Pasaje 1º
Escrito por Enrique Salvatierra (Desconectado Offline), el 22 de abril de 2008

Agotando sus últimos alientos de vida, Claudia llegó al recibidor de su casa. Entre los mareos producidos por los narcóticos había logrado escuchar el timbre, probablemente por última vez en su vida. El chirrioso sonido le había devuelto por unos instantes a su cruel infancia, aquello le recordaba el temor que sentía cuando el novio de su madre llegaba a casa. Con mucho esfuerzo logró abrir la puerta, y tras mirar a ambos lados del pasillo, no encontró a nadie. La mente comenzaba a jugarle malas pasadas, síntoma de la dosis mortal de tranquilizantes que había ingerido. Su debilidad física hizo que cayera de rodillas justo en la entrada de su piso, situado en el centro de la ciudad, donde la tranquilidad y la armonía solían reinar, hasta aquel lluvioso día. Las intensas gotas empujadas por el viento golpeaban estrepitosamente las ventanas, lo que provocaba el estupor de Claudia, que al caer encontró un sobre en el suelo. Alucinada por el efecto de las pastillas, escudriñó la carta con la mirada perdida, y tras unos segundos de ingravidez, cogió el sobre. Ya en el salón de su casa, rodeada de aquellos antiguos muebles que la habían acompañado desde que tenía uso de su memoria, esta joven morena de unos 24 años, de esbelta figura, y con unos rasgos faciales envidiados por cualquier modelo, se encontraba sola, esperando expirar su ultimo aliento, y a punto de encontrar un nuevo motivo por el que continuar viviendo. La carta que tenía en sus frágiles manos iba a cambiar su vida. El sobre era distinto a cuantos había visto anteriormente, con los bordes rojos y con un sello que juraría haber visto antes. Entre mareos, Claudia intentaba recordar porqué le sonaba tanto aquel distintivo, cuando le vino a la mente el recuerdo de una de las clases del profesor González, un catedrático de Historia de la Universidad de Salamanca, en la que había aprendido a reconocer los escudos de armas de las grandes familias europeas. Al rememorar este hecho le dio un vuelco al corazón, el sello del sobre era el distintivo de una de las familias más antiguas y veneradas de toda Francia, no cabía duda, era el sello de los Bonaparte, y aún sin saber por que, ni si era un alucinación o no, la alegría y la curiosidad llenaron un corazón donde las sombras sostenían una férrea dictadura desde aquel incidente con su libro. Y ahora, tras dos años de sufrimiento y depresión que la llevaron a su estado actual, se habían puesto en contacto con ella. Miles de preguntas bombardeaban su cabeza, mientras su consciencia se iba desvaneciendo. Ansiosa por leer el contenido de la carta, la abrió y observó con dificultad el contenido de la misma.


Sra. De la Vega,
“Requerimos su presencia por un asunto de estado. Le necesitamos para solventar el misterio que rodea el asesinato de Napoleón Bonaparte. Nos urge su respuesta, y por su débil estado, a usted también. Así que si acepta tan solo escriba si en el papel.”


Este enigmático mensaje hizo que la cabeza de Claudia aumentará su presión, provocándole un dolor que nunca antes había sentido. Tras leerlo tres veces más, cada una de ellas con más dificultad que la anterior, seguía sin explicar el fin de aquella extraña carta. ¿Sería una broma pesada de algún chiquillo?, pero, ¿cómo sabían tantos detalles sobre su estado actual de salud? Esas preguntas inquietaban su dolorida cabeza. Era muy difícil poder creer aquello, pero por otro lado era todo lo que Claudia había soñado, aquel sueño cuyo truncamiento le había llevado a la desesperación en la que se encontraba, y ahora, cuando estaba al borde de su final, tenía la remota posibilidad de convertirse en una auténtica historiadora. Y así, sin nada que perder y sacando las últimas fuerzas que quedaban en su interior escribió un legible Si, al mismo tiempo que su consciencia iba desapareciendo.

