<?xml version="1.0" encoding="utf-8" ?><rss version="2.0" xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/">
    <channel>
    	<title><![CDATA[El Mesías en Literativa]]></title>
    	<link>http://www.literativa.com/historias/251/</link>
    	<description><![CDATA[¿Qué harías con la humanidad si tuvieses los poderes de un Dios?
¿Por quién preferirías ser liderado, por un dictador absoluto justo cuya única preocupación fuese el bienestar de sus súbditos, o por un gobierno elegido democráticamente pero que fuese corrupto y dominado por el capitalismo?
Estas cuestiones y otras más delicadas se tratan en la historia que a continuación comienzo, en la que publicaré un capítulo por semana. Y si alguien desea colaborar con capítulos paralelos, le animo a ello.]]></description>
    	<language>es-ES</language>
    	<docs>http://backend.userland.com/rss</docs>
		<image>
      		<url>http://www.literativa.com/images/logo_rss.gif</url>
      		<title><![CDATA[El Mesías en Literativa]]></title>
      		<link>http://www.literativa.com/historias/251/</link>
      		<width>100</width>
			<height>67</height>
      		<description><![CDATA[¿Qué harías con la humanidad si tuvieses los poderes de un Dios?
¿Por quién preferirías ser liderado, por un dictador absoluto justo cuya única preocupación fuese el bienestar de sus súbditos, o por un gobierno elegido democráticamente pero que fuese corrupto y dominado por el capitalismo?
Estas cuestiones y otras más delicadas se tratan en la historia que a continuación comienzo, en la que publicaré un capítulo por semana. Y si alguien desea colaborar con capítulos paralelos, le animo a ello.]]></description>
    	</image>
        <item>
	<title><![CDATA[Pasaje 1s: Prólogo]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/272/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/415/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/415/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/415/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 1º: Prólogo</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 01 de febrero de 2008 · Leído <strong>133</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Han sido muchos los libros que he escrito a lo largo de mi vida, pero ningún otro como éste que acabo de comenzar a mis sesenta y ocho años. La principal diferencia estriba en que este libro relata unos acontecimientos reales, en oposición a los habituales relatos de ficción a que tengo acostumbrados a mis incondicionales lectores. Acontecimientos que ocurrieron en nuestro planeta hace ahora algunos años y que cambiaron el futuro de la humanidad para siempre (cómo si éste se pudiese cambiar sólo temporalmente). Con lo que bien podría decirse que se trata de un libro de historia, con la particularidad de que se trata de una historia inédita hasta el momento, ya que, aunque no soy el único que conoce la verdad de los hechos, sí que soy el primero en relatarlos, por la sencilla razón de que fui elegido para hacerlo.
	Y ahí precisamente radica la otra gran diferencia de este libro con respecto a los otros que he escrito. Su protagonista vino a mí con la sola y única idea de que fuera testigo de todo lo que estaba por acontecer próximamente en el mundo, conociendo la verdad de primera mano, ya que, justamente, iba a ser él el artífice de la gran revolución mundial que se avecinaba, cambiando radicalmente el desarrollo que hasta ahora había tenido la política, y en definitiva, la vida, en cada país de la Tierra.
Su idea era que algún día yo contase toda la verdad al resto del mundo; y es lo que me dispongo a hacer. Tan sólo me puso una condición: tendría que esperar para hacerlo el momento oportuno. O sea, que tendría que esperar a que él mismo me diera permiso para poder contarlo. Después de veinte años sin tener ni una sola noticia de mi protagonista, por fin hace dos días recibí un mensaje suyo, escueto y conciso, como siempre había sido él. PUEDES COMENZAR decía. Sin duda se trataba de él, yo no conozco a nadie más que pueda hablarme mentalmente.
Sin más dilación me he puesto a la tarea; el mundo ya ha esperado bastante, antes de conocer la realidad de los hechos de su más reciente e intrigante historia. Tendrán que perdonar mi estilo indirecto y mi recurrente manía a la reflexión personal; defecto profesional. Posiblemente tampoco seré todo lo suficientemente objetivo que debería, pero no me culpen a mí, yo no elegí hacerlo, como ya he dicho, y, a mi edad, no pretenderán que cambie ahora mi forma de proceder y de escribir.
Antes de comenzar, deberían saber que muchos otros antes que yo han relatado precipitadamente su versión de los hechos con más o menos acierto (más bien menos), aportando cada cual su particular interpretación de lo acontecido. Soy consciente, entre otros motivos porque ya me lo predijo nuestro protagonista, de que mi historia sólo será una más entre tantas otras salidas al mercado. En la conciencia de cada uno está el pensar lo que se quiera; aunque, mi consejo es que no piensen demasiado sobre acontecimientos ya pasados, simplemente déjense llevar por el transcurrir de la vida y, de cada escrito que les llegue a sus manos, tomen sólo aquello que les ayude a vivir más feliz, cómoda y plácidamente.

Antes de nada empezaré por presentarme; mi nombre es Pablo Torres; mi profesión, como ya habrán imaginado, escritor. Aunque no me gusta alardear de mis éxitos, la ocasión lo exige (ya sé que esto suena de lo más hipócrita); he conseguido colocar la mayoría de mis libros entre los más vendidos en medio mundo; han sido traducidos hasta en ciento cincuenta idiomas y suelen estar presentes en casi todas las Universidades como libros de consulta. Supongo que éste será el motivo por el que los críticos la toman conmigo cada vez que saco un libro nuevo; ellos me tachan de ser un escritor bastante mediocre y de tener muy escasos recursos literarios, lo cual es del todo cierto (lo de reconocerlo aún les irrita más); pero la cuestión es que al público en general le gusta mi estilo mediocre y sin recursos.
Yo pienso que el secreto está en que he sabido, por pura casualidad, agrupar a dos tipos de lectores muy dispares entre ellos y que entre los dos engloban a la gran mayoría de lectores del mundo. Me explico; por un lado tenemos a aquellas personas que buscan una lectura de evasión, o sea, que no quieren que les calienten la cabeza con temas transcendentales que les hagan pensar demasiado. Estos lectores suelen opinar que bastantes problemas tienen ya en sus vidas como para que vengan otros contándoles historias.
Al segundo grupo de lectores que me refiero pertenecen aquellos que buscan algo más. Aquellos que tienen muy claro que el fin primordial de toda vida es alcanzar la felicidad, y ponen todos los medios que tienen a su alcance para conseguirla. De hecho, son estos lectores los que de verdad me interesan y a los que intento ayudar con mi experiencia y mis humildes consejos. Al mismo tiempo, intento reclutar para este segundo grupo a los que puedo del primer grupo, que, por desgracia, son la gran mayoría.
Cómo lo hago, es bien sencillo. Cuando empecé a escribir, hace ahora unos cuarenta años aproximadamente, mi idea era hacer llegar a las máximas personas posibles, tantísimos tratados que se han hecho sobre la búsqueda de la felicidad en la vida, desde los clásicos griegos como Platón y Aristóteles, hasta filósofos más contemporáneos como Descartes, Kant u Ortega y Gasset; sin olvidar mis favoritos, las publicaciones hechas por maestros budistas sobre la filosofía de esta religión, incluyendo muchos de ellos, diálogos de estos maestros con sus discípulos. 
No tardé mucho en comprender que ya se han escrito muchos libros sobre ese tema, y muy buenos por cierto, escritos por auténticos profesionales. También comprendí otra cosa, que ninguno de ellos llegaba a bestseller precisamente, sólo a una minoría le interesa este tipo de lectura, lo cual era muy decepcionante; y para colmo, estas personas suelen ser las que menos necesitan conocer esta filosofía de la vida, ya que, por norma general, suelen llevar una existencia sana y plena en todos los sentidos, sin que nadie les venga diciendo como deben de reconducir sus vidas. Como habrán adivinado, me estoy refiriendo a las personas del segundo grupo.
Así que llegué a la siguiente conclusión, podía inventar historias de esas que tanto les gustan a los lectores del primer grupo que antes mencionaba, como libros de ciencia ficción o de intrigas políticas o religiosas y cosas así, y , al mismo tiempo, incluir en ellos todas mis reflexiones sobre la filosofía de la vida y el camino de en medio que tan olvidados están en estos tiempos.
De esa forma nació mi estilo de escritura que tantos éxitos me ha dado, aunque dicho sea de paso, no he sido el primero en hacerlo; muchos otros lo han hecho antes que yo y siguen haciéndolo, también con mucha aceptación por parte de los lectores.
¿Y por qué les cuento todo esto?, se preguntaran ustedes. Pues porque todo esto lo tuvo muy presente el protagonista de la historia que les voy a contar para seleccionarme a mí, entre tantos escritores como hay en el mundo. Seguramente no seré el más adecuado, a mí se me ocurren muchos otros que estoy seguro lo hubieran hecho mejor que yo, pero la cuestión es que por las razones que sea, él me eligió a mí, y yo tengo el deber y la obligación de relatarles todos lo hechos de que fui testigo hace unos veinticinco años. Procuraré hacerlo de la manera más objetiva posible, teniendo en cuenta que, posiblemente, se convertirá en un importante legado para la humanidad. Como ya he dicho, espero que sepan perdonarme si en alguna ocasión me voy por las ramas con mis cavilaciones filosóficas, compréndanme, es defecto profesional (creo que esto lo he dicho ya). Reconozco que un documento de tan renombrada importancia merecería ser escrito en un tono algo más sublime y evangélico, pero, ¿qué quieren que les diga?, a estas alturas de la vida, me da pereza cambiar de estilo.
Pues bien, dicho todo esto, será mejor que comience sin más dilaciones la sorprendente historia de un hombre que supo cambiar, con la ayuda de unos pocos, el desastroso curso de la humanidad. Gracias a él, el ser humano tiene en estos momentos un futuro mucho más prometedor (o más bien habría que decir, que tiene un futuro, a secas); veremos por cuánto tiempo</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/415/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>vie, 01 feb 2008 15:27:47 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 2s: Primer Capítulo]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/272/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/454/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/454/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/454/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 2º: Primer Capítulo</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 08 de febrero de 2008 · Leído <strong>106</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Como cada mañana de domingo, me dispuse a leer el periódico que acababa de comprar en el quiosco de siempre, mientras me tomaba un café, sentado en la misma mesa de siempre, en la misma cafetería de siempre. Yo nunca he sido muy dado a las noticias, hace tiempo que perdí la fe en ellas, sobre todo las de carácter político y social. No comprendía como la inmensa mayoría de las personas podían dejarse manipular de una manera tan descarada y premeditada. Pero en fin, era algo a lo que estaba ya tan habituado que tampoco le daba mucha importancia; es más, en muchas ocasiones me sorprendía a mí mismo preguntándome si no sería yo el bicho raro. Quizás por eso tenían tanto éxito mis libros, a la gente le suele atraer lo estrafalario y todo lo que se sale de lo común, aunque fuera sólo para criticarlo entre las amistades.
Mi mayor interés en la prensa se centraba sobre todo en las editoriales y artículos firmados; algunos de ellos me hacían comprender que no estaba del todo solo y que habían más bichos raros como yo en el mundo (mal de muchos...). Además, ese último mes, había una noticia que copaba todos los titulares de todos los informativos del país. Una noticia que sí que era de mi interés.
Llevábamos ya demasiados años en este país sin poder vivir tranquilos; todo por culpa de los extremistas y fundamentalistas de siempre, empeñados en crear más fronteras imaginarias dentro de nuestra nación (como si no hubiera ya bastantes). Por supuesto, me refiero a los terroristas. Llevaban casi cuarenta años extorsionando a medio país; asesinatos de políticos, secuestros de empresarios u otras personalidades importantes, bombas a diestro y siniestro sin importarles el origen de las víctimas, cobro de impuestos revolucionarios... Ninguno de los gobiernos hasta la fecha habían sido capaces de ponerle freno a tanta masacre y tanta violencia; todo se quedaba en promesas y falsas esperanzas. Aunque bien mirado, la solución no era nada fácil, sobretodo en el marco de la democracia y la justicia, tal y como estaban planteados en un estado de derecho como el nuestro. Uno de tantos defectos del régimen democrático es que la maldad siempre tiene caminos para salirse con la suya; no ocurre lo mismo con las buenas intenciones, que en demasiadas ocasiones es frenada hasta llegar a desaparecer entre la intrincada maraña formada por la desesperante burocracia (ya empiezo a liarme, como les advertí).
La cuestión es que ahora se habían cambiado las tornas. Hacían  exactamente veintiocho días que habían aparecido los primeros cadáveres. En esa ocasión fueron cuatro integrantes de uno de los comandos más peligrosos que se conocían. Según las noticias, estaban fichados y eran bien conocidos por la policía (cosa que nunca entenderé; si tan conocidos eran, ¿qué hacía sueltos por la calle actuando con total impunidad?). Pero lo más inquietante de todo era cómo y dónde aparecieron. Alguien les había cortado las cabezas limpiamente y había dejado los cuerpos, con la cabeza sobre el pecho de cada uno de ellos, en la misma puerta del Ministerio de Justicia de la capital. Por la mañana los encontraron los primeros y sorprendidos transeúntes que pasaron por allí.
Como lo oyen; ya se pueden imaginar la conmoción que la noticia causó en todo el país y el montón de interrogantes que trajo consigo. ¿Cómo se las habían ingeniado para llevar allí los cadáveres sin que nadie los viesen?, suponiendo que se tratara de más de uno; ¿cómo les habían podido cortar las cabezas tan limpiamente?, ya que los forenses no encontraron restos de ningún tipo de arma cortante; y sobretodo ¿quién o quiénes tenían capacidad en este país para poder hacer algo así?
Pero la cosa no quedó ahí. A los pocos días volvió a suceder. En esta ocasión fueron hasta ocho (también conocidos) miembros de la banda terrorista. El modus operandi fue prácticamente el mismo, aunque la sorpresa fue aún mayor si cabe; los cadáveres los dejaron sobre el tejado de la principal comisaría de la ciudad, junto al helipuerto de la misma.
Los titulares no se hicieron esperar; la prensa lo bautizó con el nombre de El Vengador (que poco originales). Suponían que se trataba de alguna o algunas de las víctimas de estos terroristas que habían pasado a la acción. A lo que nadie encontraba ninguna explicación todavía era a las cuestiones mencionadas antes, y eso que en este país, los medios de comunicación se caracterizan por la gran imaginación que le echan cuando desconocen algo.
