Pasaje 1º
Escrito por Machuca (Desconectado Offline), el 18 de abril de 2008
“Unos, por haber rechazado lo que no amaban de su amor, porque no aceptaron cambiar de tiempo, cambiaron de tierra,… Hubo otros…”

Salvador llegó al aeropuerto sigiloso, asustado. Evitaba ser visto, pudieran suponer que intentaba escapar fuera de Chile. Debía estar en el centro de Santiago a las 7:30 de la mañana como todos los días, venía saliendo de la prisión procesado como preso político, supuesto gestor del Plan Z en el sur del país. Debía presentarse y firmar ante el Comandante Riquelme en el Ministerio de Defensa.

Ese día decidió correr el riesgo de llegar tarde. Ella se embarcaba rumbo a Europa con otro, arrancando de los horrores del Golpe de Estado. Eran las 6:30 de la mañana de un día tibio de Noviembre y se sentó. Escondido detrás de unos gringos, cerca del control de la policía internacional, se acompañó de una cerveza. Sólo aspiraba divisarla de soslayo, un adiós -dolorido tanto como despreciativo- a la que fuera su primer gran amor, en adelante, su maldita.

Se habían conocido el otoño antepasado. Amanda Altamirano había derrotado al candidato fascista de la CODE en la elección extraordinaria de un cupo vacante de diputado en La Serena. Salvador había participado como activista de esa victoria y regresaba a Santiago contento, presuroso a buscar a su novia para salir a las calles y congregarse junto a Allende en La Moneda, a celebrar un nuevo triunfo de la Unidad Popular.

Ana María lo estaba esperando con entradas para el Cine. Fanática de Bergman se las había conseguido trabajosamente para un estreno. Era de ideas revolucionarias, como la moda, pero todo lo subordinaba a sus exquisitos gustos burgueses. Salvador la quería, aunque tenía dudas si acaso acompañaría sus pasiones de futuro. “Será dura la lucha, la vida será dura, pero vendrás conmigo…” Lo recibió en el salón, se tomarían una cerveza y partirían.

-Ya gastaste un tiempo que se me hizo muy largo ayudando a tus camaradas, ahora quiero que estés conmigo, a solas, sin multitudes. Vamos al cine, te invito luego a cenar y te quedas a dormir en mi casa, le dijo Ana María.

Mientras Salvador le explicaba pacientemente que debían concurrir a la celebración de esa importante victoria popular, ella crecía en su ofuscación, no estaba acostumbrada a que le llevaran la contra. La discusión fue subiendo de tono y, sin querer queriendo le contó que la había llamado su anterior novio. El sí que la entendía y vivía para ella.

-Será por eso que lo abandonaste, le espetó irónico Salvador y ella se paró a atender el teléfono. Era él, estaba deprimido y quería verla. Cortó la comunicación y ella exigió partir al Cine.
-Invita a ese siquiatra desvencijado, si tanto desprecias mi lucha, anda, compara y quizás me llames algún día arrepentida, le gruñó Salvador y, cerrando la puerta de una patada, partió a tomar un bus para llegar a tiempo a La Moneda.

Recorrió muchas cuadras del barrio alto pisando las hojas amarillas de ese otoño que se iba. Se detuvo y lloró, sentado en el banco que otrora les había cobijado. No era la primera pelea que habían tenido ni sería la última, tensionados en su amor entre el deber y la pasión. Intuyó que no habría reconciliación, tal vez sí, no estaba seguro de quererlo. Subió al bus, ocultó sus ojos llorosos y se esforzó por no bajarse y regresar a los brazos de su amada. Salvador venía cansado de esos 20 días de intensa campaña política, el bus, que iba raudo, de pronto comenzó a avanzar lento y se quedó dormido. Un bocinazo lo despertó sobresaltado, ya habría empezado la celebración. Se bajó del bus y se encontró con una marcha de juveniles banderas verde-rojas que regresaban entonando cantos victoriosos. Se incorporó, sacó su mejor vozarrón y se puso a tono.
-“Aquí va la clase obrera, hacia el triunfo querida compañera,…” mientras la tristeza le apretaba su pecho.

Los cánticos y las marchas tienen ese mágico poder para envolvernos. A poco andar era uno más de esos jóvenes estudiantes, alegres y comprometidos, que anhelaban en aquellos tiempos de vino y rosas ser proletarios, portadores del porvenir.

-Ya pues compañera, cante, no tenga pudor, si usted también es bienvenida, le dijo, tomando coquetamente con ambas manos la cintura torneada de una bella muchacha morena que le precedía. Parecía ser su primera vez. Pelo cuidado y bien vestida parecía ser de la Universidad Católica, se veía rara en medio de tanto artesa. Se iba disolviendo la marcha cuando ella enfiló por Bustamante y se reencontró con su grupo de amigas y amigos con que había asistido. Entre ellos, el argentino que Salvador alojaba en su casa y que era de los pocos motorizados de la época. Se fueron de abrazos y los invitó a continuar celebrando en su casa.

Salvador vivía en Ñuñoa, un barrio bucólico de capas medias, cerca de la Universidad, en una casa de adobe. La arrendaba con dos de sus amigos, los mejores, cada uno con su pieza de techos altos y ventanas pequeñas que daban a un patio interior donde estaban el baño, la cocina y la pieza rosada de alojados temporales. En la pieza de entrada, que oficiaba de living comedor había un juego de sillones y mesa de mimbre, un elegante baúl de la abuela de Salvador que lo usaban de bar y las paredes bellamente decoradas con los mejores afiches de la época. Era un lugar de acogida. A veces los tres llegaban al atardecer y se encontraban con la casa llena de jóvenes estudiando y tomándoles sus cervezas, a quienes ninguno conocía, … hasta ese momento. Sus amistades eran interminables, tenían pretendientes por doquier, pero ellos eran comprometidos, amaban de a una, pero ante todo a la revolución, Andrés, poeta, Pato, ingeniero y Salvador, congelado en sus estudios y convertido en profesional del Partido a sus 21 años.

