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    	<title><![CDATA[Erótico en Literativa]]></title>
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    	<description><![CDATA[Antonio encuentra en el robo la afrenta adecuada para vengarse de los Paloalto, de los que la hija menor lo desprecia por su condición humilde. Sin embargo, el robo inusual que comete le costará algo más que la cárcel...]]></description>
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	<title><![CDATA[Pasaje 1s: I]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[magoomanazr]]></name>
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    <div style="color:#999999;">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/100/">magoomanazr</a> el 19 de julio de 2007 · Leído <strong>145</strong> veces</div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Antonio ingresó a la casa por la parte de atrás, justo por la ventana que queda sobre el tinaco de su casa, revisó minuciosamente la cocina: abrió la alacena y husmeó cada uno de los frascos y latas que encontró a su paso; ingresó al refrigerador junto al lava platos, ahí tomo unos trozos de jamón que comió solos, pues supuso que no encontraría pan en otro lugar que no fuera la alacena; revisó la zona de verduras y encontró dos aguacates, tres jitomates, algunos limones y, escondida bajo las verduras, una cerveza oscura que descubrió estaba amarga después de destaparla rápidamente con los molares, -ya es vieja- dijo en silencio, mientras el amargo trago recorría su garganta vio dos cartones de leche en la puerta al lado de una enorme botella de refresco dietético, no se explicó como alguien podía estar a dieta con tanta cantidad de refresco, -pinches puercos- reflexionó al momento de cerrar el aparato. 

Saltó la barra del desayunador y descubrió que en el comedor no había nada importante, salvo la vajilla de plata que encontró en los cajones del trinchador y las copas de cristal cortado que el licenciado había usado en la cena de navidad a la que Flavio, hijo mayor del mismo, lo había invitado.
	
Ascendió al segundo piso, ahí se encontraban las habitaciones según podía recordar de su ultima visita a la casa: La primera, la grande, es la del licenciado y su esposa, al frente esta la de Mariana, hija menor de la familia Paloalto Del Campo, y al fondo asoma la puerta sicodélica del primogénito, Flavio, el amigo de Antonio. La casa no parece muy grande por fuera y ya estando adentro todavía parece más pequeña. La habitación del licenciado esta perfectamente ordenada: al fondo se encuentra la cama, es amplia con edredones acolchonados y blancos, estampados con flores que a primera impresión le parecieron rosas, con almohadas que, pudo constatar al acostarse, eran demasiado suaves para su gusto debe ser joto el viejo-; escupió dentro de los ropones de las almohadas y revisó minuciosamente las cajoneras al lado de la cama, encontró un libro que creyó sería de la señora Del Campo pues el título versaba algo así como "mujeres que aman demasiado" de un autor de nombre gringo, también se topó con una cigarrera chapada en oro vacía, un encendedor dorado, un peine y varios tipos de maquillaje en diferentes presentaciones, -nada de importancia- pensó; dibujó una mueca de disgusto y se dirigió al otro lado de la habitación, hacia el escritorio que se encontraba  al frente de la ventana, observó la computadora del licenciado y pensó en desconectarla en ese momento por si alguien llegara de repente y tuviera que salir de prisa, algo lo detuvo y ya ni siquiera intentó abrir los cajones del escritorio que, de haberlo hecho, se hubiera dado cuenta que estaban cerrados con llave. Más bien centró su atención en la puerta que lleva al pasillo, olvidó súbitamente la valiosa computadora sobre el escritorio, la puerta de la habitación de enfrente parecía interesarle más que cualquier cosa que pudiera robar de la casa, dio unos cuantos pasos para llegar al pasillo, el corazón parecía estallarle mientras llevaba su mano hacia la cerradura de la puerta, dio vuelta al cilindro sigilosamente como si creyera que al terminar de girarlo lo esperase una sorpresa superior a sus expectativas.