Cuando Claudia despertó, no lograba reconocer el lugar en el que había recuperado la consciencia. No recordaba mucho de lo sucedido, pero si lo mínimo como para saber que el lugar en el que estaba no era ni su habitación, ni su piso, ni ningún lugar que hubiera visto antes. Se encontraba en una sala inmensa decorada con grandes cuadros, algunos de Delacroix que pudo identificar con facilidad. Su faceta de historiadora le hacía relacionar ese sitio con algún lugar, pero el dolor de cabeza no le dejaba pensar con claridad, aunque algo en su interior le decía que esa habitación en la que había despertado le era muy familiar. Intentó concentrar todos sus esfuerzos en recordar datos sobre los grandes salones de la historia. Su cansada memoria le llevó hasta el siglo XVIII, en la Francia de Napoleón, y si sus recuerdos no le fallaban y sus ojos no veían mal, increíblemente, y, sin apenas dudas, había despertado en la Grand Gallerie del Palacio de Versalles. ¡Estaba en Francia! Las preguntas sobre cómo habría llegado allí empezaban a corromper su dolorida cabeza, cuando alguien abrió de par en par las puertas del gran salón.
De aquellas enormes y grandiosas puertas salió un hombre trajeado, con chaqueta de seda y corbata, pero lo que más le sorprendió de él fue su altura, ¡apenas medía medio metro! El hombrecillo se acercó a ella con cara de preocupación y sin hacer preguntas, ni dar tiempo a recibirlas, obligó a Claudia a levantarse y a acompañarle. Los pasillos de aquel lugar iban transformándose según entraban o salían de alguna sala. Si al llegar creyó estar en la Grand Gallerie, al salir de la sala se encontraba en unos pasillos muy extraños, que le recordaban a los pasillos de las películas sobre la Casa Blanca. Claudia estaba alucinando, no podía creer, ni entender donde estaba, así que se limitó a seguir al hombrecillo trajeado y esperar acontecimientos. Tras él, recorrió cientos de pasillos, en lo que para ella fueron horas, y finalmente, llegaron a la puerta más antigua de todas las que había visto, sin apenas decoración y con la madera corroída por el paso del tiempo, el hombrecillo trajeado se detuvo ante ella y empezó a recitar una serie de frases, que ella no lograba entender. Tras unos segundos eternos, las puertas se abrieron de par en par, dejando entrever una habitación muy diferente de la que habían salido, sin apenas lujos, con tan solo una vieja mesa de cristal, unos papeles sobre la mesa, y una gran estantería con libros antiguos y llenos de polvo, un polvo que inundaba la habitación, y que casi no le dejaba respirar. El hombrecillo la invitó a entrar, y Claudia aún ensimismada con la situación, atravesó las puertas, cerrándose estas tras ellas y provocando un estruendo que sobresalto a ambos personajes. El hombrecillo tranquilizó a Claudia, recordándole que él aun no se acostumbraba al estrepitoso ruido de tan antiguas puertas al cerrarse. Estas eran las primeras palabras cordiales que mantenía con el hombrecillo, lo que hizo que el temor que sentía desapareciera durante unos momentos, mientras se dirigían hacia la enigmática mesa de cristal. Nada más verla, el recuerdo de su decimocuarto cumpleaños llegó a su mente. Parecía que era ayer, cuando ella, su madre y el novio de esta, estaban en casa, soplando las velas en una mesita como la que tenía ante sus ojos. Todo parecía muy feliz, hasta que su madre se marchó al trabajo. Lo que ocurrió en esos instantes nunca se borrará del recuerdo de Claudia. Alberto, el novio de su madre, se había quedado con ella, y sin motivo aparente empezó a hostigarla. Cansado de sus negativos y aprovechando su mayor fuerza, la cogió por los pelos, la amenazó con ahogarla si gritaba, y la lanzó hacia la mesa, en la que hacía unos momentos era tan feliz cumpliendo catorce años en compañía de su madre, donde comenzó a desvestirla. La alegría se tornó en humillación y tristeza, los ojos de Claudia mostraban la impotencia y la incredulidad de que el novio de su propia madre estuviera a punto de violarla. Estaba a punto de gritar, cuando una tenue voz la sacó de sus recuerdos, devolviéndole a la realidad de la sala. Sobre la mesa había aparecido una pequeña pantalla en la que se podía vislumbrar una pequeña sombra humana, que sin duda, se estaba dirigiendo a ella.

- “Claudia, ¿conoces algo sobre los eclipses lunares?”

Justo estaba aclarando que a pesar de que a su padre le apasionaban, ella nunca había visto ninguno, cuando la voz prosiguió hablando.

- “Verás, para muchos son algo bonito que ver, o motivos de investigación, pero para nosotros es una oportunidad de salvar la vida de Napoleón. Cada eclipse lunar, se nos ofrece una oportunidad de regresar a un instante del pasado, cualquiera que sea, y revivir lo que en ese momento ocurrió. Durante los cinco minutos que dura el eclipse, la vida en la tierra se paraliza, recordando en sí todos los momentos que se han vivido sobre ella. Para ello debemos estar en el lugar exacto donde ocurrió el hecho que queramos cambiar, justo en el momento en el que comience el eclipse, que nos mantendrá en esa parte de la historia que queramos hasta que la luna vuelva a iluminar la noche por completo. El próximo eclipse es dentro de una semana, y necesitamos averiguar, como, donde y quién asesinó a Napoleón, para poder salvarlo y cambiar el rumbo de nuestra historia. Para ello necesitamos la ayuda de tus conocimientos sobre él, y sobre sus últimos movimientos con vida, ya que aunque muchos siguen creyendo que murió en la cárcel, nosotros sabemos que logró escapar y disfrutar de unos años fuera de ella, hasta que fue asesinado.”