El Fiat 600 del argentino estaba que reventaba. Subieron tres adelante y cuatro atrás. En partiendo se escucha una fuerte voz femenina, era María, la hermana de la morena de caderas torneadas, que gritaba que no podían dejarla abandonada entre la chusma. Tuvieron que subirla y se alojó tiernamente en las piernas de Salvador.

-Cuidado con tus “cosas” le dijo precavida, deslizando su boca en la oreja de Salvador, me matan los hombres que se calientan a la primera.

Salvador despertó de su nostalgia y miró sus caldeados ojos pardos, rodeados de color cobre y cabellera aún más cobriza. La abrazó hacia su pecho y le susurró que si se volcaban él la protegería.
En la casa, Pato y Andrés ya estaban en celebración, se armó una fiesta de baile y besos, con Salvador y María largamente sentados en dos troncos recortados del patio, alineando sus biografías. A las 3 de la mañana, tomó las llaves del argentino y la llevó personalmente de regreso a casa. No hablaron en el camino, sólo miradas furtivas y ese suave rumor de amor que invade a los que se están enamorando. Llegaron a Las Condes, una casa elegante en el barrio Los Dominicos, con la luz de entrada prendida indicando que alguien aún esperaba el regreso de sus hijas. Salvador abrió la puerta del copiloto y le ofreció su mano para subir a la calzada.

Nada enamora más en los tiempos que corren que mostrar dotes de galán antiguo, le había dicho su madre tiempo atrás, y de la mano al abrazo, del abrazo a la puerta y en la puerta el arrebato.

-Salvador, puede ser muy peligroso entre nosotros, le dijo María interponiendo su dedo intruso entre ambos labios y, luego de una mirada intensa, dio la vuelta, cerró la puerta y desapareció.

2.

Rodrigo Ambrosio venía llegando de una gira por el campo socialista. Era la primera oportunidad en que se presentaba el MAPU a los jerarcas de los Partidos que gobernaban en los países socialistas, los que no sólo admiraban la lucha allendista por una revolución democrática con empanadas y vino tinto sino consideraban que Chile, junto a la Cuba revolucionaria, serían eslabones decisivos para inclinar a su favor a la América Latina en el devenir de la guerra fría. El MAPU era Rodrigo Ambrosio, Rodrigo era el MAPU. Sus bigotes latinizados, recios y juveniles marcaron el carácter y el sentido de una generación que abrazó con pasión y desprendimiento la causa de la redención de los pobres, que apoyó al Allende vivo en las duras y maduras, que enajenó sus vidas personales para converger junto a comunistas, socialistas y radicales en la gran lucha revolucionaria que cambiaría la faz de la nación chilena.

Salvador era estudiante de filosofía de la Universidad de Chile, estuvo en el acto fundacional del MAPU a los 18 años, aunque no provenía de la Democracia Cristiana como casi todos sus fundadores. Su hermano mayor Ladislao simpatizaba con la oposición porque se sentía cada vez más acosado en el despliegue de sus negocios, y su hermana Catalina decidió que el país que avizoraba no era para ella y se fue a vivir a Francia. Sus padres eran conservadores atrapados en el freísmo, desde aquel tiempo en que la derecha tuvo que apoyarlo para impedir el triunfo de Allende el 64.

Había cumplido 21 años el mismo día en que fue citado a reunión para indicarle que era uno de los elegidos para participar en un curso anual en el KOMSOMOL, la escuela de cuadros de la Juventud Comunista de la Unión Soviética. El MAPU había abierto relaciones formales con el PCUS y el primer gesto de ellas fue la invitación a un grupo de jóvenes a educarse en las tierras de Lenin. Ambrosio explicó que con ello se iniciaba el cumplimiento de un acuerdo del último Congreso partidario en que se planteó reforzar la formación de los futuros cuadros dirigentes en el marxismo leninismo. Así mismo destacó su relevancia ideológica en la perspectiva de la construcción de la siempre buscada vanguardia unida de la revolución chilena, en la cual el veía como integrantes a la mayoría del Partido Comunista, a un sector de los socialistas y al MAPU. Soñaba en grande este Rodrigo Ambrosio, su liderazgo era indiscutido entre sus militantes y muy valorado por Allende y otros dirigentes de la UP, su muerte prematura fue el inicio del desvanecimiento del MAPU.

Salvador llamó a María para recordarle que habían quedado de celebrar el cumpleaños en su casa, mientras discernía como le contaría que había aceptado esta importante oportunidad en su vida de profesional de la revolución.

Ella le contó triste que no podía, su hermana le había preparado para esa noche la postergada celebración del cumpleaños a su madre, le pidió que él fuera a su casa a saludarla y más tarde se irían juntos a la propia celebración. A Salvador no le gustaba alternar con la familia de María, sus padres eran unos intelectuales aristócratas, destacados profesores universitarios, que miraban con una a veces no muy sutil ironía, ese “coqueteo” –al cual siempre llamaban fugaz- de sus hijas y pololos con la revolución de la Unidad Popular.

Había que caminar unas 10 cuadras desde la Avenida Las Condes al sur para llegar a la casa de María, no llegaban los buses, prácticamente cada persona de ese barrio tenía su automóvil. El living olía a antigüedades, probablemente heredadas de generaciones, y el comedor tenía 14 sillas. A la pieza de María, que Salvador conocía en detalles, se llegaba por el ala este, subiendo por una escalera al segundo piso, lejos de las otras habitaciones. Era el lugar soñado para su fogoso pololeo. La señora Rosa, la nana, era la cómplice, preparaba exquisito pisco sour para comenzar, lasañas verdaderas con vino tinto hurtado de la cava y de postre, mote con huesillos. Era rara esta delicia popular en esos lares, pero la Rosa los había acostumbrado y para Salvador era su plato favorito. Ella sí que lo quería, apreciaba sus cariños y especialmente que fuera de la UP. Todos sus hijos estaban embarcados con Allende, habían sido criados en la población La Victoria, famosa toma de terrenos que dio origen a un poderoso movimiento de pobladores en la periferia de la capital. La Rosa admiraba a los que tomaban partido, sobretodo a los pijes que escogían vivir su futuro desde la opción por los pobres.