Nació de una aventura caliente de su madre, quien, en ese momento, apenas y tenía diecisiete años y se enamoró de un hombre abundante en dinero y pasiones mezquinas, que incluían el sexo voraz y una rutilante obsesión por desvirgar muchachas.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/58/" style="text-decoration:none;font-weight:bold;color:#235689;">Leer más...</a></div>
    </td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>jue, 19 jul 2007 15:55:59 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 2s: II]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[magoomanazr]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/100/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/63/</link>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <td width="1"><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/63/"><img src="http://www.literativa.com/contenido/objetos/mini_80/100_1184943802839935.jpg" border="0" /></a></td>
    <td width="100%" style="font-family: Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:13px;color:#000000;">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/63/" style="font-family: Georgia, Times New Roman, Times, serif;font-size:20px;text-decoration:none;font-weight:normal;color:#CC0000;">Pasaje 2º: II</a></div>
    <div style="color:#999999;">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/100/">magoomanazr</a> el 20 de julio de 2007 · Leído <strong>124</strong> veces</div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Antonio estudiaba en la misma escuela que Flavio Paloalto. Eran compañeros de grupo desde la secundaria, misma que su madre pagaba con lo que le dejaba una bien cultivada profesión de acompañante fugaz de hombres solos, desesperados o torcidos, según el caso y el dinero. Brillaba por su consistente obsesión de desafiar todo lo establecido, nacía cada día para ver caer las reglas que le oponían los superiores de la prepa Democracia Nacional. Purgaba de odio a sus maestros y burlaba con frecuencia policías enardecidos después de las severas mentadas de madre que les propinaba al pasar cerca de sus patrullas. 

Flavio era un polo diametralmente opuesto a él. Bien parecido, no vestía menos de lo que aparentaba, manejaba un auto deportivo compacto y siempre olía a maderas y oleos, hablaba con elegancia y arrastraba la lengua para sentir sus palabras, para que calaran en sus interlocutores. Se conocieron hacía dos años, en la disco de la escuela, Flavio salía con un grupo de amigos cuando encontraron a un adolescente bien pasado de mota que les ofrecio una golpiza si no le entregaban su dinero, Flavio le propinó una patada en las nalgas que lo tiró de bruces desatando la ira de sus compañeros de pandilla que esperaban agazapados en la esquina esperando el botín de los fresas. Rodeados en todo sentido, los muchachos podían sentir las agudas navajas de sus captores en la espalda, el abdomen o la garganta , Antonio apareció detrás de la puerta de la escuela, preguntó que demonios pasaba al más notable de los vándalos, -déjalos ir güey, este cabrón esta bien pasado- tomó al golpeado del hombro y lo levantó de un tirón, -no mames que ya la pinche prefecta llamó a la tira, mejor ya ponle o te van a apañar-, los muchachos amenazaron con volver y le propinaron un navajazo en un costado a Flavio, salieron huyendo mientras Antonio corría a pedir ayuda dentro de la escuela. 

Me salvó papá  fue el argumento utilizado para incluir al garroso en la lista de invitados en la navidad de ese año, en los quince años de la niña Mariana, en el cumpleaños de la abuela, en el asiento del carro y cada festividad menor que organizaba la familia. Su amistad creció contraria a los propósitos paternos de la Familia Paloalto Del Campo. Antonio no brillaba, era opaco y desgarbado. Flavio conoció las drogas, el sexo y a la mamá de Antonio, adepto a los videojuegos, la marihuana y el vandalismo lite amplió sus horizontes de inframundo, vivió lo que Antonio detestaba de si mismo: las miserias de su vida.

