<?xml version="1.0" encoding="utf-8" ?><rss version="2.0" xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/">
    <channel>
    	<title><![CDATA[Más allá de lo que creo saber en Literativa]]></title>
    	<link>http://www.literativa.com/historias/730/</link>
    	<description><![CDATA[Sobre la muerte; una opinión un tanto... pintoresca del final de la vida.]]></description>
    	<language>es-ES</language>
    	<docs>http://backend.userland.com/rss</docs>
		<image>
      		<url>http://www.literativa.com/images/logo_rss.gif</url>
      		<title><![CDATA[Más allá de lo que creo saber en Literativa]]></title>
      		<link>http://www.literativa.com/historias/730/</link>
      		<width>100</width>
			<height>67</height>
      		<description><![CDATA[Sobre la muerte; una opinión un tanto... pintoresca del final de la vida.]]></description>
    	</image>
        <item>
	<title><![CDATA[Pasaje 1s: Primer pasaje]]></title>
	<author>
		<name><![CDATA[Leonard Timothy William]]></name>
		<uri>http://www.literativa.com/autores/652/</uri>
	</author>
	<link>http://www.literativa.com/historias/730/pasajes/1653/</link>
	<guid>http://www.literativa.com/historias/730/pasajes/1653/</guid>
	<description><![CDATA[<table width="100%" border="0" cellpadding="4" cellspacing="0">
  <tr valign="top">
    <td width="1"></td>
    <td width="100%"><font face="Tahoma, Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif" size="2" color="#000000">
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/730/pasajes/1653/" style="text-decoration:none;font-weight:normal;"><font face="Georgia, Times New Roman, Times, serif" size="4" color="#CC0000">Pasaje 1º: Primer pasaje</font></a></div>
    <div><font color="#999999">Versión escrita por <a href="http://www.literativa.com/autores/652/">Leonard Timothy William</a> el 16 de septiembre de 2008 · Leído <strong>303</strong> veces</font></div>
    <div style="padding:10px 0px 10px 0px;">Aparcó el coche en doble fila y entró muy exaltado en el hospital. Esperó unos diez segundos en la cola de recepción, pero decidió que su caso era más importante que los otros, así que se coló y exigió a gritos que le dijeran en que habitación se encontraba su hija. 

Dudó algunos instantes entre el ascensor y las escaleras, y ante la duda escogió el ascensor, que siempre es más cómodo. 

-Tercera planta.

Esa voz tan artificial no le ayudaba en absoluto a calmarse, así que agarró por el antebrazo a la primera enfermera que vio y le preguntó por la habitación 306. Luego se dirigió corriendo hacía allí. 

Abrió la puerta de golpe y entró precipitadamente. Durante unos instantes se quedó parado, observando: la madre de su hija estaba sentada en un rincón llorando; el médico le ofrecía pañuelos sin dejar de dar explicaciones que seguramente no la calmaban en absoluto; y su hija estaba tumbada en la cama, con los ojos cerrados y millones de tubos saliendo de sus brazos. 

-¿Qué ha pasado? 

Su voz sonaba incluso más artificial que la de la mujer que anunciaba las paradas en el ascensor.

El médico volteó a verlo y le indicó que se sentara. Entonces empezó a recitar de memoria la explicación que ya había dado un par o tres de veces sobre el accidente de la paciente.

-Verá señor

-Borda le atajó rápidamente el hombre.

El médico asintió sin expresión.

-Verá señor Borda, su hija ha tenido un accidente de moto.

Levantó las cejas extrañado sin dejar de observar al médico atentamente, eso ya lo sabía. La habitación estaba sufriendo un tenso silencio, sólo roto por los sollozos de la madre y la débil respiración de la chica.

-Se ha dado un golpe muy fuerte en la cabeza añadió.

Volvió a levantar las cejas, según tenía entendido los médicos estaban para ayudar a la gente, no para torturarla. 

-¿No llevaba casco? preguntó impaciente.

El médico negó con la cabeza.

-Ese no es el problema, señor. Su hija llevaba un buen casco. Verá

Empezó a contar de nuevo, pero la mujer le atajó en un ataque de desesperación.

-José dijo con calma y un largo suspiro-, nuestra hija ha tenido un grave accidente de moto y se ha fracturado el cuello.

El hombre la siguió mirando algunos segundos más, con los ojos rojos y muy abiertos y con las lágrimas a punto para estallar. Luego buscó la mirada del médico, esperando alguna explicación que se pudiese resumir en un todo va a salir bien o en un no tienen de que preocuparse, pero por la pose incómoda del médico dedujo que eso no iba a llegar. Finalmente volvió a mirar a su hija, y se acercó a la cama para cogerle la mano con fuerza. Estaba dormida, con la respiración constante y la boca cerrada; no parecía que estuviese sufriendo dolor de ningún tipo. 

Agarró una silla sin soltar la mano de su hija y se sentó a su lado a observarla.

-Toc, toc, con permiso.

Un hombre con los ojos hinchados y una sonrisa forzada entró en la habitación con un vaso de café en cada mano. Poco después el médico se excusó alegando que querrían estar a solas con la paciente y abandonó la habitación. 

El hombre que acababa de llegar dejó ambos cafés en una mesa y se acercó al padre de la chica. Le puso una mano en el hombro y le dio un acalorado pésame por el que recibió un seco gracias. Luego se dirigió a su mujer y se quedó a su lado de pie, abrazándola e intentando parecer lo más calmado y sereno posible. 

El silencio hacía minutos que era constante.

Era aquella clase de silencios que vienen dados por el intenso dolor de alguna pérdida  que, con bastante frecuencia, también son silencios estrechamente atados al miedo, las dudas y la inquietud que la muerte acostumbra a despertar en la raza humana; la insaciable angustia de saber que no puedes llegar a comprender que le va a pasar ahora a tu hija de diecisiete años recién cumplidos. 

-¿Cuánto tiempo le queda? preguntó el padre entre sollozos.

La mujer siguió mirando a su marido a los ojos y le sonrió débilmente. Luego volteó hacía el padre de su hija con la misma sonrisa, y negó con la cabeza.

-No lo sé murmuró-. No lo sé Si sobrevive al amanecer será un milagro. 

Su voz sonaba ronca y apagada, sin vida y sin el menor ánimo por creer lo que decía. Ya estaba cansada de tener que ser fuerte, ella también tenía derecho a sufrir. Una vez más miró a su hija; el pecho le subía y bajaba en un ritmo de respiración lento y compensado, el pelo le caía suelto y enredado por encima del cojín, los brazos le caían sin vida a ambos lados del cuerpo, las piernas que siempre doblaba para dormir estaban ahora rectas e inertes, y todavía llevaba sus anillos y sus pulseras a los que tanto quería; siempre eran recuerdos de algún lugar. 

La puerta de la habitación volvió a abrirse de golpe, dando un golpe a la pared de detrás.

-¡Mama! chilló-, ¡siento llegar tan tarde!

Y entró directamente a abrazarla.</div>
    <div><a href="http://www.literativa.com/historias/730/pasajes/1653/" style="text-decoration:none;"><font color="#235689"><strong>Leer más...</strong></font></a></div>
    </font></td>
  </tr>
</table>]]></description>
	<pubDate>mar, 16 sep 2008 17:29:49 GMT</pubDate>
</item>
	</channel>
</rss>