Esa noche advirtió a Salvador a la entrada.
-Adentro están esos cantantes que merodean a las niñitas, le van a dar una serenata a la señora. Tan pesados y arrogantes que son, se creen estrellas y no saben ni lustrarse los zapatos, dijo intuyendo un desagrado. -Llegó tan tarde Salvador, se tomaron todo mi pisco sour.

Salvador había estado en una larga reunión en la Fech. Se aproximaban las elecciones de Federaciones y Centros de alumnos, que tenían fuerte significado político nacional por entonces. Estaban negociando los cargos entre los partidos y a Salvador le interesaba cuidar el cupo de Mario, lo tenía proyectado a Diputado para las próximas elecciones y las Federaciones universitarias eran una potente vitrina. Es extraño en alguien que amaba la política no querer figurar, su placer era conducir desde las sombras, unos decían que tenía alma de “comisario”, Salvador decía que lo hacía por timidez.

No salió María a recibirlo y luego se toparon en el living sin el beso acostumbrado. Ahí estaban, tal como dijo la Rosa, esos cantantes salameros coqueteándole a cuanta falda encontraban a su paso, incluso a la viejita Elsa que ya estaba más que sonrojada.
Estaba luminosa. La Rosa decía que se había puesto así desde que empezó a salir con Salvador. Con aros y vestido verde esmeralda cuyos pliegues bamboleaban una cuarta antes de las rodillas, dejando a ratos, descuidadamente al descubierto esa almohadilla que entre nalga y piernas solía besarle Salvador con entusiasmo. María estaba pasada en unas cuantas copas y bailaba demasiado apretado. El guitarrista pretendiente estaba propasándose a ojos vista de la concurrencia. La flaca de las caderas contorneadas se arrimó a Salvador pretendiendo que la traición le pasara desapercibida. Lo sacó a bailar y le apretó aún más fuerte. Después de dos lentos y una cumbia le dijo gentilmente que iba al baño y se fue raudo a su casa. Más de alguna invitada estaría contenta de celebrarle con cariños su propio cumpleaños.

3.

Años atrás había comenzado a vivir su “broma”. Salvador nunca olvidó aquella tarde en que el cura Ariztía le regaló el libro “Diez años de revolución en Cuba”.
-Probablemente sin saberlo, esos hombres de cuyas vidas se trata este libro están cumpliendo los designios de Jesús, le dijo al entregárselo. Hay un camino que merece ser transitado, que trae al mundo real aquella ciudad definitiva que anhelamos y Dios nos promete.
-Tal vez igual que ellos yo he perdido la fe, le dijo Salvador, el mundo ya no es lo que era, ni siquiera creo en reformarlo. Hombres como el Ché alumbran el parto tumultuoso de nuevos tiempos, contestó Salvador.

Una poderosa corriente de cristianos revolucionarios recorría América Latina. La Revolución Cubana y el Ché inspiraban a curas y estudiantes por doquier. La Teología de la Liberación empezaba a dar sustento ideológico desde el seno de la conservadora Iglesia Católica. Arzobispos y el Vaticano estaban remecidos, el propio Papa se declaraba progresista.

-Así como el Reino de los cielos, el comunismo es la utopía, la eterna ciudad definitiva. Lo que hace hoy la diferencia está un paso más allá de lo escatológico. Jesús encarna la voluntad de no aceptar la vida como un valle de lágrimas, encarna la opción por los pobres y su liberación, la opción de construir en este mundo una vida más amable, que atisbe aquella ciudad. Sólo luchando acá llegaremos allí, donde se resumen todos los tiempos, dijo una vez Ariztía, en la comunidad de vida cristiana a la que perteneció Salvador. Y esas palabras fueron mandamiento en su vida.

Llegó al departamento en que vivía con sus padres, habiendo devorado en el Bus la mitad del libro. La carta del Ché a sus hijos explicando el porqué de su azarosa vida, lo envolvió en una nube de mística y resolución. En el living, ansioso por terminarlo, se sentó junto a la chimenea y un disco 45` se repetía una y otra vez. Era costumbre aquellos años dejar arriba el mango que sostenía los discos antes de caer, para lograrlo. Eran los Bee Gees, el clásico “I starked a joke”, que un novio le había regalado a Catalina. Aquellas voces románticas fueron testigos y razones para un cambio radical, a los 15 años, en la vida de Salvador.

La Paula era de su misma CVX. Pero ella había roto totalmente las cadenas, el marxismo la había cautivado y le leyó esa noche a Salvador, como regalo de cumpleaños, una extensa cita sobre Marx aparecida en “El miedo a la libertad”.
-Si el amor no es capaz de despertar amor como respuesta, entonces es una desventura, una desdicha sin destino…”

-Está bien que estés enamorado, pero nunca te perdonaré que me hayas confundido anoche con esa puta. Salvador nunca supo como Paula terminó siendo amiga de María, pero esa noche lo botaron de madrugada de la cama con recelo en los ojos.

Eran las 11 de la mañana y Salvador no resistía. La resaca y la falta de sueño le habían cortado el cuerpo y cualquier inspiración. La reunión para redactar la intervención de la Juventud del MAPU en el próximo Primer Congreso de la Juventud Comunista de Chile, lo tenía sofocado. Más tarde se definiría la delegación oficial que lo incluyó, pero el tenía su mente en otra parte. Fue al baño. Ya en la calle le pidió el auto a un compañero que llegaba al local de Príncipe de Gales y partió a recuperar lo perdido.

Todos dormían en la casa, salvo la Rosa. Estaba en el jardín regando, esperando ansiosa, dijo ella, la llegada de Salvador.
- Ha llorado toda la noche y la mañana, sus gritos de remordimiento no nos dejaron dormir, su desconsuelo me tiene desvastada, le dijo apurada la Rosa, suba no más, yo le llevo café a la habitación.
Saltó como una gata, balbuceaba disculpas, lo desvistió con frenesí, e hicieron el amor sólo como las tortuosas reconciliaciones lo permiten.

4.

La recepción en el aeropuerto marcó la diferencia. La Gladys y Carlos se llevaron todos los abrazos. A Salvador y el resto les esperaba un bus para conducirlos al hotel. Era la ilusión materializada, tal vez la tierra prometida, y todo sucedió intensamente.

