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    	<title><![CDATA[Periplo en Literativa]]></title>
    	<link>http://www.literativa.com/historias/291/</link>
    	<description><![CDATA["De hecho, cuando Japhy llegue a la cima de esa cumbre, 
seguirá subiendo, lo mismo que el viento que sopla. 
Pero este viejo filósofo se quedará aquí. -Y cerré los ojos-.
 Además - pensé-, descansa y no te inquietes, 
no tienes que demostrar nada a nadie" 
Jack Kerouac "Los vagabundos del Dharma"]]></description>
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      		<description><![CDATA["De hecho, cuando Japhy llegue a la cima de esa cumbre, 
seguirá subiendo, lo mismo que el viento que sopla. 
Pero este viejo filósofo se quedará aquí. -Y cerré los ojos-.
 Además - pensé-, descansa y no te inquietes, 
no tienes que demostrar nada a nadie" 
Jack Kerouac "Los vagabundos del Dharma"]]></description>
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	<title><![CDATA[Pasaje 1s]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[modestoh]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/273/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/291/pasajes/502/</link>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <td width="100%" style="font-family: Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:13px;color:#000000;">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/291/pasajes/502/" style="font-family: Georgia, Times New Roman, Times, serif;font-size:20px;text-decoration:none;font-weight:normal;color:#CC0000;">Pasaje 1º</a></div>
    <div style="color:#999999;">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/273/">modestoh</a> el 03 de marzo de 2008 · Leído <strong>47</strong> veces</div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Inicio mi periplo interno en lo que tomo un Express en un Café al aire libre.
Leo un artículo sobre Kerouac recreando su iniciático viaje por el desierto mexicano.
Al lado de mi mesa se encuentra un tipo ruidoso, muy en su mundo de seducción con pláticas cotidianas de dinero.
Enfrente de mí, molestándome,  se encuentran los dos libros de física que estoy leyendo desde hace varios meses.
Una mujer etérea y virtual me espera en el otro lado del mundo.
Enciendo un cigarrillo y me acuerdo de Los detectives salvajes de Roberto Bolaños, aún presente, quizá buscando muertos perdidos en algún universo poblado de hoyos negros y planetas imaginarios.

Este es el primer escenario del inicio de mi viaje.

Las palabras se me atragantan entre las bocanadas de humo de mi último cigarro.
Espero el momento preciso en que alcance el recorrido de las metáforas, el trayecto de lo resuelto para solucionar el poema.

Se encuentra un testigo de mi partida, anónimo,  con un nombre que no me dice nada, esperando que me suba a las palabras para acelerar mi viaje.
Me observa, como los fantasmas supongo que lo hacen, cuando nos miran inocuos sin alguna pasión saliendo de lo que pueden ser sus ojos.

Las letras desordenadas con las frases que se alargan por instantes en que el tiempo se contrae, me recuerdan el periférico de la ciudad de México.

La paz, es una palabra hueca; es subjetiva, anímica, con varias interpretaciones; me subo a ella, pero es como viajar a todas partes que me conducen al mismo sitio; es encontrar en esa búsqueda de la nada, una profunda salida en medio de un universo real, el viaje externo de las paradas al infinito, mientras el fantasma en otro lugar me recuerda que el tiempo no es la vida, que el tiempo no es el cuaderno sin notas
Al contrario:

Que el espacio es otra palabra que alberga paradójicamente el vacío.
Porque como escribía Octavio Paz en Posdata con otras palabras: Las cosas nos llenan de nada.

Fluyo en el diccionario, me reflejo en la sección de palabras no dichas, Viajo con mis pensamientos a las mesetas alargadas, en donde el sol no Puede esconderse de la noche.

Las historias me dejan, abandonan con rapidez el autobús que me conduce a la  terminal de lo no resuelto.
Ellas se quedan con las palabras: vida, muerte, existencia, deseos, utopía, metas, objetivo y un centenar de sinónimos y frases compuestas.

II

He cambiado el Express cortado por un buen ron, el Café con la brisa del mes de febrero en un lugar perdido cerca del mar, por un cuarto, en estos momentos, atosigante, en el que habitan los diccionarios y los electrones, los gusanos que en ocasiones se transforman en grillos y lagartijas, rodeado de imágenes que se desvanecen en este transcurrir de verbos y metáforas (hay una fotografía en donde uno de los habitantes de este cuarto se encuentra rodeado de vendedoras juchitecas en un mercado que por ese entonces, la dulzura del zapoteco se confundía con las canciones de Silvio Rodríguez y posiblemente Don Genaro, Carlos o Don Juan se encontraban intercambiando algunas cosas de poder).