La cabeza de Claudia estaba llena de preguntas, tantas que no sabía por cual empezar, ¿por qué ella?, ¿Quiénes eran?, ¿era una broma o realmente se puede cambiar la historia? Esas y muchas otras preguntan bombardeaban una ya atormentada cabeza, así que Claudia se limitó a pedir una vaso de agua y a tomar asiento, mientras asimilaba el mensaje que acababa de recibir, y elegía bien las preguntas que iba a realizar. Estaba totalmente perdida, no sabía donde estaba, ni que hacía allí, ella solo quería terminar ya con el sufrimiento de vida que llevaba. El fracaso de su libro la había arruinado profesional, económica y psicológicamente. No le merecía la pena seguir así, no tenía metas, no tenía ganas de continuar viviendo. Esos eran sus pensamientos justo antes de acabar en todo este embrollo del que no tenía ni idea de cómo salir. Finalmente, se armó de valor y lanzó una tímida y sencilla pregunta: “¿Dónde estamos?”
La pantalla volvió a producir sonidos, desvelando las respuestas del misterioso hombre que se hallaba al otro lado de la misma. Él le desveló que estaban en un antiguo castillo al sur de Francia, en un subterráneo para evitar a los curiosos, y que habían intentado emular los salones más conocidos del mundo, de ahí que la sala donde despertó Claudia le recordase a la Grand Gallerie. Tras la completa respuesta que le había facilitado, y después de un momento de duda, preguntó que como la habían encontrado, algo a lo que la voz fue más reacia a contestar, obviando completamente la pregunta, con una enigmática respuesta que rondaría la cabeza de Claudia durante toda la noche: “las respuestas que buscas están en tu mente” con esas palabras se despidió aquella voz, no sin antes dar órdenes explicitas a la chica de recopilar datos sobre la muerte de Napoleón, recordándole que encontraría toda la información que necesitase en los viejos libros de los estantes.
Tan solo un mes después del varapalo de su libro, Claudia volvía a recabar información sobre aquello que le había llevado a la máxima desesperación y a tirar su vida por la borda, el estudio de la misteriosa muerte de Napoleón.
No sabía si estaba preparada para volver a enfrentarse a esa temática de nuevo. Mientras buscaba algunos libros, los fantasmas de acontecimientos pasados regresaron a su aún dolorida y aturdida cabeza. Sobre todo, cuando vislumbró un libro en especial, uno muy familiar, con un titulo que le había acompañado durante toda su infancia y adolescencia, y que en los últimos meses había retomado en busca de esa esperanza, ese algo por el que seguir viviendo, después de todos los problemas surgidos tras la publicación de su libro. La tapa era verde con ribetes dorados, igual que el ejemplar que su madre le había regalado cuando apenas tenía 8 años. Abrió el libro y buscó los versos que más le gustaban:
“Que es la vida, una ilusión, una sombra, una ficción, que el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”
Este era el fragmento que le ayudaba a seguir adelante, en los momentos en los que no entendía como la vida podía ser tan dura con ella. Al leerlo, recordó esos momentos de su infancia, cuando el novio de su madre la encerraba en el cuarto durante días mientras esta viajaba por trabajo. Se sentía como Segismundo, y fue él y su experiencia en forma de libro los que le dieron la fuerza y la esperanza necesaria para no rendirse y salir adelante en la vida, ayudándole a convertirse en la mujer feliz que un día fue, y que al siguiente le arrebataron ferozmente. Esos versos que tenía ante ella habían acompañado a Claudia a lo largo de su dura y escabrosa vida. Leer era su válvula de escape, y “La vida es sueño”, siempre le había ayudado a superar todos los problemas con los que se había encontrado, menos este último que le había llevado al borde de la muerte, en la cual habría caído si no hubiera sido por esa misteriosa carta que llegó a su puerta en el momento y la hora que más necesitaba un halo de esperanza. Claudia paseaba por la sala inmersa en sus pensamientos, y notando felizmente como de nuevo surgía un brote de ilusión en su interior. No sentía algo así desde la publicación de su libro, días antes de que su vida diese un giro de 180º y pasase de la felicidad plena a caer en un pozo de oscuridad, tristeza y depresión que le llevaría al intento de suicidio. Pero las voces del enano le sacaron de sus pensamientos, devolviéndola a la realidad. El próximo eclipse sería dentro de tres días, y no tenían tiempo que perder, debían encontrar el lugar donde fue asesinado Napoleón. Claudia no tenía tiempo para pensar en todo lo que habría ocurrido, así que se puso manos a la obra. Continuó buscando entre aquellos estantes algún libro relacionado con Napoleón, y más concretamente, sobre sus últimos días. Y no llevaba más de dos repisas cuando vio el título de un libro que le dejó perpleja. Al verlo un escalofrío había recorrido su cuerpo, como si un rayo bajara de las nubes. Claudia estaba ensimismada delante de aquel libro, cuando una marea de recuerdos llegaron a su, ya de por sí, ajetreada cabeza. Estaba ante su propio libro, “El misterioso fin de Napoleón”. No creía que aún quedasen ejemplares de su obra, después de la fuerte crítica y de la posterior retirada del mismo. Al verlo recordó los verdaderos motivos que le habían llevado a las puertas del suicidio. Parecía que estaba allí, en aquella rueda de prensa, de la que esperaba salir como una de los referentes de la literatura de investigación del momento, cuando llegó aquel hombre acusándome de aquellas cosas. Sintió de nuevo esa sensación. Nunca antes había sentido algo así, salvo en aquella ocasión. Era algo diferente, su mente se quedó en blanco, sin poder musitar una sola palabra, completamente paralizada, como si su alma se separase de su cuerpo por unos instantes. Lo cierto es que después de aquellas declaraciones del hombre misterioso, todo había ido cuesta abajo. Los despropósitos se sucedían uno tras otro, cada uno peor que el anterior. El orgullo y la moral de Claudia habían quedado enterradas bajo tierra, y finalmente, había decidió reunirse con ellas, y acabar con todo ese sufrimiento.