No estaban los Bee Gees pero sí la Nueva Trova Cubana para acompañarlo en ese sabroso momento que le permitía experienciar la lectura inspiradora de hace algunos años. Los grandes relatos de Dominguín y Fidel en la plenaria, las farragosas traducciones de vietnamitas y rusos, la fiesta inolvidable de bienvenida, los daiquiri y la líder de la enseñanza media cubana, palidecieron en su recuerdo después de su affaire con “el caballo”.

Después de dormirse acalorado como a las 3 de la mañana, a las 5 los despiertan para un asunto urgente. Se viste acelerado, se despide con un beso aún más acelerado, y sube al último piso del hotel y allí estaba él, cercano y corporal.

Obvio, la Gladys a su derecha y Carlos a la izquierda, Salvador quedó al frente en un mullido sillón de felpa verde. La conversa fue eterna, como se acostumbraba. Con el sexto café para espabilarse, Ariel, un campesino dirigente de la Juventud Socialista de Chile, sobrepasó la línea permitida, reclamando la lentitud de la reforma agraria y su inmoralidad de dejar las mejores 80 hectáreas a los terratenientes. Salvador lo observaba y rumiaba, estaba a punto de cometer suicidio político.

Las dos almas de la Unidad Popular se colaban por todos los rincones. En cada Ministerio o repartición pública, en cada sindicato y cada organización social, en cada Partido y en cada delegación. Había quienes, liderados por Orlando Millas y los comunistas, por Clodomiro Almeyda y algunos socialistas y por Enrique Correa en el MAPU, se creyeron de verdad lo prometido al pueblo. El Programa de la UP contenía los cambios radicales con que la revolución chilena destrancaría el estancado progreso de la Patria. Nada menos, tampoco nada más.

La Reforma Agraria estaba en el centro, allí se manifestaba la más feroz disputa de clase, la tierra para el que la trabaja, muerte al latifundio. Estaba bien pensado. Enfrentar las rémoras agrarias con su estela de abandono y despojo, eran la clave para el gran salto adelante. Se requería expropiar las tierras extensas y mal aprovechadas y generar unidades productivas modernas que dinamizaran el conjunto de la economía, resguardando si, rigurosamente, en respeto de la política social de alianzas, 80 hectáreas para la conversión de sus antiguos dueños. Así como en la creación del área social de la industria, formación del Estado productivo que reunía a las expropiadas empresas monopólicas y estratégicas, en el campo había que generar conciencia acerca de la necesidad de respetar los acuerdos, so pena que la pequeña y mediana burguesía se fueran en contra de Allende uniéndose a latifundistas, grandes empresarios e imperialistas. El cobre había sido recuperado para los chilenos y Nixon había desatado la más feroz campaña de desestabilización del Gobierno de Allende.

No más, y no menos, fue lo que explicó Salvador a Fidel, con su acostumbrado hablar redactado y guiños de reprimenda sobre Ariel.

-Imagino que nos has pasado hambre en tu vida y que no te falta calor en el invierno del barrio alto, le dijo suave Fidel, probablemente conoces el campo de los veraneos familiares nada más, agregó.

Y Salvador se hundió entre los cojines, quería desaparecer, regresar a casa y nunca más volver. Su compañero, el chico genio del MAPU, intentó salir en su defensa balbuceando que había estado preso en una huelga campesina en los 60’, Carlos y la Gladys que lo estimaban, cambiaron rápidamente de tema. Al día siguiente Fidel se fotografió con cada delegación, en una visita a las construcciones de viviendas populares en Alamar. Salvador no posó, quizás por vergüenza, o tal vez porque evitó exponerse a una segunda reprimenda.

5.

Era cierto, Salvador había sido encarcelado y brutalmente golpeado el año 68’ en la provincia de Ñuble.

Era su primer año de universidad y en el otoño del 69’ se desató una gran movilización campesina en el sur de Chile. La Federación de estudiantes de Chile convocó a los universitarios a solidarizar y Salvador se inscribió. Aún no cumplía los 18 años, tuvo que engañar a los dirigentes para participar y fue asignado a la zona rural de Bulnes, al sureste de Chillán, la capital de la provincia de Ñuble. Era la tierra de sus antepasados. Latifundistas y comerciantes, algunos de los cuales oficiaron de poetas y políticos. En la casa de uno de los dirigentes campesinos locales se desarrollaron actividades de alfabetización y política con Salvador de profesor y de primeros auxilios con Roberto, un estudiante por egresar de Medicina. En la noche se reunió la Agrupación, se discutía como aumentar la importancia del paro y con la llegada de Andrés Toro a medianoche, su más notable dirigente, los campesinos decidieron tomarse la hacienda El Alcázar. Salvador y Roberto estaban asustados aunque también exitados por tamaña experiencia. De madrugada, habiéndose retirado Andrés, la toma fue realizada perfectamente acorde al plan diseñado. Salvador quedaba encargado de tomar un bus en la carretera, ir a Chillán a informar lo sucedido y regresar por la tarde con material de propaganda política disponible en la sede central de la Agrupación.

Eran las 6:15 de la mañana de un día de nubes amenazantes. Salvador dejó pasar una camioneta a la cual pensaba pedirle que lo llevara pero a tiempo descubrió que era la del dueño de la Hacienda. Minutos más tarde cuando el bus se aproximaba al retén de carretera, la vio estacionada y unos 10 carabineros cruzados en la calle para detenerlo. Ahí comenzó el primer calvario de su agitada vida política. Dos pacos se suben al bus, lo arrastran del pelo y los brazos hacia abajo y en escarmiento a los atónitos campesinos viajeros, le propinan una brutal golpiza a plena satisfacción del patrón que observaba con no disimulado goce. Estuvo tres días en manos del iracundo e incansablemente maltratador sargento Palma, a escondidas de quien el cabo Sarmiento le daba leche caliente cada vez que estaba a solas. Lo rescató la Policía de Investigaciones, enviada por su tío, a la sazón Presidente del Senado de la República.

Pero nada de eso valía la pena contárselo a Fidel, probablemente no tendría oídos para un relato ajeno. Más bien Salvador anidó una amarga sensación de haber sido ofendido, probable origen de una áspera discusión que, años más tarde y en una situación completamente diferente, tuviera con El Caballo.

