía saco y corbata, sólo para alguna reunión muy formal. El pañuelo al cuello completaba el aspecto atildado de un hombre de mediana altura, buen porte y cabello oscuro con algunas canas que le daban un aspecto aún más juvenil. Sin ser delgado, podría considerarse como fornido, medianamente atlético.
En el rostro tostado por el sol Norte llevaba naturalmente y de continuo una mirada inteligente y sosegada, con algo de ternura. También se apreciaba una pequeña luz de alegre y traviesa mirada de niño.
Llegado a General Pico pronto se había rodeado de amistades, gentes de su ambiente del agro y parroquianos del cafébar que empezó a frecuentar en el centro. Lugar de encuentros para salir a cenar, compartir algún asado o simplemente charlar un rato.
Algunas noches no salía y se quedaba en la estancia, acuciado por la curiosidad que lo impelía a navegar por la web con inusitada frecuencia. 
También sentía Norte curiosidad por las mujeres. Para ellas dedicaba, si se presentaba la ocasión, igual atención que para su reconocida mayordomía. En todas creía descubrir algo interesante, un atractivo especial que hacía a una bien distinta de la otra: carácter, sonrisa, su beso, caricia, su cuerpo, sexo, piel, su expresión, conocimiento, inteligencia, soltura, su elegancia, su  cabello, su perfume.infinitas combinaciones que en cada una de ellas él detectaba y que lo hacían entusiasmarse por enamorarlas. Un entusiasmo de aquellos, de padrillo insaciable que cree estar continuamente de servicio. Su sabia forma de amarlas lograba que la experiencia amorosa se convirtiera en mucho más que sexo ocasional.
Arisco para enamorarse perdidamente, tenía Norte el convencimiento de que pesaba sobre él un mal agüero en las lides del cariño, desde una fallida experiencia amorosa juvenil de doloroso recuerdo.
En verdad, inconscientemente evitaba enamorarse para no correr el riesgo de volver a penar como aquella temprana vez. A ella, a Marina, todavía la extrañaba a pesar de los años, aunque ya hacía tiempo que más bien deseaba no volver a encontrarla en su camino, después de lo que pasó con ella.
Tempranamente descubrió, en la relación amorosa con Marina, que no bastaba con estar enamorado sino también que habría sido necesario el aceptarse uno al otro. Era definitorio, al menos para Norte sentir, el uno por el otro, además del afecto y le deseo, una admiración y hasta un arrobamiento. Más allá del entusiasmo amoroso y la complacencia sexual, Norte esperaba que su pareja representara para él, así como él para ella, mucho más que sexo y compañía.
Pero ella tenía un defecto casi insoportable y no había hecho nada por corregirse. Su mal carácter y una actitud constante de enfrentamiento, con él y con otras personas, recurriendo con frecuencia a agredir y mostrarse intratable. Todo terminó entre ellos cuando Norte le dijo que su forma de ser tal vez ocultaba una baja autoestima, una falta de personalidad que no tenía porque ser tal. 
Le espetó asimismo que sus actitudes y respuestas parecían originarse también en un orgullo desmedido e injustificado, un defecto que tendría que superar.
Marina, joven bellísima, siempre cuidadosa de estar bien vestida y maquillada como aparentando ser una gran diva, no soportó verse descubierta. No pudo ni quiso reconocer que su propio novio la había desenmascarado. En adelante, luego, se volvió más intratable con Norte, como si le hiciera un reproche por haber desnudado su ser oculto. 
Desencantado con ese trato, Norte optó por dejarla, apartarse de ella. Marina no estaba dispuesta a cambiar y, por el contrario, exigía que Norte la aceptara así como era, sin defectos según se lo dictaba a ella su propia alta autoestima.