La pequeña habitación era rosa, tenía una pequeña cama individual con cobijas de colores cursis, un pequeño tocador de madera con espejo de luna dejaba ver lo sofisticado de Mariana, puesto que una enorme cantidad de maquillajes de diferentes tipos inundaba la superficie del mismo, los perfumes lo habitaban en número menor pero no dejando de ser importantes, Antonio tomó un frasco de color lila con un extraño nombre francés, el olor a carmín inundo sus sentidos, recordó así el cándido olor de Mariana cuando uno se le acercaba, pero no pudo pasar por alto la forma tan despectiva en que ella lo evitaba, lo consideraba un naco vulgar y corriente, además de que su fama de drogadicto le asustaba, según le había hecho constar Flavio dice que eres un drogadicto odioso, parece que te teme, - pinches comentarios tan pendejos se dijo en silencio, de pronto su atención se centró en los tres cajones que formaban parte del tocador,  una extraña sensación lo invadió al momento, sus ojos se crisparon morbosamente, desplazó el primero de ellos con sigilo exagerado, una enorme cantidad de papeles apareció en el fondo: postales, fotografías de ella y sus amigas, hojas de máquina, documentos oficiales y cualquier cantidad de mugres que abultaban desordenadamente el cajón; en el segundo encontró sólo suéteres y prendas tejidas, ni siquiera se molestó en buscar más a fondo antes de pasar al tercero, una caja de Pandora se abrió frente a sus ojos: era el cajón de la ropa interior de la niña, su tacto se tornó tembloroso, echó una mirada a la puerta, vio una tanga morada que llamó poderosamente su atención, pensó en tomarla y llenarse del olor de Mariana, la que lo despreciaba, quien perdería ese día su intimidad en el olfato del drogo infame a quien tanto temía y odiaba, creyó que su íntimo aroma lo elevaría más de lo que cualquier fármaco lo había hecho, pensó que así se vengaría completamente del desprecio que le habían arrojado injustamente, a él, cuyo único pecado se resumía a sí mismo, a su entorno, a su origen, ser pobre y olvidado por todos, agarró nerviosamente la prenda y la dirigió a su nariz placidamente, inhaló hasta el fondo, una, dos, tres veces sin separársela del rostro, -ahhh- exclamó fuertemente, su tranquilidad se rompió precipitadamente al escuchar la voz de Mariana abajo en la sala llamando a su madre, la puerta principal se cerró ruidosamente, cerró apresuradamente el cajón, asomó la cabeza al reducido pasillo de las habitaciones y escuchó los pasos en las escaleras, un pánico inmenso se apoderó de él,  -¿Dónde me escondo?-  dio una vuelta completa a su cuerpo sobre el mismo lugar desesperadamente, vio un espacio pequeño debajo de la cama delante del tocador, no pensó dos ocasiones antes de meterse desmesurado ahí.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/63/" style="text-decoration:none;font-weight:bold;color:#235689;">Leer más...</a></div>
    </td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>vie, 20 jul 2007 12:03:22 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 3s: III]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[magoomanazr]]></name>
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	</author>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/95/" style="font-family: Georgia, Times New Roman, Times, serif;font-size:20px;text-decoration:none;font-weight:normal;color:#CC0000;">Pasaje 3º: III</a></div>
    <div style="color:#999999;">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/100/">magoomanazr</a> el 24 de julio de 2007 · Rating: <strong>10</strong> con <strong>1</strong> voto · Leído <strong>184</strong> veces</div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Mariana subió los escalones y se sorprendió al encontrar la puerta de la habitación de sus padres abierta, puesto que el papá restringe a todo el mundo el acceso ahí, es mi espacio de relajación dijo una vez bastante molesto, ella nunca entendió porque así que prefería no entrar, sólo asomó la vista para ver si había alguien, cerró la puerta para evitarse problemas, la sorpresa creció cuando se dio cuenta que su habitación estaba también abierta por la puerta, creyó que Flavio había estado husmeando y sintió una ligera molestia "pinche metiche"-  pensó para sí.   Posó la mochila sobre la cama, se dirigió al tocador y descubrió uno de sus perfumes abiertos, lo olfateó, el carmín era uno de sus olores favoritos, la tapó para que no se fuera a secar, volvió la mirada al espejo y pudo ver sus enormes ojos verdes matizados por un color tenue en sus parpados, vio su espigada nariz sin brillo y agradeció mentalmente el milagro de las lociones astringentes, tomó uno de sus lápices labiales para acabar de matizar sus rosados labios, el rojo le dio un tono diferente a su rostro, -toda una mujer- dijo en voz alta antes de comprimir sus labios contra ellos mismos sin imaginar que Antonio la escuchaba nerviosamente callado para no ser descubierto. Siguió viendo sus ojos profundamente mientras peinaba sus cejas con el meñique, se quitó el suéter de la escuela frente al espejo, posó de perfil para si misma, sumió la panza que no existía, se acaricio el vientre, volvió la espalda y levantó el trasero que se dibujó maravillosamente bajo su falda, acarició sus nalgas como buscando alguna imperfección, no la encontró, otra vez de frente, los ojos, acercó el rostro al espejo y se revisó las mejillas, un mini barro fue extraído, la grasa del mismo se pulverizó entre sus