Aquel incidente en La Habana, entre quien estaba por cumplir el Programa y quien estaba por sobrepasarlo, ocurría a diario en las calles, los campos y las industrias de Chile y fue escalando hasta adquirir dimensiones políticas nacionales. La segunda la encabezó un político burgués ultraizquierdista llamado Carlos Altamirano. La defensa de lo acordado con el pueblo de Chile el 4 de Septiembre de 1970 la encabezó el propio Allende, con el firme respaldo del Partido Comunista y fracciones de los otros Partidos de la UP. Años más tarde, cuando la tragedia golpista asoló Chile, los seguidores de Altamirano se volvieron moderados y pacifistas, casi todos exiliados; mientras los comunistas y los allendistas, en honor al Presidente mártir y por un deber para con su gente, allí se quedaron y muchos murieron, algunos con las armas en la mano.

El MAPU por su parte era un partido frágil y sin tradiciones, y no resistió. Sufrió una desgarradora división el año 72, premonitoria de las causas que llevaron al colapso a la UP y a su disolución luego del golpe militar.

6.

Horcones es una antigua caleta de pescadores que abastecía a las familias adineradas en sus casas de veraneo en las playas del litoral central. Era frecuente ver hermosas dueñas de casa en sus 4x4, disputándose los mejores erizos o locos, ostiones o machas y otras delicias del mar chileno, coqueteando con los buzos y pescadores que tenían fama de buenmozos. Se contaba la fábula de un sueco avecindado en la casa de la colina, mujeriego que había dejado una numerosa descendencia secreta y que los lugareños lo habían echado al mar atado de un ancla para salvar sus matrimonios. Otras fábulas hablaban que los dirigentes del Sindicato del mar, en defensa del honor de los suyos, habían violado tres noches y tres días al susodicho sueco y que éste, devenido en homosexual, convirtió a la mayoría de los hijos de los pescadores en sus pares.

Está situado más allá de Quinteros, otrora balneario de la elite santiaguina, pasando por Ventanas, refinería de cobre fuente de una salvaje contaminación de las playas y valles de la parte norte de la región de Valparaíso. Se baja por un pronunciado sendero hacia el mar, desembocando directamente a la arena y al roquerío, lugar donde estaba edificada la más extraña construcción de pilotes, que tomara fama del mejor restaurante de la época.

Salvador escogió ese lugar para contarle a María de su partida a la Unión Soviética. Reservó la mejor mesa esquinada con vista al océano Pacífico y al roquerío sur repleto de gaviotas, así como la suite de la única pensión de la playa de Horcones.

Era un invierno en que la lluvia era rara. El oleaje estaba fuerte y la marea en retirada, presagiando la tormenta que se desataría con la madrugada.

A las 8 de la noche se dirigieron al restaurante, Saúl y su señora, amigos santiaguinos que les acompañaban, ya estaban degustando su primer pisco sour. En unas mesas contiguas varias parejas de extranjeros bastante pasadas de copas y repletas sus mesas de mariscos de toda clase, que tan sólo parecían degustar porque las sobras eran abundantes. Se veía que una de las parejas estaban en problemas, serios problemas. Ella le coqueteaba sin pudor a Salvador y él sacó a bailar a la María. No había orquesta ni música envasada, tan sólo un ruido ambiental que parecía una tonada chilena. Encantador el gringo, la María parecía seducida. El la apretaba y ella le sonreía… hasta que vino el beso… Salvador se paró, tomó a la gringa de la mano y se fue caminando por la playa hasta el otro lado de la colina.

Se usaba en esos tiempos esos amores intensos y desgastantes, Vinicius de Moraes y Neruda habían influido el ADN de aquella juventud.

A las 4 de la mañana, María esperaba despierta a Salvador en la pensión. No cruzaron palabra sobre lo ocurrido, tomaron un poco más de vino, hicieron el amor y durmieron abrazados con fuerza inusitada ante la inminente separación por el viaje de Salvador.

Tanto más se acercaba la fecha de la partida tanto más intensa la relación. María se consiguió un departamento con un antiguo novio. Casi todos, hasta los más duros, quedaron escribiendo poesía después de ella. No durmieron dos días despidiéndose, exigiéndose y jurándose fidelidad, y celebrando con los amigos la partida de Salvador a la tierra de los soviets.

Subidos a la ola de esos tiempos adrenalínicos, enajenados en sus vidas amorosas, la pasión y el sexo eran más fuertes que el amor. Ese que con los años se sabe los seres humanos sólo cultivan en el compromiso existencial con un otro. Salvador se había tropezado con la biografía de Ho Chi Min, líder de la independencia del Viet Nam, y estaba resuelto como él a no tener matrimonio ni hijos, su amor era la Patria y sus hijos el pueblo y su lucha. Qué gran alegría trae recordar la intensidad con que vivieron esos años, qué tristeza las rupturas que sobrevinieron con el golpe militar, soledad, desgarros y nostalgias.

En el aeropuerto hubo risas y hubo llanto, fotos delatoras y un mazazo al orgullo de Salvador. Su jefe le informaba, allí en la antesala del avión, que quedaba destituido como jefe de la delegación a la URSS por no haber cumplido con sus deberes militantes en los días previos. Abducido en su romance no se había aparecido por el Partido desde hace una semana y, lo que se había estimado inaceptable, no había entregado el texto que había comprometido como saludo del MAPU al Congreso de la Juventud Comunista de Chile. Es probable que haya sido una sabia decisión sin nadie proponérselo: los acontecimientos que viviría en la Europa Oriental probablemente le habrían hecho imposible cumplir con esa responsabilidad.

Ninguno de los cinco viajeros dominaba más idioma que el chileno. Frankfurt fue su primera prueba de fuego. Inquietos por la complejidad del trasbordo indagaron más de la cuenta en una oficina de informaciones y luego esperaron en la barra tomándose un café. Allí les abordaron unos señores, después supieron que eran agentes federales, les indicaron todo con la mejor sonrisa y después de fotocopiar sus pasaportes y fotografiarlos junto a unas lindas alemanas les llevaron gentilmente al counter que los embarcaría a Moscú.