Cuando volvió a la realidad, Claudia notó como las lagrimas habían caído por sus mejillas, ante la atenta mirada de aquel enano, que no paraba de preguntarle si se encontraba bien. Ella, asintió con la cabeza, y no tardo en preguntarle cómo podían tener aquel libro, si había sido tachado de fraude. La respuesta que aquel pequeño hombre le dio, provocaría un giro de 180º en la vida de Claudia. Según ese hombrecillo, su libro era el que más se acercaba a los hechos que acontecieron durante los últimos días de vida de Napoleón. La joven, quedó perpleja, sin poder creer lo que acaba de escuchar. Al parecer, todo aquello de lo que le habían acusado carecía de sentido, y no solo eso, sino que los motivos por los que había estado a punto de morir, no deberían haber existido. El corazón de Claudia comenzó a latir desorbitadamente, conforme oía las palabras de aquel hombre. Su cuerpo no aguantó tanta aceleración y el escultural cuerpo de la joven, volvió a desplomarse. Cuando despertó, Claudia seguía en la misma habitación, aunque ya no estaba sola con aquel enano, sino que había dos hombres más junto a ella, y la cara de uno de ellos le resultaba bastante familiar, tanto, que un escalofrío recorrió todo su cuerpo, mientras los recuerdos de ese rostro, llegaban a su cabeza, aterrándola por momentos. Nunca podría olvidar esa cara.

Quién sería capaz de no recordar al hombre que le había llevado al borde de la muerte, al intento de suicidio; como olvidar el rostro de la persona que había destrozado tu vida. Aún veía algo borroso, pero no tenía dudas, se trataba de Frederic Rodet, un catedrático de la Universidad de Paris, experto en Napoleón, y el hombre que había acabado con su carrera de investigadora. De repente, recordó la presentación de su libro, cuando Frederic desbarató toda su teoría, como si de un simple castillo de arena se tratara:

“Todo lo que usted narra en ese libro es falso, Srta. Giménez. El gran Napoleón no paso siquiera un día de su vida en la “Ville du Lafront”, como Ud. propone, y menos aún fue víctima de una traición por parte de uno de sus más allegados. El no escapó de su exilio. Tras su derrota en Waterloo, quedo completamente frustrado, y entró en una brutal depresión, que terminó acabando con su vida, y aquí traigo pruebas que lo confirman. Y no es otra cosa que el testamento de Napoleón, escrito antes de su muerte, o quizás debería decir…suicidio. Por tanto, Srta. Giménez, ya puede ir dedicándose a otra cosa, porque investigar, desde luego, no es lo suyo.” Esas palabras quedaron grabadas a fuego en la memoria de Claudia. Ella, tras escuchar eso, no sabía qué hacer, que decir, como reaccionar, estaba ante el momento que iba a suponer un salto en su carrera, y de repente, todo se había desvanecido, lo había perdido todo, su sueño se había esfumado, no quedaba ni rastro de él. Su estado de nervios aumentó considerablemente, provocándole un importante ataque de ansiedad, que acabó con la joven investigadora en el hospital. Fue a partir de ese momento cuando la vida de Claudia se convirtió en un verdadero infierno. La prensa, las personas por la calle, todo el mundo la criticaba y la tachaba de mentirosa y de incompetente. Estuvo semanas sin salir de su casa, sin hablar con nadie por teléfono, no quería saber nada del mundo exterior que tanto la había repudiado. Ahora ella le correspondía, pero no aguantaba más la situación, e intentó…

- ¡Srta. Claudia, Srta. Claudia! Alguien la llamaba desde muy lejos, pero no podía responder, no tenía fuerzas.

