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    	<title><![CDATA[HOMBRE SENTADO EN UN BANCO en Literativa]]></title>
    	<link>http://www.literativa.com/historias/4283/</link>
    	<description><![CDATA[Poco después del amanecer vaga por un bulevar de palmeras manchadas de civilización. Es un día de principios de primavera. En el suelo y en el ligero aire primaveral, todavía quedan restos y olores de las fiestas de la ciudad, que hace apenas una semana que han finalizado bajo el crepitar de las fallas y el estruendo de los castillos artificiales. En algunas aceras y en un solar abandonado los restos festivos dibujan un cuadro devastado: botellas de cerveza barata con el cuello roto; montones de vainas de cohetes, ya que los miembros de la falla del barrio usaron el solar como campo de tiro; bocadillos medio por personas y ratas que afloran entre los hierbajos; y hasta un colchón tirado contra el muro con los muelles distorsionados que sirve de cobijo a una familia de gatos. Al inicio del bulevar el sol parece un sombrero anaranjado puesto en la cabeza de Neptuno; los primeros rayos matinales rozan los penachos de las palmeras con una luz tímida y fría que da brillo a la tenue capa de roció que se ha depositado en los arboles y las cornisas de las casas. 

	A ambos lados del bulevar se levantan dos contenedores acristalados que albergan oficinas del gobierno autonómico. Los primeros funcionarios en llegar son los de las escalas inferiores; los jefes y los asesores políticos suelen llegar más tarde, ya que no están obligados a fichar. Los funcionarios con las cenizas de la somnolencia maquillando los ojos, saludan al guardia de seguridad del edificio, un pelirrojo alto con una musculatura que denota que ya ha dejado el gimnasio y las pesas. Lo primero en llegar fichan en los relojes que están en el sótano del edificio, luego suben a su planta, donde la mayoría se sirve un café, un café con leche, y algunos un chocolate en las máquinas instaladas en cada planta. Un sorbo y la queja: este maldito café cada día sabe peor. Algunos pocos leen el periódico que han adquirido en un quiosco que regenta una señora de media edad, ojos vivos y labios tenuemente pintados.   

	Los seres más activos de estas horas son las aves que pueblan el bulevar. Palomas, tórtolas turcas, gorriones comunes, estorninos, y sobretodo las cotorras argentinas de plumaje verdoso y pecho gris, que son quienes se han apoderado de las palmeras y los plataneros del jardín, con graznidos irritados y estridentes buscan los frutos que cuelgan de los árboles.  

- Unos ignorantes las soltaron por hacer una gracieta, y ahora están por todas partes. ¡Los malditos pajarracos han invadiendo por toda la ciudad! Entre cotorras argentinas y negros pidiendo cada vez que aparcas el coche, está ciudad se ha convertido en el hazmerreír de Europa.]]></description>
    	<language>es-ES</language>
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      		<description><![CDATA[Poco después del amanecer vaga por un bulevar de palmeras manchadas de civilización. Es un día de principios de primavera. En el suelo y en el ligero aire primaveral, todavía quedan restos y olores de las fiestas de la ciudad, que hace apenas una semana que han finalizado bajo el crepitar de las fallas y el estruendo de los castillos artificiales. En algunas aceras y en un solar abandonado los restos festivos dibujan un cuadro devastado: botellas de cerveza barata con el cuello roto; montones de vainas de cohetes, ya que los miembros de la falla del barrio usaron el solar como campo de tiro; bocadillos medio por personas y ratas que afloran entre los hierbajos; y hasta un colchón tirado contra el muro con los muelles distorsionados que sirve de cobijo a una familia de gatos. Al inicio del bulevar el sol parece un sombrero anaranjado puesto en la cabeza de Neptuno; los primeros rayos matinales rozan los penachos de las palmeras con una luz tímida y fría que da brillo a la tenue capa de roció que se ha depositado en los arboles y las cornisas de las casas. 