Aterrizaron de noche y el bus les llevó a una especie de casa de campo. Era un lugar de cuarentena donde los tercermundistas eran sometidos a un completo examen de salud. Salvador salió premiado y le mandaron a internarse durante 20 días en un hospital para infecciosos. Tenía millones de amebas, alojadas quizás cuantos años en sus intestinos. Ahora entendía porqué, a pesar de haber sido sin duda el mejor futbolista de su época en el Colegio, nunca duraba los 90 minutos y no era convocado a la selección. Había comenzado a fumar en el noviazgo con María, la pieza de fumadores del hospital era tan atiborrada y maloliente, había que fumar con el cigarrillo por encima de la cabeza para no quemar a otros, que durantes muchos años no volvió a hacerlo.

La distribución de las piezas estaba ya resuelta cuando arribó a la Escuela, el jefe y su segundo en pieza propia, él y dos estudiantes de Economía juntos en el tercer piso. Se sorprendió Salvador con la precocidad de los primeros, ya habían intercambiado cuarto con dos finlandesas increíblemente bellas. Por su parte, él dispuso con prolijidad la secuencia de sus 12 fotos con María en la pared del costado de su cama, de manera de cada día levantarse y acostarse con ella.

La Escuela del KOMSOMOL fue para Salvador de las experiencias relevantes de su vida. Llegó cuando aún no se agotaba completamente el verano y su canícula, sobrellevó el otoño y el invierno de las estepas rusas y vio emerger la fulgorosa primavera, con sus resbaladizos deshielos, su colorida luminosidad y sus exuberantes mujeres.


Un recuerdo vago le embargaba. Salvador se sintió viviendo algo ya vivido. No eran las circunstancias, era la emoción del más bello lugar de su infancia. En la silla mecedora, en las piernas de su abuelo, frente al Sarmiento, la isla Dawson y la Tierra del Fuego, en la placidez de la más serena mar del estrecho de Magallanes. Se vio jugueteando entre los corderos recién nacidos de ese sol-y-nube atardecer del sur austral de Chile. Estaba en el Norte, tal vez equidistante de ese polo como lo estuvo entonces de aquel situado en el extremo bajo del planeta. Sintió ese placer rara vez obsequiado a quienes la naturaleza si les reserva su belleza.

Llegó al mediodía bordeando el lago de sus nostalgias, perplejo ante el castillo colorido que lo dominaba desde la colina y deseoso de subirse al bote anclado en la bahía, y quedarse al medio de la nada, haciendo precisamente eso, nada, como solía con su abuelo en la laguna de la estancia. Una larga avenida de abedules le dieron la bienvenida, al llegar a los comedores los chilenos de todos los Partidos presentes le deseaban buena salud, en una fiesta multirracial organizada para celebrar allá lejos las fiestas patrias y representar las bondades del país lejano. El jolgorio duró hasta entrada la madrugada del Domingo, casi 15 horas de cánticos multinacionales, presentaciones personales en el más vernáculo lenguaje corporal y la estrella de la noche, una autóctona de Alemania que cantaba como las diosas, suave, hermosa y dulce como nadie conocida, y que milagrosamente hablaba el español.

Subidos ambos de copas se cantaron a solas la canción de Sacco y Vancetti. Salvador entraba al paraíso, el que había soñado, las mujeres a la par con los hombres, la alegría reinando en el corazón del nuevo ser humano que emergía del socialismo. Embriagado no por la abundante cerveza sino por el hálito de la vida plena, recordó su promesa de serle fiel a la María. En la intimidad de su habitación, mientras sus compañeros seguían de copas, Salvador le narró la historia de esas fotos. Aparecía bajando del bus, llegando al campo de la familia de la María, ella corriendo por el prado a besarlo, ambos con los brazos estirados, cada foto más cercanos, luego el abrazo y el beso, revolcados en la hierba y sentados mirándose tiernamente a los ojos.

-Ella es mi novia, al regreso a mi país nos casaremos, militante como yo, me espera en cada esquina de la lucha.
-Penélope … adiós amor mío, no te vayas volveré… … dicen en el pueblo que un caminante volvió…cantó con irónica compasión la Marigen y, desde ese momento la alemana se convirtió en la amiga cómplice de Salvador.

6.

Normalmente recogía sus cartas llegadas desde Chile en el recreo de media mañana en la oficina de Enrique Pillias, esta vez fue distinto. De madrugada, en el hall del primer piso del edificio en que vivía, estaba Enrique esperándolo.

-Tengo una extraña sensación, le dijo a Salvador, es más grueso que de costumbre el sobre, le susurró en voz suave, entregándole personalmente la carta recién llegada de Santiago. Los ojos del soviético le apretaron la garganta a Salvador y no pudo pronunciar palabra como siempre lo hacía, agradecido con quien él había bautizado como el mensajero del amor. Leyó en su presencia las primeras hojas y de pronto levantó la vista, divisando por la ventana negros nubarrones que presagiaron el más duro invierno de su vida. Y en silencio, lleno de vacío, se ensimismó.

Ese día fue a clases como de costumbre. Estaba en el salón de conferencias, conciliando con un enorme esfuerzo contenido su pena, intentando una apariencia atenta de aprendiz revolucionario. Cuando un llanto repentino y abrupto lo sumergió en los recuerdos de esos días tristes de su infancia, cuando el abandono lo tiñó en los colores de la pena -aquel día que su padre le dijo que sobraba en la casa, palabras que rumió por muchos años, desde sus 14 hasta su partida- confundiéndose ahora con los olores de la tristeza y la culpa surgidos desde lejos, de aquella maldita que le había infringido el golpe más aleve a su corazón confiado, quizás, sobretodo, a su sobregirado ego.

Interrumpiendo la Conferencia en medio de las sillas atestadas, no importó que fuera el mismísimo revolucionario cubano Piñeiro “el Barbarroja” quien estuviera disertando a los latinoamericanos, salió con Enrique detrás suyo, como su ángel guardián invitándolo a la cafetería, para intentar endulzar su dolor con un chocolate caliente.