dedos, Antonio podía observar los muslos y el nacimiento de sus nalgas hasta donde asomaban las panties de Mariana debajo de la falda cuando esta se inclinaba, la excitación lo hizo volcar ligeramente su cuerpo sobre la derecha, la cama le impidió un movimiento prolongado así que la presión del pantalón le incomodó un poco pero siguió sin perder detalle, Mariana había recogido ya su pelo, se dirigió al patio y tomó del closet en el pasillo una bata de baño, regresó al cuarto y se paró sobre la cama, los zapatos cayeron apenas a una distancia segura para Antonio, luego vinieron las calcetas blancas del uniforme, un ligero pero molesto olor a piel muerta y caliente llego a la nariz de Antonio que ya estaba molesto por no poder ver nada más, ahora su venganza se había consumado más allá de cualquiera de sus expectativas, llevaba en la mente el olor de Mariana y en sus ojos grabado el placer voyerista de su falda en una vista inusual  mostrando sus más estimados secretos, ahora hasta el olor de sus zapatos le pertenecía, sintió ganas de tomar las calcetas e impregnarse hasta la muerte del olor de sus zapatos, morir con el olor, dejar en ese momento el mundo bajo la calidez adolescente del lecho de la persona que más le despreciaba, infinita venganza que trascendería el tiempo, -morir ahora sería perfecto- su voz escapó en un susurro lagrimal de su boca, el tarareo de Mariana no le permitió ser escuchado, la falda formaba parte de la colección de objetos sobre el suelo y en el espejo sólo se alcanzaba a ver la cabeza de la dama, de repente se puso de pie, su vientre desnudo se reflejó para la atónita mirada del intruso después de una fugaz visión de unos senos blancos cubiertos por el blanco del brassiere, colocó su mano sobre el plano vientre de leche de los sueños, lo recorrió repetidamente, la presión del pantalón era más incomoda, -estoy gorda- la voz de Mariana sonó desilusionada, llevó sus manos a la espalda, el brassiere cayó junto a las demás prendas en el suelo, la bata se cerro y desvaneció tras de ella la imagen del vientre primaveral, Mariana se sentó rápidamente sobre la cama, sus pies quedaron al alcance de la mano de Antonio, los observó cariñosamente mientras su corazón se perfilaba desbordado a un barranco de ilusión, eran blancos como el resto del cuerpo, finos, pequeños, sintió ganas de alcanzarlos, de acariciarlos ávidamente, la presión comenzó a desvanecerse, además de los pies no podía ver nada ahora, ella siguió tarareando y los pies comenzaron a mecerse, subió uno casi al compás del otro, las diminutas pantaletas reposaron sobre los tobillos ocupando totalmente los ojos de Antonio que otra vez se incomodó, Mariana sacudió violentamente los pies y en un milagro accidental chocaron contra el rostro del espía, un aroma esplendoroso lo inundó nuevamente, como a algodón de un sexo fresco virginal, a dulce, amargo y a rosas, violenta revancha de la vida, los pies salieron apresuradamente hacia el baño al costado del cuarto del hermano, la puerta se cerró y la regadera inundó con su canto el pasillo de las habitaciones,  salir de la cama le tomó solo un momento, de pie frente al espejo se inclinó ligeramente, besó la zona que creyó había reflejado el rostro de Mariana, inhaló nuevamente el olor de las pantys en su mano, cerró los ojos profundamente y se dejó llevar por la imaginación, asomó ligeramente la cabeza al pasillo en ambas direcciones, se dirigió a la escalera lentamente, se detuvó en el primer escalón, -"tal vez"- pensó, se volvió sobre sí mismo,  acercarse al baño le pareció un tramo insalvable, la puerta estaba a unos metros.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/95/" style="text-decoration:none;font-weight:bold;color:#235689;">Leer más...</a></div>
    </td>
  </tr>
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	<pubDate>mar, 24 jul 2007 21:50:56 GMT</pubDate>
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<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 4s: IV]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[magoomanazr]]></name>
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	</author>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <td width="1"><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/102/"><img src="http://www.literativa.com/contenido/objetos/mini_80/100_1185584724345036.jpg" border="0" /></a></td>
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    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/102/" style="font-family: Georgia, Times New Roman, Times, serif;font-size:20px;text-decoration:none;font-weight:normal;color:#CC0000;">Pasaje 4º: IV</a></div>
    <div style="color:#999999;">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/100/">magoomanazr</a> el 27 de julio de 2007 · Leído <strong>102</strong> veces</div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Flavio abrió sigilosamente la puerta principal, la planta baja parecio no existir antes de llegar a la escalera, subió despacio, no quería que Mariana lo viera entrar al cuarto de su padre, ella acostumbraba delatarlo siempre, metió la mano al bolsillo y palpó su juego nuevo listo para estrenarlo en la computadora del viejo, una sonrisa se le dibujó en el rostro. Escuchó el ruido de la regadera y se detuvo antes de llegar a los últimos escalones, si era su hermana la que se estaba bañando las cosas se le facilitarían, sacó el juego y tomó el disco de la caja como previendo una vista rápida en la computadora. 

