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    	<title><![CDATA[Huyendo de la vida en Literativa]]></title>
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	<title><![CDATA[Pasaje 1s]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Pedro]]></name>
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    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/272/">Pedro</a> el 04 de abril de 2008 · Leído <strong>51</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él.
Miguel se volvió a embutir pesadamente en el desvencijado catre escupiendo maldiciones a la noche. No había nada que le molestase más que le interrumpiesen el primer sueño; sabía por experiencia que tardaría en volver a sumergirse en el reparador letargo nocturno, sobre todo aquella noche, la primera que pasaba en su triste habitación después de dos años largos vagando sin rumbo fijo por cuartuchos aún más sórdidos y polvorientos, aquellos que su exigua economía podía poner a su alcance. Y todo por un solo error. O quizás no. Miguel empezaba a comprender que sólo podía ser el orgullo de especie dominante el que le hiciese creer que podía ser responsable de los avatares fortuitos que el destino hacía cruzar una y otra vez por su insulsa vida humana; sólo una criatura presumida y arrogante como el hombre podría pensar que es de verdad libre de decidir su oscuro futuro. Estúpidos ignorantes.
El efecto hipnotizante de las titilantes luces de neón del exterior invitando insistentemente a fumar Winston americano empezaron a ejercer sobre los párpados pesados de Miguel sus adormecedoras consecuencias, cuando, de repente, un aterrador pensamiento atravesó su cerebro como un rayo en la media noche, haciéndole saltar de la cama, alejando para siempre el sueño y la calma. ¿Cómo he podido ser tan estúpido?, pensó con rabia mientras una palabra se dibujaba tenuemente sobre sus apretados labios: Trampa.
El largo tiempo que había pasado lejos de la realidad sucia y hostil de su mundo, le habían aletargado los reflejos y la razón, convirtiéndolo en un ser vulnerable, como tantos otros, y colocándole en una posición muy peligrosa. Cómo podía haber supuesto que esa clase de tipos se hubiesen olvidado de él tan fácilmente; gente así nunca olvida; no descansan jamás hasta que no ven pagadas sus deudas. Entonces lo vio claro; habrán pagado a alguien para que llame cada noche, y yo, como un capullo novato, me he delatado a las primeras de cambio. En cuestión de segundos se vistió con los raídos vaqueros, la camiseta sucia y las zapatillas deportivas gastadas que constituían todo su atuendo desde hacía semanas. Lamentándose por haberse deshecho tan prontamente de su vieja pipa, dio un salto felino hacia la puerta del apartamento cuando, una acuciante sospecha le paralizó la mano que ya atenazaba el picaporte. Ruidos de pasos precipitados al otro lado. Miguel sabía que este edificio era a todas horas un hervidero de actividad humana poco prudente, pero también conocía la rapidez con la que actuaban los hombres que le buscaban. No podía cometer un nuevo error, pero tampoco tenía tiempo para pensar. Se giró y voló hacia la ventana de la parte trasera; la oscuridad del callejón le proporcionaría refugio. Un par de pasos en la cuerda floja de la cornisa y un pequeño salto hacia la escalera de incendio le ayudarían a franquear los tres pisos de altura que le separaban de la salvación. No había problemas, ya lo había hecho otras veces.