	A ambos lados del bulevar se levantan dos contenedores acristalados que albergan oficinas del gobierno autonómico. Los primeros funcionarios en llegar son los de las escalas inferiores; los jefes y los asesores políticos suelen llegar más tarde, ya que no están obligados a fichar. Los funcionarios con las cenizas de la somnolencia maquillando los ojos, saludan al guardia de seguridad del edificio, un pelirrojo alto con una musculatura que denota que ya ha dejado el gimnasio y las pesas. Lo primero en llegar fichan en los relojes que están en el sótano del edificio, luego suben a su planta, donde la mayoría se sirve un café, un café con leche, y algunos un chocolate en las máquinas instaladas en cada planta. Un sorbo y la queja: este maldito café cada día sabe peor. Algunos pocos leen el periódico que han adquirido en un quiosco que regenta una señora de media edad, ojos vivos y labios tenuemente pintados.   

	Los seres más activos de estas horas son las aves que pueblan el bulevar. Palomas, tórtolas turcas, gorriones comunes, estorninos, y sobretodo las cotorras argentinas de plumaje verdoso y pecho gris, que son quienes se han apoderado de las palmeras y los plataneros del jardín, con graznidos irritados y estridentes buscan los frutos que cuelgan de los árboles.  

- Unos ignorantes las soltaron por hacer una gracieta, y ahora están por todas partes. ¡Los malditos pajarracos han invadiendo por toda la ciudad! Entre cotorras argentinas y negros pidiendo cada vez que aparcas el coche, está ciudad se ha convertido en el hazmerreír de Europa.]]></description>
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	<title><![CDATA[Pasaje 1s]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[PUIG SANTA MARIA]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/1673/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5233/</link>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/1673/">PUIG SANTA MARIA</a> el 20 de abril de 2012 · Leído <strong>61</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Quien habla así es el gerente de los dos edificios, un señor de media edad, alto, con pelo engominado, un traje de sastre azul pálido y corbata de seda de agónicas y patriotas rayas. El gerente, a diferencia de los funcionarios, accede hasta el hall del edificio, saluda al guardia de seguridad sin mirarle los ojos y sale disparado hacía unos de los bares que han crecido a la sombra de los contenedores acristalados a tomarse el primer café y copa. Cuando termina de engullírselo, sale a la calle y se fuma un Marlboro. Él tampoco ficha.

	El hombre que vaga por el bulevar se sienta en uno de los bancos de madera que está enfrente de un jardín descuidado. Su tórax se ensancha cansado  y jadeante y vuelve a su posición original golpeado por la indolencia. Se ha pasado toda la noche deambulando, perdido entre avenidas y callejuelas a las que no encontraba una salida, una bocanada de aire fresco con la cual llenar su pecho. Eran avenidas y calles vacías de ojos amistosos y llenas de recuerdos que desprendían un repulsivo olor a meadas de gatos solitarios. Sus ojos envejecidos afloran un reflejo ausente y opaco, un grito sordo: ¿quién está ahí? Un puñetazo de tos le obliga a respirar de nuevo. 