La misma masacre se volvió a repetir en este último mes hasta doce veces. El número total de terroristas asesinados era de cuarenta y ocho; lo único que variaba en cada ocasión era el lugar donde aparecían los cuerpos. En una ocasión, incluso, los dejaron en el mismo piso donde, al parecer, según informó la policía, estaban preparando un inminente atentado contra un gran centro comercial del centro de la ciudad en represalia a la muerte de sus compañeros.
Ni que decir tiene que las manifestaciones de los grupos radicales por todas las ciudades eran casi diarias y, a cual, más violenta. Los antidisturbios tenían tomadas las calles de las principales ciudades donde se concentraban la mayoría de estos grupos de fundamentalistas políticos.
Bajo este clima de violencia e incertidumbre, parecía increíble cómo el debate político era el mismo de siempre, ni en circunstancias tan extremas eran capaces de conciliar las ideas. Los unos le echaban la culpa a los otros de no poder controlar la situación y los otros le increpaban a los primeros de echar más leña al fuego poniendo a la opinión pública en contra de ellos en vez de ayudar (y eso que aún faltaban más de dos años para las siguientes elecciones generales).
El ciudadano medio, mientras tanto, disfrutaba de todo esto. Por fin parecía que se hacía justicia; evidentemente, ninguno de nuestros dirigentes podía decirlo, no sería políticamente correcto, pero eso a la gente de la calle le traía sin cuidado. El caso es que ahora estaban asesinando a los malos y eso era algo que a todos nos alegraba (a todos los buenos claro está). Quién o quiénes fuera era lo de menos. Había rumores de todo tipo, grupos paramilitares fuertemente organizados, una operación secreta del ejercito, incluso salieron más de uno por los medios de comunicación otorgándose el mérito, en vista de que, el o los vengadores misteriosos, se habían convertido en héroes para la población.
Lo que sí estaba claro es que las autoridades y el Ministerio del Interior estaban hechos un lío, no tenían ni idea de por donde empezar sus investigaciones, cosa que aprovechaban todos los partidos de la oposición para humillarlos aún más. Pobrecitos, no podían ni imaginar lo que todavía les quedaba por caer encima.
Tampoco yo podía imaginarlo; no suelo ser muy dado a especulaciones, cuando alguien me preguntaba sobre el tema, le respondía todo lo que sabía: no lo sé; tan sencillo y tan complicado para algunos. Hasta ese día, yo sabía lo mismo que cualquier otro ciudadano que leyese la prensa o viese las noticias por televisión.
Pero todo cambió esa mañana. Aún no había probado el café ni terminado de leer los titulares de la primera página cuando lo vi aparecer a los lejos, andando por la calle muy lentamente con los ojos fijos en mí. Quizás eso fue lo que hizo que me llamara la atención, aunque por su aspecto, tampoco es que pasara muy desapercibido; era alto, muy delgado, con una melena de pelo castaño que le cubría los hombros y bigote y perilla bastante pronunciados; vestía de forma estrafalaria, parecía uno de esos hippies cuarentones que se resisten a olvidar su época dorada de juventud. Era uno de esos tipos que hacen que te des la vuelta si lo ves a lo lejos en un callejón oscuros a altas horas de la noche.
Lo extraño es que parecía que nadie reparaba en él; la calle estaba muy concurrida a esas horas. La gente se cruzaban con él sin echarle siquiera un vistazo y, sin embargo, yo no podía apartar los ojos de los suyos y él tampoco reparaba en nadie más que en mí. Era algo difícil de explicar.
Cuando llegó hasta mí, no me resultó nada extraño el hecho de que se sentara frente a mí, en la misma mesa. Era como si ya me lo esperase.
Buenos días, Pablo me dijo con una sonrisa en la boca y una voz muy dulce, poco apropiada para su aspecto.
Buenos días le respondí. De pronto parecí despertar de un sueño; con tan sólo ese saludo, mi impresión con respecto a él cambió por completo. Ahora me parecía sólo una persona amable y sencilla; una de esas personas que transmiten paz y serenidad con su sola presencia. Pensé que podría tratarse de un admirador en busca de un autógrafo; me encuentro muchos así continuamente, aunque éste era algo diferente. ¿Qué desea, puedo ayudarle en algo?
Pues ya que lo preguntas, sí que puedes contestó.
Confieso que el hecho de que me tutease tan familiarmente me irritó un poco, pero teniendo en cuenta que éramos más o menos de la misma edad, lo dejé pasar por alto enseguida.
También yo puedo ayudarte a ti si lo deseas continuo diciendo.
¿Y bien?, dígame en qué podría yo ayudarle o usted a mí decidí seguirle el juego; tampoco tenía mucho que hacer hoy.
Tranquilo, todo a su tiempo. Respóndeme a una pregunta; si no te gusta escribir, ¿por qué lo haces?
Vaya por Dios, un pesado en busca de protagonismo, pensé. A ver cómo me lo quito de encima sin resultar demasiado violento.
Oiga, de verdad que me encantaría charlar con usted se me ocurrió decirle, pero no tengo mucho tiempo, me están esperando y...
Sé que no te espera nadie y que tienes todo el tiempo del mundo para oírme dijo esbozando una sonrisa y con el mismo tono de voz dulce y pausado. Pero no te preocupes, te comprendo. Yo contestaré por ti; escribes porque te gusta ayudar a la gente y has encontrado una buena forma de hacerlo con tus libros.
Ahora si que había conseguido llamar mi atención; así que me dije, bueno, por qué no, continuemos a ver donde conduce todo esto.
Como dijo Oscar Wilde respondí, para escribir sólo se necesitan dos cosas: tener algo que decir y decirlo. Y ahora respóndame usted a una cosa, ¿por qué ha dicho que no me gusta escribir?
Porque así es, tú lo sabes. Lo que de verdad te gustaría hacer es subirte a un púlpito y ponerte a hablar ante todo el mundo y decirles lo que piensas. Decirles que se están equivocando, que están conduciendo a la humanidad al desastre y que es imperiosamente necesario dar marcha atrás si queremos tener un futuro que de verdad merezca la pena.
»Eso es lo que te gustaría hacer si pudieras; pero no puedes, así que intentas poner tu granito de arena con tus libros aunque te cueste la misma vida escribirlos.
Al final va a resultar que sólo se trata de un listillo aburrido. No era la primera vez que me abordaba alguien así, que por ser un lector incondicional se cree con el derecho a criticarme abiertamente. Era lo que tenía el ser un personaje público y me tenía que aguantar. El caso es, que hasta el momento, este tipo no se había equivocado en nada de lo que había dicho. Tenía razón al decir que para mí la escritura sólo era un medio para llegar a la gente, y también es verdad que se me hace un mundo el ponerme delante del portátil a escribir. Así que pensé, qué demonios, sigamos escuchándole hasta que meta la pata, podría ser interesante.
Digamos que tiene usted razón le dije, ¿adonde quiere ir a parar?
Te dije antes que yo podría ayudarte a ti, y es en eso precisamente en lo que voy a ayudarte. Dentro de muy poco, vas a creer que todo lo que has hecho en tu vida anteriormente te conducía hacia este momento. Claro que tú no crees en el destino, pero la gente cambia.
Oiga por qué no se deja de rodeos y me dice de una vez qué es lo que quiere de mí ya estaba empezando a perder la paciencia.
Tienes razón, me estoy yendo por las ramas y el tiempo es demasiado valioso como para perderlo. Quiero que me ayudes a salvar el mundo.
De nuevo me volví a equivocar; sólo se trata de un lunático, y me tuvo que tocar a mí. Tendré que andarme con cuidado, estos tipos pueden ser muy peligrosos si se les lleva la contraria.
Así que a salvar el mundo contesté siguiéndole la corriente. Dígame ¿de qué se supone que hay que salvar al mundo y cómo se supone que vamos a hacerlo?
No soy ningún lunático, señor Torres, así que no me trates como tal. Y no te preocupes, puedes llevarme la contraria si así lo crees; no pienso saltar sobre ti como un poseso, tengo cosas más importantes que hacer.
	Dios mío, ahora lo que había conseguido era asustarme de veras. Si no fuera porque es imposible, creería que este hombre me está leyendo el pensamiento. Esté o no esté loco, lo que sí está claro es que es un tipo muy inteligente, pensé; procuraré andarme con ojo con lo que digo no vaya a ser que se moleste.
	Cuando digo salvar el mundo me refiero lógicamente a la humanidad, como tú bien sabes continuó diciendo. Puedo hacerlo y no pienso quedarme de brazos cruzados; pero no puedo hacerlo solo, necesito ayuda; por eso acudo a ti.
	Verá usted...
	¡Quieres dejar de llamarme de usted de una vez por todas! me interrumpió algo molesto.
	Pues no, no pienso dejar de llamarle de usted contesté irritado, porque le recuerdo que aún no se ha presentado. Usted parece saberlo todo de mí, pero resulta que yo no tengo ni idea de quién es usted. Y para colmo me viene hablando de salvar a la humanidad como si fuera Dios; ¿es que me ha tomado por estúpido, o qué?
	Tienes razón, lo siento mucho respondió recuperando la serenidad. Mi nombre es Santiago. Comprendo tu incredulidad, aunque seas un ser excepcional, después de todo, también eres humano. Debería haber empezado desde el principio.
	»Supongo que estarás al tanto de los últimos acontecimientos del país. Me refiero a los asesinatos de los terroristas. Pues sí, no te equivocas, han sido obra mía.
	De nuevo lo había vuelto a hacer; parecía que me había leído el pensamiento otra vez. Es cierto que había pensado que era eso justamente lo que me iba a decir, pero ni por un momento creía que era verdad lo que me decía.
	Así que es usted, perdón, eres tú ese vengador del que hablan los periódicos le dije. Y supongo que ahora me contarás los detalles de cómo lo hiciste, ¿me equivoco?
	Si lo crees necesario, no tengo ningún inconveniente en hacerlo.
	Eso ayudaría mucho a aumentar mi confianza en ti, ¿no crees? le respondí con cierto sarcasmo.
	Comprendo. Lo más difícil fue localizarlos. Hasta que no fui capaz de dominar lo de la proyección extra corpórea no pude hacerlo. Una vez conseguido esto, lo demás fue coser y cantar. Lo mejor de todo era ver las caras que se les ponía cuando veían la cabeza de su compañero rodar por los suelos como por arte de magia. Aunque ya sé que no debería complacerme de estas cosas, pero hay veces que no puedo evitarlo, también yo soy humano.
	Un momento, un momento le interrumpí; esto era ya lo que me faltaba por escuchar. ¿Me estás diciendo que puedes proyectarte fuera de tu cuerpo y que de esa forma conseguiste localizar a los terroristas?
	»Ahora sí que creo que he escuchado bastante. Mira Santiago, o como quiera que te llames, ha sido un placer conversar contigo pero, de verdad, tengo que marcharme hice ademán de levantarme de la silla.
	Espera un poco me dijo algo sorprendido. Claro, entiendo; una cosa es que escribas sobre estos temas y otra muy distinta es que creas en ellos, ¿no es así? Lo que quiere decir que tendré que demostrártelo antes de continuar.
	No tienes por qué demostrarme nada, de veras. Como ya te he dicho, tengo que marcharme. No es que dude de lo que estás diciendo, la cuestión es que no me interesa, así que será mejor que lo dejemos aquí y sigamos cada uno nuestro camino.
	Esta vez sí que estaba dispuesto a levantarme e irme, la cosa estaba llegando demasiado lejos y ya estaba empezando a hartarme. Pero, sencillamente no pude; de pronto me quedé como paralizado; quiero decir, literalmente paralizado; no podía mover ni un solo músculo de mi cuerpo, tan sólo la cabeza parecía estar libre de esa especie de encantamiento.
	No te preocupes continuó diciendo el tal Santiago, no te ocurre nada malo, pero es que no puedo permitir que te vayas así como así. Antes tendrás que escuchar toda la historia. Una vez que termine, serás libre de marcharte si es eso lo que deseas.
	»Tendrás que disculparme porque he sido un iluso. Pensé que serías una persona más especial de lo que en verdad eres, pero por lo que veo eres como los demás, necesitas ver para creer. Aquí hay demasiada gente, no puedo hacer muchos alardes de mis poderes sin llamar la atención, de momento te tendrás que conformar con lo que te estoy haciendo. Después, si quieres, en privado te demostraré lo que desees.
	Mi miedo inicial se había transformado en auténtico terror; pero al mismo tiempo aquella exhibición de poder mental sobre mi cuerpo había conseguido su propósito, despertar mi curiosidad a la máxima potencia, con lo que, aunque me hubiese dejado libre, no tenía ya tan claro lo de marcharme.
	Me alegro que pienses así dijo. Ya estaba empezando a hartarme su manía de leerme el pensamiento; pero por otro lado había servido para que me liberara totalmente, cosa que me alivió enormemente.
	¡No vuelvas a hacer eso, por favor! le increpé furioso. Tú ganas, esta bien, te escucharé. Y para que lo sepas, sí que creo en todo lo que escribo. He conocido a personas con poderes increíbles, capaces de mover todo tipo de objetos sólo con sus mentes y, ya que lo mencionas, también tengo amigos que han experimentado proyecciones astrales. Pero de ahí a localizar terroristas...
	Esos amigos tuyos, con todos mis respetos, son sólo aficionados. Yo te mostraré a lo que puede llegar de verdad la mente de un ser humano. Escucha atentamente, y procura recordar todo lo que te voy a decir porque algún día tendrás que escribirlo.
	»Nací en Katmandú, capital de Nepal, hace unos treinta y ocho años; aunque mis padres son de aquí. Ellos llevaban muchos años practicando la religión budista, así que un buen día decidieron viajar a la cuna del budismo. Ni que decir tiene que gozaban de una posición acomodada, lo que les permitía poder darse esos lujos. Gracias a ello pudieron acceder al antiguo templo de esta ciudad y confraternizar con los monjes que lo custodian, así que una simple visita se convirtió en una estancia de diez años.
	»Yo nací durante el segundo año, por lo que permanecí en Nepal hasta que cumplí los nueve. Pasé mi infancia entre monjes budistas mamando toda su cultura y filosofía. A los siete años era capaz de permanecer hasta dos horas seguidas meditando; ni siquiera muchos de los monjes adultos eran capaces de hacerlo. Para mí era como un juego, llegaba a alcanzar tal poder de concentración que en muchas ocasiones mis padres creyeron que estaba enfermo.
	»Creo que fue por eso por lo que decidieron que ya era hora de volver a nuestro país. Empezaron a preocuparse por mi grado de implicación con los monjes y con la cultura oriental y pensaron que cuanto más tiempo permaneciese allí, más trabajo me costaría después habituarme a la occidental.