Apenas había podido sortear el primer tramo de la oxidada escalera metálica cuando sus experimentados oídos volvieron a ponerle en alerta. Un chirriar de neumáticos en la misma boca del angosto callejón. Todo el mundo sabe que un sonido así sólo puede significar una cosa. Por el rabillo del ojo los vio salir de un enorme coche del color de la noche; gabardinas oscuras, sombreros negros, no había tiempo para pensar. Como una rata asustada Miguel saltó de nuevo al interior del edificio por un pequeño ventanuco que daba al pasillo de la segunda planta. No pensaba, sólo corría. Se asomó por la baranda: gabardinas oscuras y sombreros negros subían alborotadamente; la azotea se convirtió entonces en su salvación. Intuyó que en breves momentos se convertiría en una nueva ratonera, pero eso sería después, en aquel momento no había tiempo para pensar. Saltó los escalones de dos en dos; tres, cuatro, cinco plantas; el corazón le golpeaba con insistencia, pero éste, desde su oscura oquedad, no podía adivinar lo que ocurría fuera, en el mundo real, donde se muere o se mata porque sí, porque así son las cosas. Miguel alcanzó la pequeña puerta que corona el edificio, seguro que está cerrada con llave, se atrevió a imaginar. La empujó con fuerza y ésta cedió; respiró aliviado al tiempo que una bocanada de aire frío y húmedo procedente del cielo estrellado le daba las buenas noches. El sudor se le heló, pero no había tiempo para pensar. Su mirada se movió a mayor velocidad que su vista, la cabeza giró y giró, oscuridad y amenazas, amenazas y oscuridad; los cuatro puntos cardinales presentaban el mismo aspecto desalentador. Volvió a correr sin pensar y sin escuchar al atormentado corazón que le gritaba con más fuerza desde el interior de su oquedad. Ahora no hay tiempo, después. El edificio que se le presentó ante sus ojos era algo más bajo, unos dos metros de distancia, quizá tres. No había problema, sólo sería un salto sin importancia. Tomó carrera mientras oía los precipitados pasos a su espalda; gabardinas oscuras, sombreros negros; no había tiempo para pensar. Corrió, saltó, eran más de tres metros, puede que hasta cuatro, no se sabe, qué más da. Cayó a varios metros del pretil; entonces fueron los pies y el hombro sobre el que había rodado los que le gritaron, déjalo ya, todo esto es una locura, no hay salvación. Pero no había tiempo para escuchar, qué sabrían ellos. Miguel continuó corriendo entre un bosque de humeantes chimeneas ennegrecidas y antenas oxidadas. Su corazón se volvía más osado por momentos, si no lo dejas ya seré yo quien lo haga, le amenazó, ya no eres el jovenzuelo inquieto e indomable de hace unos años. Pero no había tiempo para pensar.
Sólo un metro le separaba de la puerta de chapa que se había convertido por entonces en su salvación, cuando sintió junto a su cabeza un silbido escalofriante al mismo tiempo que vio saltar frente a sus ojos un trozo de ladrillo de la pared que ya tenía a su alcance. Armas con silenciador, esta gente piensa en todo; así evitarán la llegada de la policía entorpeciendo sus quehaceres. En aquel momento fue cuando su corazón, piernas y músculos encontraron un aliado excepcional; también se les unió el cerebro. Estás perdido, no hay nada que hacer, este disparo ha pasado cerca, el próximo será definitivo. Pero la pequeña portezuela se abrió y cobijó a Miguel tras de sí. No había tiempo para pensar, sólo para correr.
Más escaleras. Sus pulmones protestaron furiosamente, no puedes seguir. Pero no había tiempo para pensar. Saltó los escalones de tres en tres. Cuarta planta, tercera, segunda, primera; sus ojos se levantaron mientras giraba bruscamente entre dos tramos de escalera; gabardinas oscuras, sombreros negros. No había tiempo para pensar. El portal salvador ya estaba a su alcance, un último empujón y podría perderse en la oscuridad de la noche. Allí estaría a salvo.
Pero en esa ocasión la noche le saludó con un terrible golpe en la cabeza que lo derribó sin remedio contra el sucio suelo acerado, haciéndole perder a un tiempo la conciencia y la libertad.
Cuando sus ojos se abrieron a la vida y su mente a la realidad, la totalidad de su cuerpo se  puso de acuerdo para gritarle ya te lo advertimos. El dolor de la cabeza era punzante, casi insoportable, pero la negrura del cañón de una Magnum a un palmo de distancia era motivo más que suficiente para no pensar en ello. Al fondo del brazo que la sostenía, el rostro indolente de Toni el Gordo.
Sa... sabes que fue inevitable, Toni consiguió articular Miguel con un hilillo de sangre corriéndole por la comisura de la boca. Tu hermano venía a por mí, tuve que hacerlo, no me dejó otra opción.
Mi hermano era un desgraciado dijo Toni impasible sin apartar el arma, merecía morir.
Un rayito de esperanza cruzó la mente de Miguel durante un breve instante.
También tú eres un desgraciado, Miguel continuó el mafioso con el mismo tono de voz inexpresivo. Y también mereces la muerte.
El rayito se esfumó tal como vino, con la premura que precede al olvido. Ahora sí podía pensar, pero ya era tarde. Justo cuando el tenebroso pasillo oscuro que le encañonaba se lo tragó por completo y para siempre, una lúcida idea aterrizó en su mente: Ahora ya soy libre.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/350/pasajes/732/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
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	<pubDate>vie, 04 abr 2008 16:07:17 GMT</pubDate>
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