	Una joven de melena larga y cintura fina que pasa por el bulevar con una bolsa de piel colgada del hombro lo mira de reojo, un cóctel de desprecio y lastima. Instintivamente, la mirada del hombre sentado en el banco busca compresión en sus ojos, pero antes de encontrarla, hunde la mirada en el suelo recortando un dátil roído por las cotorras argentinas. Enciende el último cigarrillo que guarda en su bolsillo, sucio y deformado. El enojo del humo le llena la boca con sabor acibarado, le enturbia unos recuerdos cada vez más difusos entre la red de neuronas, más grises. Hubo un tiempo que aún estaba en el mundo, que se reía hablando con sus amigos y sus vecinos, ironizando de un futuro que desechaba el pasado, escondiendo cualquier atisbo que pudiera provocar la muerte.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5233/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>vie, 20 abr 2012 14:07:54 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 2s]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[PUIG SANTA MARIA]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/1673/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5235/</link>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5235/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 2º</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/1673/">PUIG SANTA MARIA</a> el 22 de abril de 2012 · Leído <strong>50</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Su pensamiento se concentró en la palabra muerte. ¿Realmente qué significa esta palabra? se interroga. Dos golpes de voz, que repetidos y enredados en el infinito se confunden en el vacío. Intenta deletrear la palabra otra vez sin resultado visible. Mira las volutas de humo del cigarrillo que cuelga en sus labios que dibujan en el aire figuras oníricas de miradas angustiadas. Temer a la muerte llega a la conclusión- es cosa de seres débiles, miedosos de perder aquello que no tienen: vida. Este pensamiento le abruma porqué él sabe que tampoco tiene vida; hace tiempo que su corazón la ha desterrado de los riachuelos por donde rezuma la sangre, y en cambio, no teme la muerte, casi la desea sin hacer tener fuerzas para buscarla. De este modo, vencido como la gacela que siente los colmillos del león en su garganta, le gustaría que descendiera de entre los graznidos de las cotorras argentinas, se presentara delante de él con su mirada fría, su guadaña oxidada y con un bata hecha jirones y le susurrase hasta aquí hemos llegado. Pero eso sólo ocurre en los cuentos y las películas de serie B, murmura. A las figuras azules y angustiadas de humo, la muerte las beso y le arrancó un trozo de carne viva de su alma; su madre, a quien adoraba a pesar que nunca fue cariñoso con él, porque el preferido fue siempre su hermano mayor. Hermosa y distante, glacial y severa, casi áspera, que ignoró colocar una estantería en su corazón para alojar la ternura y el amor que él le ofreció. Y la muerte se llevó a su primer amor, un joven que se mató conduciendo una motocicleta por las caminos de la Malvarrosa. Lo recordaba todos los días. Esbelto y desenfadado, fibroso y risueño, ágil y dulce, bello y compresivo. Eran jóvenes, unos adolescentes. Fue el único amor limpio de corazón que tuvo el hombre sentado en un banco, ya que nunca lo ensuciaron ni con un beso ni con una caricia. Le llamaban Rubén y murió sin temer la muerte porque nunca llegó a conocerla. Era lo único bueno y bello que guardaba su alma. Los años nunca llegaron a ensuciarlo con morales hipócritas ni olvidos intencionados. Las agujas del reloj le enseñaron otros amores pero nunca se pararon. Con mujeres porque los hombres nunca le gustaron. Eran besos y caricias con quienes borrar la cara de Rubén, algunas veces con sexo frenético que amortiguaban el recuerdo para reaparecer a la tarde siguiente. Así estuvo hasta los treinta y algo, que conoció a Carmen. Era una profesora de literatura medieval que ejercía su magistratura en la universidad de Valencia. Alta y resolutiva, delgada y fría, ojos de mar turbia y segura de sí misma, con la cual hubo una química diferente a las otras mujeres: era la madre que se levantaba del ataúd y le ofrecía sus manos. Y se casaron una bonita mañana de finales de primavera. A la boda asistieron los familiares y unos pocos amigos. Fue una ceremonia sencilla que ofició un sacerdote amigo de Carmen, quien también era especialista en historia medieval. Fue como todas las bodas: ¿quieres a Carmen por esposa? Sí, quiero.... y bla, bla, bla, hasta podéis besaros... Y se besaron, fueron relativamente felices pero nunca comieron perdices. Carmen nunca llegó a ser su madre y sus manos se enfriaron con el paso del tiempo.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5235/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>dom, 22 abr 2012 15:13:42 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 3s]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[PUIG SANTA MARIA]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/1673/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5236/</link>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5236/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 3º</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/1673/">PUIG SANTA MARIA</a> el 23 de abril de 2012 · Leído <strong>54</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">En el bulevar de palmeras manchadas de civilización hay una pequeña iglesia de los años 60. Blanca y elemental, la preside la estatua de un santo vestido con los hábitos de un fraile. Se trata del saleciano San Juan Bosco, un santo italiano que se dedicó a la enseñanza. En la parte interior de la iglesia, que da una pequeña plazoleta de arboles desvaídos, se erige una escuela de primaria y secundaria de alumnos activados como las cotorras argentinas. De la escuela ha salido un grupo de niños y niñas con sus mochilas para irse de excursion. Una profesora de media edad, regordeta y enérgica, se esfuerza en agruparlos y pedirles que dejen de perseguir a las palomas y la tórtolas turcas, que con sus picos están buscando cualquier cosa que flote por el suelo para embuchárselo. Algunos le hace caso; otros, hasta no sentir la amenaza de un castigo, un parte o un cero patatero, continúan persiguiendo las palomas bajo el regocijo de sus compañeros.  ¡Estaros quietos! Es la ultima vez que lo repito... Pero todavía queda otra vez, como en la vida, hasta que se acaba esa ultima oportunidad y castiga a los dos más revoltosos: perdón, no lo haremos más, era una juego para caer bien a las chicas... Nada, un parte y una semana sin recreo, y soy buena, porque sino os quedabais en casa y santas pascuas! ¡Buena soy yo cuando se me cruzan los cables! Risa de unas y lloros de otros, como en la vida. 