Un año después de la ruptura, supo que Marina se había ido a los Estados Unidos y allá se había casado. Lo triste de todo ello era que el amor y la pasión que los uniera, ni él ni ella la reencontrarían jamás. Vivieron por un año un amor intenso, pleno del placer sexual que habían aprendido a prodigarse sin medida. Mientras él la poseía ella gozaba orgasmos repetidos, oferente su cuerpo para que Norte lo explorara y la excitara con sus dedos, su lengua y su sexo por todos sus  lugares erógenos. Se retorcía ella excitada bajo él, encima de él, se disponía para que la penetrara cuanto quisiera. Lo enloquecía de deseo y lo agotaba para, casi enseguida, pedirle más y más. Los dos se consumían por igual y lujuriosamente en la pasión del deseo y en el amor. 
Cuando se disgustaron por la discusión, la única importante que ocurrió entre ambos, percibieron a un tiempo que ya no volverían a sentir como antes. Una rajadura insalvable en la bella pieza de fino y frágil cristal, imposible de reparar. Habría a partir de entonces entre ellos una sombra, un desencuentro doloroso que no los abandonaría ya nunca. De haber seguido, vivirían con dolor: ella tratando de imponerse como en realidad era, él disimulando rechazar como era ella. Dejaron de verse, cada uno prefirió quedarse con el recuerdo de lo que habían sido, no con lo que ahora eran: dos seres en pugna a pesar de quererse.
 No volvieron a hablarse nunca más. La última imagen que Norte guardaba era la preciosa cara triste de ella vuelta a mirarlo por la ventanilla trasera de un taxi y él parado allí en la vereda, galvanizado con su corazón herido que parecía querer detenerse. Hasta que el auto aquel desapareció, viboreando en su camino entre otros autos de la ciudad. Entonces el corazón volvió a latir, pero desacompasado y triste, sentía Norte, tal vez para siempre.

Luego de aquello Norte inconscientemente evitaba enamorarse y caía de unos a otros brazos de mujer. Era el mejor amante, pero su amor era inalcanzable. Como era incapaz de engañar, ellas en algún momento percibían que el amor de él sería como una bella criatura esperada, pero que nunca nacería.
Algunas, doloridas de saber que no eran retribuidas con verdadero amor, se apartaban al poco tiempo, evitando el sufrimiento del desamor de él. Otras aceptaban la condición: evitaban como él el amor y compartían el sexo. La relación en todo caso duraba un poco más, pero tan sólo un poco más. 

A pocos días de hacerse cargo de La Aurora, ubicada en el paraje de Trebolares y cerca de General Pico, Norte recibió la vista casi protocolar de su vecino Albanese que se llegó a la estancia a presentarse y buscando sus dos perdidos cachorros. Entre ellos prontamente se consolidó una cierta amistad, que se hizo de trato frecuente.
A veces Norte se llegaba al campo de Albanese a tomar unos mates al atardecer  o directamente a cenar con ellos, sin demasiado protocolo de andar cursándose formales invitaciones. Otras veces, al revés: el matrimonio venía a la estancia a comer con Norte que, aunque era soltero, vivía en la enorme mansión del casco donde la cocinera era como una sacerdotisa del arte que enloquecía a Pantagruel. Baco también era honrado, porque en la bodega del sótano de la estancia no faltaban los vinos excelentes.
Albanese rondaba los 50 años y su mujer los 40. Eran poco afectos a hablar de ellos ni tampoco a meterse en detalles de la vida de otros. Amistosos, sin entrar en confianza completamente.
Albanese no ocultaba su admiración por Norte, no dejaba de asombrarse con las tecnologías productivas que Norte manejaba. Cuando éste le explicaba las ventajas de hacer tal cosa, aquél en su campo y ya al día siguiente ponía en marcha la nueva variante de manejo, como si fuera un mandato bíblico.