Claudia volvió en sí, y vio al enano y a aquel hombre que tanto temía. Nuevamente, millones de preguntas asaltaban su cabeza. ¿Por qué estaba él allí?, ¿era aquello un castigo divino por haberse suicidado? Ya no sabía si vivía en ficción o realidad, si estaba viva o muerta. Lo único que sabía es que no quería seguir compartiendo oxígeno con Frederic, y se marchó decidida hacia la puerta. Pero justo cuando iba abrir el gran portón de la biblioteca, la voz de la pantalla volvió a sonar de fondo.

- “Claudia, escúchame. Debes escucharme.”

Pero Claudia estaba decidida, y abrió el portón de la biblioteca. Y justo cuando iba a salir por la puerta, escuchó unas palabras de Frederic, que provocaron que se diera la vuelta para escucharlas de nuevo.

- Tenías razón.

Las palabras de Rodet, resonaron por todo la sala como las campanas que anuncian una buena nueva en la iglesia. Claudia no daba crédito a esas palabras, y antes de que pudiera seguir analizando lo que acababa de oír, Rodet prosiguió.

- Si me das unos minutos, te lo explicaré todo, por favor, vuelve con nosotros. En cuanto te lo explique serás libre de irte si quieres.

Claudia dudó un segundo, pero accedió a la petición. Todo esto le superaba, y esperaba escuchar una buena explicación. Así, cerró el portón de nuevo y se sentó junto a Rodet y el enano, y escuchó sus palabras.
Ellos comenzaron a explicarle los motivos que les habían llevado a desmentir la certera teoría de Claudia sobre la muerte de Napoleón. Los últimos días del general francés eran toda una incógnita para todos aquellos que habían osado investigarlo, por lo que nuestros intentos de salvarle han sido en vano, a causa de las pésimas teorías que los historiadores iban sacando a lo largo de la historia. Pero entonces llegó ella, y la oscuridad se volvió esperanza, aunque todo se complicó con el intento de suicidio y no tuvieron más remedio que actuar por la vía más rápida.

- “Verificamos tu teoría, y encajaba a la perfección. Nos habría gustado seguir el plan que trazamos, pero todo salió mal. No queríamos que sufrieras, intentamos explicártelo, pero no cogías el teléfono, no escuchabas tus mensajes, estabas completamente incomunicada.”

Claudia recordó en ese momento su teléfono con tres mensajes de voz sin escuchar y un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar que con tan solo haber oído uno de los mensajes, habría tenido que evitar todo el sufrimiento interior que le había llevado al suicidio. Pero ella no quería saber nada del exterior, tan solo quería estar sola, que todo acabase cuanto antes. La joven aún andaba haciendo cábalas en su cabeza sobre lo que podía haber ocurrido cuando el sonido de una alarma comenzó a inundar la gran biblioteca.
Ninguno sabía lo que ocurría, pero los tres intuían que ese sonido no iba a significar nada nuevo. Sin tiempo para que se preguntasen entre ellos que estaba ocurriendo, el sonido cesó, y la voz que Claudia había escuchado en el ordenador, volvió a sonar de nuevo, esta vez con mucha mayor seriedad.

- “Chicos, lo siento, pero deben darse prisa. El eclipse lunar se ha adelantado, y se producirá en 12 horas. Es nuestra única oportunidad y no podemos desaprovecharla, el futuro del mundo está en vuestras manos. Dejad los libros, nos arriesgaremos con la teoría de Claudia, seguid todos sus pasos, haced lo que ella diga.”

Y ya con un tono más amable se dirigió personalmente a Claudia.

- “Claudia gracias por todo, sin ti, no hubiéramos sido capaces de encontrar el lugar exacto”

Rápidamente Rodet y el enano se pusieron en pie y se dirigieron hacia la puerta, pero vieron que Claudia aún seguí en el sofá. Rodet le preguntó si se encontraba bien, o si tenía alguna duda, porque este era el momento de solventarlas, ya que iban a emprender una gran misión. Pero ella no podía oírlo, estaba inmersa en un dilema moral con innumerables preguntas que nadie era capaz de responder. ¿Podía realmente confiar en ellos?, le faltaba una pieza en el rompecabezas y nada encajaba en la historia. ¿Por qué querían salvar a Napoleón?, ¿querían acaso que completara su misión de controlar toda Europa? Toda su cabeza era un caos, de repente había vuelto a la realidad y nada tenía sentido. Todo estaba borroso, e incluso le pareció oír la voz de su madre a lo lejos. Le preguntaba si se encontraba bien. Claudia no le dio más importancia a lo que había escuchado, y decidió preguntar a Rodet sus agónicas dudas.