Antonio miró la puerta nerviosamente y comenzó a temblar, se detuvo, sacó las pantys del bolsillo en su pantalón, las olfateo nuevamente, se las acomodó rápidamente de nuevo, Flavio lo vio desde el final del corredor, se quedó paralizado, entró sigilosamente  al cuarto de sus padres y levantó el colchón por la parte de abajo, ahí encontró el revolver .38 de su papá, abrió el cilindro y verificó las seis balas, lo cerró y se encaminó al pasillo nuevamente, recordó rápidamente a su padre enseñándole a usar el arma tal vez algún día debas usarla le dijo en aquella ocasión, el intruso estaba frente a Mariana, ambos quietos viéndose fijamente, apuntó a su espalda, -a la derecha- pensó, colocó el dedo en el gatillo y tomó valor.

Mariana estaba completamente desnuda, el vapor había ya inundado el baño, se levantó del excusado y jaló la manija, dio un paso a la regadera y sintio con los dedos el agua, giró la perilla del agua fría, reguló la temperatura a su gusto y metió el cuerpo totalmente, alzó la cara arriba y dejó que el agua tibia le bañara el rostro y todo su cuerpo, se acarició el pelo, luego el cuello, era largo y espigado, luego los pechos, suaves y bien firmes, bajó al vientre y de ahí se pasó a las piernas, el mismo ritual del baño, la diosa verificando el esplendor de su creación, la belleza la acompañaba a todos lados y en el baño se confirmaba esta suerte, asomó la vista hacia la jabonera pero no encontró el champú, se molestó con ella misma, salió del agua y pensó en tomar la bata, pero decidió salir así, -la casa esta vacía- tomó la perilla y lo pensó una vez más, la sensación de desafío la inundó fuertemente, la giró abriendo la puerta. 

Antonio guardó las pantys en su bolso, se frotó los ojos y se decidió a entrar, creyó que abrir la puerta suavemente le permitiría no ser descubierto, ella debería estar ataviada por el jabón y el champú, sólo vería el resto de su cuerpo y se iría, nada más. Dio el último paso y se dispuso a llenarse de la imagen sacra de una virgen adolescente que lo despreciaría de cualquier forma, arriesgarse ahora tenía mucho sentido y no iba perder la oportunidad, aún así la duda se hacía presente, tal vez la venganza afortunada ya había sido cobrada, no era necesario alejarla aún más de él si lo descubrían, la redención de sus actos lo acercarían a ella, dio la vuelta sin avanzar, -no-, se volvió otra vez, iba a tomar la perilla cuando la puerta se abrió, Mariana apareció completamente desnuda ante él, sus blancos senos al aire lo impresionaron más que cualquier cosa, trató de agachar la mirada, observó un pubis apenas poblado por un bello azabache como su cabello, Mariana se sorprendió grandemente, lo reconoció inmediatamente,  la rabia la invadió al instante, Antonio no la vio, su cuerpo, en su anonadación sólo atino a verla a los ojos, estaban llenos de furia, inyectados de desprecio, los de él se tornaron tristes en un segundo infinito, ella los vio sumirse en la más profunda dimisión, se hizo profunda la mirada, se ausentó, todo en un instante, pensó en taparse el cuerpo pero no pudo, sólo pudo ver sus ojos, intensos, mezcla de deseo y pasión, perdidos en su miseria de toda la vida, le dijeron que era inferior, que no quería ofenderla, ambos quietos, los ojos presentes unos en los otros, un cuerpo desnudo al desnudo, el otro inerte, acomplejado, ¡bang!, ¡bang!

-Morir ahora sería perfecto- su voz escapó en un susurro lagrimal de su boca, débilmente sacó la prenda de su pantalón, la llevó a su rostro, inhaló profundamente, Mariana se había cubierto con los brazos el cuerpo y no dejaba de gritar frenéticamente, Flavio se acercaba lentamente, reconoció a Antonio y tembló, el aroma de un sexo dormido entregado a la inocencia contrastaba con el dolor en la espalda, la saliva sabía a sangre, el oxigeno era ya liquido, observó el techo más blanco que hubiese visto antes, el de su habitación era más bien gris, niebla, niebla, -gracias- exclamó.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/39/pasajes/102/" style="text-decoration:none;font-weight:bold;color:#235689;">Leer más...</a></div>
    </td>
  </tr>
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	<pubDate>vie, 27 jul 2007 22:05:26 GMT</pubDate>
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