Desaparecieron juntos tres días y tres noches, borrachera tras la cual se reintegró a sus deberes cotidianos por largos meses nevados, viviendo como si nada le hubiese trizado su existencia.

-La Tania era una orgullosa pelirroja que me desangró el alma a los 21 años, irrumpió con su relato Enrique, ante la miserable auto compasión que observaba en la prosa amarga de Salvador, y le confió detallamente sus amores y desamores. La primera botella de vodka, despachada antes de las 11 de la mañana en el departamento en que vivía el ruso, había producido sus consabidos efectos.

-En las estepas orientales de mi país se dice que el alcohol, aunque mata las neuronas, tiene un efecto paradójico. Primero mata las del silencio, y hace que nos pongamos locuaces, luego las de tristeza, y nos inunda la alegría y, finalmente, lo intenta con las del recuerdo, pero estas son las más difíciles de matar, dijo Enrique, destapando otra botella.

-“Adiós pero conmigo serás...

Amor mío, es de noche.

El agua negra, el mundo
dormido, me rodean.
Vendrá luego la aurora,
y yo mientras tanto te escribo
para decirte: “Te amo”.
Para decirte “Te amo”, cuida,
limpia, levanta
defiende
nuestro amor, alma mía...

Amor, te espero.

Adiós amor, te espero.

Amor, amor, te espero.

Y así esta carta se termina
sin ninguna tristeza:
están firmes mis pies sobre la tierra,
mi mano escribe esta carta en el camino,
y en medio de la vida estaré
siempre
junto al amigo, frente al enemigo,
con tu nombre en la boca
y un beso que jamás
se apartó de la tuya.”

recitó de memoria y lentamente Salvador.

-Puedes no creerlo pero tú me enseñaste que las cartas demoraban ocho días desde Santiago a Moscú y viceversa. Hace poco tiempo le escribí a la María una carta escogiendo estos versos de un poema de Neruda. Ocho días después de enviada, recibí una suya con los mismos versos, puedes imaginártelo, los mismos versos de amor escogidos por ambos, que se cruzaron en idílico saludo en los cielos del Atlántico. Así de acoplados estaban nuestros cuerpos.

“Cuida, limpia, levanta, defiende nuestro amor, alma mía…” Salvador lo había convertido en credo, cada día hasta entonces, con admirable entereza y honestidad, se había esmerado en cumplir lo prometido. “Y así esta carta se termina… con tu nombre en la boca y un beso que jamás se apartó de la tuya”.

Salvador estaba descolocado. Cómo no haber puesto atención a ese extraño sentimiento de borrosa lejanía y desapegos que a ratos lo inundaba, especialmente en la melancolía de cada atardecer nevado. Cómo no haber dejado que fluyeran aquellas noches en que no encontraba el rostro hermoso de María en el intento de reconfigurarla en su nostalgia. Cuántas veces sus labios firmes, su voz sabrosa, sus olores intensos se desvanecían con el tiempo… y esa distancia… recorrida para olvidar.

- A menudo no sabía si era ella o quien la que amaba, continuó Salvador, tal vez lo que más me duela sea la pérdida de esa cultivada ilusión por un bello amor, que me había esforzado una y mil veces por repintar cada día para mantener vivo el recuerdo.

-Nunca me atreví a compartir con ella esos sentimientos. Me preguntaba si acaso sentiría que era desamor, que inundado de intensas experiencias, de hecho, la estaba relegando al olvido.

-Era tu arrogancia, le observó Enrique. Creías que todo dependía tan sólo de ti, de tu presencia en ella, la narrabas siempre frágil, no confiabas en su vacilante humanidad. Tal vez fue el miedo, ese que causa en los hombres tantas cobardías y silencios. Tal vez el temor al abandono, a que buscara protegerse de las confusiones de tu amor por ella, y abriera sus puertas y ventanas a los que anhelantes merodeaban sus labios languidecidos.

A pesar de todo el vodka que bebió no logró sepultar entonces esos ruidos del desasosiego por un amor perdido, que hasta hoy parecen perseguir a Salvador.

Enrique Pillias fue el mejor amigo soviético de Salvador. Nunca dejó de estar en contacto con él. Se escribieron sesudas y recurrentes cartas sobre el proceso chileno, la resistencia a la dictadura de Pinochet, los avatares de la renovación en Rusia. Fue, por supuesto, el indicado para presidir el Comité de Solidaridad del pueblo soviético con Chile y vivió con pasión y amargura el tiempo renovado de Gorvachov.

Muchos años después Salvador se encontraría caminando en la Plaza Roja con Enrique. –Ves esa bandera que flamea hermosa en los mástiles del Kremlin, no podría vivir sin su presencia, le dijo Enrique. Un día murió de pena, un infarto dijeron los médicos del hospital, poco después que se disolviera la Unión Soviética.

Salvador guardó esa carta, la última de María, por muchísimo tiempo. Su madre, cuando lo hicieron prisionero después del Golpe militar, registró sus pertenencias, le quemó todo lo que pudiera incriminarlo, no sin antes llorar desconsoladamente al leer esa carta-afrenta a su más querido querubín.

Eso si que me asalta una duda que no quiero. Si la vez dile, claramente, que la quiero, sin vacilaciones ni olvidos.

Terminados los días de reparadora borrachera, Salvador dedicó todas sus energías al estudio. Sólo dos desvaríos le acompañaron. Una bella versión de Carmen Suite que escuchaba cada atardecer, amenizando así sus lecturas de las obras completas de Neruda.

Con la Navidad se acercaba el cumpleaños de aquella maldita. Todavía parecía no querer resignarse a establecerla en el lado oscuro de vida. Sólo un pequeño gesto y después esperar lo que sucediera a su regreso.

Le escribió a sus amigos Pato y Andrés, conminándolos, cualesquiera fueran sus juicios sobre lo vivido en su ausencia, a que le enviaran el más significativo ramo de rosas rojas a María. En su nombre y acompañado de unos versos que él había escogido como penúltima esperanza.

“Aquí te espero…

7.

El tiempo siguiente pasó inadvertido, nunca he oído hablar a Salvador de los meses que transcurrieron previo a su regreso a Santiago. Salvo por el accidentado regreso.