Sucedió que un atardecer los Albanese se aparecieron de visita en La Aurora en compañía de Ilse, por esos días de visita a ellos, según le hicieron saber al presentarla. Declinaba el ya bastante fuerte sol de un día de primavera y Norte recién había regresado de los lotes por donde andaban aplicando herbicidas de presiembra. Los cultivos ya sufrían algo la falta de lluvias y no se podía permitir que, además y alegremente, también las malezas contribuyeran a diezmarlos. Si bien Norte no era un obseso por la ecología, procuraba contribuir en lo posible usando agroquímicos que tuvieran el esperado efecto pero dejaran poco residuo tóxico. También procuraba elegir las dosis exactas para su necesidad. Contrataba servicios de reconocida responsabilidad y supervisaba que todo se hiciera como tenía dispuesto. No les permitía trabajar con altos calores, pero si les aseguraba asistencia perfecta para cuando tenían su venia. Entonces los equipos trabajaban rápida y eficientemente.
Los vio llegar a los tres y se quedó en la puerta del escritorio bajo el alero entejado, esperando que estacionara la camioneta de las visitas. Se sorprendió gratamente cuando con el matrimonio Albanese vio descender también la esbelta y rubia figura de una joven mujer. De la vista al cerebro y de este al sexo, el estímulo lo hizo sonreír con disimulo cuando asimiló cuán inmediatamente la vista de la mujer joven y rubia lo había excitado.
Desde el mismo momento en que fueron presentados, como si Ilse y él se hubieran puesto ya de acuerdo, se entrecruzaron miradas y sonrisitas medidas, aparentemente de circunstancias. Mientras conversaban los cuatro, cuando él la miraba ella lo estaba mirando y lo mismo sucedía a la inversa. Entonces el encuentro fugaz de sus ojos merecía de parte de ambos como una promesa de algo que, sin demorar mucho, sería íntimo entre ellos. La primavera y las ferohormonas se repartían por el aire, seguramente por igual para ambos.
Albanese poco se había entretenido en hacer las presentaciones, ansioso como estaba por enterarse de que andaba haciendo ahora el mayordomo en La Aurora. Norte se lo comentó en detalle y ahí nomás tomó la decisión de controlar las malezas, él también, en su lote de girasol.
Albanese, amigo: tenés que recorrer tu cultivo, no aplicar porque tu vecino lo hace. Las malezas son bastante variables según los lotes. Puede ser que no hayan aparecido en tu lote y si en los míos  
¿Te parece, Norte?. Mirá que vos no errás una.como que lloriqueó su vecino 
Eso no lo saben tus girasoles, ni menos lo saben las malezas. Haceme caso, primero revisá. Claro que también,  hay que ver, vos acá muy tranquilo y de visita, cuando tendrías que estar atendiendo tu cultivo..  lo atemorizó Norte con cómico humor, a sabiendas un poco ácido en vista de cuanto se preocupaba su vecino.
Albanese se tomó la cabeza con las dos manos en un gesto tremendista itálico y exagerado, quejándose lastimero y por seguir la chanza de su amigo. Se recordó al momento de algo divertido, que empezó a contar para todos:
Hace unos cuantos años atrás, muchos, traje un curandero para que me curara la isoca de palabra. Me hizo cruzar con él todo el lote en diagonal, me acuerdo que andaba yo con camisa de manga corta y las hojas del girasol ¿saben qué?.... ¡me lijaban los brazos hasta lastimarlos feamente!. Después de esa recorrida, me recomendó que por tres días nadie del campo le echara el ojo al lote. Le pagué y se fue, contento el maula y haciéndose el gran sacerdotiso.
Norte se rió un poco por la aplicación fallida del género y tuvo una mirada de inteligencia con Ilse, que no le sacaba los ojos de encima desde que había llegado.
¿Qué pasó después?   le preguntó el mayordomo, invitándolo a que terminara de contar un final que ya sospechaba sería de sainete 
Pasó que al otro día fui a la Cooperativa y me encontré con uno vecino de acá, del barrio nuestro, que había pasado por frente al lote sobre la calle de atrás de mi campo. Se rió el jodido vecino con bastante sorna cuando me dijo que en mi lote no había más isoca, pero tampoco había ya girasol.  Destruido yo mismo, tal como estaba mi lote, salí como loco en busca del curandero. El pájaro ya había volado con mis pesitos, ya no estaba en el pueblo 
Todos rieron, incluso el propio Albanese. Luego charlaron de bueyes perdidos, haciendo tiempo para acercar la hora de cena.