	»Y efectivamente, así fue; lo pasé muy mal los primeros años. Me costó horrores acostumbrarme a este ritmo de vida tan frenético. Y para colmo, mis padres me matricularon en un colegio. Yo hasta ahora, no había pisado ninguno, mi madre se había encargado siempre de mi educación, y lo hizo muy bien, por cierto, yo no necesitaba ningún colegio; pero ellos decían que me vendría bien relacionarme con otros niños de mi edad. Lo cierto es que nunca pude adaptarme plenamente a todo aquello; no hice ni un solo amigo en la escuela, todos los chicos, e incluso los profesores, me veían como a un bicho raro. Y no les culpo; me volví muy introvertido, no se me iba de la cabeza los años vividos en el monasterio de Katmandú. 
	»Mientras tanto, yo proseguía con mis prácticas budistas. Mis padres permanecían mucho tiempo fuera de casa por razones de trabajo, y me dejaban solo; ellos tenían plena confianza en mí, yo era un chico muy independiente y responsable, nunca me metía en líos, más bien, siempre andaba evitándolos, ya sabes, los niños suelen ser muy crueles con aquellos que son diferentes. La cuestión es que, al no tener amigos ni tampoco llamarme la atención ninguno de los juguetes electrónicos que tan de moda estaban entre los jóvenes, casi todo mi tiempo libre lo pasaba meditando; he llegado a permanecer hasta doce horas seguidas de profunda meditación.
	»Con doce años me ocurrió algo sorprendente; me encontraba solo en mi casa, como de costumbre, en pleno éxtasis cuando de repente abrí los ojos; estaba sentado frente a una mesa pequeña que había en el salón; sobre ella había un cenicero de cristal. Fijé la vista en ese cenicero y sentí algo muy extraño, era como si tuviera atrapado el cenicero con los ojos; supe en seguida que podría hacer con él lo que quisiera y, efectivamente, así fue; lo levanté un palmo de la mesa sin ningún esfuerzo. Aquello era nuevo para mí, entonces no sabía lo que estaba pasando; reconozco que me asusté, yo nunca había oído hablar de los poderes de la mente ni nada de eso y no tenía ni idea de lo que me estaba ocurriendo.
	»No le dije nada a mis padres por temor a que se enfadaran pensando que fuera algo malo. Pero yo seguí haciéndolo y, con el tiempo, llegué a tener un dominio total de este poder; cada vez levantaba objetos más pesados y con menor esfuerzo. Me cuidé mucho de que nadie se enterase de lo que era capaz de hacer, ni siquiera mis padres; bastantes problemas tenía ya con mi extraño carácter, no quería que nadie pensase que era un monstruo. Al cabo de unos años lo hacía con total naturalidad, pero siempre en privado, y prácticamente dejé de darle importancia.
	»Todo cambió unos meses después de cumplir los dieciocho años. Durante un viaje de negocios, el jet privado de mis padres tuvo un accidente; murieron los dos. Esto supuso para mí un trauma terrible; a pesar de mi independencia, yo no concebía mi vida sin ellos, estaba totalmente solo. Fueron momentos muy difíciles para mí; llegué a estar al borde de la depresión, incluso pensé en el suicidio en más de una ocasión. Mi único refugio fue la meditación y creo que eso me salvó la vida. Recordé las palabras de el Buda sobre la vida y la muerte y sobre la impermanencia de las cosas y me ayudaron a salir del estado tan lamentable al que había llegado.
	»No estoy del todo seguro, pero creo que este trauma ocasionó en mi mente un profundo cambio. A partir de entonces me volví mucho más sensible a todo lo que me rodeaba. Cada vez que me concentraba sentía que podía llegar mucho más allá que a mover simples objetos. Por ejemplo, si iba sentado en el autobús y miraba fijamente a alguien, casi podía leerle el pensamiento. Es más, incluso a algunas personas podía inducirles a hacer algo que yo quisiera con sólo pensarlo.
	»Fue entonces cuando empecé a interesarme por los poderes paranormales de la mente y por la fisonomía del cerebro humano. No te lo he dicho, pero mi capacidad de aprendizaje es muy superior a la de cualquiera; esto me sirvió para aprender muy rápido todo lo que se sabía hasta el momento sobre la mente del hombre y todas sus posibilidades; telepatía, proyección astral, telequinesia, clarividencia, hipnosis.
	¿Quieres decir que dominas todos esos poderes? le interrumpí, más sorprendido por momentos.
	Esos y algunos más para los que no hay nombre siquiera, supongo que porque no se conocen. Resumiendo, te diré que, prácticamente puedo hacer lo que me de la gana con sólo desearlo.
	Era la historia más increíble que jamás había oído, y por alguna extraña razón, algo me decía que no me estaba mintiendo, más bien tenía la sensación de que aún me faltaban por oír muchos detalles que me sorprenderían todavía más.
	Por supuesto que no ha sido nada fácil continuó diciendo llegar a ser lo que soy ahora. Me ha supuesto muchas horas de duro entrenamiento; he tenido que leer mucho también para poder comprender muchas de las cosas que me ocurrían. Así fue como te descubrí, a través de tu obra; tú has supuesto una fuente de inspiración muy importante para mí. De hecho, se puede decir que eres responsable, en parte, del plan que he trazado.
	¿Te refieres al asesinato de esos terroristas? me atreví a preguntarle.
	Eso es sólo el principio; digamos que me ha servido de entrenamiento, para comprobar de lo que era capaz y hasta donde podía llegar. No es nada fácil matar a alguien de esa manera, a sangre fría, sin que tenga opción siquiera a defenderse. Yo no sabía si sería capaz de hacerlo.
	Pues no hay duda de que fuiste muy capaz.
	Sí, fue más fácil de lo que pensaba. Pero yo cuento con una ventaja muy importante que me ayudó a hacerlo. No sólo puedo saber lo que están pensando en ese momento, también tengo la capacidad de conocer exactamente a una persona con sólo mirarla; en un segundo sé cuales son todas sus virtudes y todos sus defectos. Y créeme, cualquiera que tenga este poder y se ponga delante de uno de esos terroristas a los que asesiné, hubiera hecho lo mismo que yo sin dudarlo.
	»Es increíble como puede haber personas que tengan un concepto del mal tan desvirtuado. Yo hasta ahora creía a Platón y a Aristóteles cuando decían que el mal era fruto del desconocimiento, que nadie actúa con maldad sabiendo lo que hace. Después de conocer a algunas de estas personas, si se les puede llamar así, me he dado cuenta de que no siempre es así. Es cierto que la mayoría actúan engañados, sin saber prácticamente el daño que están haciendo; y a éstos, si se les coge a tiempo, aún se les puede salvar. De hecho, lo que nadie sabe, es que también le he perdonado la vida a muchos terroristas a los que he ido a matar y no lo he hecho porque he podido comprobar que aún tenían salvación, sólo fue necesario abrirles un poco los ojos para que ellos mismos se dieran cuenta de lo que estaban haciendo y rectificaran. Por desgracia también hay muchos para los que no hay salvación posible; la mayoría de los que he asesinado no habían matado a nadie directamente, habían hecho algo mucho peor, inducir a otros a hacerlo engañándolos con falsas promesas e ideologías retrógradas y fundamentalistas que en muchas ocasiones ni siquiera ellos creen; porque además de unos fanáticos, son tan cobardes que necesitan a otros para que aprieten el gatillo por ellos. Estos son los verdaderamente peligrosos y a los que yo busco.
	Y dime una cosa, ¿cómo puedes estar tan seguro de no equivocarte? ¿y si matas a algún inocente? le pregunté. ¿No sería mejor llevarlos ante la justicia y que sea ésta la que decida?
	Por favor Pablo, no me hagas reír me contestó con una sonrisa burlona. Ya te he dicho que es imposible que me equivoque. El engaño sólo funciona cuando son las palabras y los actos los que intervienen; conmigo eso no vale, nadie puede borrar su mente así sin más, eliminar sus recuerdos, sus pensamientos o sus propósitos en la vida.
	»Y no entiendo por qué me hablas de la justicia. Tú sabes que en la mayoría de los caso no funciona. Casi todos estos terroristas eran personas conocidas y, en muchos casos, respetadas; incluso alguno había sido dirigente de algún partido político. Todo el mundo conocía sus tendencias asesinas y manipuladoras, habían sido procesados por la justicia en muchas ocasiones, y sin embargo, por los motivos que fuere, ahí seguían, engañando, extorsionando, manipulando y asesinando.
	»Te puedo asegurar que para esta gente no existe la reinserción; sería  una pérdida de tiempo y un gasto innecesario para la sociedad, encerrarlos en una cárcel. Contra estos tipos sólo hay una ley que funciona, la del Talión. Un estado democrático y de derecho como en el que vivimos no puede permitirse este tipo de actuación, aunque muchos lo estén deseando, pero yo sí que puedo. 
	Aproveché la pausa para terminarme el café, ya frío. No sabía qué decir. Por un lado, yo sabía que tenía razón; me había alegrado, al igual que la mayoría de la población, al conocer la muerte de todos esos canallas que sólo saben hacer daño a los inocentes para conseguir sus intereses particulares. Pero por otro lado, me inquietaba el hecho de que un solo hombre se pudiera convertir en juez y jurado de toda una población.
	Sí, es cierto que parecía una persona muy honesta que sólo buscaba hacer justicia. De momento creo que sabe bien lo que se hace, pero ¿y si no siempre es así?; ¿hasta donde sería capaz de controlar ese enorme poder que decía tener? Al fin y al cabo es sólo un hombre y, nadie es perfecto; también se podría equivocar en sus juicios y, con semejantes poderes, las consecuencias podrían ser terribles.
	¿Y bien?; dime qué opinas hasta el momento me dijo.
	No sé para qué me lo preguntas, lo sabes perfectamente. Tengo que reconocer que me das un poco de miedo. Estás jugando a un juego muy peligroso y temo preguntarte hasta dónde pretendes llegar.
	Quiero llegar hasta el final. Te haré la pregunta del millón, la misma pregunta que le he hecho a otros antes que a ti. ¿Por quién preferirías ser gobernado? Por un dictador impuesto por la fuerza, que se ha auto erigido como jefe supremo, pero que al mismo tiempo es una persona justa, que lo único que busca es la paz y la igualdad entre todos los seres humanos; o preferirías mejor a un gobierno democrático, elegido por mayoría entre toda la población, pero que fuera corrupto y estuviera totalmente dominado por el capitalismo.
	»No hace falta que contestes, ya sé la respuesta. Es la misma que me han dado todos a los que se la he planteado.
»Tienes razón al pensar que soy humano, y como tal, me puedo equivocar. Por eso no puedo hacerlo solo, necesito tu ayuda y la de gente como tú. Afortunadamente en el mundo hay muchas personas de una virtud intachable, preocupadas por sus semejantes y muy comprometidas con su causa, que es la misma que la mía, y la tuya dicho sea de paso. No soy el único que pretende hacer justicia en el mundo; ha habido muchos antes que yo, y sigue habiéndolos; tú por ejemplo. La diferencia es que yo poseo unas facultades que me facilitan la labor. Sólo pretendo convertirme en un medio, una herramienta vuestra para que hagáis lo que siempre habéis deseado hacer, que no es ni más ni menos que evitar que sigan muriendo miles de personas todos los días injustamente, víctimas de abandono, enfermedades, guerras, que se podrían evitar. Tú y otros como tú, sabéis como hacerlo, solo que nunca habéis tenido los medios adecuados para poder llevarlo a la práctica. Yo os proporcionaré esos medios.
Todo eso suena muy bien, pero ¿no crees que pides demasiado? Una cosa es matar unos cuantos terroristas y otra muy distinta acabar con todas las penalidades y miserias que viene sufriendo el mundo desde que es mundo. Siempre ha habido guerras, injusticias, pobres y ricos. ¿Cómo pretendes acabar con todo eso de un plumazo, así, sin más?
Yo no he dicho que fuera fácil, y mucho menos, que lo fuera a hacer de un plumazo. Será una labor de años en la que muchos tendrán que sufrir, e incluso morir todo aquel que se lo merezca. Ya te he dicho que cuento con muchas personas comprometidas, de todos los campos que te puedas imaginar. Además, dime una cosa, ¿se te ocurre otro proyecto mejor en el que derrochar el resto de los días de tu vida?
Bueno, dicho así... Espero que tengas un buen plan porque lo que es yo no sabría ni por donde empezar. Sigo pensando que pretendes abarcar demasiado.
Piensas así porque aún no conoces mi proyecto. Ni siquiera sabes de todo lo que soy capaz, ni tampoco conoces al resto de personas implicadas que nos ayudaran. De hecho, ahí está la clave del proyecto, en el equipo. Con un buen equipo se puede conseguir cualquier cosa, y te puedo asegurar que yo cuento con los mejores en cada materia.
Supongo que tendré que confiar en ti le contesté resignado. ¿Y se puede saber quiénes son esos superhombres con los que cuentas? Porque como sean todos como yo vamos listos.
Todo a su tiempo, ya los conocerás. Y deja ya esa falsa modestia, no te va nada me respondió burlonamente. Tú sabes de sobra que eres muy bueno en lo que haces; y de eso se trata, precisamente, de que cada uno hagamos el trabajo que sabemos hacer, para el que estamos preparados. No pienso pedirle a nadie que haga algo para lo que no está capacitado, o no quiera hacer.
¿Cuándo se supone que me vas a contar ese plan tan maravilloso que tienes para salvar al mundo? reconozco que estaba bastante impaciente por saberlo; todavía albergaba mis dudas. Tengo ganas de saber cual será mi papel en semejante proyecto.
Vaya, me alegro de haberte convencido tan pronto; no te puedes hacer ni una idea de la cantidad de ridículas demostraciones que he tenido que hacer para convencer a los demás. 
»No te preocupes por el plan ahora, lo sabrás en su momento. Respecto a tu papel, ya te lo he dicho; cada uno hará, simplemente, lo que sabe hacer, lo que lleva haciendo toda su vida. En tu caso es escribir. Quiero que seas testigo de todo lo que va a ocurrir a partir de ahora en el mundo, para que, cuando todo haya acabado, lo escribas con la idea de que la humanidad conozca de primera mano la verdad.
»Eso sí, no podrás hacerlo hasta que yo te lo diga. Mientras tanto no deberás decirle nada a nadie. Esto es muy importante. No hace falta que te diga que cuando comience, correremos un peligro enorme si todo esto llega a oídos de quien no debe, sobre todo yo. En poco tiempo me convertiré en la persona más buscada y perseguida del mundo, tanto por los buenos como por los malos. Debemos de tener todos mucho cuidado y ser muy prudentes de lo contrario podríamos echar a perder todo el proyecto.