- “No puedo responder a todas tus dudas, Claudia. Solo puedo decirte que salvándole la vida a Napoleón conseguiremos evitar muchas de las tragedias que se han producido en nuestra historia contemporánea, y podremos recolocar la historia a nuestro antojo. Todo ello para mejor claro está.

Las palabras de Rodet llenaron aún más de dudas la cabeza de Claudia, que volvió a sumergirse en sus pensamientos, y a plantearse nuevas preguntas sobre la verdadera intención de sus misteriosos compañeros. El enano, al verla tan dubitativa, se acercó rápidamente a ella, y le instó a quedarse allí mientras ellos cumplían la misión. Herbert, que era el nombre del enano, había recordado que todo estaba en el libro de Claudia, por lo que no necesitaban de su presencia para poder localizar el lugar donde Napoleón fue asesinado. La joven agradeció el gesto y se tumbó en el sofá junto a sus pensamientos, mientras escuchaba como se cerraba el gran portón de la biblioteca y como Rodet y Herbert dejaban atrás la sala para embarcarse en una aventura que Claudia no terminaba de comprender.

Mientras luchaba por no dormirse tumbada en el sofá, Claudia volvió a escucha la voz de su madre, esta vez mucho más clara que la anterior, incluso podría oírla sollozar. Ahora sí que no entendía nada. ¿Por qué oía a su madre llorar? Se obligó a pensar que el estrés le había provocado alguna que otra alucinación, por lo que se levantó y busco entre los libros “La vida es sueño” y comenzó a leerlo. Pero la voz de su madre no se marchaba, cada párrafo, cada línea que leía retornaba a su cabeza, no en su voz, sino en la de su propia madre. Las alucinaciones estaban empezando a preocuparle, por lo que dejó el libro e intentó dormir algo.
Claudia no consiguió pegar ojo, pero al menos las voces se habían ido, aunque tras su marcha, no tardaron en regresar las dudas sobre la misión de Herbert y Rodet. ¿Dónde estarían ahora?, ¿cómo les iría?, ¿conseguirán salvar a Napoleón, o era todo una farsa?
Cansada de sus propios pensamientos y de tanta intriga, Claudia se acercó al ordenador del que había recibido las instrucciones, y vio que había un correo abierto en la carpeta de mensajes recién enviados de la cuenta de Rodet.

Su intento suicidio casi nos destroza el plan. Su muerte hubiera relanzado el libro, y nos hubiera resultado imposible llevarlo a cabo. Al fin, todo marcha según lo esperado. La trajimos hasta aquí, pero conseguimos que no nos acompañara. Tenemos las coordenadas exactas de localización. Al fin podremos borrar de la historia a ese ‘asqueroso’ de Napoleón, y así sumiremos a Francia en la mayor de las miserias. ¡Vive les Sans-culottes!, ¡Vive Robespierre!, ¡Vive la Revolucion!

Claudia no podía creer lo que acababa de leer, pero al fin lo entendía todo. No la querían por averiguar donde había sido asesinado Napoleón, de hecho estaba segura de que habían sido los “Sans-culottes” los que había cometido tal barbarie. Su libro no solo hablaba del final de napoleón, sino que también incluía un capítulo inicial sobre el nacimiento del emperador. Eso es lo que ellos buscaban. Nadie hasta ahora había investigado a fondo su niñez, y el libro de Claudia explicaba fielmente como la pobre María Leticia Ramolino, había dado a luz a su hijo en un viejo monasterio de Ajaccio, capital de Córcega. Allí es donde se dirigían Herbert y Rodet, pero ¿cómo podría impedírselo?

No sabía cómo iba a hacerlo, pero Claudia no podía permitir que el hombre que había destrozado su vida, y luego le había engañado, cambiase el rumbo de la historia junto a un extraño enano de medio metro. La joven superó sus miedos y decidió enfrentarse al problema, se levantó y fue corriendo hasta la puerta. Al fin, Claudia se sentía viva por primera vez. Estaba luchando por algo, ella había cogido la iniciativa pero cuando giró el pomo, una enorme descarga hizo tambalear su cuerpo y cayó al suelo sin conocimiento.

Los pensamientos de Claudia se iniciaron antes de que sus ojos pudieran abrirse y encontrarse de nuevo en una habitación desconocida, con una luz cegadora que entraba por un ventanal. Intentó moverse, pero apenas tenía fuerzas, y sus brazos estaban conectados a varias sondas.
Claudia comprendió rápidamente que se encontraba en un hospital, pero ¿Dónde?, ¿quién la había llevado hasta allí?, ¿qué había pasado con Herbert y Rodet? ¿Y con Napoleón? Miles de preguntas avasallaban de nuevo su cabeza, cuando vio entrar a su madre, que no paraba de llorar y de abrazarla.
Ahora sí que no entendía nada. Claudia estaba perdida, pero no tenía tiempo para ubicarse, necesitaba comprobar si napoleón seguía existiendo en la Historia. Pidió un libro de historia a su madre, que hizo caso omiso de sus ruegos y continuó sollozando y sin parar de abrazarla.