Poco después Norte los invitó a pasar del escritorio a la casa grande, donde ya la cocinera tendría adelantada la preparación de la cena que había ordenado para los cuatro.
Buen anfitrión, se ocupó atentamente de Ilse cuando la vio interesada mirando todo, ofreciéndose a guiarla por los distintos ambientes de aquella enorme mansión, que tenía más aspecto de museo que de casa habitada. Albanese y su mujer prefirieron esperarlos de regreso en la acogedora biblioteca y tomando una copa, pues ellos ya conocían la casa sobradamente.
Mientras paseaban por los ambientes, cuando él quería llamarle la atención sobre algo, la tocaba en un brazo o en la cintura para hacerla volver. El gesto no disimulaba ser intencionado, pero era educado y respetuoso, tanto que Ilse se quedaba cerca, provocativa y como para que él lo repitiera. Si en ese momento Norte la besara en la boca, ella estaba segura de entreabrir la suya y dejarlo que le buscase la lengua con fruición.
Dejaron atrás la biblioteca y el salón de fiestas, el antecomedor y el comedor. En el amplio hall, adornado con macetones que alojaban extrañas plantas de interior, subieron por una ancha, larga y poco empinada escalera de mármol blanco, ubicada sobre uno de los costados. En la galería de arriba le fue mostrando Norte los inmensos dormitorios. Con piso de pinotea algunos y antiguos parquets otros, todos con gruesas alfombras que se veían añosas pero bien cuidadas. Ilse comentó, mientras las estudiaba por un rato, que muy probablemente eran persas, entendía que eran específicamente de Tehrán por el color rojo predominante.
Este es mi dormitorio ¿te gusta?  le mostró Norte más adelante, con sonrisa inocente e intencionadamente descarada al abrir una puerta más.
Lindo. Imagino que vos, acá.descansarás relajadamente. Tu cama es.....digamos.......¿confortable?  le preguntó ella, maliciosa y divertida, siguiendo su juego.
Me gustaría que la probaras para que veas cuán confortable es..
Con vos en ella, supongo
Soy el dueño de la cama, es educado que yo esté en ella para. recibirte.
Mejor bajemos: tu conversación ¿sabés?, me pone algo nerviosa
A mí me pusiste nervioso de entrada. Si vos también estás nerviosa, pienso yo, sino sería oportuno.
¿Qué cosa? ¿Qué sería oportuno?
Calmarnos mutuamente, es decir, de común acuerdo 
¿Cómo sería eso? No alcanzo a imaginar.
Con un beso, un dulce beso nos pondría a los dos en el buen camino  le dijo mientras entornaba la puerta de su alcoba, aislando donde ellos estaban ahora hablando
La atrajo y ella no opuso resistencia a esa sosegada demanda de él. Se dejó acercar y le ofreció la boca, tibia y húmeda.
Mientras la besaba, Norte la abrazó cariñosamente y ella le echó los brazos al cuello.
Se separaron despaciosamente y se miraron. Ilse hizo un mohín simpático y se encogió de hombros, como inquiriendo de él una palabra.
Perfecto, maravilloso, encantador y. muy dulce  dijo Norte, sin dejar de mirarla a los ojos y  con expresivo cariño 
La tomó de la mano y la invitó a bajar, mientras le decía intencionadamente:
¿Ves? Ahora nos va a encantar cenar juntos, después de haberlo hecho tan deliciosamente.