Seré una tumba. De todas formas nadie me iba a creer...
Dicho esto, se despidió de mí dejándome con un montón de preguntas en la cabeza. Me dijo que tuviera paciencia (qué fácil decir eso), que pronto se pondría en contacto conmigo.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/454/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>vie, 08 feb 2008 15:19:51 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 3s: Segundo Capítulo]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/272/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/469/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/469/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/469/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 3º: Segundo Capítulo</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 12 de febrero de 2008 · Leído <strong>96</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Ya se pueden imaginar cómo transcurrieron para mí los siguientes días. No pude escribir ni una sola línea más del libro que tenía entre manos en ese momento; de hecho, creo que ni siquiera lo intenté; era incapaz de retener nada en la memoria que no tuviese relación con el tal Santiago. Estaba demasiado nervioso e impaciente como para sentarme a pensar en otra cosa que no fuera la conversación que había tenido en la cafetería con ese extraño hombre.
Si es que se había producido en realidad, ya que, pasados unos días, empecé a tener mis dudas. Cuanto más pensaba en todo lo que me había dicho ese tipo, más increíble y extraño me parecía todo aquello. Era imposible que existiese alguien así; y de ser cierto, aún me resultaba más difícil de creer que me eligiera a mí, una persona tan normal y sencilla como yo, metida en semejante lío. 
De todas formas, como siempre he sido muy prudente y precavido, después de varios días, se me ocurrió escribir la conversación que tuve con Santiago, por si acaso. Pensé que, terminase como terminase todo aquello, algún día lo tendría que escribir, así que sería mejor empezar ya, antes de que el tiempo hiciera que se me olvidaran los detalles (ya ven, no es que tenga tan buena memoria).
No hacía más que preguntarme quiénes serían las otras personas a las que había acudido Santiago en busca de ayuda. Quería suponer que era gente como yo, normales y corrientes, y que estarían tan sorprendidas y nerviosas como lo estaba yo en aquel momento. La verdad es que no me imaginaba formando parte de un selecto grupo de personas de la élite mundial con el propósito de salvar a la humanidad de sí misma. No sé por qué me suponía que serían todos ellos científicos brillantes, premios noveles y cosas así. ¿Qué podría yo aportar en un equipo semejante?, seguramente me moriría de vergüenza; yo no encajaba para nada con gente así, tan importante y, además, tampoco se puede decir que me apeteciera mucho la idea. 
A mí siempre me había gustado permanecer al margen de debates públicos y polémicas sociales. Es cierto que los denunciaba en mis libros, pero precisamente por eso lo hacía en la intimidad de mi portátil, porque yo era incapaz de defender mis ideas abiertamente en público; era algo que me causaba pánico. Yo nunca había sido un orador muy hábil, no concedía entrevistas ni acudía a programas televisivos por lo mismo, a pesar de que continuamente me estaban requiriendo en todos los medios de comunicación; siempre me buscaba alguna excusa para no asistir (para consternación de mis editores).
Yo sabía exactamente cual era mi problema: el miedo a hacer el ridículo en público. Seguramente sería un miedo injustificado, ya que mis amigos me tienen por una persona muy elocuente, aunque yo creo que lo dirán, más que nada, porque me paso todo el tiempo escuchándoles, y siempre es agradable encontrar a alguien que te escuche, para variar. Pero con ellos es distinto, hay una confianza, aunque meta la pata no pasa nada; pero con desconocidos la cosa cambiaba mucho, nunca se me ocurría qué decir y cuando lo hacía ya era demasiado tarde. Siempre me había pasado lo mismo y por eso trataba por todos los medios de evitar situaciones comprometedoras.
Era curioso que viéndome involucrado en un proyecto tan descomunal y apasionante como el de salvar el mundo, mi mayor preocupación se centrara en mi miedo a enfrentarme a los demás miembros del equipo. Supongo que sería porque no terminaba de creerme mucho lo que pretendía hacer este hombre. Acabar con las guerras, con el hambre, con las injusticias; ¡Qué locura! Ni el mismo Dios sería capaz de semejante hazaña.
Pero tengo que confesar que en aquel momento sentía mucha curiosidad por ver donde terminaba todo aquello. Quién sabe, igual me sale una historia estupenda para escribir, pensaba. Tenía muchas ganas de escuchar ese plan tan magnífico que tenía pensado el todopoderoso Santiago. A pesar de mi incredulidad, en el fondo albergaba alguna remota esperanza de que tuviera algo de razón aquel tipo; con tal de que fuera capaz de hacer siquiera una tercera parte de lo que pretendía, ya sería increíble y maravilloso.
Después de todo, ya había hecho algo extraordinario e inverosímil en este país; había conseguido encontrar y acabar con muchos fanáticos que tenían aterrorizados a media nación. Eso merecía que se le diera al menos un voto de confianza.
La verdad es que, ahora que sabía de quien se trataba y lo que se proponía, veía las noticias desde otra perspectiva. Me divertía escuchar los comentarios y especulaciones de todo el mundo, ajenos a lo que les esperaba dentro de poco.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/469/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>mar, 12 feb 2008 15:28:11 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 4s: Tercer Capítulo]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/272/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/489/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/489/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/489/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 4º: Tercer Capítulo</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 19 de febrero de 2008 · Leído <strong>100</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Afortunadamente no tuve que esperar mucho tiempo para tener noticias de Santiago, si no me hubiera vuelto loco de impaciencia.
Después de casi dos semanas de nuestra conversación en la cafetería, por fin se puso en contacto conmigo. Podía haberme llamado por teléfono o escrito un correo electrónico, pero no, él tenía sus propios medios (más económicos, dicho sea de paso).
Era por la mañana temprano, estaba preparándome el desayuno, cuando de repente oí su voz, tan fuerte y clara como si lo tuviera a un metro de mí. Ya se pueden imaginar el susto que me llevé. Miré sobresaltado por todos lados buscándolo, antes de percatarme de que la voz sólo estaba en mi cabeza. Fue como una intromisión a los más íntimo que posee una persona, su mente; pero supongo que esa sería su forma de actuar y tendría que acostumbrarme. 
El mensaje fue breve y conciso. Quería que estuviera dentro de dos días, a primera hora de la mañana, en el Museo de las Ciencias y Tecnología de la capital. 
Esta forma de comunicación tenía sus inconvenientes; no pude preguntarle cuánto tiempo tendría que permanecer allí, ni si después podría volver a mi casa o iríamos a otro lado, ni nada por el estilo. Puede que estas cosas le parezcan tonterías, dado la situación, pero para mí no lo son. Cuando viajo me gusta tenerlo todo muy organizado; saber el tiempo que voy a estar fuera, donde me voy a alojar exactamente, etcétera. 
Algo me decía que tendría que ir acostumbrándome a este tipo de situaciones imprevistas. En fin, todo sea por la causa. Pensé que lo mejor sería viajar con poco equipaje y mucho dinero y, simplemente, dejar que los acontecimientos transcurriesen por sí solos.
Lo principal era que por fin iba a conocer a las personas con las que se supone iba a trabajar. Y también esperaba que se me despejaran todas las dudas que albergaba con respecto al famoso plan de Santiago. Tendría que estar preparado para cualquier cosa; quién sabe, igual me llevaba una desilusión y todo esta historia se quedaba en nada.
Pero no, no podía ser; no podía olvidar lo que había hecho con todos esos terroristas. Aquello no era una simple anécdota; era mucho más. Ocurriese lo que ocurriese, estaba seguro de que sería algo trascendental para el mundo, y yo estaría allí, en primera fila, para contarlo todo. No podía defraudar ni a Santiago ni al resto de la humanidad.
Si en esta última semana lo había pasado mal esperando noticias de Santiago, estos dos días antes del encuentro en la capital fueron aún peores; se me hicieron eternos, apenas pude dormir nada. Ensayaba mentalmente una y otra vez la presentación que haría a mis futuros compañeros; quería estar a la altura de todos ellos, aunque no tenía ni idea de quienes podían ser. Yo quería pensar que se trataría de importantes personalidades de todo el mundo, muy bien preparadas para el colosal proyecto que nos esperaba.
Había sido una suerte que en este momento me encontrara libre, aunque no se puede decir que sin compromiso, ya que sí que estaba saliendo con una chica, si es que a lo nuestro se le podía llamar salir. Nos veíamos prácticamente unos tres meses al año, como mucho. Se llamaba Amanda, y era reportera gráfica del National Geographic. Casi todo el año se lo pasaba en el extranjero, fotografiando la fauna de algún país exótico; en la actualidad se encontraba en no sé qué isla del Pacífico haciéndole fotos a no sé qué bicho que sólo habitaba allí.
Tengo que reconocer que aquella relación me venía como anillo al dedo. Se podía decir que no estaba sólo, o sea, que tenía a alguien que se preocupaba por mí (se supone), aunque fuera en la distancia. Y al mismo tiempo gozaba de mi tan necesitada intimidad e independencia. Para mí, era el noviazgo perfecto, podía hacer lo que me diera la gana sin tener que rendir cuentas a nadie, incluso echar alguna canilla al aire si me apetecía (claro que ella también podía hacer lo mismo). La cuestión es que Amanda también parecía encontrarse a gusto con esta situación, así que, para qué cambiarla, a los dos nos venía muy bien.
Nos hablábamos cada dos o tres días por teléfono; por supuesto no le conté nada de todo aquello. Le dije que tenía que ir a la capital por motivos de la promoción de uno de mis libros; pensé que ya iría improvisando sobre la marcha según se presentasen los acontecimientos. Al fin y al cabo, ella tampoco se metía mucho con lo que yo hacía en mi tiempo libre, así que no tendría que inventarme muchas mentiras para darle explicaciones de lo que estaba haciendo. Además, no tenía previsto volver al menos durante dos meses más, lo que quería decir que, de momento, podía estar tranquilo.

Inmediatamente después de recibir el mensaje de Santiago, hice la reserva del vuelo para la ciudad. Saldría al día siguiente, alojándome en un hotel que conocía de otras veces y que, además, se encontraba bastante cerca del museo, así podría estar bien temprano en el lugar de la cita. Tenía que empezar con buen pie, todos sabemos lo importante que es la primera impresión.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/489/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>mar, 19 feb 2008 08:30:41 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 5s: Cuarto Capítulo]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/272/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/495/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/495/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/495/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 5º: Cuarto Capítulo</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 26 de febrero de 2008 · Leído <strong>89</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Eran las ocho de la mañana cuando me presenté en la entrada del museo. Como todos los lunes, el museo estaba cerrado al público; supongo que por eso habían escogido ese día. Esperaba encontrarme a más gente por allí con cara de despistadas como yo, pero por el contrario, la calle mostraba el aspecto que se podía esperar de ella un lunes a esta hora; nadie con apariencia de científico superdotado rondaba por allí cerca. Confieso que me llevé una desilusión, por un momento llegué a pensar que todo había sido una estúpida broma y que alguien me la había jugado; me sentía ridículo en aquella situación.
Gracias a Dios pronto aparecieron varias personas más, en concreto, dos mujeres y un hombre, todos de mediana edad, más o menos como yo. Casi al mismo tiempo se abrió una pequeña puerta de servicio que se encontraba a unos metros de la entrada principal. Salió un señor mayor, de unos sesenta años, que después de saludarnos muy afectivamente nos invitó a pasar y nos condujo hacia una sala de espera. Nos dijo que permaneciésemos allí mientras llegaba el resto de invitados.
Para mi alivio, en esa sala había más personas esperando, yo calculé unas veinte, aproximadamente. También habían tenido el detalle de prepararnos una mesa al fondo de la sala con todo tipo de bebidas y bollería como para completar un buen desayuno mientras esperábamos.
Allí había gente de lo más variopinta; me fijé que la edad de la mayoría rondaba entre los treinta y los sesenta. Había varios grupitos de personas charlando animadamente que, al parecer, ya se conocían. Otros sólo se hacían comentarios de compromiso; y el resto, entre los que me incluía yo, permanecíamos aislados, observando y esperando en silencio a que alguien se nos acercase para preguntarnos algo.
La primera impresión no fue precisamente como la esperada. No conocía a nadie de los que estaban allí; ni siquiera me sonaba la cara de ninguno de ellos; no parecían grandes personalidades, ni premios noveles ni nada parecido. En principio no sabía si alegrarme por encontrarme entre gente sencilla, como yo, o por el contrario, debería preocuparme, ya que esta gente, se suponía, que tenían que salvar al mundo. Seguramente ellos pensarían lo mismo al verme a mí; a pesar de ser uno de los escritores más leídos del mundo (o por lo menos, con más libros vendidos), no se puede decir que yo fuera un personaje muy conocido. Eso era debido a mi poca afición a los medios de comunicación, de la que ya he hablado antes; en toda mi carrera tan sólo había concedido dos entrevistas en diferentes publicaciones, hacía ya algunos años, y jamás había salido por televisión, no obstante debo decir que han sido muchas las ocasiones en que me han invitado (creo que esto ya lo he repetido alguna vez).
En contra de lo que le gustaría a mi editor, tengo que reconocer que me encanta el anonimato, es más, una de las cosas que más valoro en esta vida es precisamente la intimidad; la necesito, y estoy dispuesto a hacer lo que sea por conservarla, aunque para ello tenga que vender la mitad de libros de los que pudiera.
Sin embargo, aún así y todo, por donde quiera que voy siempre hay alguien que me conoce; normalmente lectores que se han fijado en la foto mía que aparece en la contraportada de mis libros. Si no se ponen muy pesados, no suele importarme, a veces, incluso, es agradable que te pidan un autógrafo por la calle o me feliciten por mi último libro, que es lo más habitual que me suele ocurrir.
También en esta ocasión me encontré con una de mis incondicionales lectoras. Se me acercó una chica de unos treinta y pocos años de aspecto atlético y muy atractiva. Casualmente me había fijado en ella nada más entrar.
¿Pablo Torres? me preguntó. Es usted Pablo Torres, el escritor, ¿no es así?
Lo confieso; sí, soy Pablo Torres contesté intentando parecer sociable.
Vaya, no sabe cuanto me alegro de encontrarle aquí; me he leído todos sus libros. Me encantan. Y dígame una cosa señor Torres, ¿conoce usted bien a nuestro anfitrión? Porque a mí me tiene intrigadísima.