	El hombre sentado en el banco se licencio en económicas. Durante un tiempo trabajó en las oficinas de unos grandes almacenes de ámbito nacional, más de administrativo que de economista. Era un trabajo fácil pero aburrido. Hasta que se cansó y se buscó otro trabajo. Está vez en una asesoría empresarial que se dedicaba a montar y gestionar nuevas empresas. Fue cuando conoció a Carmen, visitas a catedrales de ciudades pequeñas y noches de champán en hoteles de 5 estrellas y el sacerdote y amigo de Carmen  y otra vez el ¿quieres por esposa... y bla, bla, bla.... Cinco o seis meses de luna de miel. La rutina, un aborto que tal vez hubiera salvado una mar entre dos playas cada vez más alejada: Carmen alta y fría volvió a sus clases llenas de alumnos con caras de estatuas medievales y el hombre sentado en un banco a sus viajes con trajes de corte y confección, comidas y cenas hasta altas horas con copas y mujeres que se levantaban de su cama antes del amanecer, y un vacío que paradójicamente cada vez ocupaba mayor espacio en su alma vacía. Y Rubén, cada vez más presente en su realidad irreal.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5236/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>lun, 23 abr 2012 13:52:21 GMT</pubDate>
</item>
<item>
	<title><![CDATA[Pasaje 4s]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[PUIG SANTA MARIA]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/1673/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5241/</link>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5241/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 4º</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/1673/">PUIG SANTA MARIA</a> el 24 de abril de 2012 · Leído <strong>47</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Por fin llega el autobús que ha de transportar a los alumnos a su excursión. El hombre sentado en el banco lo agradece. Pero la tranquilidad dura un suspiro. Otra vez retornan los graznidos irritados de las cotorras que vuelan en zigzags nerviosos persiguiéndose fantasmas y el arrullar cansino de las palomas mendigando trozos de pan. Ya no quedan funcionarios en el bulevar.  Ahora quienes entran y salen al contenedor acristalado son los ciudadanos buscando la última firma de su expediente. Al hombre sentado en el banco le gustaría fumarse un cigarrillo pero, después de registrar sus bolsillos, es consciente que ya no le queda ninguno. 

	Y las playas se separaron definitivamente un día de principio de otoño. Carmen, elegante y racional, ojos de mar turbia y culta, le manifestó que esta historia, como la de cualquier libro de historia, ha concluido, que ha pesar de revisarla e intentar escribir otros capítulos, ya no daba para más, que no somos ni Romero ni Julieta en la Italia renacentista, que apenas somos dos conocidos que un día coincidimos y nos confundimos entre burbujas de champan y sabanas de algodón egipcio en hoteles de 5 estrellas, que tu ya no eres el atractivo y brillante ejecutivo que todos los caminos del mundo son una oportunidad ni yo soy la madre que no has tenido el valor de dejarla en el ataúd y que se pudra. 