Pero Norteno hicimos nada.se rió Ilse, siguiendo su juego 
Bueno, es cierto que no hicimos nada, pero empezamos bien  le aseguró, presionando su mano significativamente sin soltársela, cuando iniciaban el descenso por la escalera

Se encontraron con los Albanese en el comedor, donde ya estaba puesta la mesa. Antes de sentarse todos a ella Norte se acercó a la pared y pulsó un timbre, del cual se oyó un sonido lejano, allá en la cocina.
Luego separó la silla para Ilse en un lado de la mesa, invitándola. Señaló los dos lugares de enfrente al matrimonio y entonces tomó asiento en la cabecera.
Les comento algo: estos días nos atiende una nueva mucama, está practicando. No es para que me sirva específicamente a mí, es para cuando vienen los dueños, que viven en Europa y allá tienen servidumbre. Les pido que obvien cualquier error de la muchacha, está aprendiendo. Había hasta hace poco una señora experimentada, pero se jubiló y se fue
La joven que apareció con la fuente, era entendible y apreciable que no sabía por dónde empezar. Norte la iba guiando con bastante disimulo y consideración.
Albanese no podía disimular su interés en el proceso: primero miraba a Norte para descubrir que le indicaba y luego a la muchacha para ver como lo ejecutaba.  Su mujer le propinaba puntapiés de reconvención por debajo de la mesa, para que disimulara su actitud desmedidamente curiosa y hasta vigilante.
Ilse no podía contener la risa y se la contagiaba a Norte que, para disimular, hacía la parodia de estar contándole a ella  algo sumamente divertido.
Cuando la nerviosa mucama se retiraba, respirando aliviada, los cuatro evitaban reír mientras la esposa le daba a Albanese unos golpes de reconvención en el antebrazo. Este se disculpaba cómicamente, aduciendo que nunca había estado en tan llamativa y extemporánea  ceremonia de iniciación.
Norte se sintió obligado a contar un poco más de los propietarios que radicaban en España y aparecían por la estancia una o dos veces por año, más interesados en la caza que otra cosa.
La administración general la llevaba una firma de Buenos Aires cuyo director y dueño aparecía más seguido por La Aurora, a veces acompañado por la familia y amigos. El era quien contrataba su tarea de mayordomo, desde hacía varios años.
Ya había estado haciendo lo mismo en otras tres estancias por la región pampeana, dos de ellas propiedad de miembros de la nobleza: un conde italiano una vez y un barón de Alemania en otra.
Albanese no podía creerlo y Norte hubo de repetirle lo que recién había contado. Su asombrado vecino finalmente dio todo como cierto, sin dejar de comentar cuanto le habría gustado pasar con Norte por esas experiencias.
En Argentina los títulos nobiliarios no existen, acá somos república. ¿Cuándo hablabas con ellos mencionabas su título de linaje?  preguntó Ilse 
No, con señor era suficiente. Creo que lo daban por aceptado, nunca ninguno de ellos me dijo o insinuó otro tratocomento él
Yo si le hubiera dicho: señor conde, señor barón. Para tener algo para contar y darme corte  aseguró su vecino
¿Corte de qué? ¿De bufón? Entonces a mí en casa decime señora duquesa, si tanto te gusta, Albanese  se burló su esposa
Conde Albanese por favor. No me digas que no suena bien.
Suena y vos estás sonado  de la cabeza, Albanese  continuó ella en el mismo tono
Ilse y Norte escuchaban el diálogo y reían, mientras aprovechaban el desvió de la atención del matrimonio, para ellos lanzarse miraditas prometedoras y sugestivas.
La cena estaba buena, bien servida a pesar de la inexperiencia de la mucama. Degustaron un buen vino malbec para acompañarla. Luego del postre, se acomodaron en los sillones de la biblioteca para tomar café y, al poco rato, las visitas anunciaron su partida. Ni Norte ni Ilse buscaron un aparte para combinar como verse, ya daban por descontado que ambos procurarían verse a solas en el corto plazo. Así lo anunciaban los entrecruces de miradas disimuladas. Breves pero ardientes, prometedoras.