Aunque un poco charlatana, a primera vista parecía una muchacha muy simpática y educada y, si le sumamos a eso su físico, seguramente en este momento yo sería la persona más envidiada de la sala. Pensé que sería mejor no defraudarla. Había oído decir demasiadas veces a otras personas que, después de conocer cara a cara a personas a las que habían considerado como ídolos suyos, se habían sentido defraudadas porque no eran lo que esperaban. A mí también me había ocurrido eso en alguna ocasión, y con los escritores suele ser muy habitual, ya que los lectores sólo nos conocen por lo que escribimos, y en demasiadas ocasiones no suele corresponderse con lo que somos. A mi me aterraba que alguno de mis lectores pensara eso de mí, por eso cada vez que me encontraba con uno procuraba ser lo más prudente posible e intentaba no enrollarme demasiado.
Pues si quiere que le diga la verdad, no le contesté amablemente. Sólo nos hemos visto en una ocasión, hace algo más de dos semanas. ¿Hace mucho que habló con usted?, señorita...
Oh, perdone, no me he presentado; me llamo Irene me dijo, estrechándome la mano demasiado enérgicamente para ser mujer. Soy coordinadora en este país de Reporteros del Mundo, ya sabe, la ONG; supongo que habrá oído hablar de nosotros.
Lo cierto es que ni siquiera sabía que existía semejante ONG, pero asentí educadamente, no quería parecer un analfabeto desinformado.
También yo he visto a Santiago tan sólo una vez continuó diciendo. Hace ya casi un mes. Todo un personaje ¿no cree? No sé lo que habrá hablado con usted, pero a mí me tiene muy intrigada con todo eso que pretende hacer. Me muero de impaciencia por conocer su plan.
Ya veo que a usted también...
Por favor tutéeme me interrumpió; si vamos a trabajar juntos creo que será lo mejor.
De acuerdo me gustaba eso de trabajar juntos, nos tutearemos mutuamente. Como iba diciendo, a ti también te ha hablado de su plan, por lo que veo. A mí me ocurre lo mismo, también estoy impaciente por saber de qué se trata.
Por cierto, ¿cómo logro convencerte de quién era? Porque yo reconozco que se lo puse algo difícil. Imagínate, pensé que me estaban gastando una de esas bromas con cámara oculta. No podía creer que eso me estuviera ocurriendo a mí. Incluso después de  que se levantara por el aire hasta el techo de mi despacho, no podía creerlo; tuvo que coger y levantarme a mí también con él. Me llevé un susto de muerte. Si no me impide gritar, se hubiera enterado todo el edificio, qué vergüenza pasé.
Ahora entendía lo de las ridículas demostraciones que me comentó Santiago cuando nos vimos. Empecé a explicarle a Irene que conmigo lo había tenido mucho más fácil pero en ese momento se me acercó nuestro anfitrión que, con la charla no nos habíamos percatado de que había entrado en la sala.
Parecía otro, casi no lo conocí. Iba bien vestido y con el pelo recogido en una coleta. A su lado le acompañaba una mujer de entre cuarenta y cincuenta años de edad, aunque su forma de vestir informal la hacía parecer más joven a primera vista.
Me alegro que hayas venido, Pablo me dijo estrechándome la mano cordialmente.
No podía perdérmelo le respondí en el mismo tono.
Ya veo que os conocéis dijo dirigiéndose también a Irene. Eso es bueno, seguramente vais a pasar mucho tiempo juntos. Os gustará, los dos tenéis muchas cosas en común.
Por un momento se me vino a la mente Amanda. No creo que le gustase mucho aquella situación; aunque, qué demonios, ojos que no ven...
Santiago me presentó a su acompañante. Me llevé una grata sorpresa; se trataba de Yolanda Ramos. Yo había oído hablar de ella en alguna ocasión, ya que era la directora general en esta país de Hospitales sin Frontera, una de las ONG`s más influyentes en el mundo y, de la cual yo era socio hacía muchos años. 
Aquello iba teniendo ya mejor pinta; las dos personas a las que había conocido pertenecían a dos ONG`s distintas. Eso me gustaba. Siempre me habían causado mucha admiración este tipo de organizaciones y las personas que trabajan en ellas. Es cierto que algunas tenían mala fama por su falta de transparencia y por su vinculación con los políticos, y que muchas personas se escudaban en esto para explicar su falta de solidaridad hacia los más necesitados. Pero me parecía despreciable por parte de estas personas el hecho de meter a todas en el mismo saco.
En una ocasión tuve que escribir sobre estas organizaciones, y me informé bien sobre el trabajo que hacen, sobretodo Hospitales sin Frontera, que era la que mejor conocía. Me pareció increíble el espíritu de sacrificio que poseen todas estas personas. Yo sería incapaz de vivir así, apenas tienen vida privada. Muchos de ellos tienen que estar disponibles las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. En cualquier momento puede surgir una crisis o una catástrofe natural en cualquier parte del mundo, y allí estarán ellos, prestando su ayuda totalmente desinteresada; sin contar con las innumerables misiones que tienen repartidas por todo el planeta, en condiciones infrahumanas, poniendo en peligro sus vidas a cada instante y, en la mayoría de los casos, sin poder contar con la colaboración de los gobiernos ni ejércitos.
No cabía duda de que si alguien tenía que salvar el planeta, aquellos eran los mejores. Poco a poco, mi confianza en Santiago se iba afianzando. Me sentía optimista cuando, después de una breve charla con otros de los asistentes, Santiago nos hizo pasar a todos a una especie de salón de juntas con una gran mesa ovalada donde nos podíamos sentar todos viéndonos las caras.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/495/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>mar, 26 feb 2008 10:07:03 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 6s: Quinto Capítulo]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/272/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/648/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/648/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/648/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 6º: Quinto Capítulo</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 31 de marzo de 2008 · Leído <strong>71</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Buenos días a todos comenzó diciendo Santiago una vez que nos sentamos. Me alegro de que hayan podido venir. Siento haberles hecho esperar... Bueno, para qué voy a engañarles; lo he hecho apropósito para que fueran conociéndose un poco, aunque ya sé que muchos de vosotros ya os conocíais de hace tiempo.
»Para vuestra tranquilidad os diré que cuento con muchas más personas de las que hay aquí, sólo que no era necesario que vinieran y, además, la mayoría se encuentran muy lejos.
Después de echar un vistazo general a los presentes mientras escuchaba a Santiago, reconocí a un par de personas más. Uno de ellos no me sorprendió nada verlo aquí, ya que se trataba del director del museo. Había leído varios artículos suyos muy interesantes de divulgación científica; además también solía aparecer con frecuencia en programas de televisión, sobretodo en debates o programas de entrevistas; era un personaje muy conocido y respetado en todo el país. Tengo que reconocer que a mí también me caía bien, me parecía una persona muy sincera, que sabía de lo que hablaba y que no se cortaba un pelo a la hora de criticar y denunciar a nuestros dirigentes políticos por su falta de interés en temas relacionados con el medio ambiente o la salud pública. Él mismo, a través del museo, estaba involucrado en un importante proyecto de educación científica y medioambiental enfocado a los más jóvenes.
La otra persona a la que reconocí, sí que me sorprendió un poco más. También era una persona muy conocida e importante, de hecho, creo que en una ocasión oí que era la persona más protegida de todo el país y, sin embargo, aquí se encontraba, entre nosotros, como uno más. Se trataba del juez del Tribunal Supremo Alejandro Marcos. De todos los jueces, éste era el más comprometido en la lucha antiterrorista; sin duda era el que más delincuentes de esta calaña había encerrado, de ahí que estuviera tan protegido, por lo visto, recibía amenazas de muerte un día sí y otro no. Lo curioso, pensé, es que, si conoce a Santiago, también sabrá que es él el autor de los asesinatos recientes de terroristas; no creí yo que un juez de su reputación y probada ética permitiera semejantes actos por parte de un ciudadano, por muchos poderes que éste tuviera. Supongo que también estaba harto de tanta lucha inútil y casi sin resultado.
Antes que nada continuó diciendo Santiago tengo que agradecerle a mi amigo Luis que nos haya prestado las instalaciones de su museo para esta reunión. Supongo que todos conoceréis a Luis; él es el director de este museo y se ha prestado muy amablemente a ser nuestro anfitrión.
»Bien, no voy a perder el tiempo haciendo presentaciones, ya irán surgiendo éstas a medida que hablamos; además, ya tendréis tiempo para ir conociéndoos más adelante. Ahora no me gustaría aburriros, tenemos mucho de que hablar y poco tiempo para hacerlo.
»Imagino que estaréis ansiosos por saber lo que pretendo hacer con vosotros. Poco más o menos, todos os hacéis ya una idea de lo que se trata, la pregunta es cómo vamos a hacerlo. Pues bien, intentaré ir al grano, mi plan es muy sencillo; quiero presentarme ante el mundo como si fuera Dios.
Hizo una breve pausa, supongo que para comprobar la reacción de los presentes. Nadie decía nada pero me daba la impresión de que todos pensábamos lo mismo, o sea, que a este tipo se le había ido un poco la olla, se le había subido el poder demasiado a la cabeza.
No se preocupen dijo sonriendo, comprendo su reacción. Pero escuchen primero todo lo que tengo que decir y después juzguen por ustedes mismos. Verán como no estoy tan loco como ahora creen.
Había olvidado que es capaz de leernos el pensamiento. En fin, al menos ya sabía que no era el único que pensaba lo mismo. Lo mejor sería seguir escuchado, esto prometía ser interesante.
Empezaré por el principio. Supongo que todos recordaréis la pregunta que os hice, la de si preferíais un dictador impuesto por la fuerza pero que fuera justo y buscase la igualdad entre todos, o un gobierno democrático corrompido por el poder y dominado por el capitalismo. Todos disteis la misma respuesta por supuesto, la misma que daría cualquier persona razonable y con sentido común y la misma que di yo cuando me la formulé por primera vez, hace ahora unos ocho años.
»Fue entonces cuando empezó a fraguarse mi plan. Me di cuenta de que yo podía hacer algo, no podía quedarme impasible, de brazos cruzados, ante tanta barbarie y tanta injusticia; así que me puse a pensar. En un principio se me ocurrió la idea de dar una especie de golpe de estado a nivel mundial, por supuesto después de reclutar a un grupo de seguidores incondicionales lo más numeroso posible, que me apoyasen. Yo me encargaría de la fuerza y ellos de la logística, algo así como lo que vais a hacer vosotros ahora.
»Recordad las palabras de Aristóteles, con las que yo estoy completamente de acuerdo: El mejor de todos los tipos de gobiernos es el reinado, donde el rey sólo se fija en el interés de sus súbditos; no es verdadero rey si no es perfectamente independiente y superior al resto de los ciudadanos en toda clase de bienes y cualidades. Ahora bien, un hombre colocado en tan elevadas condiciones no tiene necesidad de nada, no puede pensar nunca en su utilidad particular, y sí sólo en la de los súbditos que gobierna.
También Aristóteles dijo que cuando un reinado se corrompe se convierte en tiranía, porque la tiranía no es más que la perversión del reinado, y el rey se convierte en tirano me atreví a decir, para mi sorpresa y la del resto de asistentes.
Exacto Pablo exclamó sonriendo. Ha habido muy pocos reyes a lo largo de la historia que hayan sido capaces de mantener durante todo su reinado esa justa razón y virtud tan alta de la que habla Aristóteles. Supongo que será cierto lo de que el poder corrompe. Además, aunque no fuese así, no se le puede imponer a todo un pueblo de la noche a la mañana una forma de vivir distinta a la que están acostumbrados, aunque ésta fuese mejor que la que gozan en la actualidad. Lo ideal sería proponer en vez de imponer, pero eso ya lo lleváis haciendo vosotros y muchos otros durante mucho tiempo con escaso resultado.
»En fin, la cuestión es que por estos motivos no podía simplemente limitarme a imponerme por la fuerza sobre tantos países y gobiernos elegidos democráticamente, así sin más. Acabaría siendo peor el remedio que la enfermedad; la mayoría de la gente no lo aceptaría, aunque les hiciese ver que lo hago por su bien, o mejor dicho, por el bien de sus hijos y el futuro de la especie humana. Porque de eso es de lo que se trata, del futuro.
»No crean que pretendo ser alarmista, ni que hablo por hablar. Teniendo en cuenta las circunstancias actuales del planeta, es fácil prever que nos espera un futuro muy negro e incierto; todos vosotros lo pensáis así, y se escucha continuamente por todos lo medios; problemas medioambientales, crecimiento excesivo de la población, epidemias, inmigración incontrolada, finalización de recursos imprescindibles en la actualidad como el petróleo, extinción de miles de especies animales y vegetales de las que nos servimos para sobrevivir, etcétera.
»Sí, ya sé que el hombre ha  sobrevivido en el pasado a muchas adversidades similares, e incluso les ha servido para mejorar y aprender. Pero, créanme, en esta ocasión es diferente. Como les dije antes, no hablo por hablar; no se trata de una simple previsión, se trata de algo más. El poder de clarividencia que poseo me hace ver el futuro con total claridad, y éste no es nada bueno. Si no actuamos ahora mismo y cambiamos el rumbo del planeta por completo, a la humanidad y a la gran mayoría de especies que pueblan el planeta, no les quedará más de cien años de vida.
»No les estoy hablado de quinientos ni de mil años, sinceramente, me importa muy poco lo que ocurra de aquí a entonces; soy consciente de que nada dura eternamente y, tarde o temprano, tendremos que extinguirnos para dar paso a otras especies, espero que más inteligentes. Les estoy hablando de que dentro de algunos años, treinta o cuarenta como mucho, en los que la mayoría de nosotros aún seguiremos vivos, y nuestros hijos estarán en la plenitud de sus vidas, la situación en el planeta será insostenible. En el que ahora conocemos por primer mundo, la violencia será desmesurada, lo que ahora se conoce por inmigración ilegal, pasará a ser una auténtica invasión imposible de controlar convirtiendo las calles en auténticos campos de batalla. Cuando la gente se mueve por hambre, no hay ejército, océano ni frontera que las pare. Sufriremos las consecuencias, de hecho, las estamos sufriendo ya, de lo que llevamos sembrando durante tantos siglos.
»Por si esto fuera poco, también la guerra entre las culturas judeo-cristiana y musulmana terminará estallando muy pronto y no habrá lugar en el mundo donde se esté seguro. Los pocos países verdaderamente desarrollados que existen en el mundo, me refiero a aquellos que han sabido mantenerse al margen de la corrupción y globalización tan brutal del resto, como son los países nórdicos por ejemplo, tarde o temprano, también terminaran sufriendo las inevitables avalanchas de inmigrantes y refugiados en busca de prosperidad y seguridad, provocando las mismas consecuencias que en el resto de países.