- “Mamá, por favor, necesito un libro de Historia, es importante”.

Ante tanta insistencia la madre fue a por el libro. Mientras ella regresaba, Claudia seguía preguntándose cómo había llegado allí, pero sobre todo, quería saber que había pasado con Herbert y Rodet. Pero se sentía muy débil y tantos pensamientos afloraban un terrible dolor de cabeza, por lo que Claudia se limitó a quedarse dormida mientras esperaba a su madre.
De repente, los gritos de euforia de la madre de Claudia, la despertaron bruscamente. Había conseguido descansar, pero las preguntas que tanto la desconcertaban y que le generaban un constante estado de ansiedad no se habían marchado. La joven pidió el libro de historia a su madre, y buscó rápidamente en el índice la Revolución Francesa. El hecho de verla le hizo sentirse más aliviada, pero cuál fue su sorpresa cuando vio que el personaje de napoleón había sido eliminado de la historia. Según aquel libro, Robespierre alargó su mandato del terror, y llevó a Francia a una terrible guerra civil, que acabó reinstaurando la monarquía en el país galo. Claudia no se lo podía creer, aquello que estaba leyendo no podía ser cierto. Herbert y Rodet lo habían conseguido y todos gracias a su maldito libro. Decidió preguntarle a su madre acerca de Napoleón, con la esperanza de que todo hubiera sido una broma.

- “Hija, como no voy a conocer a Napoleón, si es una de los personajes más importantes de tu vida, y espero que de la historia”.

Esas palabras tranquilizaron a Claudia, pero la madre prosiguió.

- “¡Ups! Se me olvidaba…Había una carta en tu buzón de la Real Academia Española de la Lengua y no pude resistirme a abrirla cariño. No sabes que contenta me he puesto cuando al leí. ¡Estás nominada al Premio Cervantes de Literatura! ¿No es increíble?”

Claudia ya no sabía que pensar. ¿Cómo podía estar nominada a un premio literario, si nunca había escrito una novela? Estaba totalmente perdida, se sentía muy débil para buscar respuestas, y las necesitaba urgentemente. Justo en ese momento, Herbert apareció en la habitación. Claudia dio un respingo y quiso advertir a su madre de que se alejara de él, que era peligroso, pero no le dio tiempo, puesto que ambos ya se estaban abrazando y su madre volvía a llorar…de alegría. Creía estar soñando, no podía ser que esto estuviera pasando.

- “Mama, ¿Qué hace este hombre aquí?, ¿por qué te abrazas con él?

- Cariño, es el Dr. Herbert, y fue él quién te salvó la vida. Recuerda que tuviste un accidente muy aparatoso, tu coche quedó totalmente destrozado, fue un milagro que salieras con vida. Estoy tan contenta de que te hayas despertado. Has estado un mes en coma, apenas teníamos esperanzas, incluso esta mañana tuviste un paro cardiaco, pero el Dr. Herbert te reanimó y así despertaste. Al fin podrás presentar tu libro como se merece, como el más vendido del momento. Pero ahora tienes que descansar.”


Herbert le explicó que ya se había leído su libro y que, sin duda, era la mejor novela que había leído jamás.

- “Sobre todo, me ha entusiasmado el personaje de Napoleón, parece tan real. Eres una excelente escritora Claudia.”

Claudia estaba alucinando. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Le habían cambiado la vida. Ahora era escritora, y había publicado una novela. Su cabeza le repetía una y otra vez que eso era imposible, que ella era historiadora, y que había realizado un estudio sobre Napoleón, que era un personaje de nuestra historia, y que si se encontraba en el hospital no era por una accidente de tráfico, sino por un intento de suicido a causa del fracaso de su libro.
Su madre no podía creer las palabras de Claudia, pero el Dr. Herbert la tranquilizó explicándole que a veces, cuando entras en coma y despiertas, puedes volver algo perdido, o con un pequeño trastorno en su memoria.
Claudia no podía entender como estaba pasando esto, pero se sentía muy cansada para seguir discutiendo, y prefirió dormir y esperar que al levantarse todo hubiera sido un mal sueño.