El piano de George Winston, Dead can Dance y Janis Joplin, también son un conglomerado de signos que el fantasma me proporciona para alcanzar a otras palabras.

Kerouac (el responsable de este periplo, tierra adentro) me recuerda el recorrido por las autopistas del rompimiento antes de que se convirtiera al budismo.

Me estaciono entre un sin fin de libertades que como mariposas en otoño, emigran a los sitios de poder que la droga invadió y la estupidez que abunda en todas partes.

Aquí tampoco se encuentra la palabra amor, solo el continuo vaivén de las partículas de la melancolía que me regresa a aquellos años en que caminar por las calles era sinónimo de ser libre, mientras se escuchaba Ey Jude por las ventanas, sin querer encontrar el camino de regreso a casa.

Aquellos días en que llevar el pelo largo no era solamente dejar crecer el cabello, y fumar un porro, un "chuvi", o un toque, no era lo mismo que comenzar el atracón después de un par de chochos para que al final no pasara nada.

La melancolía era otro gusano que los diferentes sinónimos de libertad miraban con malos ojos.

Pero ponto abandoné la terminal de las utopías y los cronopios, aquellos personajes tan reales que fueron descubiertos por Cortázar, me estaban esperando en la próxima estación al infinito (como que si no supiera que tampoco existía).

Una lánguida voz de trompetas y sonidos onomatopéyicos, se encontraban en la entrada, sabían que la nada era la recompensa, o ese tiempo alargado, escurrido, como la cámara de niebla de Wilson de un experimento de partículas ridiculizado por los granos del polen.

Metáforas tras metáforas que se encontraban agazapadas, escondidas dentro del modelo para poder entender al mundo.

Que es la luz, me preguntaban. ¿Que es el contrastante mundo de una tierra con niños muriéndose de hambre o sed? sin poder cuestionarse que es el tiempo, como pequeños cronopios que desmoronaban los principios de cualquier religión, de querer creer en otros mundos de la abstracción de la idea, mentes vacías, pensar sin estar pensando y poder seguir preguntando lo que es (que se puede decir de lo que es) y tratar de comprender las expiaciones con un buen juego electrónico.

III

Escucho a Nirvana, a CoDoNa en su tercer álbum y me detengo en mi periplo. También quiero abandonar el autobús junto con los cronopios (el cantante de rock y el chamán, el propio grito, ese lamento de Devorzhum en Dead Can Dance y un buen toque para olvidarse de las reumas mentales)

Sin embargo continúo en este viaje interno, antipoético, antirecuerdos que no se han ido desde que no pude encontrar el camino a casa y emerge la magia con Blid Faith y estos años que se detienen como sanguijuelas medicinales en esas persistentes ideas de lo que es efímero, y seguir el camino del matadero.

Hay una parada que me anuncia el conductor, otro cronopio que salió de un cuento de Cortázar, y es un lugar parecido al manicomio, donde se encuentran: mi otro Yo, el verdadero , mis amigos que el tiempo no pudo arrebatarles su existencia, que para efectos de interpretación en este lado de la luna o el mundo en que se refleja, o se observa, pueden ser bluseros, poetas, prostitutos, marginados, guerrilleros, navegantes; miembros de Grean Peace, cronistas de lo efímero (el Koyote se coló en este relato), personajes de cualquier cuento, mariachis buscando la tocada a la salida de un antro.

La muerte, y no el fantasma que me acecha constantemente en este viaje, me advierte que no pudo bajarse y que al final, antes de alcanzar a mis competidoras y a pesar de los soles de otros universos paralelosella va a ganar.

El lamento (otra vez Devorzhum), la voz de un niño, las estupideces de los Bush, las mujeres, el idiota juego de las levantadas y los levantones, de las tocadas y las quedadas, la distracción enajenante de las noticias fatídicas, las casiadiario, los premios Grammy, los Oskares, el reguetón, me quieren atrapar en un juego en que alguna película mexicana de los setentas como Las Ficheras, es la que impone sus reglas.

El torbellino de palabras encontradas (alcanzadas), las interrupciones, mis novias inexistentes, palabras-objetos-norecuerdos, me presionan para entender que esto tiene que acabar y me evado del juego, por la nota de otra "canción de las estrellas", me voy, no se de mi, viajo, no hay nadie, solo el testigo de la nada y por un instante como alguna vez con Bourée (de Jethro Tull), me escapo con el humo del lamento de lo que no fuimos, ni somos, ni seremos</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/291/pasajes/502/" style="text-decoration:none;font-weight:bold;color:#235689;">Leer más...</a></div>
    </td>
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	<pubDate>lun, 03 mar 2008 18:04:03 GMT</pubDate>
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