»A todo esto hay que sumarle la decadencia medioambiental, que traerá terribles consecuencias también para el ser humano, como son el aumento de desastres naturales producidos por el calentamiento global del planeta. Esto acarreará la huída de miles de personas hacia otras zonas más tranquilas y seguras, con lo que los problemas de que os hablaba antes se multiplicaran irremediablemente.
»En fin, podría seguir todo el día hablándoos del futuro que nos espera, pero creo que es suficiente con lo que os he dicho. Yo no sé vosotros, pero a mí no me gustaría para nada vivir en un mundo así.
Todos conocemos las consecuencias que pueden tener en un futuro las acciones que estamos llevando acabo en el presente apuntó el director del museo pensativo; pero lo cierto es que como nos lo has pintado, es para ponerle a cualquiera los pelos de punta. 
¿Hasta qué punto es fiable ese poder de clarividencia que dices que posees? preguntó un señor que estaba a mi lado ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no ocurrirán otros acontecimientos que cambien el rumbo del planeta hacia mejores perspectivas? Me refiero a que actualmente, por ejemplo, existen muchos adelantos con respecto a la obtención de energías limpias y renovables, también se están llevando a cabo muchos proyectos de limpieza medioambiental en la mayoría de los países, en general, la gente está más concienciada de que tenemos que cuidar el planeta, ya que es el único que tenemos.
Sí, tienes razón continuó Santiago. Pero no tienes en cuenta que todos esos proyectos y concienciación de que hablas, sólo se llevan a cabo en algunos países desarrollados, y el verdadero problema viene del resto de países, aquellos que están en vías de desarrollo o que pertenecen al tercer mundo, que dicho sea de paso, son la gran mayoría y, para colmo de males, no paran de crecer demográficamente debido al escaso o nulo control de la natalidad que tienen.
»También la guerra entre culturas empeorará esta situación enormemente, ya que los países desarrollados tendrán que dedicar casi todos sus recursos económicos y humanos para combatirla. Esto provocará un descenso brutal en el desarrollo de todo aquello que no tenga que ver con la guerra. Créeme, cuando ésta estalle, ningún gobierno pensará en el medioambiente ni en energías renovables. Además, se abandonarán aún más a su suerte a los países subdesarrollados y en vías de desarrollo agravando todavía más la situación.
»Por cierto, a la pregunta que me hacías sobre mi poder de clarividencia, por suerte o por desgracia, es bastante fiable. Yo no me quedaría sentado esperando a comprobarlo.
Si estamos aquí es porque aún estamos a tiempo de solucionarlo, ¿no es así? inquirió una mujer de mediana edad con acento extranjero; más tarde me enteré de que trabajaba en la ONU, para el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo.
Claro contestó Santiago, pero me temo que tendremos que darnos prisa; el conflicto entre Oriente y Occidente se va a recrudecer en este mismo año si no actuamos antes, dando pie a la guerra de la que os he hablado.
¿Piensas actuar contra los integristas islámicos como lo has hecho con los terroristas de nuestro país? preguntó otro de los asistentes, compañero de Yolanda en Hospitales sin Fronteras.
No, no, no, antes que nada tengo que dejar clara una cosa contestó Santiago con rotundidad. En esta batalla entre culturas en la que estamos inmersos, no existen dos bandos; no existe un bando bueno y otro malo. Lo que existen son personas buenas y personas malas; en todas las culturas y religiones hay canallas y depravados que sólo buscan su interés personal y que están deseando que se presente cualquier excusa para liarse a tiros con su vecino y así poder ampliar sus fronteras de dominio y poder
»Esto fue lo que ocurrió cuando atentaron en Estados Unidos contra la Casa Blanca y el Capitolio hace ahora cuatro años. Todos conocemos ya las ansias de poder y de imperialismo de su presidente republicano Larry Cóleman; después del atentado, aprovechado el afán de venganza de su pueblo, trazó con su gabinete el plan colonizador que tantas ganas tenían de llevar a cabo. Este plan constaba de cinco fases esenciales para controlar la zona del mundo que, hasta ahora, se les había resistido, precisamente los países donde se concentran las mayores reservas de petróleo que tanto necesitan.
»Empezaron con Afganistán, continuaron con Irak, y los siguientes en la lista son Irán, Siria y Arabia Saudí. La inesperada resistencia iraquí les ha supuesto un grave contratiempo, pero no les frenará; una vez que han puesto en marcha el proyecto, no hay marcha atrás. De hecho, ya han empezado con la propaganda anti-iraní, tal y como hicieron con Irak antes de la invasión.
»No es la primera vez que ocurre en el mundo algo así, ni será la última, seguramente. Están siguiendo los mismos patrones que han seguido anteriormente otros grandes imperios como el romano, el francés, el español o el británico; la diferencia es, que en esta ocasión, la invasión no es territorial como en los anteriores, sino económica. Se están asegurando puestos de privilegio en todo el mundo donde poder integrar sus productos y, al mismo tiempo, tomar lo que necesiten con un mínimo coste. Llevan haciéndolo así desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, tal y como predijo el presidente Eisenhower en su discurso de despedida en 1961, previniendo al mundo de los peligros del poder no autorizado bajo la forma de complejo industrial militar. Estas fueron sus palabras:
» Nos hemos visto obligados a crear una industria armamentística permanente de inmensas dimensiones; estos establecimientos dedicados a la  defensa han contratado de forma directa a tres millones y medio de hombres y mujeres; la influencia sobre la economía, la política e incluso el terreno espiritual se puede llegar a sentir en cada ciudad, en cada cámara legislativa, en cada despacho del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperante por la que se produjo este desarrollo, pero no debemos dejar de entender sus graves consecuencias. En los consejos de gobierno debemos protegernos de la adquisición de influencias injustificadas, ya sean buscadas o no por parte del complejo industrial militar. La posibilidad de un aumento de poder desastroso e inapropiado existe y persistirá.
»Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro los procesos democráticos y nuestra libertad. Si no controlamos al complejo industrial militar seremos testigos de la subida al poder de las personas inadecuadas, veremos a gente en la política que no tienen ningún tipo de responsabilidad con el votante.
»Esta es una de las afirmaciones mas profundas que ha hecho un  presidente de los Estados Unidos. También George Washington dijo que para proteger y mantener un imperio así, se necesita un ejercito permanente, pudiendo éste destruir la estructura del gobierno, que es el que trata de crear nuestra constitución que a su vez nos protege de la creación de una presidencia imperial.
 Quieres decir interrumpió el juez del Tribunal Supremo que el peligro más grave no viene precisamente de los grupos fundamentalista islámicos como todos pensamos, ¿no es así?
Exactamente. No cabe duda de que estos grupos son muy peligrosos y hay que acabar con ellos. Para terminar con un grupo terrorista, no basta sólo con matar o encarcelar terroristas, ya que por cada uno que muera, aparecerán cien más. Ese es el error que cometen todos los gobiernos. Para acabar con los grupos radicales hay que atacar a la causa raíz; la razón por la que se levantan en armas despreciando sus propias vidas y la de los demás.
»En algunos casos, este motivo no está tan claro, pero en el levantamiento de los musulmanes sí que existe una causa muy clara: la expansión colonial de Occidente, y más concretamente, de Estados Unidos. La creación del estado de Israel y la posterior permisividad por parte de la Unión Europea a su ilegal expansión, ocupando territorios pertenecientes a países islámicos, ha sido el mayor error que ha cometido el mundo civilizado en toda su historia, y ahora lo estamos pagando.
»Y lo peor de todo es que nos estamos dejando llevar sola y exclusivamente por decisiones económicas. Los famosos comités de expertos estadounidenses, por ejemplo, están formados por personas directamente integradas en el complejo industrial militar del que nos prevenía Eisenhower; y esas son las personas que están dirigiendo todas las decisiones que se toman en ese país y, en consecuencia, en el resto del mundo.
Una de esas decisiones fue la de darle, por parte de las dos cámaras del congreso, el poder al presidente Cóleman para iniciar a su antojo cualquier conflicto armado que creyera conveniente, incluyendo la utilización de armas nucleares si fuera preciso comentó un militar que se encontraba también en la sala. Por su atuendo, se veía que era de alta graduación, pero mi ignorancia en temas militares me impedía saber exactamente de qué se trataba. Tardó sólo seis meses en utilizarlo iniciando la invasión de Afganistán.
Por lo que estás diciendo, Santiago comenzó diciendo la atractiva reportera que conocí en la antesala, pretendes luchar contra todo el poder económico de Occidente, prácticamente. Estamos hablando de algo mucho más grave que matar terroristas. Podemos provocar una crisis mundial de consecuencias catastróficas.
Eso dalo por hecho le contestó Santiago; me refiero a lo de la crisis mundial. Pero aún no habéis escuchado mi plan, no saquéis conclusiones precipitadas. Si os digo todo esto antes de explicaros en que consiste mi proyecto, es para que comprendáis la gravedad de los problemas a los que nos enfrentamos. Tened una cosa muy presente, ante problemas graves, sólo caben soluciones drásticas. Este tipo de soluciones siempre perjudican a alguien, es inevitable, en este caso, y sin que sirva de precedente, el fin sí justifica los medios.
»Si queremos que haya más igualdad en el mundo, los que estamos más arriba, debemos irremediablemente bajar un poco, para que los que están más abajo puedan subir. Ya sé que a nadie le gusta bajar de escalafón, y se crearán muchas tensiones y situaciones violentas, pero habrá que hacer un esfuerzo sobrehumano, tarde o temprano, la gente comprenderá que tener menos cosas materiales no significa perder calidad de vida, más bien, todo lo contrario. Llevará tiempo, y muchas personas sufrirán mucho, e incluso tendrán que morir otras muchas, pero si mi plan funciona tal y como predigo, en cuestión de diez o quince años como mucho, o incluso antes, el mundo será un lugar donde de gusto vivir, mucho más tranquilo y seguro. Ese será nuestro objetivo.
Bueno Santiago dijo el director del museo aprovechando una pausa, ¿a qué estás esperando para contarnos tu plan? Te puedo asegurar que nos tienes a todos intrigadísimos.
Está bien contestó éste sonriendo, ya veo que estáis todos expectantes. Como os dije al principio, primero pensé en derrocar por la fuerza a aquellos gobiernos corruptos y dominados por el capitalismo que tanto mal están haciendo al mundo. Pero después comprendí que esta no podía ser la solución; la gente me vería como otra amenaza más, no podrían entender que un ser humano como ellos tuviese tanto poder, y me temerían, provocaría demasiadas inquietudes y situaciones imprevisibles e inseguras. Al mismo tiempo, verían a mis seguidores, o sea, a ustedes, como usurpadores. No tardarían en levantarse contra ustedes, sería muy difícil mantener la paz en tantos países al mismo tiempo en esas condiciones y, al final, habría que utilizar la fuerza en demasiadas ocasiones. No habríamos conseguido nada, la gente viviría asustada y con un sentimiento de inseguridad que no tardaría en explotar. Y tampoco me gusta mucho la idea de colocaros en una posición tan peligrosa; nunca me perdonaría el que os ocurriera algo malo por mi causa.
»En fin, después de pensarlo mucho, me vino la idea a la cabeza. Han sido muchos, y de hecho siguen siendo muchos, los que utilizan las creencias religiosas de la gente para fines determinados y, lo cierto es que, a pesar de los tiempos en que vivimos, sigue funcionando. Los musulmanes son capaces de morir por su Dios; lo judíos siguen pensando que son el pueblo elegido por Dios, y que éste fue el que les concedió las tierras que ahora poseen. Los católicos, por lo general, son los más difíciles de convencer, la mayoría han perdido la fe gracias a la expansión de la cultura y el conocimiento y, gracias también, por qué no decirlo, a una  Iglesia estrecha de miras que no ha sabido adecuarse a los tiempos; pero cuento con el dicho de `ver para creer`, supongo que también funcionará con ellos.
O sea, que iba en serio lo de hacerte pasar por Dios apuntó uno de los presentes sin disimular su sorpresa.

No me gusta parecer presuntuoso, pero tengo que admitir que a mí no me sorprendió nada; ya me había imaginado que ese sería su plan, sencillamente porque yo haría lo mismo en su lugar, si tuviera los poderes que él posee. Además, en cuanto vi las personas con las que contaba, supe que no podía ser de otra forma. Aunque, también reconozco, que todavía no tenía ni idea de cómo pretendía llevarlo a la práctica, teniendo en cuenta que, normalmente, la gente sólo cree en lo que les conviene, no basta con abrirles lo ojos aunque sea engañándolas hábilmente, es necesario además proporcionarles algo tangible, que les interese para vivir mejor, sobretodo en las culturas más modernas y desarrolladas que tan inmersos nos hallamos en el mundo del consumismo y lo material.
No lo tendría nada fácil para hacerles creer en algo que no les interesa creer. Y si ya era difícil de convencer a los más incrédulos, con la Iglesia lo tendría aún más difícil todavía. La alta jerarquía eclesiástica, o sea, el Vaticano, sería la mayor perjudicada con la aparición de un Dios real, como pretendía hacer Santiago. En cuanto viesen peligrar su tan privilegiada posición de supremacía en el mundo, lucharían encarnizadamente por mantenerla y se podían convertir en nuestros peores enemigos. Santiago tendría que ser muy astuto y hábil para mantener la situación bajo control.

Sí, ese es el plan exactamente, hacerme pasar por Dios continuó diciendo Santiago, respondiendo al tipo que le interrumpió. Ya sé que no será fácil, necesitaré usar todo mi potencial para convencer al mundo y espero que todo salga como lo tengo pensado.
»La idea se me ocurrió al leer La Biblia; el Dios que en ella aparece es un Dios cruel, un genocida casi. No tiene escrúpulos ninguno a la hora de asesinar a pueblos enteros, incluido mujeres, niños y ancianos; pasarlos a cuchillo lo llaman ellos. Fue así como consiguió que el pueblo de Israel dominara en unas tierras que no le pertenecían, exterminando sin ningún tipo de consideración a todo aquel que se le oponía, aunque fuese sólo en defensa de su territorio. Incluso estuvo a punto de aniquilar a su propio pueblo en varias ocasiones por motivos insignificantes; también mataba a sus propios sacerdotes por cosas como hacer sacrificios fuera de su tabernáculo y otras por el estilo. En definitiva, controlaba a sus seguidores induciéndoles el miedo al castigo.
»No es que yo crea en nada de esto, pero la cuestión es que la gente cree y adora a un Dios así. Afortunadamente después vino Jesucristo a poner las cosas un poco en su sitio, pero, aún así, los judíos, musulmanes y, en menor medida, los cristianos, siguen rezando a ese Dios tiránico de La Biblia.