Cuando todos se fueron Norte sonrió pensando que, aún cuando se quedaba retirado en la estancia, entretenido en navegar por la web y casi sin dejarse ver por la población, igual se le cruzaba alguna ocasional aventura amorosa.
No las despreciaba ni menos las evitaba, pero lo gracioso era que cuanto menos buscaba el acercamiento con mujeres, más se le daba el encuentro fortuito, como el de esta noche. Meditó en que Ilse era una mujer atractiva y se propuso no demorarse nada en verla nuevamente.

Por la media tarde del siguiente día y según tenía pensado hacer,  Norte marcó el número del teléfono del campo Albanese. Intentaría encontrarse con Ilse. La imaginativa disculpa sería el saber cómo se presentaba la situación entre el lote de girasol de su vecino y la amenaza de las malezas.
El llamado lo atendió la misma Ilse. Se apresuró a contarle que estaba sola en la casa, que sus amigos y anfitriones, los Albanese, habían viajado y no regresarían hasta la mañana siguiente.
Entonces voy a hacerte compañía un rato, si me aceptás  le propuso Norte
Me encantaría que vengasle susurró, sugestiva
Una hora después, Norte detuvo la camioneta en el sector marcado bajo un grupo de  fresnos pegado a la casa de Albanese. Cuidó de no pisar con el vehículo el logrado césped del parquizado siguiendo una apenas sinuosa senda, ya marcada a propósito.
Mientras caminaba hacia la galería del frente del chalet vio salir a Ilse desde la casa, acercándose para recibirlo. 
Viéndola venir Norte elaboró mentalmente que ella tendría algunos pocos años más de treinta y que lucía verdaderamente como una bella mujer, dueña de una sonrisa fácil y amable en su linda faz de piel blanca con alguna simpáticas pequitas. El cabello rubio, herencia de origen nórdico o germánico, enmarcaba un rostro donde brillaban sus dos inquietos ojos celestes.
La sonrisa de ella dándole la bienvenida animó a Norte a darle un cariñoso beso en la mejilla. Se tomó Ilse del brazo de él como para conducirlo al interior de la casa, mientras le decía:
Estoy sola y reaburrida, menos mal que apareció el simpático vecino para acompañarme.Mañana Albanese  va a lamentar no estar hoy presente: él se muestra muy entusiasmado en proseguir una charla que tuvieron días atrás de siembra directa y los efectos benéficos al suelo. Lo tenés re interesado en eso de la directa.
Me imagino que sí, porque a mí en su momento me pasó igual. El tema es más que interesante y cambia mucho la atrasada idea de cómo es la vida del suelo, una cosa muy dinámica cuando se la conoce  dijo Norte, mientras se adelantaba a abrir la puerta para el paso de Ilse 
 Ella se avino gustosa a pasar al interior rozando a Norte, al apercibirse de que el gesto galante de él sólo le dejaba un estrecho lugar para el paso de su cuerpo. Con una sonrisa que daba por aceptada la pícara maniobra, le preguntó burlona:
Nosotros¿de qué vamos a hablar, Norte? ¿de siembras también?  
Si puedo elegir, hablemos de vos, que me tenés intrigado 
Ilse intentó disimular el breve pero intenso rubor que la acometió. No se esperaba una respuesta tan franca de Norte, obviamente provocativa para ir a un terreno de confidencias de una mujer a solas con un hombre.
¿Te sirvo algo, una bebida? ¿Café, mate?. Estaba en eso, cebándome unos mates
Te acompaño con el mate, unos amargos al atardecer en tu compañía es más que perfecto dijo Norte, mientras se sentaba en un sillón de tres cuerpos luego de observar que ella había estado sentada allí, al ver el termo y el mate en una mesita baja frente al sillón.
Me parece que el tema que elegiste no es interesante, Norte. Pero gracias, sos galante. Como sea, mi vida transcurre por una senda que no la hace atractiva para nadie sentenció ella con una apenas disimulada mueca de tristeza,  mientras acomodaba el mate y lo cebaba luego de sentarse a su lado.