	Y al hombre que está sentado en el banco cuando Carmen le manifestó todo eso y más cosas que no le dolieron tanto, la miró y encontró en su mirada los ojos cerrados de su madre con el cuerpo estirado y frío depositado en el ataúd y no encontró en su corazón ninguna estantería dónde guardara sus besos y caricias. Y se dijeron adiós, y esa noche, solo y huido, con la cara de Ruben bailando en su retina, se emborrachó y no fue al trabajo. Y al día siguiente hizo lo mismo y tampoco fue al trabajo. Y al día siguiente... Hasta que lo llamaron, esto no puede ser, estás echando por la borda tu porvenir, ayer una empresa muy potente que te comprometisteis a organizar sus cuentas financiera  nos expresó su malestar por no acudir a las reuniones  y han prescindido de nuestro asesoramiento. La gente tiene la manía de separarse, yo mismo hace años me separe, tu mismo lo debías de saber que eso pasa todos los días porque manejas las estadísticas, pero no la gente ya no le da importancia, pasa pagina como ha hecho tu ex. Y la palabra muerte, dos golpes de voz, la deletreó otra vez hasta el infinito que ahogarla en el vacío. Y una mañana nubosa y fría de invierno, le llamó el director de la empresa y le dijo, pásate a recoger el finiquito y no vengas más por aquí, ya no nos haces falta, queremos gente comprometida con su trabajo y sus compañeros, gente que diferencie su vida personal y laboral, porque esa es la diferencia entre un adulto y una adolescencia mal curada, que el amor está muy bien en los cuentos y las películas de serie B, pero nosotros somos una compañía que asesora empresas, y los mercados son como son, mira la bolsa y la prima de riesgo. En la época de Romero y Julieta no existían las bolsas ni las primas de riesgo.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5241/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>mar, 24 abr 2012 13:40:52 GMT</pubDate>
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	<title><![CDATA[Pasaje 5s]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[PUIG SANTA MARIA]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/1673/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5249/</link>
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	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
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    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5249/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 5º</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/1673/">PUIG SANTA MARIA</a> el 27 de abril de 2012 · Leído <strong>91</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">El sol primaveral ya escalado los desvalidos arboles de la plazuela; entre las ramas de hojas amarillentas un par de gorriones comunes fabrican un nido. Las cotorras argentinas parecen más calmadas entre las subyugadas ramas de las palmeras. Las palomas en cambio ignoran el paso del sol y siguen buscando la mano humana que les echen cualquier resto que ella desprecia. El bulevar huele café con leche que exhala de las mesas de una cafetería que ha ocupado toda la parte central. De vez en cuando en los contenedores acristalado entra y sale un ciudadano con cara de circunstancias. Empieza hacer calor. El director del edificio, una corbata de colores patriotas y pelo engominado, gafas de sol Ray Ban, saluda al guardia de la puerta sin mirarle la cara y sale al bulevar a fumarse un Marlboro. 

	- Cuando no son las cotorras son las palomas, que lo ensucian todo con su mierda. ¡No hay nadie que tenga huevos para parar a esas malditas ratas con plumas! Entre las palomas y los mendigos pidiendo, está ciudad se ha convertido en el hazmerreír de Europa.

	¿La muerte dónde va? El infinito que se ahoga en el vacío. El vacío se diluye en el infinito. Dos golpes de voz... Un jubilado de gruesas gafas que ha salido a pasear un viejo perro que recuerda vagamente un bóxer, pasa por delante del hombre sentado en el banco, pone su mano en el bolsillo y deja en el banco una moneda de 50 céntimos. 

	Si quiero fumar, los tengo que coger. Dos golpes de voz se confunden en los rostros que dibuja el humo azul que flotan en la memoria. Los cojo y me los pongo en el bolsillo. Las palomas no me los robaran. Debo parecer un espantapájaros después de dos semanas sin ducharme ni afeitarme ni aparecer por casa. El sol ya está alto. Da gusto este el calor de la mañana Me quedare un rato más en el banco. Tal vez alguien deje un par de euros. Me gustaría emborracharme. Dos golpes de voz....</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/4283/pasajes/5249/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>vie, 27 abr 2012 14:14:18 GMT</pubDate>
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