»No os preocupéis, yo no pienso comportarme de esa misma manera. No tengo la intención de exterminar ni aniquilar a nadie que no se lo merezca realmente. Pero, si es necesario, sí que pienso utilizar ese miedo para hacer ver a los desalmados que sólo tendrán cabida en este mundo si cambian de actitud y se comportan de forma más justa y razonable. Haré ver a la gente que sólo tendrán motivos para temerme aquellos que sólo busquen su bien personal movidos por la avaricia y la codicia, aquellos que no sean capaces de respetar a sus hermanos, aquellos que no comprendan que todos los seres humanos somos iguales y tenemos los mismos derechos. No descansaré hasta que no compruebe que no hay ni una sola persona en este mundo empuñando un arma o pasando hambre. Ese es mi cometido, y el vuestro será mantener esa situación así durante el mayor tiempo posible, evitando que se vuelvan a cometer situaciones de injusticia.
Supongo que serás consciente del plan tan ambicioso que quieres acometer repuso de nuevo el director del museo. Parecía que se conocían desde hace mucho tiempo, a juzgar por la confianza con que se trataban. Yo no sabría ni por donde empezar.
Para empezar he desarrollado una especie de programa que pretendo seguir con vuestra ayuda continuó diciendo Santiago. A ver qué os parece.
»Grosso modo, consta de tres etapas bien diferenciadas e indispensables. La primera, y más difícil, sería la eliminación total de cualquier tipo de arma de fuego sobre la faz de la Tierra; por supuesto, esto es cosa mía, e incluye la completa desmantelación de toda la industria armamentística de todos los países, así como acabar con todos los conflictos armados del mundo. Después entraremos en detalles.
»La segunda etapa iría encaminada a la reconducción de todos los recursos económicos y humanos obtenidos por la primera etapa, para la erradicación del hambre y demás necesidades vitales en los países del tercer mundo. Para ello cuento con vosotros, Yolanda, y vuestra organización como principal valuarte. Sólo tendréis que hacer lo mismo que lleváis haciendo durante tantos años, con la diferencia de que ahora contaréis con todos los recursos necesarios, tanto económicos como personales, y la colaboración de todos los países. Para quien no conozca bien la ONG que dirige Yolanda, le diré que tiene la gran ventaja, y por eso los he elegido, de disponer de una perfecta estructura a nivel mundial, siendo capaces de proporcionar ayuda médica en cualquier rincón del planeta donde se necesite en un tiempo impensable para cualquier otra organización.
»En esta fase también se acometería la necesidad de que cada país explote sus recursos naturales, acabando con el expolio al que están siendo sometidas muchas naciones por parte de grandes multinacionales extranjeras, quitándoles el poco sustento de que disponen.
»Con la tercera y última etapa lo que pretendo es hacer simplemente que se cumpla la ley. Me explico; hay muchos países que tienen pendiente resoluciones establecidas por las Naciones Unidas. Hay que obligar a estos países a que las cumplan. También quiero reforzar a este organismo, al que todos lo países deben acogerse, para que siga siendo el que vele por la seguridad del planeta. Todos sabemos la teoría, lo único que tenemos que hacer es llevarla a la práctica. Me estoy refiriendo a la Declaración Universal de Derechos Humanos  promulgada por la ONU en diciembre de 1948; sencillamente tenemos que obligar a todos los gobiernos del mundo a cumplirla estrictamente, castigando duramente al que no lo haga.
»¿Y bien? preguntó Santiago después de hacer una breve pausa en espera de que alguien comentara algo. Os habéis quedado muy callados; ¿no os gusta mi plan? Si tenéis algo que decir, ahora es el momento.
Yo sí que tenía muchas cosas que decir, sobretodo muchas dudas. Todo aquello sonaba muy bonito, muy idílico, pero yo seguía pensando que imposible de realizar. Se necesitaría algo más que un milagro para dar a la humanidad semejante vuelco de ciento ochenta grados. Esperaba sinceramente que Santiago tuviera algún as debajo de la manga que aún no hubiera mostrado. De todas formas, actué con la prudencia que me caracteriza y esperé a ver la reacción de los demás. Quería creer que todos pensarían como yo.
El primero que se atrevió a hablar fue el militar.
Bueno, parece que lo tienes todo muy calculado y, francamente, espero que así sea porque yo sigo sin verlo muy claro. En primer lugar, cómo pretendes que se ejerza la seguridad si quieres acabar con toda la industria armamentística. Y, por otro lado, si dejamos que halla un ejército armado para protegernos, será cuestión de tiempo el que estas armas lleguen a manos indebidas. Yo veo esto muy complicado.
Comprendo tus recelos; ya dije antes que tendría que entrar en detalles, pero ya que me lo preguntas, intentaré responder a eso ahora. 
»No cabe la menor duda de que esta primera etapa de desarme general es la más complicada de todas, y llevará su tiempo llevarla a cabo por completo. Cuando he dicho que quiero acabar con todas las armas de fuego del mundo, es eso precisamente lo que quiero hacer; no quiero dejar ni una sola, ni la posibilidad de que se puedan fabricar. Si no existen grupos armados contra los que luchar, tampoco será necesario un ejercito armado que nos defienda de ellos.
»Por supuesto que no podemos dejar desarmados de repente a todo los ejércitos del mundo, esto sería un desastre. Habrá que llevarlo a cabo por etapas, empezando primero por las fábricas. Ya hay personas en varios países encargadas de darme una lista con todas las instalaciones dedicadas a la construcción de cualquier tipo de armamento; no pienso dejar ni una en pie.
»En segundo lugar me encargaré de desarmar, y si es necesario, aniquilar, a todos aquellos grupos insurgentes o ejércitos ilegales que actualmente campan a sus anchas por el planeta. Para ello cuento con la organización de Irene, Reporteros del Mundo. Esta organización está compuesta por cientos de corresponsales repartidos por todo el mundo. Allá donde hay un conflicto armado, hay un periodista de esta ONG; ellos serán mis ojos, me mantendrán informados de donde debo actuar, y estoy seguro de que me darán mucho trabajo.
»Por último, una vez conseguidos estos dos objetivos, llegará el momento de desarmar también a los ejércitos. Mi intención es dejarles provistos sólo de armamento antidisturbios; si todo sale bien, tendrán más que suficiente con eso.
Santiago, ¿qué ocurrirá con las miles y miles de familias que viven de la industria armamentística? quiso saber una señora que se encontraba sentada justo enfrente de mí. Me refiero a los trabajadores de las fábricas; ¿de qué vivirán entonces?
Pues no lo sé respondió éste para sorpresa de todos. Pero sinceramente, no creo que mueran de hambre; eso es algo que tendrán que solucionar los distintos gobiernos. Como ya he dicho, éste será un proceso muy costoso y doloroso para muchos; todos tendremos que hacer sacrificios, unos más y otros menos. Lo único importante es el objetivo final; con el tiempo, todas estas adversidades que irán surgiendo se solucionarán, no me cabe duda. 
»Ya sabemos que vendrán malos tiempo. Seguramente la economía sufrirá la mayor crisis de toda su historia, habrá motines y manifestaciones en todas las grandes ciudades, los grupos violentos aprovecharán estas circunstancias para actuar impunemente, y más consecuencias que habrá que ahora mismo no se me ocurren. Ya cuento con todo eso, pero, para mí, no son más que males menores que se solucionarán con el paso del tiempo y con la colaboración de todos. Puede que nos lleve años, pero finalmente conseguiremos lo que nos proponemos: librar a la humanidad de las injusticias y del inminente final que les espera.
También los soldados nos quedaremos sin trabajo apuntó de nuevo el señor vestido de militar.
Por eso no te preocupes le respondió Santiago, se necesitará mucha mano de obra para ayuda humanitaria. Hay muchos países que reconstruir; los ejércitos tienen un papel muy importante que cumplir en este proyecto, ya lo comprobarás.
Has mencionado los conflictos armados intervino esta vez Yolanda Ramos, pero en el mundo hay otros muchos problemas que merecen la pena resolver también, ya que causan mucho daño a la sociedad. Por ejemplo el narcotráfico, o el mercado con seres humanos, por no hablar de la explotación infantil. Supongo que también los tendrás en cuenta.
Por supuesto contestó Santiago, pero todo a su tiempo. Tenemos que establecer unas prioridades y, creo que las que he propuesto son las más sensatas. Además, si se cumple este programa, lo demás caerá por su propio peso, ya lo verás. Con la red de informadores que tengo repartidos por todo el planeta, no habrá malhechor que se escape de mis garras, te lo puedo asegurar.
Nadie parecía caer en lo que para mí eran las principales dudas del plan de Santiago, así que, muy a mi pesar, decidí intervenir.
Yo tengo dos preguntas que hacer. La primera es si tienes pensado avisar de alguna forma al mundo de lo que piensas hacer antes de actuar. Y la segunda, ¿qué pasará si te ocurre algo? Por mucho Dios que digas ser, tú sabes que te vas a convertir en el principal objetivo a abatir por parte de todos los bandos. Cuando nos conocimos me dijiste que sólo eras un ser humano como los demás, por tanto, mortal. 
»Si te ocurriera algo malo, Dios no lo quiera, dejarías al mundo en un estado lamentable, y sin ti, nada de esto se puede llevar a cabo, serás imprescindible.
Sí, esperaba esas dos preguntas contestó pensativo. Bueno, vayamos por partes. Por supuesto que tengo pensado avisar a todo el mundo antes de empezar. Como todos sabéis, la primera impresión es muy importante, así que tenía en mente hacer una presentación apoteósica; algo que no se olvide fácilmente y que no deje lugar a dudas de lo que pretendo, y cómo pretendo hacerlo. Mi intención es que todo el mundo piense que verdaderamente soy Dios o Alá o Jesucristo o como quieran llamarme, y que no pienso tener ninguna compasión con aquel que incumpla mis leyes, que no serán otras que las promulgadas en la carta de Derechos Humanos.
»Después del aviso y de haber dado un tiempo razonable, mi actuación será contundente. Os advierto de que no tendré piedad ninguna contra aquellos que infrinjan algunos de los mandatos, sobretodo con todo aquel que pretenda utilizar algún arma de fuego contra otro. Por desgracia, el miedo es el único sentimiento que puede hacer cambiar a la mayoría de la gente su forma de actuar; también Aristóteles habló de ello mejor que lo pueda hacer yo, en uno de sus tratados éticos diciendo: Con  relación a la multitud, los preceptos son absolutamente impotentes para dirigirla hacia el bien. Jamás obedece por respeto, sino por temor, no se abstiene del mal por un sentimiento de pundonor, sino por el terror de los castigos. Como sólo vive para las pasiones, sólo va en pos de los placeres que le son propios y de los medios que proporcionan estos placeres, apresurándose a evitar las penas contrarias. Pero en cuanto a lo bello y al verdadero placer, no tiene de ellos ni una simple idea, porque jamás los ha gustado. Y pregunto, ¿qué discursos, qué razonamientos pueden corregir estas naturalezas groseras? No es posible, o por lo menos no es fácil, mudar por el simple poder de la palabra hábitos de muy atrás sancionados por las pasiones.
»Para la susodicha presentación tengo que ultimar todavía algunos detalles. Ya os informaré cuando llegue el momento.
»Con respecto a la otra pregunta que me hacía Pablo, es verdad que soy un ser humano y que por tanto puedo morir, o me pueden matar. Ese será un riesgo que tenemos que asumir. Para vuestra tranquilidad, os diré que no es nada fácil que me maten. Os pondré un ejemplo; si alguien me disparara con una pistola por la espalda desde unos cuatro o cinco metros de distancia, antes de que la bala me alcanzase, yo habría sentido el disparo, me daría la vuelta, atraparía la bala y se la metería entre ceja y ceja al tipo que me disparó; éste moriría sin darse cuenta siquiera de lo que le había pasado. El secreto está en que yo me puedo mover en un espacio temporal distinto al del resto de los mortales. 
En ese mismo instante ocurrió algo increíble; Santiago desapareció de repente de nuestra vista y, cuando aún no habíamos terminado nuestras respectivas exclamaciones de sorpresa, al instante siguiente, entró como si tal cosa por la puerta que tenía detrás suya. Ya se pueden imaginar la reacción de la mayoría de los presentes, algunos incluso se levantaron de sus asientos sin comprender qué es lo que estaba pasando.
Tranquilos, vuelvan a sus asientos empezó a decir como si no hubiera ocurrido nada. Sólo quería demostraros lo que os acabo de decir. Para vosotros, yo he desaparecido y he vuelto a aparecer en otra habitación; pero no es así, mi poder no llega a tanto. Lo que he hecho es, simplemente, levantarme y salir por esa puerta para volver a entrar seguidamente, lo que ocurre, es que lo he hecho a una velocidad que vosotros sois incapaces de apreciar. Y esto es sólo una pequeña demostración; no me atrevería a decir que soy intocable, pero sí que os puedo asegurar que no seré un hueso fácil de roer para quien quiera intentarlo.
¿Qué clase de poder mental es ese? exclamó uno de los tipos que se habían levantado. En mi vida había oído hablar de nada parecido.
No sabría como explicarlo intentó responderle Santiago. Es algo que puedo hacer, simplemente. Supongo que cuando termine todo esto me tendré que poner en manos de algún físico teórico; seguro que ellos encontrarán alguna explicación sensata de todo lo que hago, auque, sinceramente, tampoco es que me importe mucho la explicación científica que puedan tener estas cosas.
»En fin, no quiero robarles más tiempo; ya es tarde y estoy seguro de que tendrán mucho trabajo que hacer. Dentro de una semana me reuniré aquí mismo con Pablo e Irene. Entre los tres prepararemos lo que será mi presentación ante el mundo. Necesitaré un buen discurso que se encargará de escribir Pablo y una buena cobertura mediática, eso es cosa tuya, Irene. Al resto ya les reclamaré cuando proceda; mientras tanto sigan ocupándose de sus asuntos como si tal cosa; no es necesario que os recuerde lo importante que es la prudencia.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/648/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>lun, 31 mar 2008 07:40:58 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 7s: Sexto Capítulo]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/272/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/649/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/649/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/649/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 7º: Sexto Capítulo</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 31 de marzo de 2008 · Leído <strong>73</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Decidí acabar la semana en la capital. Después de todo lo que había oído, prefería mantenerme alejado de mi rutina diaria y de todos mis conocidos; quería evitar cualquier tipo de distracción y, al mismo tiempo, dispondría de más tiempo para pensar tranquilamente en todo aquello, sin ninguna obligación que me apartara de ese cometido.