Los cinco del MAPU tomaron llegaron juntos al aeropuerto de Moscú. Salvador y Enrique con destino a Frankfurt, los otros tres a París. Con dólares justos para comprar pasaje a Chile y unos tres días de alojamiento y comida. Al llegar a las capitales de Europa occidental una sorpresiva crisis económica hizo que el valor del dólar bajara abruptamente. No les alcanzaba para comprar su regreso. Uno tenía que quedarse a esperar que le enviaran su pasaje desde Santiago. Salvador se ofreció. No era un gesto de solidaridad, tomó tren a París, María había vivido allí y él quería oler esas calles buscando algún recuerdo, tal vez alguna esperancita.

Una semana y quince días a lo sumo le enviaban los pasajes o el dinero, lo que no sucedió nunca.

“Eran las siete y media
del otoño
y yo esperaba
no importa a quién.
El tiempo,
cansado de estar allí conmigo,
poco a poco se fue
y me dejó solo.

-Qué pasa? –me dijeron
las hojas de París-, a quién esperas?

Me quedé solo
como un caballo solo
cuando en el pasto no hay noche ni día,
sino sal del invierno.

Me quedé tan sin nadie, tan vacío
que lloraban las hojas,
las últimas, y luego
caían como lágrimas.

Nunca antes
ni después
me quedé tan de repente solo.
Y fue esperando a quién,
no me recuerdo,
fue tontamente,
pasajeramente,
pero aquello
fue la instatánea soledad,
aquella
que se había perdido en el camino
y que de pronto como propia sombra
desarrolló su infinito estandarte.”

Habían transcurrido ya 20 días sin noticias de Chile y Salvador
decidió recurrir a la Embajada de Chile. Bien o mal estaba Neruda de embajador. El poeta no lo recibió, lo abrumaban sus compromisos y, se decía, alguna enfermedad. Casi todos allí hicieron oídos sordos a sus peticiones de ayuda, salvo el encargado del telégrafo que le juraba que mandaba a diario mensajes a Chile sobre su situación. Jamás obtuvo respuesta alguna. Salvador veía como el poco dinero que le quedaba se iba terminando y un día cayó en la desesperación. Resolvió buscar trabajo y se encaminó con ese fin a la Feria de las pulgas parisina. Un chileno que había divisado en la Embajada tenía un puesto de comerciante de ropa.

La Feria de las pulgas parisina era un lugar único a los ojos de Salvador. Carpa tras carpa miles de personas haciendo trueques y trucos, de baratijas, ropa usada, antigüedades vulgares y juegos de azar para provincianos y turistas pobres. Unos vagos bien vestidos jugaban con numeroso público a “Encuentra el 8 de corazón”. Tres cartas en el pisos que en veloces movimientos se mostraban y ocultaban en el piso y el apostador debía poner dinero sobre aquella que presumía era el 8 de corazón. Fácil -pensó Salvador, a los sudacas no nos hacen lesos, no saben con que chicha se están curando. Puso 10 dólares y ganó, luego 50 y volvió a ganar, la chica del lado lo entusiasmaba, y así hasta que decidió arriesgarlo todo, puso 500 entre lo tenido y lo ganado, y lo perdió todo. Todo lo que tenía para sobrevivir en París, para pagar parte de su pasaje de regreso, la pensión que ocupaba y la locomoción necesaria y los cafés con baguette indispensables Ahora si que estaba en problemas, problemas graves.

Los truhanes y la chica tomaron cartas, cerraron maletín con patas y salieron despavoridos entra la multitud y las carpas. Habían hecho su Agosto con el chilenito. Salvador partió furioso tras ellos gritando ¡ladrones devuelvan mi dinero! Ellos entraron a una carpa y Salvador detrás de ellos. Una inmensa y gorda señora se atraviesa en su camino y lo toma de un brazo expulsándolo a viva fuerza de su carpa. ¡Aquí no ha entrado nadie, váyase o llamo policías! Salvador aterrizó y cachó que había sido timado. Unos pocos francos le alcanzaron para volver a la pensión, meter sus pilchas a una bolsa y desaparecer en París caminando en busca de una solución.

A las 4 de la tarde se vio sentado en las escalinatas de la Embajada. Intentando no caer en la desesperación se devanaba los sesos buscando alternativas. Dormir en la plaza, salir mañana a buscar trabajo, pedir prestado en la Embajada, no alcanzó a idear algún asalto precario, cuando se le aparecieron unos ángeles.

Aparcoa, un grupo de la nueva canción chilena, de los buenos, andaba de gira por Europa. –Cómo está Salvador, le dijo Carlos, uno de sus integrantes conocido suyo en el Pedagógico, no te ves muy bien. Se esforzó por ocultar su drama, su dignidad de dirigente político estudiantil no podía derrumbarse. -No hay problemas, les dijo, les felicito y que disfruten su estadía. Dos horas más tarde, justo cuando Salvador había decidido ir a buscar alojamiento callejero, salieron los Aparcoa y lo conminaron a irse con ellos a alojar. Allí contó todo y el mes siguiente previo a la obtención del dinero para el regreso, ofició de cargador de equipos e iluminador de las presentaciones del grupo. En Santiago se habían olvidado de él. Jamás respondieron una llamada o al telégrafo, jamás le escribieron ni le contactaron, los compañeros simplemente se desentendieron de su desdicha. Enrique Pillias era su salvación. Se armó de valor y un día partió a la Embajada soviética. Nadie le creyó, era imposible que un latino despistado, de un viaje clandestino, a unos estudios clandestinos, se atreviera a develar su identidad y apersonarse sin pudor a una Embajada completamente custodiada por policías y espías, de amigos y adversarios.

 

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Comentarios
Giussy dijo:
lo q más me ha gustado es eso de:
"Así como el Reino de los cielos, el comunismo es la utopía, la eterna ciudad definitiva. "

creo este escrito q sería un buen homenaje a Salvador.., pero le pondría algo más de lirismo, poeticidad, algún pasaje más poético.. por cierto, una pregunta... ¿está documentado en su vida o es invención lo de las cartas, diálogos, poemas...?
Escrito: 26 días atrás
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