Perceptivo,  a Norte se le hizo que ella tendría algún conflicto interno, algo que seguramente no se animaba a comentar. Probablemente estaba buscando un hombro sobre el cual llorar amarguras. Esa breve mueca de tristeza de ella lo decidió a adoptar una actitud comprensiva y amigable, la de alguien que está más allá de las pasiones y los conflictos de las personas, cuando le dijo:
Eso merece mi más completa atención, para demostrarte que estás equivocada. Contame algo tuyo, para conocerte
La demanda dio resultado y ella prontamente asumió  una predisposición confidente para con él:
Que te puedo contar, acá estoy de visita extemporánea. Con los Albanese apenas me conozco, vine a traerles un casal de cachorros de raza que les vendí y me hicieron quedar unos días, de atentos que son. Ellos tenían antigua amistad con un familiar mío 
¿De dónde sos, dónde vivís?
Soy del sur, hija de alemanes. Mi padre vino muy joven de allá y se casó aquí, ya mayor. Nació mi hermano Wilfrid, ahora de 43 años y en 1970 nací yo. La cuenta es fácil: al 2005 tengo 35 años. 
La edad justa.
¿Justa para qué?  preguntó ella, con mirada risueña, animándolo a que dijera lo suyo 
Justa para ser feliz, por ejemplo. Tenés belleza, juventud, sensatez, humor, educación, libertad, saludSi me dejaras investigar, estoy seguro de encontrar en vos muchas más cualidades.y algunas que deben ser encantadoras, supongo   enumeró Norte, intencionadamente sugerente 
Ella sonrió con agrado por el recuento que hiciera, también porque él no le ocultaba el interés que le despertaba como mujer. Sin embargo, su sonrisa se fue trocando en una mueca algo triste cuando le dijo:
 No sé porque te cuento esto, pero estoy pasando por unos momentosdiría de bajón, bajón
Tenés la sensación de que vos y yo nos sentimos cómodos el uno con el otro. Seguramente los dos percibimos que podemos confiarnos cosas que quizás a otras personas no diríamos dejó caer Norte, intentando ponerse en un nivel de sensibilidad emocional como la que, suponía, ella estaba pasando.
No sé cómo decirte.lo mío es por la reciente ruptura con mi novio, después de tres años de ilusionada relación, y ahoraEso me tiene mal: dejamos de querernos. En realidadno sé si nos quisimos alguna vez.Busqué escapar de Bariloche con cualquier excusa, por eso aparecí por acá
Mirá Ilse: si rompieron será por algo. No se querían realmente, o quizás no se comprendían y no se aceptaban el uno al otro.aventuró Norte 
Probablemente es eso, él es tan..dijo Ilse con una mueca de cierto desprecio, suficiente para Norte, que alcanzó a descubrir en esas pocas palabras que ella no aceptaba ciertas cosas de su ex. Era evidente que lo culpaba a él de ser el desencadenante de la ruptura.
Se propuso hacerla contar que cosas no aceptaba ella de su ex. Le preguntó: ¿Cómo es él, es acaso muy.?   dejando en suspenso para que ella definiera el muy qué 
Muyconservador.apegado a la familia y eso.Nuestro noviazgo era aburrido, promesa de un matrimonio más aburrido todavía.se animó Ilse a definir más de su relación amorosa 
Pero ustedes, una pareja joven, una mujer bella y apetecible como vos..¿ustedes tenían?
¿Sexo, preguntás?. Si, claro, íbamos a casarnosconfesó Ilse, con cierto súbito rubor que parecía decir que  no se explicaba cómo estaba confiándole a Norte tal cosa 
Si no hay en la pareja una verdadera satisfacción, hombre y mujer apasionadamente entregados el uno al otro, el noviazgo o el matrimonio no tiene ninguna posibilidad de éxito  sentenció Norte, dándole a entender que  su experiencia en tales lides lo autorizaba a emitir esa lapidaria sentencia.