Tan sólo reflexionar. Precisamente ese es uno de los mayores problemas que tiene esta sociedad tan frenética, la gente no sabe pensar. Muy pocas personas son capaces de sentarse simplemente a pensar, a escucharse a sí mismas; supongo que será porque saben que no les va a gustar lo que van escuchar. Para la mayoría de la gente, el estar sentado o paseando sin hacer nada, aparte de pensar claro, lo consideran una pérdida de tiempo; creen que hay que estar haciendo algo físicamente por fuerza para ser útiles, o mejor dicho, sentirse útiles. Más de una discusión (pacífica por supuesto) he tenido con mis amistades a cuenta de esto; como ellos ven que suelo pasar mucho tiempo sin hacer nada, me suelen echar en cara que malgasto mi tiempo, y me dicen que ya les gustaría a ellos tener tanto tiempo libre como yo. Lo curioso es que la mayoría de ellos suelen utilizar ese tiempo libre que tanto me envidian en ver deportes por televisión (en vez de practicarlos), o escuchar las mismas noticias una y otra vez, o se pasan tardes enteras en las grandes superficies comerciales de tienda en tienda (la mayoría de la veces sin comprar nada, o al menos, nada útil), y cosas así.
Yo no les reprocho el que gasten su tiempo de esa manera, aunque para mí todo eso sea una pérdida de tiempo, si se divierten así, allá ellos. Sólo que me gustaría que ellos comprendieran que para mí, la reflexión personal supone mi fuente de inspiración más importante, teniendo en cuenta mi profesión, eso sin contar que es la actividad que más me distrae y mejor hace que me sienta; supongo que será defecto profesional, después de tantos años escribiendo en soledad.
Como ya he dicho antes, mi única tarea de esa semana sería reflexionar sobre todo lo que nos había contado Santiago. Tal y como lo había explicado, parecía un plan muy bien calculado y pensando, e incluso sencillo, dentro de lo que cabe. A  mi parecer, el éxito de toda la operación dependía sola y exclusivamente de los poderes que él decía tener y el uso que estuviera dispuesto a hacer de ellos; lo cierto es que la demostración que llevó a cabo en la sala fue algo increíble. Yo no tenía ni idea de hasta donde podía llegar, pero la verdad es que tenía confianza en él (que remedio me quedaba), y me alegraba el hecho de formar parte de todo aquello. No estaba muy seguro del completo éxito de Santiago, tal y como él pretendía, pero sí que estaba seguro de que algo bueno saldría de todo esto y, como poco, al menos, sacaría una buena historia que escribir.
No dejaba de pensar en la presentación que quería hacer ante todo el mundo y en las palabras que había mencionado: presentación apoteósica. Me suponía que ya tenía algo en mente, además, comentó que tenía que ultimar algunos detalles. Por más que pensaba no se me ocurría de qué se podía tratar. Tengo que reconocer que me daba un poco de miedo; pretender convencer al mundo entero de que se es Dios, no es tarea fácil, y tampoco podía olvidar las veces que mencionó lo de utilizar el miedo al castigo. Algo me decía que no me iba a gustar mucho lo que se le había ocurrido, y para colmo, era yo el que tenía que escribirle lo que iba a decir ante el mundo entero.
Lo que sí que tengo que confesar que me gustaba, era la idea de trabajar tan estrechamente con Irene. A parte de ser una mujer muy atractiva, era una persona encantadora y muy sensata; tenía razón Santiago cuando dijo que teníamos muchas cosas en común (lo digo por lo de sensata, no por lo de encantador). Ella albergaba las mismas dudas que yo sobre el plan de Santiago, pero estaba dispuesta a colaborar en todo lo que éste le pidiera; también ella había decidido poner su confianza en ese hombre, a ver hasta donde podía llegar.
La actitud del mismo Santiago también ayudaba mucho a concebir esperanzas. Jamás había conocido una persona así; y no lo digo por los poderes que tiene, eso es obvio, lo digo porque era un hombre que basaba todas sus acciones en la justa razón, parecía una persona de una virtud intachable, aunque muchos no opinarían lo mismo después de saber lo que hizo con esos terroristas; y al mismo tiempo, era una persona enérgica y decidida; inspiraba mucha confianza. Cualquier persona con la suma de estas cualidades es capaz de acometer con éxito todo aquello que se proponga, ya que alguien así suele tener los pies muy bien puestos en el suelo, y nunca sería capaz de intentar emprender algo para lo que sabe que no está capacitado, arriesgando con ello la integridad de otras personas, como era el caso.
Y por si todo esto fuera poco, también había que tener en cuenta las personas que había buscado para desarrollar su plan. Había implicado a muchas personas importantes. Personas que, sin duda, nunca arriesgarían su carrera ni su trayectoria profesional embarcándose en un proyecto tan descomunal como éste y tan peligroso, con los ojos cerrados. Además, también era gente muy ocupada, que no estarían dispuestas a perder el tiempo así como así. Claro que, si Santiago en verdad poseía el poder de conocer perfectamente a una persona con sólo mirarla, esto le habría facilitado mucho la labor; iba sobre seguro, y esto era algo que daba mucha confianza, la verdad.
Durante esos días estuve también muy pendiente a las noticias, quería estar bien informado de la marcha de los acontecimiento en el mundo; quizás lo necesitase para redactar el discurso de Santiago, que era algo que no me podía quitar de la cabeza. 
El caso es que comprobé que la noticia principal seguía siendo, como no podía ser de otra forma, la aparición de los cadáveres de los terroristas asesinados por Santiago, a pesar de que hacía ya casi dos semanas que no aparecía ninguno. Resultaba bastante irónico el observar las distintas interpretaciones que le daban a los hechos cada medio de comunicación, dependiendo de su ideología política, así como los mismos políticos, dependiendo de si estaban en el gobierno o en la oposición. Todos intentaban sacar tajada de lo ocurrido, como siempre, manipulando descaradamente la opinión de los ciudadanos de a pie. Sería divertido ver sus reacciones cuando hiciese acto de presencia nuestro particular Dios; algunos correrían a esconderse en algún recóndito agujero.
Y para colmo, al cuarto día de la reunión en el museo, ocurrió algo que muchos ya esperábamos. El grupo terrorista difundió un comunicado anunciando una tregua permanente. Yo me preguntaba qué significaba la palabra ´permanente´ en boca de unos criminales, supongo que hasta que ellos creyeran conveniente, teniendo en cuenta que, ni entregaron armas, ni entregaron a los fugitivos buscados por la justicia, ni tan siquiera, renunciaron a sus ideales independentistas; esos ideales por los que llevaban más de cuarenta años matando, atentando y extorsionando a los ciudadanos de este país.
Estaba claro que Santiago había conseguido asustarlos de verdad. No comprendo como se puede ser tan hipócrita; venir ahora con lo de tregua permanente, cuando todo el mundo sabe que están completamente derrotados y sin posibilidad ninguna de conseguir nada de lo que se habían propuesto. Y el caso es que aún seguían exigiendo al gobierno y a la nación un acuerdo entre todos los partidos políticos, donde se tuvieran en cuenta sus demandas; era increíble lo que había que escuchar.
Pero lo más grave de todo era que, tanto el gobierno, como la oposición, como la prensa y los medios de comunicación, les seguían el juego. El mismo día que salió el comunicado se armó un revuelo increíble en todo el país; todo el mundo estaba expectante a ver cual sería la reacción de cada líder político; empezaron todos a reunirse, a hablar de acuerdos, de hojas de rutas,... Yo no podía salir de mi asombro; o sea, hace sólo unos días no se podía ni oír hablar de negociaciones con terroristas y, sin embargo ahora, ya sí que se podía negociar con ellos, ya no eran terroristas, ya no importaba el que llevaran cuarenta años sembrando el terror en todo el país. Ahora lo único importante era salir en la foto de lo que habían llamado Proceso de Paz; qué ilusos, proceso de paz, como si alguna vez hubiera habido una guerra. Escuchando a algunos de nuestros representantes parlamentarios, daba la impresión de que teníamos que estar agradecidos a los criminales por perdonarnos la vida. Al final iban a conseguir lo que querían, entrar con sus ideales de independentistas radicales en el proceso político democrático del país con todas las de la ley.
Sinceramente, yo no entendía nada; no comprendía como se podía estar tan ciego. Nadie parecía acordarse ya de los más de mil muertos en estos últimos cuarenta años, ni de la cantidad de explosivos que habían robado últimamente, ni de las armas que se sabía que habían adquirido ilegalmente en la antigua Yugoslavia, ni de la cantidad de individuos pertenecientes a esta banda que se encontraban en busca y captura por la justicia, ni de la enorme cantidad de dinero que habían conseguido recaudar en los últimos meses a través de la extorsión a empresarios.
De nuevo me volvía a sentir como un bicho raro. A mi humilde entender, los únicos que tenían algo que hablar con esta banda de matones eran los jueces y fiscales, y sin embargo, allí estaban todos nuestros representantes políticos hablando de acuerdos y de posibles actuaciones futuras con estos criminales.
Nadie parecía entender que precisamente era ahora, cuando estaban derrotados, cuando tenía que actuar la justicia más duramente contra ellos. Con un simple comunicado habían conseguido darle la vuelta a la tortilla por completo. El único que podría decir que el terrorismo había llegado a su fin en este país era el tiempo, y parece ser que nadie estaba dispuesto a dejarle hablar; por el contrario, todos los medios de comunicación competían entre ellos con una incesante lluvia de especulaciones y valoraciones de todo tipo. Incluso una de las principales cadenas de televisión se puso en contacto conmigo a través de mi editor (a parte de mis amigos y familiares, era el único que conocía mi número de teléfono personal) para que participara en uno de sus programas de debate sobre el fin del terrorismo. Por supuesto, contesté que no.
No era la primera vez que intentaban reclutarme para alguna de estas pantomimas televisivas (como yo las llamaba) que tan de moda se habían puesto últimamente. Siempre era lo mismo; un grupo de personas en un bando y otro grupo en el bando contrario. Cada uno llevaba ya su idea preconcebida e intentaba por todos los medios convencer al resto de que su punto de vista era el correcto. Por supuesto que nunca nadie convencía a nadie, entre otras cosas, porque normalmente nadie se preocupaba por escuchar a los demás, sólo se limitaban a defender su idea. En alguna ocasión incluso, se da el caso de que se ponen a discutir acaloradamente dos de los contertulios, cuando los dos están diciendo lo mismo prácticamente, sólo que utilizan palabras diferentes, cambiando en sus respectivos argumentos algún matiz sin importancia. Cosa que prueba lo que decía antes de que no se suele escuchar a los demás, sólo lo que nos conviene, y que nuestro único afán es convencer a todo el mundo de que yo llevo razón y los demás están equivocados.
Tanto habían proliferado este tipo de programas que yo solía decir que se había creado una nueva profesión: la de debatista. Refiriéndome a toda esa multitud de profesionales, desconocidos hasta hace poco, que se dedicaban a ir de debate en debate, en cualquier canal de televisión y sin importar de qué se tratase el tema a debatir. Era penoso comprobar en qué se había convertido el derecho de libertad de expresión por el que tanto se había luchado hasta hace bien poco; muchos incluso tuvieron que dar la vida para que ahora pudiéramos disfrutar de él (si levantasen la cabeza...).
En fin, el lado positivo era que todo esto me serviría para motivarme aún más en nuestra lucha particular de la mano de Santiago. Pronto comenzaría la auténtica batalla por la paz y todo esto pasaría a un segundo plano. Ese era mi consuelo en este momento; Santiago sabría poner en su sitio a cada persona. Cuando todo comience no habrá lugar para las hipocresías ni para lo políticamente correcto; a cada cosa se la llamará por su nombre, y al que le guste bien y al que no que corra a esconderse. Estaba seguro de que disfrutaría con todo lo que iba a pasar.
Así transcurrió la semana, entre revuelos políticos, valoraciones de todo tipo por parte de la prensa, cavilaciones por mi parte, paseos al amanecer y al atardecer, almuerzos en el restaurante de la esquina, y poco más.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/649/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>lun, 31 mar 2008 07:42:38 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 8s: Séptimo Capítulo]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/272/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/650/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/650/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/251/pasajes/650/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 8º: Séptimo Capítulo</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 31 de marzo de 2008 · Leído <strong>76</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Tengo que reconocer que si estaba deseando que llegara este día, no era sólo por conocer el plan de Santiago para su presentación, sino también porque había quedado con Irene a primera hora en una cafetería, para cambiar impresiones antes de acudir a nuestra cita en el museo con Santiago.
Yo había intentado que nos viéramos durante estos días con la excusa de hablar sobre todo aquello pero, para mi decepción, me dijo que iba a estar fuera, muy ocupada; tenía que resolver algunos asuntos profesionales antes de poder dedicarse al cien por cien en la tarea que nos aguardaba. Así que tuve que contentarme con hacer volar mi imaginación sobre nuestra futura relación mientras llegaba este día.
Como no me gusta hacer esperar a nadie, y menos a una mujer atractiva, me presenté muy temprano en la cafetería. De nuevo volvió a sorprenderme, ya que ella se encontraba allí esperándome, dando al traste con la impresión que yo pretendía conseguir de hombre madrugador y preocupado. Estaba haciendo algunas anotaciones en una libreta cuando me vio aparecer.
Vaya, buenos días me dijo con una hermosa sonrisa. Un día precioso para empezar a salvar el mundo ¿no crees?
Hola Irene contesté un poco cortado por su naturalidad. Sí, ni que lo digas; llevo una semana que no duermo esperando que llegase el día de hoy.
Yo también he estado pensando mucho sobre todo esto me dijo después de pedir un café para cada uno y un par de tostadas. Tenía muchas ganas de hablar contigo. Me gustaría saber cual es tu opinión sincera sobre Santiago y todo su proyecto.
Pues verás empecé a responderle intentando parecer lo más sincero posible, yo no estoy muy seguro de que sea capaz de hacer todo lo que dice, pero su intención es muy buena y, además, él parece que sí que está convencido de que todo irá tal y como lo ha planeado, y eso es bueno. Si ha sido capaz de convencer a tanta gente importante, por algo será.
Hay que reconocer que sus poderes son bastante persuasivos. Supongo que todos pensaremos más o menos lo mismo, que merece la pena intentarlo. Yo no dejo de imaginármelo; sería como una utopía. Un mundo sin violencia, sin armas, sin tantas desigualdades entre seres humanos, sin que miles de personas tengan que morirse de hambre todos los días. Es como un sueño, demasiado hermoso como para que se haga 