A los dos días, Claudia recibió el alta en el hospital, y regresó a su casa. No había querido volver a sacar el tema del libro, ni de Napoleón, y su madre la había respetado, ya que el médico le aconsejó que no la presionara mucho a la hora de recuperar la memoria. Al llegar a casa, Claudia se sintió mucho más tranquila al encontrarse con todo tal y como lo recordaba. Todo iba bien, hasta que en su escritorio encontró un libro llamado “Los sueños son vida”. Lo observó con detenimiento, y tal fue su sorpresa cuando leyó que ella era la autora del mismo, que casi se desmaya. Entre mareos, leyó la síntesis del libro, y descubrió que el protagonista de su novela era Napoleón. No podía ser, todo aquello la estaba volviendo loca, esperaba que hubiera sido un mal sueño, pero era más bien una mala pesadilla, aunque muy real. Rápidamente fue al teléfono y vio que había tres mensajes, tal y como los recordaba, y si todo iba bien debían ser de Rodet advirtiéndole sobre su libro. Y efectivamente, eran de Rodet, pero no del Rodet que conocía, sino de su editor, que la felicitaba por el libro, y le anunciaba que era el nº1 de ventas de toda España.
Claudia había aprendido a superar sus miedos y enfrentarse a los problemas, mientras había estado con Herbert y Rodet en aquella extraña biblioteca, pero esto le superaba con creces. Había perdido su vida, y ahora se encontraba presa en una totalmente distinta, donde no se reconocía y en la que, al contrario que su anterior vida, todo le iba de maravilla. Quizás fue ese cambio, lo que llevó a Claudia a “asumir” el cambio y disfrutar de su nueva vida. Y así lo hizo. Borró las dudas y las preguntas sin respuesta de su cabeza, llamó a un número que parecía ser de su “nuevo” novio y quedó con él.

Dos días después, las preguntas volvieron con más fuerza a la cabeza de Claudia que no pudo deshacerse de ellas, y tuvo que asumir que aquello no era su vida. Se sentía perdida, no sabía qué hacer, ni a donde ir, tan solo quería recuperar su antigua vida. Había aprendido la lección, no hay que rendirse ante los problemas, hay que enfrentarlos, contrarrestándolos con nuestras ganas de vivir. Si se hubiera dado cuenta de esto mucho antes, seguramente no se encontraría en esta situación, y seguramente Napoleón seguiría siendo un personaje importante dentro de nuestra historia. Así, Claudia ya había tomado su decisión.

Esa misma noche, con la lluvia azotando los cristales con el viento, Claudia había decidido acabar con todo, otra vez, esperando que en esta ocasión el fin fuera definitivo. Ya había pasado antes por esto, y esta vez, costó mucho menos tomar la decisión de abandonar una vida que no le pertenecía. Había conseguido los antidepresivos más fuertes que conocía. Con un bote sería suficiente, pero no quería fallar por lo que compró dos. Empezó a tomarse las pastillas poco a poco. Mientras tanto, puso la tele para entretenerse, pero la tormenta había dañado la señal. Así que, escaneo la habitación buscando algo en lo que pasar el tiempo mientras esperaba su final, y decidió leer el libro que supuestamente había escrito ella.

Cuanto más avanzaba en el libro más le sonaba la historia. Su cabeza ya empezaba a notar los efectos narcóticos del excesivo consumo de las pastillas, por lo que le costaba enlazar pensamientos. En un atisbo de lucidez, Claudia comprendió que la historia que estaba leyendo, no era otra que la aventura que había vivido en aquella gran Biblioteca, junto con Rodet y Herbert. Nuevas dudas y más preguntas sin respuesta. Había pasado gran parte de su vida buscando respuestas a las cosas, y siempre las había encontrado, pero ahora, el reto le superaba y estaba abandonando la partida. Claudia ya conocía esta sensación, sabía que quedaba poco, que en poco tiempo se desmayaría y todo acabaría sin más, sin más preguntas por hacer, ni más respuestas por buscar. Tan solo el cautivador sonido del silencio, ese silencio que añoraba en su cabeza desde que Rodet echó su vida por la borda, justo cuando iba a empezar. Pero qué más daba ya, no quería más preocupaciones, tan solo quería esperar tranquila el último aliento.

La cabeza de Claudia daba vueltas, y ya apenas podía tenerse en pie, cuando de repente sonó el timbre de la puerta. Decidió no abrir, no merecía la pena ganarse más preocupaciones para lo poco que le quedaba de vida. Estaba resignada a su final, cuando el timbre se escuchó de nuevo, y Claudia en un último ataque de esa curiosidad que había definido su vida, se acercó como pudo a la puerta y la abrió. Aquel panorama desolador del pasillo le era familiar, no había nadie allí. Nuevamente su imaginación le había jugado una mala pasada, pero Claudia no podía más, las fuerzas le flaqueaban, apenas conseguía mantenerse en pie, y la cabeza no paraba de darle vueltas. En un último esfuerzo cerró la puerta, y tras ello, se desplomó al suelo. Y allí, a las puertas de la muerte, volvió a encontrar un sobre, con un sello que juraría haber visto antes…y sonrió, comprendiendo que la muerte, es un sueño que te hace sentir viv@.
- FIN -

 

 
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