¿Eso es, Norte? ¿Así de sencillo? ¿Creés que por eso rompimos? dijo ella, como aliviada de que él llegara a esa conclusión.
Un hombre y una mujer que tienen una más que satisfactoria relación íntima, si rompen es porque hay incompatibilidad de caracteres. De lo contrario, rompen por la mutua insatisfacción
Debe ser algo así..él nunca ..aventuró Ilse, sin acertar a expresarse en un tema tan difícil de charlar si no es entre mujeres 
El titubeo de ella obedecía, a juicio de Norte, a una situación de incompleta satisfacción sexual. Decidió aventurarse por ese camino.
Egoísmo, eso es lo que hay cuando el hombre no sabe o no le preocupa ya sabés quéel goce de su mujer  emitió Norte su precisa conclusión 
Ilse lo miró con un gesto de asombro, como si esa fuera una exacta conclusión sobre su relación cortada apenas diez días atrás.
Egoismo.no está mal ver todo lo que pasó con el color de ese cristal
Norte optó por no expresar una palabra: se quedó mirándola con su mirada apacible entre cariñosa y displicente, con una leve sonrisa comprensiva. Por un largo momento los ojos de ella se quedaron en la mirada de Norte. Ambos sintieron el electrizante cosquilleo en  ese largo instante en que ambas miradas se quedan  prendadas una de la otra.
Ella logró salir de eso cuando dijo:
Es raro que un hombre que conoce tan bien a las mujeres no tenga parejaaventuró ella 
Norte recurrió a un encogimiento de hombros siempre salvador, una chicana que le permitía esquivar el decir algo, tanto sea  por la afirmación como por la negación.
¿O es que sos muy exigente?preguntó Ilse, deseosa de darle pie a Norte para que intentara algo con ella 
Exigente no sé, más bien vulnerable, diría yo. Una mujer hermosa como vos, me convertiría en quien sabe qué Me esclavizaría, tal vez.
No me digas que me tenés miedo, Norte  se sonrió Ilse, ya cómplice en una conversación que tenía un concreto destino de acercamiento
Miedo de que me hipnotices con esos hermosos ojos que tenés 
Probemos, a verme gustaría hipnotizarte y hacerte mi esclavo  susurró ella, adelantando su rostro  mientras lo miraba fijamente, sin parpadear 
Norte la imitó: adelantó su rostro hacia ella y con insinuante voz ronca le dijo:Me gustaría que estuviéramos juntos en la oscuridad, amándonos. Dejarías de sentirte una incompleta mujer y yo, con gusto sería tu rendido esclavo
 Se miraron  de cerca con pasión, con manifiestas ganas de tenerse uno al otro.
¿Tan seguro estás? ¿Sos tan experto en la relación sexual entre un hombre y una mujer?preguntó Ilse, con un tonito desafiante y acercando un poco más su rostro al de Norte.
No es cuestión de ser experto, es obligación masculina saberlo. Tengo ganas de demostrarte eso ahora mismo   
Se besaron suavemente, con un beso sostenido y pleno de dulzura. Ambos sintieron el cosquilleo del sexo que reclamaba avanzar.
Quiero todo de vos. susurró él en la boca abierta de ella.
Ilse se limitó a hacer un gesto afirmativo más que explícito, con los ojos y la cabeza.
 Ellos no vuelven hasta mañana, estamos solosle dijo mientras se volvía para estrechar su cuerpo al de Norte y ofrecerle la boca para que la besara 
Se había hecho de noche. Ella dejó el diván y fue a encender la luz de una lámpara de pie, cerrando con llave la puerta de entrada. Norte se percató de esto último y supuso, acertadamente, que Ilse estaba más que dispuesta a tener ese tiempo a solas con él. Ilse le tendió su mano para llevarlo al interior de la casa, hacia su propia habitación</div>
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